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Amigos para siempre

2/10/2004

Un viernes por la noche nos encontrábamos mi novia Beatriz
y yo en casa de Antonio y Laura, otra pareja de novios amigos
nuestros. La velada se iba animando a medida que tomábamos
copas. La botella de escocés que habíamos abierto tenía
ya más aire que whisky; poco antes, durante la cena, habíamos
vaciado otra de Rioja, así que estábamos ya los cuatro bastante
alegres, como otras veces había ocurrido cuando nos reuníamos
en casa de ellos o en la nuestra. El plan siempre era parecido:
algo de comer, unas copas, unas risas, conversación distendida
y poco más, hasta que nos entraba sueño y nos despedíamos
marchándose a casa los que estuvieran de visita. Como digo,
parecía una reunión igual que tantas otras, pero esa noche
ocurrió algo que cambió por completo los acontecimientos
y de paso la relación que hasta entonces teníamos con esta
pareja de amigos.
Estábamos jugando al parchís, y cuando terminamos la primera
partida Antonio dijo que así no tenía gracia el juego. Los
demás le miramos extrañados sin entender a qué se refería.
Continuó diciendo que para darle más emoción y más interés
podríamos jugar al parchís pero con prendas. Los tres soltamos
una carcajada suponiendo que era otra de sus bromas, pero
él, con una sonrisa pícara, insistió en que hablaba completamente
en serio y, a modo de reto, nos dijo que si no nos atrevíamos
o nos daba corte lo comprendería, pero que a él le parecía
una idea magnífica y mucho más divertido que jugar sin otro
aliciente que comer fichas. Entre nosotros había mucha
confianza, pero nunca nos habíamos planteado jugar a algo
así, por lo que la proposición de Antonio nos sorprendió
bastante. Sin embargo a mí me producía mucho morbo la idea
y también influía el alcohol que llevaba encima. El caso
es que pensé “¿por qué no?, ” y dije que estaba de acuerdo.
Las chicas nos miraban incrédulas y algo escandalizadas,
pero no podían evitar unas risitas sospechosas; parecía
que la idea no les desagradaba del todo. Les insistimos
un poco quitándole importancia al asunto, pues a fin de
cuentas éramos amigos íntimos y no había nada de malo en
pasar un rato divertido jugando a algo nuevo. Finalmente
aceptaron, con la condición impuesta por Beatriz de dejarlo
si la cosa se desmadraba más de la cuenta. Y así fue como empezamos
una nueva partida, bien distinta a la anterior.
Las reglas eran simples: quien perdiera ficha tenía que
quitarse una prenda delante de los demás, y la partida terminaría
cuando quedaran sin ropa todos menos uno, que sería el ganador,
aunque implícitamente dábamos por hecho que antes de llegar
a ese punto alguien se echaría atrás y el juego acabaría.
Lo primero que hacíamos todos conforme íbamos perdiendo
ficha era descalzarnos, pero como era verano y llevábamos
poca ropa enseguida hubo que pasar a otras prendas más interesantes.
Laura fue la primera víctima, y tuvo que quitarse la camiseta,
mostrando sus magníficos pechos cubiertos por un precioso
sujetador blanco semitransparente que le daba un toque
de lo más erótico. Luego perdí yo y repetí la operación quitándome
la camisa. El siguiente fue Antonio, que al perder dos veces
seguidas tuvo que desprenderse sucesivamente de la camiseta
y el pantalón, quedando en calzoncillos, que eran tipo
tanga y le marcaban un paquete más que notable. Mientras
se despojaba del pantalón pude notar como mi novia no perdía
detalle y le miraba la entrepierna mordiéndose el labio
inferior. Precisamente fue Beatriz la que perdió después,
y se quitó la blusa dejándonos ver sus estupendas tetas
que parecían apuntarnos desafiantes desde dentro de un
sugerente sostén negro.
Al cabo de un rato estábamos los cuatro sólo con la ropa interior,
y suponía que alguna de las chicas, considerando que el
juego ya había llegado todo lo lejos que aconsejaba la prudencia,
pondría fin a la partida y todo terminaría en ese momento,
pero lo cierto es que nadie decía nada y los cuatro seguíamos
tirando los dados y moviendo fichas en silencio. En el fondo
yo deseaba continuar, y creo que los demás también porque
ninguno hizo nada por parar aquello.
Entonces le comí una ficha Beatriz. Ella puso cara de susto
y se tapó los ojos como no queriendo ver la jugada, mientras
le entraba la risa nerviosa. Se notaba que le daba mucho
corte quitarse el sujetador, pero supongo que no quería
ser ella quien estropeara la función, porque después de
pensarlo unos segundos, sorprendiéndonos a todos, se
levantó del sofá y procedió a quitarse el sujetador, enseñándonos
sus tetas con los pezones duros como piedras, lo que delataba
su excitación. Entre aplausos y silbidos, y colorada como
un tomate, volvió a su sitio continuando la partida. Después
perdió nuevamente Antonio, el cual ni corto ni perezoso
se puso en pie y se quitó el calzoncillo mostrando una polla
de tamaño considerable y en semierección.
Habíamos traspasado el punto sin retorno, ya no había vuelta
atrás. Seguimos jugando y Laura perdió otras dos veces
seguidas, viéndose obligada a desnudarse completamente
delante de todos. Tenía un cuerpo estupendo y llevaba el
coño totalmente depilado, detalle que ya se adivinaba
a través de sus bragas transparentes y que ahora la hacía
parecer aún más desnuda. También era evidente lo excitada
que estaba, pues se le notaba un brillo de humedad entre
los labios vaginales. Después de desnudarse dio lentamente
un giro completo para enseñarnos la parte posterior de
su cuerpo, que no desmerecía en nada a la parte delantera,
y regresó a su sitio dejándonos boquiabiertos, sobre todo
a mí.
El juego estaba caliente de verdad. Pero el remate fue cuando
Beatriz volvió a perder y tuvo que quitarse también las
braguitas. Mi novia lleva el vello del pubis y la vagina
bastante recortado, cosa que pareció agradar a nuestros
anfitriones, especialmente a Antonio, que observaba
el espectáculo sin pestañear. Y digo espectáculo porque
Beatriz, para darle más morbo al asunto, se dio media vuelta
mientras se bajaba las bragas, y después de quitárselas
se inclinó hacia delante, separando las piernas ligeramente
y ofreciéndonos una vista irresistible de su culo y su sexo,
a dos metros escasos de nosotros. También pudimos notar
que tenía la raja muy mojada. A Antonio se le salían los ojos
de las órbitas viendo a Beatriz de esa guisa, y yo tenía la
polla a punto de reventar el calzoncillo. No contenta con
esto, mi novia acercó una mano a su entrepierna, y en un rápido
pero certero movimiento recorrió toda su raja con el dedo
medio. Luego se volvió hacia nosotros y mirándonos con
descaro se metió el dedo en la boca y lo chupó un par de veces.
Se acercó a mí, me dio un beso en los labios y sin decir una
palabra volvió a sentarse, pero lo hizo flexionando una
pierna y colocándola debajo de su culo, de manera que le
podíamos ver perfectamente el monte de venus y el coñito.
El juego en teoría había terminado, siendo precisamente
yo el ganador, pero los cuatro sabíamos sin necesidad de
decirlo que ninguno quería terminar aún. El ambiente se
podía cortar con un cuchillo; nuestras caras eran la viva
imagen de la lujuria, y nos mirábamos sin hablar como esperando
a que alguien tomara una determinación. Entonces Laura
rompió el silencio y dijo mirándome a mí:
-Alex, es una lástima que hayas ganado tú porque nos hemos
quedado con las ganas de verte en pelotas-. Aquello era
una provocación, y mi novia se encargó de echar más leña
al fuego:
-Sí, cariño, eres el único que no se ha desnudado. Anda,
sé bueno y enséñanos eso que escondes ahí.
Yo había ganado la partida y tenía derecho a negarme, pero
la excusa resultaba de lo más infantil según estaba el ambiente.
Además, qué diablos, lo estaba deseando. Incluso me sentía
un poco incómodo con mis ridículos calzoncillos verdes
mientras los demás estaban desnudos. Pero especialmente
me excitaba que Laura me viera en bolas. Ya iba a acceder
sin más a la petición de las chicas y quitarme la prenda que
me quedaba, cuando se me ocurrió una idea mejor. En otras
circunstancias jamás se me hubiera pasado por la mente
proponer algo así; de hecho me preocupaba el rumbo que podían
tomar las cosas si los demás aceptaban, pero pudo más la
excitación del momento y, después de pensarlo un poco,
finalmente dije:
-De acuerdo, yo me desnudo, pero con una condición: que
sigamos jugando...
Casi no me creía lo que yo mismo acababa de decir. Era como
si una fuerza interior hubiese hablado por mí. Laura, que
parecía la más interesada en mi propuesta, preguntó cómo
haríamos para seguir si ya no quedaban prendas que quitarnos,
a lo que yo respondí que cada vez que uno perdiera debería
obedecer un mandato que le pondría quien le hubiese comido
la ficha.
<br>
-Pero ¿qué clase de mandatos?-, preguntó Antonio haciéndose
el ingenuo.
<br>
-De la clase que todos estáis pensando-, contesté, y añadí:
-Si no os gusta la idea, nos vestimos y damos por concluido
el juego. Como vosotros queráis...
Laura dijo que a ella le parecía bien; su novio también estuvo
de acuerdo; Beatriz se quedó pensativa un instante, como
sopesando las posibilidades que ofrecía aquello, y finalmente
aceptó también. Así pues, me levanté del sofá, me bajé los
calzoncillos y sin más ceremonia los lancé con un pie hacia
mis espectadores, cayendo en las manos de mi novia que haciéndome
un guiño se pasó la prenda por la cara y los pechos. Luego
me acaricié la polla mirando hacia las chicas y volví al
sofá para reanudar aquella alucinante partida de parchís.
Con mi ocurrencia la situación había dado un giro de 180
grados. Lo que empezó como un simple juego de prendas, más
o menos atrevido pero inocente hasta cierto punto, llevaba
trazas de convertirse en una orgía si nadie lo paraba, cosa
que ninguno parecía dispuesto a hacer; antes al contrario,
se notaba bien a las claras que los cuatro deseábamos continuar
con todas las consecuencias.
Empezamos a jugar de nuevo, todos desnudos y a cuál más caliente.
Beatriz le comió una ficha a Laura, y sin vacilar le ordenó:

