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Antares_O 39 M
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Colándome en sus vacaciones

7/17/2017

Tuve la osadía, o quizás cometí la imprudencia, de reservar unos días en el hotel en el que ella estaba pasando sus vacaciones. Aún recuerdo su cara de sorpresa y pánico cuando nos cruzamos en el comedor para la cena. Pero su gesto no reprobaba mi audacia, más bien denotaba alegría por mi descaro y, sobre todo, un hervor que venía a desestabilizar la aburrida calma de su rutina veraniega. La miraba de reojo durante la cena y con descaro cuando se levantaba al bufet, y no dejaba de ver en sus gestos el cosquilleo de la inquietud y la desazón del deseo.

Me las apañe para hacerle llegar la llave de mi habitación, que escondió con un delicioso sonrojo que parecía olvidar que esa mujer se entregaba a mi con un ardor ciego y delicioso que durante días me dejaba en el cuerpo una sensación de irrealidad, como un virus que inoculaba cada célula del placer de vivir. Le escribí que estaría pegado al móvil, pendiente de cada minuto libre en el que pudiera dedicarme a la tarea de comer su boca dulcemente, o besar su cuello, o recorrer con mis manos ávidas su cuerpo tembloroso. Solo tenía que decírmelo y correría a esperarla en la habitación, o en los aseos de la piscina, o donde tuviera a bien sentir mi cuerpo envolviéndola, mis brazos rodeándola, mi espalda irguiéndose para disfrutar cada impulso eléctrico en que se traducía el placer que su sola visión me provocaba.

La casualidad quiso que las habitaciones estuvieran en la misma planta: era un hotel pequeño de montaña, apenas 24 habitaciones, y en cuyos pasillos corrían chiquillos excitados camino de la piscina o del comedor, donde podían repetir patatas fritas y postres. En mi rol de huésped solitario, alargaba mis estancias en la mesa. Observaba a los comensales e imaginaba sus vidas, lo que es un gran entretenimiento, hasta que llegaba ella y la visión todo lo eclipsaba, porque cada gramo de mi atención se centraba en su imagen flotando como una reina o como una hechicera de oscuros y atávicos conocimientos. Ella me encontraba enseguida y, por un segundo, nuestras miradas se cruzaban y chocaban, iniciando una reacción en cadena que a buen seguro hubiera producido energía suficiente para iluminar una ciudad durante varias horas. Enseguida seguía a sus niñas a la mesa, pendiente de no perderlas de vista, pero quedaba flotando en el ambiente ese breve instante que quería decir tantas cosas y ninguna a la vez, porque dos cuerpos que se encuentran y se separan antes de lo que desean lo son todo mientras dura la unión de sus deseo, pero cuando esa cópula acaba, no queda nada intangible, porque no lo es el sello indeleble que en algún lugar queda del goce mutuo.

La mañana siguiente a mi llegada, coincidimos en la piscina, tal y como me dijo. Rocé su espalda mientras nadaba en un par de ocasiones y me tocó esperar en el agua fría a que bajara la erección. Como convenimos, la seguí cuando subió a las habitaciones sola, con la excusa de coger algo olvidado y la toalla enrollada en su dulce cuerpo, que se deslizó enseguida, al igual que la braguita de su biquini para que mis dedos resbaladizos pudieran hurgar su sexo húmedo mientras la besaba. Caímos en la cama y le bastó apartar un poco mi bañador para que mi verga palpitante saliera como un tigre hambriento y encerrado que se asoma a un rebaño. Follamos mientras nos abrazábamos muy fuerte, como si quisiéramos entrar el uno dentro del otro y fundir nuestras pieles en un amasijo de carne deshecha, jadeante y húmeda.

Volvimos a vernos a la hora de la siesta. Me encontró en el escritorio, trabajando con el portátil. Llevaba una faldita muy corta y una camiseta ancha que escondía el encanto de sus preciosos pechos. Sin que mediara palabra, avanzó hacia mí, se puso de rodillas, me bajó los pantalones y me devoró la polla con fruición, derritiéndome por dentro y haciéndome temblar de excitación y placer. Lamía delicada el glande para luego engullirlo completo, aprentándolo fuerte con los labios cálidos mientras subía y bajaba por el palo hinchado como un globo a punto de reventar. Tuve que atraerla hacia mí y hacer que parase para no correrme. Tal y como temía, no llevaba braguitas, así que pude maniobrar por su encantador sexo libremente y agarrar su culito como si quisiera exprimirlo mientras se clavaba a mí y me montaba lentamente, entrando y saliendo con un baile hipnótico. Poco a poco, fue aumentando el ritmo hasta llegar a una cadencia frenética, casi furiosa, que nos fundió en un prolongado orgasmo. En cuanto recuperé la respiración, quise devolverle el favor, pero me dijo que se tenía que ir y se aplisó la falda mientras me lanzaba un beso.

Esa tarde solo pude pensar en lamer su sexo y no paré de decírselo con insistencia por hangouts y de detallar las ganas de recorrer cada pliegue. Pero no tuve ocasión de hacerlo. Por la noche, después de la cena, en la que me senté en la otra punta del comedor para que la visión de su coñito delante de mi boca no me hiciera perder la cabeza y lanzarme a él delante de 50 personas, nos encontramos un instante bajo el enramado del jardín. Nos morreamos como adolescentes, pero no pasamos más allá de unas meras caricias urgentes.

