Mar  

rm_alfaroli 75M
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1/27/2006 3:07 pm

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3/5/2006 9:27 pm

Mar


Inspirado en la canción de Los Amantes de Lola)

Un par de medias rasgadas, ojos hinchados, rimel corrido, su apariencia; alcohol destilado, sal, tabaco y tristeza, su olor; gritos ahogados, silencios incómodos, súplicas desgarradoras, su plática; piernas abiertas con treinta monedas entre ellas, la carne de su carne en el sucio y frío cuarto de a lado a donde atendía a sus clientes, su vida.

Pero María Rosario no siempre fue así; no lo fue antes, y tampoco lo fue antes de antes. Al principio, sus cachetes tenían más color que el Sol, y sus ojos eran la fuente de felicidad del barrio entero; su sonrisa enamoraba a hombres, mujeres y a los perros callejeros por igual. Era tonta tonta, según los demás, pero tan hermosa, que no les importaba, tan risueña que su aparente imbecilidad pasaba desapercibida, para todos. La pusieron en un pedestal tan alto que nadie nunca hubiera podido alcanzarla; por ello, por envidia, por maldad, por simple placer, mil hombres lazaron el pilar donde la pusieron y lo derrumbaron tan fuerte que María Rosario fue directo del Cielo al Infierno, sin escala en la realidad, en la normalidad, en la vida que debió tener una dulce niña de dieciocho años.

Alejandro así fue como la timó. Le habló de su belleza, le habló de sus labios, le habló de cómo ella debía vivir en un palacio, en un palacio rodeada de todo tipo de doncellas, siervos y bufones de la corte, frutas tropicales, vinos y manjares; un palacio que debía ser protegido de los dragones por él, con su lanza, su armadura y su Mustang ’78.

María Rosario, estúpida y bella como era, creyó que merecía más que las demás, más de lo que tenía y más de lo que la vida le ofrecía; se tragó entero el cuento ese de que debía ser defendida por Alejandro, y sucumbió ante sus palabras, ante su lengua viperina, ante la alfombra roja que él le puso para llegar a conocer a Dios; y así fue como en una noche de esas que presagian que el mundo debe acabar, se entregó a él, regalándole su inocencia, su virginidad, su himen.

No había llegado el amanecer cuando Alejandro, en un brusco despertar, le regaló a María Rosario, a cambio de la bendición que él unas horas había recibido, un par de cachetadas, un escupitajo y un empujón echándola fuera del cuarto de hotel donde habían pasado la noche. La echó sin más ni más, desnuda, golpeada, humillada, desvirginada, embarazada.

Corrió las calles procurando que nadie la viera, que nadie la reconociera, que ni un alma fuere capaz de saber que ella, bella entre las que más, había sido sometida, abusada, ingenua ante los caprichos sexuales de un don nadie que le había prometido la gloria y que le había entregado la miseria.

Pasó meses enteros vagando, comiendo mierda, desaparecida, siendo una sombra innecesaria en la Ciudad, pidiendo limosna, odiando al crío que llevaba dentro, mamando vergas a cambio de una moneda, a cambio de poder pasar una noche bajo un techo.

Al nacer el crío, dio gracias a Dios por haber sido tan estúpida y no haber pensado en acuchillarse la barriga; creyó que el niño le daría vida; que podría llegar a la que alguna vez fue su casa con los que alguna vez fueron sus padres y pedirles perdón, decirles que cambió su belleza y sus castillos por el niño, que entregó su vientre por la vida que le daría vida.

Dio la vuelta a la esquina, caminó por su cuadra con la frente en alto. Los vecinos asombrados, creían estar viendo un fantasma. Es cierto, no era la María Rosario chapeada y alegre, era un remedo de María Rosario, encorvada, flaca hasta los huesos, transparente, verdosa y con un crío en los brazos. Tocó la aldaba, casi tiró la puerta a golpes primero, luego a patadas y se sentó a llorar como nadie ha llorado, al menos ante esa puerta. Se habían ido, nada ni nadie la salvaría, sólo su pasado promiscuo perduraría.

Al dar la media vuelta y caminar nuevamente por su cuadra, pero ahora en sentido contrario, se juró a sí, a Dios, al Diablo y al crío, que nunca más sus pasos la llevarían de regreso al lugar donde supo que estaba muerta; que de ahora en adelante sería ella y su crío quienes por sí mismos saldrían adelante, sin ayuda de nadie y sin rumbo fijo, costara lo que costara, que su pasado iría al armario y que sólo el niño la salvaría.

El llanto del niño cortó la eyaculación del cliente, acabó con su inspiración, con su erección. Molesto aquél hombre, salió del cuarto azotando la puerta y sin pagar, sin dejar propina y fumándose el último cigarro que a María Rosario le quedaba. Quiso estallar, quiso enojarse, quiso gritarle al niño, quiso aventarlo por la ventana, quiso hacer entender al crío que su presencia impedía que hiciera su trabajo, que sus quejidos hacían que los hombres que entraban no se vinieran, y lo que es más importante, que no pagaran. Decidió mejor salir nuevamente al barrio a regalar su cariño al primero que lo pidiera, a intentar conseguir el sustento con lo único que sabía hacer.

Parada en la noche, platicando con el viento, vio a Alejandro. Sus más bajos instintos afloraron: homicidio, suicidio, violencia en general. Quiso aventarse contra él y morderlo hasta arrancarle las entrañas, clavar sus dedos en sus ojos hasta que reventaran como globos, poner sus huevos contra el pavimento y caminar sobre ellos con tacones afilados. En vez de eso, se quedó paralizada viendo como él se dirigía hacia ella, con pasos firmes y burlones, como si fuera el rey del mundo, como sabiéndose el primer propietario de su virtud.

Tranquilamente, como conocedor de la verdad absoluta, y como si nada hubiera pasado, Alejandro se le acercó a María Rosario, la saludó de beso en la boca y le dijo que había vuelto al barrio. Le ofreció su brazo para que caminara junto a él y le pidió que lo acompañara, que el niño es suyo, que ha decidido ser su padre.

María Rosario no era la misma belleza de antes, pero tampoco tan estúpida como para volver a creer en Alejandro. Las palabras que éste cínicamente acababa de decir resultaron como un balde de agua helada sobre su cabeza, que la hicieron reaccionar, que la hicieron salir del estado de impavidez en el que se encontraba, que le permitieron sacar las fuerzas necesarias para tomar la navaja que siempre lleva en la bolsa de la chamarra y enterrarla hasta lo más profundo del pecho de Alejandro, quebrando su corazón, picoteando su columna vertebral, para después desvestirlo y dejarlo desnudo sobre un charco de agua sucia y sangre, sangre maldita.

Creyó conveniente tomar su cartera, su reloj, su medalla y sus pulseras, a modo de pensión alimenticia. Creyó conveniente correr hacia su cuarto, tomar al crío, su única pertenencia y huir del barrio a donde nadie, ni el fantasma de Alejandro, pudiera encontrarla. También creyó oportuno ponerle un nombre a la criatura, creyó pertinente llamarlo Alejandro, en honor a su padre.

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