-Agarra la polla de Antonio y mastúrbale durante cinco
minutos.
Sin duda mi chica había entendido perfectamente a qué me
refería cuando expliqué las nuevas reglas del juego. Laura
se sentó junto a su novio y empezó a hacerle una paja al tiempo
que le pasaba la lengua por las tetillas y le acariciaba
los huevos con la otra mano, mientras Beatriz y yo observábamos
atentamente la operación. Antonio gemía de placer, cada
vez más excitado, pues hay que reconocer que su novia sabía
hacer una paja como manda el reglamento. Sujetaba la polla
de su hombre firmemente aunque sin apretarla demasiado
y movía la mano con una cadencia lenta al principio pero
acelerando progresivamente. Pasaron los cinco minutos
y Beatriz mandó a Laura detenerse justo a tiempo de evitar
que Antonio le llenara la mano de semen. El pobre se quedó
al borde mismo del orgasmo, con la polla palpitando en el
aire y el glande impregnado de líquido preseminal. Era
un poema su cara de frustración por no haber podido correrse
cuando estaba ya en puertas. Incluso hizo ademán de terminar
el trabajo con su propia mano, pero resistió el impulso,
pensando quizás que le venía bien reservar fuerzas y que
pronto tendría ocasión de resarcirse con algo mucho mejor
que una simple paja.
Volvimos a la partida. El siguiente en perder ficha fui
yo, a manos de Antonio. Supuse que me pondría un mandato
sencillo, como masturbarme o hacerle algo a mi novia, pero
él tenía otros planes:
-Quiero que le comas el coño y el culo a Laura y no pares hasta
que se corra en tu boca.
Uf..., eso sí que era jugar fuerte. Demasiado, pensé, para
lo poco sorprendida que parecía Laura. De hecho en aquel
momento vi claro algo que venía sospechando desde hacía
rato: seguramente ellos habían planeado todo el juego
con antelación. El tanga de Antonio y el espectacular conjunto
de lencería de Laura no parecían lo más habitual para pasar
una tranquila velada en casa, ni desde luego conjuntaban
mucho con la ropa cómoda y algo usada que ambos se habían
quitado poco antes. Tal vez querían tener con nosotros
una experiencia de sexo en grupo o un intercambio de parejas,
y al no atreverse a proponerlo directamente pensaron en
crear una situación propicia con la excusa del parchís
y las prendas, para ver si Beatriz y yo entrábamos en el juego.
Sea como fuere, me alegré de la feliz idea que habían tenido
nuestros amigos, sobre todo ante la perspectiva de disfrutar
del apetecible cuerpo de Laura, por orden expresa de su
novio. Se me hacía la boca agua de pensarlo, y ella me miraba
con cara de gata en celo. Antonio concretó el mandato diciendo
que debía cumplirlo tumbado boca arriba en la alfombra
y con su chica arrodillada sobre mi cara y mirando en sentido
contrario a mi cuerpo. Laura trajo un edredón grande y lo
extendió sobre la alfombra, luego nos situamos en la posición
indicada y, sujetándola por la cintura, comencé a comerme
la depilada entrepierna de Laurita, que no podía estar
más húmeda. El aroma a hembra caliente que emanaba me trastornó
los sentidos. Su rajita destilaba líquidos en abundancia,
y yo los saboreaba con gran deleite. Sin prisa pero sin pausa
fui pasándole los labios y la lengua por todas partes. Le
recorría lentamente el pubis, las ingles, los labios de
la vagina, que ya estaban hinchados por la excitación,
el clítoris, la raja del coño, metiendo mi lengua tan profundamente
como podía, y de vez en cuando dirigía mis chupadas a su agujerito
posterior, llenándoselo bien de saliva y de sus propios
flujos, lo que sin duda le encantaba, a juzgar por sus espasmos
y gemidos de placer. Yo estaba loco de excitación. Deseaba
a esa mujer con todas mis fuerzas, quería tumbarla allí
mismo sin esperar más y follármela como un animal salvaje
hasta reventar, pero había que acatar las reglas y dejar
que el juego transcurriera según lo convenido. Después
de un buen rato devorando a placer el coño y el culo de Laura,
me dediqué a estimular su clítoris con lengüetazos rápidos
e intensos. Eso fue demasiado para ella, pues a los pocos
segundos empezó a gemir más fuerte y a agitarse, hasta que
le sobrevino un orgasmo tremendo que la dejó exhausta y
a mí con la cara inundada de su néctar, desde la nariz hasta
la barbilla, y una calentura insoportable. Pero se suponía
que estaba cumpliendo un castigo, de modo que, resignado,
salí de entre las piernas de Laura que me miraba con agradecimiento
por el placer que acababa de darle, me incorporé y regresé
a mi sitio.
A continuación tuve una jugada de suerte. Primero le comí
una ficha a mi novia, pero fue con un seis, y al volver a tirar
le comí otra a Laura. Se me ocurrió ponerles un mandato que
sólo de imaginarlo me ponía a cien, pero no creía que ellas
aceptaran. Aún así, teniendo en cuenta cómo estaban las
cosas, decidí probar suerte, ya que no tenía nada que perder
intentándolo. Dirigiéndome a Beatriz, dije:
-Quiero que le hagas una mamada a Antonio mientras Laura
te come el coño a ti. Terminaréis cuando uno de los dos llegue
al orgasmo.
Estaba convencido de que se negarían a cumplir ese mandato,
y ya empezaba a pensar en otro menos osado cuando Laura se
puso en pie muy decidida y dijo mirando a mi novia con cara
de vicio:
-Vale, vamos a hacerlo. ¿Por qué no? Beatriz nos miró incrédula,
pero se notaba que le daba mucho morbo, de hecho aceptó sin
poner objeciones. Seguramente aquello le parecía la revancha
perfecta después de verme a mí haciéndole un trabajito
de lengua a Laura delante de ella. Hasta donde yo sabía,
ninguna de las dos había tenido nunca una relación lésbica,
sin embargo parecieron tomarlo con bastante naturalidad.
Antonio se tumbó en la alfombra, mi chica se puso a gatas
mirando hacia él y Laura se tumbó boca arriba a continuación
de Beatriz y metiendo la cabeza entre sus piernas. Era lo
más salvaje que yo había presenciado nunca. Mi novia comenzó
a dar lametones a todo lo largo de la verga de Antonio, que
pronto reaccionó poniéndose dura como un palo. A ratos
le pasaba la lengua por los huevos y se los metía en la boca,
provocando en Antonio profundos gemidos, que aumentaron
cuando mi chica le cogió la polla y se la introdujo en la boca,
primero la punta y luego, poco a poco, toda entera hasta
tocar con la barbilla en sus huevos, y empezó a subir y bajar
chupando aquel rabo como sólo ella sabe hacerlo. Mientras,
en la retaguardia, Laura no perdía el tiempo y se aplicaba
con entusiasmo a lamer y chupetear el ardiente sexo de mi
novia, haciendo toda clase de ruidos y chapoteos, y con
una maestría que cualquiera hubiera jurado que llevaba
toda la vida comiendo coños. De paso, al tener las manos
libres, aprovechó para acariciar con la izquierda las
tetas de Beatriz y darse placer a sí misma con la derecha,
frotándose el clítoris y metiéndose los dedos en la vagina.
Ni que decir tiene que yo, con semejante escena, me estaba
poniendo otra vez como un toro. El anterior encuentro con
la almeja de Laura me había dejado encendido, pero ver a
mi Bea tragándose entero el rabo de Antonio mientras su
amiga le devoraba el chocho y se masturbaba era más de lo
que yo podía resistir. Como espectador disfrutaba al máximo,
qué duda cabe, pero necesitaba participar urgentemente,
ya no aguantaba más la calentura. Decidí que era hora de
dejar a un lado el parchís y ponernos de una vez a follar los
cuatro como leones. Me arrodillé entre las piernas de Laura,
le aparté la mano del coño y a la vez que me llevaba sus dedos
a la boca le puse la picha en la entrada de su cuevecita, que
otra vez estaba empapada de flujo vaginal, y empecé a restregarle