A la mañana siguiente bajó a la ciudad para hacer compras y yo aproveché para dar un largo paseo. Cada vez que me detenía bajo una sombra fresca, la erección perpetua que me acompañaba me recordaba su adorada cercanía y tuve que contenerme para no masturbarme pensando en cada segundo de nuestros encuentros porque eran tan intensos que su simple evocación era suficiente para que ardiera por dentro.

Tras no saber nada de ella tampoco esa tarde, me escribió para decirme que vendría a verme esa noche de madrugada. La idea de que me despertase no me permitió dormirme hasta bien tarde (¿no es paradójica la idea?). De hecho, creo que acababa de hacerlo cuando escuché la puerta de la habitación abrirse y enseguida su cuerpo etéreo sobre la cama. Me hice un poco el dormido mientras me quitaba la camiseta y el pantalón de deporte que usaba para dormir. Me besaba el pecho y los hombros, pero enseguida fui yo quien la desnudó también. La manejaba a mi antojo: besaba y lamía con deleite cada centímetro cuadrado de su vertiginosa geografía, sus pezones duros, sus pecho sabroso, su ombligo terso, sus muslos suaves y la vertiginosa curva de su cadera, mientras ella se dejaba hacer, abandonada a mis caprichos y cómplice de mis deseo, que era finalmente mutuo.

Pude también darme el festín pendiente de su sexo y laparme a él un buen rato mientras se retorcía para saborear su dulce efluvio, la sabrosa textura de sus labios y el aguante altivo de su clítoris a las caricias de mi lengua, que entraba en cada pliegue ávida y empeñada en satisfacer la sensación de gozosa ligereza que le provocaba mi dedicación.

Follamos de muchas maneras, cada cual más placentera, y en cada rincón de la habitación. Recuerdo sentarla en el escritorio y pasar las piernas por mis hombros mientras nuestra imagen se reflejaba en el espejo en la penumbra del cuarto. Finalmente se puso a cuatro patas sobre el margen de la cama, ofreciendo su culito para que mis embestidas finales chocaran contra su ella mientras agarraba sus pechos, sus caderas, sus piernas, su vientre o todo a la vez en una búsqueda continua del mejor asidero que me llevaba a pensar, en ese momento de álgido placer, en lo inabarcable de su cuerpo menudo.

Caímos rendidos al cabo de un buen rato y entonces sí, me dormí plácidamente. Ella volvió a su habitación sigilosa, como quien trasiega fardos en lo profundo de la noche, llevándose una mochila de besos dulces y plácidas caricias de despedida y añorando la ocasión en que pueda despertarla por la mañana para empezar el día de la misma manera que hubiera acabado el anterior.

Aún estaba relamiéndome del sabor intenso de su cuerpo cuando me convocó para un último encuentro (yo volvía esa tarde a casa) al mediodía. Vi su mensaje mientras haraganeaba en la piscina y me estremecí de nuevo solo de pensar que me esperaba de nuevo dispuesta a ofrecerse sin reservas a mi abrazo. Recogí mis cosas lentamente y disimulé con la toalla de nuevo mi erección. Quería saborear el momento previo a la entrega, cuando la ansiedad devora pero la cercanía es tan evidente que ya se huelen los átomos latentes de la pasión y se escucha circular sangre por cada vaso.

Me esperaba dentro de la bañera y su piel morena contrastaba con la espuma blanca. Había apoyadas dos copas de vino y una caja de bombones ya empezada. Me miro como disculpándose por haber empezado sin mí y me invitó a entrar con ella, a ponerme detrás para ella acoplarse a mi cuerpo. Así podía besar su nuca y mis manos tenían acceso libre a sus pechos y sus brazos, que acariciaba suavemente, y luego a su sexo. Mientras tomábamos el vino, charlamos y, entre grandes pausas, juntábamos inconscientemente las imágenes de esos días. Sentía mi verga dura en la parte baja de su espalda y levantaba el culo para frotarse con ella casi de forma mecánica.

Lo hicimos en el propio baño: ella apoyada en el lavabo y de pie. Yo, flexionando un poco las piernas, la penetré de pie y la embestía tirando de sus hombros hacia mí. Veía su imagen en el espejo: sus pechos bailando al ritmo de nuestro baile, su mirada fija pero a ráfagas ausente y sus deliciosos labios entreabiertos, dejando escapar suspiros que, junto a mis profundos gemidos, componían una banda sonora de lujuriosos vientos, rítmicas percusiones de carne chocando y las cuerdas de nuestros cuerpos templadas por el ardor y tensas por el deseo.

Nuevamente, salió de la habitación enseguida porque se había demorado demasiado y no quería que se notase su ausencia entre los suyos. Pero no olvidó recordarme el día que regresaba para que lo tuviera en cuenta e hiciera un hueco en mi agenda para dedicarle mis mejores esfuerzos, ese mismo día mejor que el siguiente, porque cada instante era breve entre nosotros y cada espera siempre excesiva.

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q buena historia linda

7/17/2017

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muy buena historia, llena de encuentros, cachondeo, deseo y sexo.

saludos

7/18/2017

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Uuuffff....... Sin palabras

7/22/2017

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Muy buena historia, felicidades gracias por compartir!

8/10/2017