el glande por toda la raja.
Ella me recibió con ganas. Era evidente que necesitaba
imperiosamente sentir dentro una polla, así que me rodeó
con sus piernas y se llevó las manos al chocho para separarse
los labios vaginales invitándome a que la penetrara. Yo
obedecí encantado. Primero le introduje sólo la punta
y se la volví a sacar; así unas cuantas veces, hasta que de
repente se la metí entera de un empujón, provocándole una
sacudida que la dejó inmóvil durante unos instantes. Luego
inicié un mete-saca profundo, lentamente al principio
para sentir bien y hacerle sentir a ella el húmedo contacto
de nuestros sexos, y luego fui acelerando poco a poco mis
acometidas.
El culito de mi novia a pocos centímetros de mi cara era toda
una provocación, por lo que me incliné hacia delante y,
ayudando a Laura, me dediqué junto a ella a la dulce tarea
de comernos a medias el coñito y el trasero de Beatriz. Ésta,
al notar que había dos bocas y dos lenguas trabajando su
entrepierna, dejó por un momento el pene que estaba chupando
y miró hacia atrás. Supongo que vernos a Laura y a mí follando
como posesos al tiempo que nos la comíamos a ella debió de
ser la gota que colmó el vaso de su excitación, porque en
ese mismo momento empezó a correrse con una intensidad
como pocas veces la había visto. Sus gritos de placer debieron
despertar a los vecinos. Al final, cayó sobre el cuerpo
de Antonio, quien la atrajo hacia sí, instándola a cabalgar
sobre su polla. Beatriz no se hizo rogar. Tan pronto como
recuperó el aliento, se abrió de piernas sobre la verga
de Antonio, la apuntó en la entrada de su coño y se la clavó
hasta que sus nalgas se posaron en los testículos de su afortunado
amigo, que se disponía a gozar de un polvo memorable. Al
verlos, Laura y yo aceleramos nuestro erótico vaivén.
Al poco noté que me acercaba al clímax y se lo anuncié a Laura;
ella me dijo entre suspiros de placer que no parara, pues
ella también estaba a punto. Continué penetrándola con
fuerza hasta que empecé a correrme derramando toda mi leche
en el interior de la vagina de Laura, que al instante se vino
también en un orgasmo sensacional, a la vez que se abrazaba
a mí y me besaba con gran pasión.
Mientras descansábamos de nuestro polvo, Laurita y yo
observamos a nuestras respectivas parejas follando como
si se acabara el mundo. La polla de Antonio entraba y salía
del chocho de mi Bea a una velocidad de vértigo y ella se derretía
de placer. Era cuestión de segundos que explotaran, y efectivamente,
los dos se corrieron con ganas y quedaron abrazados durante
un rato, mientras aquella verga salía poco a poco del sexo
de mi novia, inundado por el semen de su improvisado amante.
Después de aquello el cansancio nos venció y nos quedamos
dormidos los cuatro juntos sobre el edredón en medio de
la sala.
<br>
II
<br>
La luz del sol me despertó a la mañana siguiente con una sensación
extraña. Mis pensamientos se debatían entre el remordimiento
por lo que había hecho y los deseos de repetirlo; entre la
lujuria más salvaje y la punzada de los celos. Mucha gente
fantasea con aventuras de sexo compartido e intercambios
de pareja, pero para aquellos que nunca hayan ido más allá
de la mera fantasía, creedme que no es lo mismo imaginar
a tu novia follando con otro que verla haciéndolo de verdad
delante de ti. Casi todos, en alguna medida, tenemos asumida
respecto a nuestra pareja una cierta idea de posesión recíproca
o al menos de exclusividad sexual, y os aseguro que un intercambio,
sobre todo si se realiza en presencia unos de otros, no es
tan fácil como parece al leerlo en un relato. Cuando todo
ha terminado y se apaga la pasión y el desenfreno del momento
(y, admitámoslo, cuando desaparecen los efectos del alcohol),
le asaltan a uno toda clase de dudas. Te das cuenta de que
muchos de los valores y principios que creías inamovibles
se han derrumbado o como mínimo se tambalean. Te replanteas
seriamente el significado de tu relación de pareja, te
cuestionas si de verdad amas a tu novia o ella sólo es para
ti poco más que un objeto de placer, y por supuesto te preguntas
cuáles son sus verdaderos sentimientos hacia ti. Todas
esas consideraciones me hacía yo mientras percibía a escasos
centímetros el incitante olor y el calorcillo de la entrepierna
de Laura, lo cual, además de terminar de despertarme, he
de admitir que vino a desvanecer casi todas mis dudas y alivió
notablemente mis remordimientos. Decidí que por el momento
era mejor no atormentarse y esperar a ver cómo se desarrollaban
los acontecimientos.
Por lo pronto, la escena que formábamos los cuatro acostados
y desnudos sobre la alfombra, entre un montón de cojines,
era como para despertar la libido de una estatua. Mi novia
estaba hecha un ovillo, acurrucada sobre el pecho de Antonio,
que descansaba boca arriba. Laura, también boca arriba
y situada detrás de Beatriz, tenía una mano en la cintura
de ésta y la otra en mi cabeza, que reposaba entre sus muslos
ligeramente separados. Ante tal espectáculo no pude contener
una erección inmediata, sin embargo preferí quedarme
quieto hasta que los demás se despertaran, pues los tres
parecían dormir plácidamente.
Al cabo de un rato mi chica se incorporó y yo hice lo mismo.
Me dio un beso de buenos días, me acarició levemente la verga
haciéndome un guiño y sin decir nada se fue al aseo. Yo me
quedé sentado en el sofá y enseguida se despertaron también
Antonio y Laura. Se abrazaron y besaron tiernamente, me
dieron los buenos días y sin más se fueron juntos al otro
cuarto de baño que hay al lado de su dormitorio.
Después de ducharnos y desayunar, salimos a dar un paseo
para despejarnos y de paso hablar un poco de lo ocurrido,
pues todos estábamos algo abrumados por la situación.
Nuestros amigos confesaron que, en efecto, el juego de
las prendas y en cierto modo lo que vino después, lo habían
planeado antes de invitarnos a su casa. De hecho nos dijeron
que fantaseaban desde hacía tiempo con la idea de tener
una experiencia erótica con nosotros y finalmente se animaron
a intentar ponerla en práctica de alguna manera, aunque
los resultados superaron ampliamente sus expectativas
iniciales. En principio pensaron en algo como un striptease,
o tal vez algún juego de caricias y besos entre parejas,
para terminar haciendo el amor cada uno con la suya delante
de los otros, pero sin llegar necesariamente al intercambio.
Primero porque, aunque esa posibilidad les excitaba mucho,
no sabían si llegado el momento serían capaces de hacerlo,
y segundo porque ni siquiera tenían claro que nosotros
quisiéramos tomar parte en esa clase de juegos. Temían
ofendernos y poner en peligro nuestra amistad si nos lo
planteaban abiertamente, y concluyeron que, para evitar
situaciones desagradables, lo más aconsejable era ir
poco a poco, crear un ambiente que invitara a iniciar el
juego y al tiempo pareciera casual, espontáneo, algo no
premeditado. La opción del parchís y las prendas resultaba
muy conveniente: si nosotros aceptábamos, el primer paso
estaba dado y a partir de ahí podríamos llegar hasta donde
quisiéramos los cuatro. Y si no aceptábamos o reaccionábamos
mal, siempre podrían salir del paso diciendo que todo fue
una broma.
Por nuestra parte, Beatriz y yo también teníamos fantasías
parecidas, aunque sólo hablábamos de ello algunas veces
mientras hacíamos el amor con el propósito de excitarnos,
pero sin personalizar en nadie y mucho menos en Antonio
y Laura. Sin embargo, en el fondo yo sí pensaba en ellos.
Así lo reconocí y Beatriz confesó que también fantaseaba
con nuestros amigos. Los dos admitimos que cuando Antonio
sugirió lo de las prendas la idea nos excitó tanto como a
ellos, y sólo nos preocupaba que nuestra amistad o nuestras
respectivas relaciones de pareja salieran mal paradas
si el juego llegaba demasiado lejos.
El juego llegó tan lejos como habéis leído más arriba, y
aún avanzó mucho más, pues los cuatro, una vez hechas las
aclaraciones pertinentes, decidimos continuar esa misma
tarde. Todos deseábamos seguir explorando el territorio
que acabábamos de descubrir, y esos deseos eran más fuertes
que los temores que aún teníamos. Pensamos que sería buena
idea proseguir con nuestras aventuras sirviéndonos del
juego ya conocido del parchís y los "castigos"
de contenido sexual. Para ello nos comprometimos a obedecer
sin excepción todos los mandatos que se nos impusieran,
siempre que no entrañasen dolor físico ni resultaran ofensivos
o humillantes.
Beatriz y yo invitamos a comer a Laura y Antonio en un restaurante
cercano, y desde allí nos fuimos a nuestra casa para reanudar
los juegos.
Ya en casa, serví unas copas y puse algo de música mientras
las chicas iban al aseo para retocarse el maquillaje y,
supongo, para hablar con intimidad. Regresaron al rato
y los cuatro nos acomodamos en el sofá y los sillones a charlar
tranquilamente en espera de acontecimientos. Media hora
y un par de copas después, en vista de que nadie se decidía
a romper el hielo, Beatriz se levantó del sillón, sacó el
tablero de parchís de un cajón y lo puso en la mesita; luego
fue a buscar un edredón y, extendiéndolo sobre la alfombra,
dijo:
-Juguemos...
Los tres nos miramos con una media sonrisa que lo decía todo,
luego nos quedamos viendo a mi novia, que seguía de pie con
los brazos en jarras, y soltamos una sonora carcajada.
Como no era cuestión de repetir entero todo el ritual de
las prendas, decidimos empezar la partida vestidos sólo
con la ropa interior, no tanto porque a esas alturas tuviéramos
el menor problema en comenzarla desnudos, sino más bien
para darles a las chicas una pequeña ventaja inicial, y
también, puesto que no había ninguna prisa, para disfrutar
el siempre estimulante espectáculo de vernos unos a otros
despojarnos de ella.
Al cabo de unas cuantas tiradas sólo faltaban por desaparecer
las braguitas tanga de Laura, que disfrutaba como una chiquilla
de esa momentánea victoria. Luego ésta le ganó otra ficha
a mi novia, quien, al no tener más prendas que quitarse,
debía pagar con una penitencia. Beatriz respiró hondo
esperando el mandato con ansiedad. Laura se quedó pensativa
un momento, y dijo:
-El castigo que te pongo es... que mi novio te depile la entrepierna,
siempre que él esté de acuerdo, claro. ¿Tú qué dices, nene?-
Y, claro, qué iba a decir el "nene"... pues que
sí, naturalmente.
Beatriz hizo un poco de teatro. Fingía no querer someterse
al castigo, pero todos nos dábamos cuenta de lo excitada
que estaba. En alguna ocasión se lo había hecho yo y puedo
asegurar que se pone a cien. Y más cuando luego le doy el "visto
bueno" al trabajo comiéndomela hasta que se derrite
literalmente en mi boca.
Después de hacerse rogar y protestar un poco, Bea se tumbó
en el edredón dispuesta soportar la "penitencia".
Entretanto fui al baño a buscar una maquinilla de las que
usa ella para esos menesteres, junto con un bote de espuma
de afeitar, un barreñito pequeño con agua templada, una
esponja, una toalla y una crema hidratante. Le entregué
a Antonio todo el instrumental y me senté a ver la operación
de rasurado de mi novia. Antonio le abrió las piernas completamente
y humedeció toda la zona con agua, empleando sus propias
manos. Luego le echó una buena cantidad de espuma y la extendió
por el pubis y la vagina. Cogió la cuchilla y comenzó a afeitarle
el pubis y las ingles hasta que no quedó ni un solo pelo. A
continuación y con mucho cuidado repitió el mismo tratamiento
en los labios mayores. Para evitar herirla con la cuchilla,
le estiraba la piel sujetando los labios y poniendo los
dedos casi en la entrada de la vulva, que debido a la postura
se mostraba abierta como una flor y empapada de flujo vaginal.
Cuando terminó por los dos lados, mojó la esponja y retiró
los restos de espuma que quedaban. Luego la secó con la toalla
y le aplicó la crema hidratante dándole un suave masaje
en toda la entrepierna. A esas alturas Beatriz se encontraba
en pleno éxtasis y movía las caderas adelante y atrás como
si la estuvieran penetrando. Antonio captó el mensaje
y, ya sin disimulos, se puso a masturbarla en toda regla.
Restregaba los dedos mojándolos en el chorreante coño
de Bea y a la vez le frotaba el clítoris. Mi novia se estremecía
moviendo todo su cuerpo y aullando de placer. En pocos segundos
anunció a gritos: -¡Me corroo!-, y acto seguido se vio sacudida
por un violento orgasmo que casi la hace desmayarse. Los
demás nos excitamos hasta límites insospechados y nos
entraron unas ganas enormes de seguir jugando.
Esperamos a que Beatriz se recuperara y volvimos al tablero
de parchís para continuar la partida. Transcurrieron
varias tiras sin que nadie perdiera, hasta que mi novia
me comió una ficha y al contar veinte hizo lo propio con otra
de Antonio. Entonces saltó alborozada en su asiento, miró
a Laura con cara de perversa y ésta le respondió con un guiño
de complicidad, sonriendo satisfecha. Era obvio que tramaban
algo, por lo que empecé a preocuparme, al igual que Antonio
que las miraba sin decir nada pero con cara de susto.
<br>
-Muy bien, chicos, ésta es la jugada que Laura y yo estábamos
esperando-, dijo mi novia corroborando nuestras sospechas
sobre una conspiración femenina, y continuó: -Como los
dos habéis perdido simultáneamente, vais a cumplir vuestras
penalizaciones, por así decirlo, en equipo. Uno de los
dos masturbará al otro y, a continuación, el que fue masturbado
le hará al primero una mamada. Cada castigo durará cinco
minutos, pero si alguno de los dos siente que se va a correr,
avisará al otro para que se detenga el tiempo necesario
y continúe luego hasta completar los minutos que le falten.
Para decidir quién de los dos masturba y quién chupa, lanzaréis
un dado cada uno y hará la mamada el que saque la tirada más
baja.
Antonio y yo escuchábamos a mi novia sin terminar de creer
lo que decía y moviendo enérgicamente la cabeza y el dedo
índice en señal de negación. Nos levantamos del sofá diciendo
que de ninguna manera íbamos a cumplir semejante mandato.
Les ofrecimos hacer cualquier cosa, salir desnudos al
balcón, bañarnos en pelotas en una fuente pública o lo que
quisieran, excepto eso. Pero ellas, ya en abierta alianza,
se mantenían firmes. Alegaron, con toda la razón, que la
noche anterior ellas habían realizado sin protestar el
numerito lésbico que yo les mandé. Insistieron diciendo
que por la mañana se acordó llevar adelante nuestros juegos
sin restricciones, lo cual también era cierto.
Para qué engañarse, no teníamos ninguna defensa. Los argumentos
de las chicas eran inatacables y lo sabíamos. Nosotros
sólo podíamos negarnos a cumplir el castigo sin más justificación
que el mero hecho de que no nos apetecía. Era innegable que,
tanto Antonio como yo, habíamos aceptado las reglas y en
ellas nunca se excluyó el sexo entre hombres. Si no estábamos
dispuestos a ello, debimos haberlo advertido en su momento.
En mi caso debo reconocer que pensé en ese particular cuando
se habló de las reglas a seguir, pero no quise mencionarlo:
confiaba en que a nadie se le ocurriera introducir mandatos
de esa clase y, además, no quería arriesgarme a que las chicas
se negaran también a tener sexo entre ellas, lo cual habría
sido una lástima pues me excitaba enormemente. Beatriz
y Laura amenazaban ya con abandonar los juegos para siempre
si persistíamos en nuestra negativa. Y para demostrar
que hablaban en serio, empezaron a vestirse.
<br>
-Chicos, es lo justo. Nosotras ya lo hicimos ayer y bien
que lo disfrutasteis, ¿no es cierto? Bueno, pues ahora
deseamos veros a vosotros haciendo algo parecido-, señaló
Laura mientras se abrochaba la falda. -Lo hemos hablado
Beatriz y yo hace un rato y las dos tenemos esa fantasía;
nos da mucho morbo y nos excita una barbaridad la idea. Venga,
no seáis tontos, si sólo es un juego. No vais a dejar de ser
hombres por hacerlo. ¿Es que nos vais a negar ese capricho?
Después de hablar Laura se hizo un silencio tenso e incómodo.
Las chicas observaban desafiantes y Antonio y yo nos mirábamos
como si fuéramos víctimas propiciatorias dispuestas
para el sacrificio. Estábamos vencidos y lo sabíamos.
Si no hacíamos lo que nos pedían, todo terminaría ahí, y
ésa era una opción que no nos gustaba a ninguno.
Lo pensé despacio y llegué a la conclusión de que, aunque
no me agradaba hacerlo, tampoco era tan grave darle unas
cuantas sacudidas con la mano a la polla de Antonio. Lo de
la mamada se me hacía inconcebible, pero las posibilidades
de librarme eran del cincuenta por ciento. Así que finalmente
acepté, confiando en el azar. Y supongo que Antonio se hizo
las mismas cuentas, pues también decidió arriesgarse.
Contuve la respiración y crucé los dedos mientras lanzaba
el dado a la mesa. Salió un 3. Ya me veía chupando la polla
de Antonio, aunque él tampoco parecía tenerlas todas consigo.
Tiró el dado y sacó un 2. No pude evitar un resoplido de alivio.
Miré a Antonio como pidiéndole disculpas y, encogiéndome
de hombros, le dije:
-Lo siento, amigo, esto me hace tan poca gracia como a ti,
pero se han empeñado estas dos arpías y no hay más remedio
que complacerlas.
<br>
-Vale, vale, déjalo..., mejor no digas nada-, respondió
Antonio avergonzado.
Beatriz tomó otra vez el mando de las operaciones, indicando
que debíamos cumplir la penitencia sobre el edredón y que
el primero en actuar sería yo, masturbando a Antonio. Así
que éste se recostó con las piernas extendidas y apoyándose
en los codos, y yo me situé a su derecha. Tenía el miembro
totalmente flácido, y yo pensé que su estado no cambiaría
por más que yo lo estimulara con mi mano, de manera que me
planteé hacerlo sin el menor entusiasmo, más bien de un
modo mecánico. Beatriz me mandó empezar mientras ponía
en marcha el cronómetro. Tragué saliva y me dispuse a sostener
en mi mano por primera vez una verga que no era la mía. Se la
cogí tímidamente y empecé a mover la mano despacio. La sensación
era extraña, pero no desagradable. Además, me consolaba
pensando que eso era una tontería comparado con lo que más
tarde le esperaba a él. Al cabo de un minuto, como aquello
no se enderezaba, Laura me pidió que le diera más ritmo y
más arte a mis movimientos. "Házselo como te gusta
que te lo hagan a ti", fueron sus palabras exactas.
Obedecí de mala gana. Aumenté el ritmo y la presión de mi
mano, y el cambio surtió efecto, pues la polla de Antonio
comenzó a cobrar vida entre mis dedos. No sabría decir si
eso me satisfizo o me avergonzó más de lo que estaba, pero
lo cierto es que al poco rato Antonio tenía una erección
completa y su respiración evidenciaba que estaba empezando
a excitarse.
<br>
-Vaya, vaya, eso está mucho mejor-, dijo Beatriz entusiasmada.
Las chicas, que de nuevo estaban desnudas, se relamían
viendo la escena y acariciaban sus cuerpos dando rienda
suelta a sus instintos. Pero lo peor fue cuando noté que
mi polla también empezaba a ponerse dura sin remedio. Intenté
dejar la mente en blanco pero era inútil. Me estaba excitando,
y cuanto más hacía por evitarlo, mayor era mi erección.
Laura se percató de ello y le dijo a mi novia en voz alta:
-¿Qué te parece, Beatriz? Tanto protestar hace un momento
y mira ahora cómo están los dos. Apuesto a que si les mandas
parar no te obedecen.
Concluyeron los cinco minutos y por suerte Antonio logró
aguantar sin correrse, aunque después me confesó que no
hubiera resistido ni veinte segundos más.
Ahora venía la parte más difícil, sobre todo para Antonio.
Aquí podría deciros que la situación me molestaba o me producía
rechazo, pero mentiría. La verdad es que, por más embarazosa
que fuera la idea de que me la chupara un hombre, sentía una
extraña excitación que ni yo mismo podía entender. Tenía
la verga dura como una barra de acero y sólo deseaba que Antonio
cumpliera su castigo. Pero eso no era todo: Antonio exhibía
una polla tan tiesa o más que la mía y, viendo su cara, costaba
trabajo creer que aquello le desagradara, sino más bien
lo contrario. Nadie hablaba, ni siquiera las chicas, que
ahora nos observaban con una expectación morbosa. Acaso
dudaban que Antonio fuera capaz de cumplir su delicada
misión y preferían no ponérselo más difícil con sus comentarios
jocosos. O quizá la calentura que las invadía no les dejaba
articular palabra.
Me senté en la misma posición que antes había adoptado Antonio
y separé las piernas para dejarle espacio. Entonces él
se arrodilló delante de mí y observó mi tranca, que para
entonces no sólo estaba increíblemente erecta sino que
ya empezaba a expulsar por la punta una gruesa gota de líquido
transparente. Antonio parecía haber entrado en una suerte
de trance hipnótico. Se inclinó lentamente atrapando
mi polla con su mano derecha. Lo que hizo a continuación
nos dejó a todos estupefactos. Comenzó a presionarla con
los dedos desde la base hasta la cabeza, provocando que
saliera un reguero de líquido transparente por el orificio
de mi amoratado glande. Entonces acercó su boca y le dio
varias pasadas con la lengua hasta dejarlo limpio. No me
había recuperado de la impresión cuando vi mi verga desaparecer
entre los labios de Antonio, que la engulló hasta donde
pudo de un bocado y la retuvo un instante dentro de su boca
presionando el tronco con los labios. Volvió a sacarla
lentamente pero manteniendo la presión, y cuando sólo
le quedaba dentro la punta sentí la caricia de su lengua
recorriendo por todas partes la cabeza de mi polla. Repitió
la misma operación al menos cinco o seis veces, pero con
una lentitud que me permitía sentir plenamente cada uno
de sus movimientos y me hacía delirar de placer, aunque
intentaba disimularlo a duras penas. Antonio se sacó mi
verga de la boca y procedió a pasarle la lengua varias veces,
como si fuera un helado. Luego me la inclinó hacia atrás
y se entretuvo un rato chupando mis testículos y metiéndoselos
en la boca, para volver después a mi polla. A esas alturas
ya no me importaba si aquello me lo hacía un hombre, una mujer
o un extraterrestre, sólo podía pensar que me estaban dando
una mamada de película. Era claro que mi amigo, por la razón
que fuera, se había propuesto hacerme gozar al máximo,
y casi me parecía una descortesía permanecer impasible
y rígido en lugar de exteriorizar el placer que estaba sintiendo,
así que me relajé y empecé a gemir y a mover la pelvis al compás
de las chupadas de Antonio, el cual, ya lanzado, subía y
bajaba cada vez más a prisa a lo largo de mi verga, metiéndosela
hasta la garganta en cada movimiento.
Cuando faltaba poco más de un minuto para cumplirse los
cinco, sentí que me acercaba peligrosamente al orgasmo
y se lo avisé a Antonio antes de que fuera demasiado tarde:

-Antonio, no sigas que me voy a correr-, le dije entre jadeos
de placer. Aminoró un poco la velocidad de sus chupadas
y pensé que se iba a parar, pero en vez de eso continuó subiendo
y bajando lentamente. Con ello evitó que me corriera, sin
embargo consiguió mantenerme estable en ese punto inmediatamente
previo al orgasmo. Las chicas no daban crédito a lo que veían.
Se levantaron del sofá y se sentaron junto a nosotros para
no perder detalle del increíble espectáculo que les estábamos
brindando. Yo no sabía cuál era el propósito de Antonio,
pues volví a pedirle que lo dejara y él siguió a lo suyo como
si no me oyera. Comprendí que estaba decidido a terminar
el trabajo. Efectivamente, me sujetó de las caderas y continuó
chupando despacio pero presionando mi verga con los labios
cada vez más fuerte. En vista de ello, incapaz ya de oponer
más resistencia, me dejé ir y en pocos segundos llegué al
orgasmo vaciándome en la boca de Antonio, que siguió mamando
hasta el final. Cuando notó que había terminado de correrme,
sacó lentamente mi polla de su boca manteniendo dentro
todo el semen recibido, que era abundante. Se incorporó,
se volvió hacia Beatriz que estaba a su derecha mirándolo
alucinada, la sujetó por la nuca, acercó su boca a la de ella
y le dejó caer toda mi leche entre los labios. Mi novia recibió
la descarga reteniéndola a su vez en la boca y se puso a lamer
la lengua y los labios de Antonio, llevándose las últimas
gotas de mi semen y de su saliva. A continuación tragó una
parte de lo que tenía en la boca y luego se inclinó hacia mí
para compartir conmigo lo que quedaba, dándome un morreo
tan húmedo y caliente que consiguió excitarme otra vez.
De nuevo nos quedamos los cuatro en silencio, supongo que
cada uno trataba de asimilar lo ocurrido. No es fácil describir
lo que pensaba y sentía yo en aquel momento. Soy persona
de mente abierta y nunca he tenido prejuicios en lo tocante
al sexo, y aunque por la imaginación de uno pueden pasar
y pasan toda suerte de situaciones, incluso algunas realmente
fuertes, puedo asegurar que nunca me había planteado seriamente
la posibilidad de participar en algo como lo que acababa
de suceder, porque sencillamente no me atrae. Tengo muy
claro que soy heterosexual, pero no es menos cierto que
acababa de recibir una de las mejores mamadas que recuerdo,
y me las han hecho muy buenas. Cuando Antonio comenzó a chupármela
yo estaba tenso e incómodo; mi mente rechazaba aquello
y no conseguía disfrutar. Pero al rato decidí relajarme
y tomarlo como lo que era: una experiencia nueva, uno más
de nuestros juegos. Me concentré únicamente en mi propio
placer y me dejé llevar por las sensaciones que estaba experimentando,
lo que me permitió gozar de un excelente trabajo oral.
Pero entonces, ¿por qué me sentía así? ¿Qué era lo que me
preocupaba? Enseguida lo comprendí. Nuestras aventuras
apenas estaban empezando, y si Antonio me había hecho semejante
homenaje, no es difícil suponer que muy pronto alguien
me mandaría a mí corresponderle del mismo modo. Y cuando
llegara esa ocasión, que llegaría sin duda, ¿con qué cara
iba yo a negarme? De todos modos procuré apartar de mi pensamiento
esas preocupaciones, ya decidiría lo que fuese en el momento
oportuno. Entretanto, Laura rompió el espeso silencio
que reinaba en la habitación:
-Joder, tíos, es lo más morboso y salvaje que he visto en
los días de mi vida. Me habéis puesto más caliente que un
volcán.
<br>
-Pues no te cuento cómo estoy yo, querida-, dijo Bea-. Me
he mojado hasta los muslos viendo el espectáculo que nos
han dado estos chicos. Vamos a seguir jugando, a ver si tengo
suerte y consigo que alguien me alivie pronto esta calentura.
Así, pues, regresamos al tablero de parchís para continuar
la partida. Sin embargo, a pesar de haber 16 fichas en circulación,
transcurrió más de media hora sin que nadie se comiera ninguna.
Por fin la suerte cayó de mi lado y le comí una ficha a mi novia.
Mi mandato fue el siguiente:
-Quiero que le comas la entrepierna a Laura hasta que se
corra en tu boca, y luego, si ella no se opone, la besarás
durante dos minutos para darle a probar su propia miel.
Sabía que estaba jugando con fuego pero realmente me apetecía
ver a las chicas en acción y de paso cobrarme una pequeña
venganza por la jugada anterior, aunque faltaba por ver
si Laura accedía al beso lésbico que les estaba proponiendo.
Por el momento ninguna de las dos dijo una palabra, se limitaron
a tumbarse sobre el edredón, Laura boca arriba con las piernas
muy abiertas y Beatriz delante de ella mirando a su coño.
A una indicación mía, mi chica se inclinó sobre el sexo de
Laura y empezó a darle suaves y delicadas pasadas con la
lengua por los alrededores de la vulva. La afortunada se
incorporó apoyándose en los codos para observar lo que
ocurría entre sus piernas, y por la expresión de su rostro
parecía disfrutar mucho con ello. No era para menos, porque
Bea se aplicaba a la faena con gran dedicación. Tras lamerle
repetidamente las ingles, el interior de los muslos y el
pubis, empezó a pasar la lengua por los labios externos,
hasta que consideró que era el momento de atacar sin contemplaciones
el objetivo e incrustó su boca en el sexo de su amiga, que
para entonces era un lago de flujo vaginal. Mantuvo un rato
los labios pegados al coño de Laura, chupando la raja a conciencia
y metiendo toda la lengua en su interior. Después, aprovechando
que su compañera levantaba la pelvis acompasadamente,
Bea colocó las manos bajo sus nalgas, se las separó y le atacó
el otro agujerito. Laura se retorcía de gusto; las caricias
de mi novia la estaban enloqueciendo y sin duda la llevarían
al orgasmo en muy poco tiempo. Así ocurrió en cuanto sintió
la lengua de Beatriz paseando por su clítoris. Empezó a
convulsionarse y a gritar mientras se corría con toda su
alma. Pero cuando el orgasmo de Laura comenzó a apagarse,
mi novia volvió al ataque lamiendo su botoncito del placer
y logró que enseguida encadenara otro más. A todo esto mi
polla se puso dura de nuevo, y qué decir de Antonio, que aún
no se había corrido en toda la tarde: tenía la verga a punto
de estallar y se la acariciaba mientras miraba a las chicas
completamente encendido por la lujuria.
Beatriz se separó por fin de la almeja de su amiga y nos miró
visiblemente excitada. Tenía la boca, la barbilla y las
mejillas impregnadas de líquido vaginal y saliva. Sin
necesidad de decir nada estaba pidiendo a gritos que la
follaran, pero aún no era su turno. Comenzó a gatear sobre
el cuerpo de Laura y acercó su boca a la de ésta para cumplir
la segunda parte de mi mandato. Antonio y yo pudimos deleitarnos
viendo cómo nuestras novias se fundían en un tórrido beso
de lengua, abrazándose y acariciándose mutuamente. Se
lamían una a otra los labios, jugaban con sus lenguas e intercambiaban
saliva y el jugo sexual de la propia Laura. Fue algo espectacular
y caliente a más no poder, pero sólo tenía que durar dos minutos,
transcurridos los cuales se separaron y se quedaron mirándonos
con cara de viciosas. Antonio y yo no pudimos menos que ponernos
en pie y prorrumpir en aplausos y silbidos de admiración.
Decidimos hacer un receso, pues los cuatro, por diversas
razones, necesitábamos ir al aseo y también nos apetecía
comer algo para reponer fuerzas. Luego volvimos a la mesa
y esta vez no tardó mucho en llegar la acción. Mi novia me
comió una ficha y se puso de pie muy contenta y sonriente.
Pero su sonrisa era maliciosa. Me temía lo peor.
<br>
-Bueno, ahora vamos a montar un numerito excitante y morboso
de verdad-, dijo Bea, y añadió dirigiéndose a Antonio y
Laura: -, aunque hará falta vuestra inestimable colaboración
para realizarlo. Ya sé que sólo ha perdido Alex, pero si
no participáis vosotros no se puede hacer. Es una escena
para cuatro actores que se me ocurrió antes mientras me
comía el coño de Laura.
Miedo me daban las ocurrencias de mi chica, dados los precedentes,
sobre todo en ese momento, pues parecía haberse apoderado
de ella la lujuria más perversa. Se la veía desatada, dispuesta
a lo que fuera con tal de gozar al máximo. Mis peores sospechas
se confirmaron cuando nos explicó en qué consistía la escena:

-Tú, Alex, debes tumbarte boca arriba; Laura se pondrá
encima de ti en la posición del 69, con su sexo en tu boca pero
dejando libre tu polla, porque la necesito para mí, je,
je, je... Yo me sentaré sobre ti clavándome tu verga en el
coño y, a su vez, Antonio se situará detrás de Laura para
penetrarla. Y ahora viene lo interesante. Por un lado,
Laurita me dará placer con la lengua desde mis tetas hasta
mi clítoris; yo me sacaré tu polla de vez en cuando para dársela
a probar bien mojadita en mis jugos. Y por el otro lado, Antonio
meterá la suya alternativamente en el sexo de su chica y
en tu boca, pudiendo correrse donde él prefiera. Cuando
tú estés cerca del orgasmo me darás una palmadita en el culo,
entonces yo me la sacaré y se la pasaré a Laura para que ella
te haga acabar y se trague toda tu leche. ¿Qué, os parece
bien? Esa pregunta, obviamente, no iba para mí sino sólo
para nuestros amigos, pues yo no tenía elección. Para mi
desgracia, los que podían elegir decidieron prestarse
a al capricho de mi novia y a mí no me quedó más remedio que
aceptar lo inevitable. No se puede negar que la escena propuesta
por Bea era excitante y salvaje como pocas, algo digno de
una película de porno duro, pero comprenderéis que yo hubiera
cambiado ligeramente la posición de los actores, y entenderéis
también que a mí todo aquel invento no me hacía ninguna gracia.
Sin embargo, quizá por el morbo de la situación o por la excitación
acumulada, la realidad es que estaba ya muy caliente; tenía
la verga totalmente erecta y deseaba que las chicas me la
trabajaran a modo, y me motivaba especialmente saber que
Laura me la iba a mamar hasta el orgasmo y luego se tragaría
todo mi semen. Era la única compensación que podía encontrar
al embarazoso papel que me tocaba desempeñar.
Me tumbé en el edredón y Laura se colocó a cuatro patas sobre
mí como había dicho mi novia. De nuevo tenía el suave y cálido
sexo de Laura a mi alcance, pero esta vez no tardaría en acompañarnos
un visitante que no me era nada grato. Traté de no pensar
en ello y concentrarme únicamente en disfrutar. Mientras
Bea y Antonio se situaban en sus lugares correspondientes,
aproveché el momento para hundir mi boca y mi lengua en la
deliciosa raja de aquella chica que cada vez me gustaba
más, al tiempo que ella hacía lo propio metiéndose en la
boca y chupando con verdadera pasión mi excitadísima verga.
Quizá la situación no invitaba a consideraciones de esa
especie, pero en aquel instante me di cuenta de que Laura
empezaba a atraerme de verdad. Estuve tentado de pedirles
a Bea y Antonio que nos dejaran solos un rato para entregarnos
por entero el uno al otro en la intimidad, pues eso era lo
que más me apetecía, pero obviamente no era el momento.
Me sacaron de mis cavilaciones, por un lado las manos de
mi novia arrebatándole a Laura su golosina e introduciéndola
en su coño de una sentada, y por otro la visión de la polla
de Antonio acercándose peligrosamente. De inmediato
me aparté del coño de su chica para cederle el sitio y él lo
ocupó de un solo empujón, penetrándola sin dificultad
gracias a lo mojadísima que estaba, lo cual me permitió
tener un primerísimo plano de la follada de ambos.
Beatriz empezó a cabalgar lentamente sobre mi verga presionándola
con su vagina (sabe que eso me encanta) mientras su amiga,
ligeramente incorporada, le comía las tetas. Después
Laura se volvió a inclinar, metió la cara entre las piernas
de Bea y sentí sus labios y su lengua jugando con el clítoris
de mi chica, aprovechando para lamer también el tronco
de mi polla cada vez que quedaba al descubierto. Quise devolverle
el favor, así que acerqué mi lengua y le lamí el pubis y el
clítoris durante un rato. Entonces ocurrió lo que tenía
que ocurrir. Mi novia se sacó mi polla del coño para ofrecérsela
a Laura, que se la tragó hasta la campanilla, y Antonio,
al ver la jugada, se decidió a imitarla: sacó lentamente
la verga de su cálido alojamiento y me la puso en los labios.
Estaba durísima y totalmente impregnada de la miel del
sexo de Laura. No quise pensarlo más, pues la cosa era inevitable,
de modo que cerré los ojos, abrí la boca y le dejé paso a la
verga de Antonio. Él empujó lentamente hasta que la tuvo
casi entera dentro de mi boca. Tenía, lógicamente, todo
el sabor de su novia, por lo que no me importó tanto chuparla
y degustarla. Al mismo tiempo sentía la boca de Laura haciendo
maravillas en mi polla y decidí repetir exactamente sus
mismos movimientos en la de Antonio. Si ella me pasaba la
lengua por el glande, yo hacía otro tanto; si ella me la chupaba
adentro y afuera, yo también se la chupaba igual a Antonio.
Así estuvimos unos minutos hasta que Beatriz se apoderó
nuevamente de mi rabo y se ensartó en él para seguir gozando
a todo galope. Antonio, que parecía estar muy próximo a
correrse, imitó de nuevo la acción que se desarrollaba
ante él y sacando su polla de mi boca volvió a clavarla en
la vagina de Laura.
La primera en acabar fue mi novia. Se dejó caer sobre mi verga
y con ella bien clavada comenzó a balancearse presionando
su clítoris contra mi pelvis, hasta que alcanzó un fabuloso
orgasmo entre gritos de placer que Laura intentaba ahogar
sin mucho éxito besándola en la boca. Acto seguido Antonio
anunció que le llegaba su turno. Yo estaba preparado para
apartarme en caso de que intentara correrse en mi boca,
pero no fue necesario. Tal vez porque no se atrevió a devolverme
la moneda o tal vez porque simplemente le apetecía más eyacular
dentro de su chica, cosa muy comprensible (yo hubiera hecho
lo mismo), la cuestión es que empezó a acelerar el ritmo
de sus embestidas y a gemir fuertemente mientras se vaciaba
con gran placer en el ardiente y enrojecido coño de Laura,
cayendo luego en el edredón completamente agotado. Ella
aún no había logrado correrse pero estaba cerca, y en esas
circunstancias sólo había un modo de que lo hiciera. Puse
mi boca en su sexo y volví a lamerlo sin importarme ya lo que
hubiera en él. Notaba el semen de Antonio escurriendo por
su abertura mezclado con los propios jugos de la chica,
pero continué comiéndome ese coño chorreante.
Cuando llevaba haciéndolo unos diez minutos, en vista
de que aquello ya no bastaba para hacerla llegar al clímax,
decidí saltarme el guión. Agarré a la chica por las caderas,
la volteé y me giré para invertir nuestras posiciones,
por lo que quedé sobre ella cara a cara. Nos miramos un instante
sin hablar; Laura tenía el rostro encendido, sus preciosos
ojos me pedían que la follara y me lo reiteró abriendo las
piernas cuanto pudo y empujando mi trasero con las manos
en busca del contacto íntimo, que era justamente lo que
yo deseaba. La penetré sin contemplaciones, con furia.
Como ya he dicho, su coño era una catarata de líquidos sexuales,
así que no parecía probable que le hiciera daño al meterle
mi verga bruscamente. Aun así, cuando la sintió entrar
tan de golpe se estremeció dejando escapar un quejido gutural
y me miró entre asustada y sorprendida, lo que me enardeció
más de lo que ya estaba. Entonces se agarró a mí como una lapa,
con brazos y piernas y juntó su boca con la mía. Yo correspondí
a su abrazo rodeándola también con mis brazos bajo su espalda,
y a su beso comiéndole la boca y la lengua como si me fuera
la vida en ello. El contacto de nuestros cuerpos era máximo,
pues mi verga permanecía completamente alojada en su coño
hasta tropezar con la matriz. Una vez acoplados, empecé
a moverme lentamente, sacando la polla hasta la mitad y
volviendo a meterla entera, pero después de unas cuantas
acometidas aumenté la velocidad hasta el máximo. Mi polla
era ya como un pistón subiendo y bajando a un ritmo enloquecido.
Repentinamente, Laura tuvo un orgasmo, pero yo no me detuve,
quería que tuviera al menos otro y seguí empujando todas
mis fuerzas. Por suerte no tardó mucho en correrse de nuevo,
pues yo ya estaba casi al límite de mi resistencia física.
Laura quedó entre mis brazos, temblando de placer. Permanecimos
un instante así, quietos y abrazados, y luego yo me incorporé
sacando mi polla de su sexo y quedé arrodillado frente a
ella. Entonces Laura se dio la vuelta hacia mí, acercó la
cara a mi verga y, mirándome a los ojos, se la metió entera
en la boca.
En ese momento volví a tomar conciencia de que no estábamos
solos. Giré la cabeza y vi a Antonio y a Bea que nos observaban
atónitos desde el sofá. Me concentré de nuevo en las atenciones
que Laura le dedicaba a mi polla, que eran ciertamente exquisitas.
Me la chupaba con ansia, la metía en su boca hasta casi atragantarse,
luego la sacaba lentamente y la succionaba como si quisiera
exprimirla. Una de las veces se la sacó de la boca y me dijo:

-Dame tu leche, Alex, quiero que me llenes la boca de semen
y bebérmelo todo hasta dejarte seco.
Y eso hizo exactamente. Yo estaba a punto de venirme y con
sus palabras no hizo falta mucho más. Volvió a tragársela
y a succionarla con toda su alma, y en pocos instantes me
derramé completamente en su boquita. Ella, al notarlo,
siguió chupando aún más deprisa sin parar de succionar
hasta la última gota. Cuando terminó su trabajo se incorporó
quedando en la misma posición que yo y casi pegada a mí, luego
abrió la boca para que viera mi semen dentro de ella, la volvió
a cerrar y se lo tragó todo. Finalmente la abracé y nos dimos
un interminable beso. Fue uno de los mejores y más calientes
polvos que he disfrutado en mi vida, y la mamada de Laura
me proporcionó un orgasmo sencillamente bestial. Así
se lo dije cuando nuestras bocas y lenguas se separaron.
Con esto dimos por terminado aquel encuentro, nos duchamos,
nos vestimos y nuestros amigos se despidieron hasta una
nueva ocasión. Desde entonces nuestra relación ha cambiado
completamente.

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es una de las mejores historias de sexo que he leido felicidades
por todo lo que alli paso y pues tambien un saludo a bea y laura
que deliciosas mujeres deben ser chao y disfruten su vida
al maximo

11/9/2004

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felicidades a todos por esta historia fue fantastica y
realmente es como pocas un saludo a bea y a laura que deben
de ser unas mujeres deliciosas chao y disfruten su vida
al maximo

11/9/2004

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Espectacular!!!!!Esta historia me ha puesto a mil.Felicitacionmes!!!!



massimo

10/25/2006

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tremenda historia q lujo te diste pana ojala q me pasara
a mi espero q sigas contando de tus encuentros

10/28/2006

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muy buena historia en grupo, pero tengo una pequeña duda
todavia ¿solamente hubo vino? porque yo voy a ser sincero
chicas? igual las felicito la pasaron bien y es bueno, buen
sexo buen vino.

3/7/2007

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Realmente un sueño todo es fenomenal espero no irme de este
mundo sin haber hecho algo tan rico estoy totalmente mojado
la tengo super dura que rica paja me hare de esta hermoza
relacion con permiso me retiro para soñar con algo asi felicitaciones
J

6/8/2008

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muy buena pero muy larga muy detallada

7/6/2008

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muy bueno tu relato haber cuando invitas para hacer un juego
de pokar de prendas y de algo mas

7/7/2008

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sin palabras de lujo

9/9/2009