Terapia efectiva  

ladiabla6969 61F
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7/21/2006 3:57 pm

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8/26/2006 3:16 am

Terapia efectiva


Me encontraba débil tras ser operada, sin prácticamente poderme mover, atada a una cama, dependiendo de una persona extraña que debería atenderme día y noche hasta en mis más íntimas necesidades, durante lo que, suponía, iban a ser por lo menos, días.

A mi lado, una señora operada días antes, esperaba con ansiedad ser dada de alta, cosa que ocurrió ese mismo día, dejándome sola en una habitación desangelada e impersonal. En cierto modo me alegraba, no quería tener ningún espectador para mi impotencia, ni siquiera a Sara, mi amiga desde siempre.

Después de darme la cena en la boca, como si de una inválida se tratase, mi amiga se fue para su casa y yo me quedé allí, mirando cada rincón de la pared que tenía ante mí.

No sé cuánto tiempo habría transcurrido, cuando la puerta se abrió bruscamente para dejar paso a un hombre moreno, más bien bajo, de unos treinta y pico años, vestido con una bata blanca. Parecía ser de raza indo-árabe y era el responsable del servicio de noche.

Su voz me sorprendió agradablemente por su dulzura, al preguntarme si deseaba algo antes de dormir. Le contesté que tenía sed y él llenó un vaso de agua y me lo acercó a los labios, levantándome la cabeza para ayudarme. Bebí con ganas y se lo agradecí, a lo cual y en silencio, él me respondió con una caricia en la mejilla y saliendo después de la habitación sin pronunciar palabra.

Su mirada me perturbó toda la noche y ni siquiera sé cuñando me quedé dormida, hasta que, al amanecer, me despertó pidiendo me pusiera el termómetro en la axila. Volvió al cabo de un rato para comprobar que tenía unos grados de fiebre, y se despidió de mí con un “Hasta la noche”.

Tuve durante todo el día a mi amiga Sara haciéndome compañía y cuidándome, pero la imagen de aquel hombre me hacía perder el hilo de la conversación y, cerrar los ojos para verle mejor en mi fantasía. Sara se marchó temiendo cansarme.

Esperaba que se abriese la puerta a la hora que, suponía, tendría que ser él. Nada más entrar me sonrió, preguntándome cómo estaba; le respondí que un poco mejor, aunque todavía sentía molestias al moverme.

Se acercó a mí volviendo, como la noche anterior, a acariciarme la cara y saliendo inmediatamente de la habitación. Volvió al cabo de media hora y, como la vez anterior, me preguntó si necesitaba algo. Todo esto, acercándose de tal manera que le tenía a pocos centímetros de mi cara, mirándome sin decir palabra.

Yo me había quedado muda y, en ese momento, me besó apasionadamente en la boca, a lo cual respondí sin más problemas.

El primer contacto íntimo comenzó en ese momento, y se continuaron durante todas las noches siguientes.

Nunca me preguntó quién era ni tampoco me dijo quiñen era él. Nuestra sola identificación eran los nombres. Se estableció entre nosotros una relación de puro sexo, lo demás sobraba.

Las noches que siguieron fueron de caricias controladas por temor a ser descubiertos. Metiendo su mano debajo de las sábanas de mi cama y haciéndome disfrutar, sin que él pudiera hacer otra cosa que mantenerse en pié, y yo prácticamente inmóvil en la cama. Parecía experto en este tipo de situaciones. Posiblemente a más de una le habría hecho la estancia inolvidable.

Esta experiencia me hizo descubrir lo positivo que, para mi recuperación, era el poner el cuerpo a funcionar de esta manera.

Una noche entró como un relámpago. Noté que buscaba estar conmigo de una manera urgente, también él notó que su presencia me iluminaba la cara. Me besó fuertemente, a la vez que me desabrochaba el camisón para tomar mis senos y llevárselos a la boca; siguiendo con su mano por debajo de las sábanas para tomar posesión de mi sexo.

Me besaba como un hambriento uno y otro pecho, siguiendo con su mano hasta hacerme tener un orgasmo. Esa noche fue tal mi manifestación de placer, que sintió ganas de correr el riesgo de acostarse encima de mí. Tuve que frenar sus ansias, pese a devolverle una pequeña parte del placer que me había proporcionado, acariciando su sexo por encima de su pantalón.

Ninguno nos quedamos satisfechos, menos aún al escuchar pasos cercanos, lo que le obligó a salir prácticamente corriendo de la habitación.

Esa misma noche le llamé, las ganas de verle me quietaban el sueño. Al entrar, me dijo de tener cuidado porque las enfermeras podrían darse cuenta. Sin embargo volvimos a acariciarnos como locos. A sabiendas de que no podríamos satisfacer a tope nuestros deseos, pero resultaba tan excitante el peligro, y eran tantos sus dones en la materia que, egoístamente le urgía a continuar haciéndome lo que esperaba de él.

Esa noche tuve un orgasmo que, a duras penas, pudo sofocar con su boca, para que no despertase con mis gritos a medio hospital.

Cual fue mi sorpresa cuando, de pronto, me levantó en brazos y me llevó al cuarto de baño, cerrando la puerta. Me quitó el camisón, metió su sexo en el mío y, con mucha suavidad, para no hacerme daño, disfrutamos esta vez juntos, de pie, olvidándonos de que pudieran descubrirnos.

Volví después a mi cama y me dijo que intentase dormir. Nos dimos un beso.

Al despertar, sentía dolor en todo el cuerpo, pero me levanté intentando estirar mi cuerpo; me quité el camisón para lavarme. Me apetecía arreglarme, ponerme bonita, cosa que hice.

Cuando entró en la habitación con el termómetro, se sorprendió al verme frente a él desnuda, con ganas de seducirle de buena mañana.

Me atrajo hacia él cogiéndome la cintura, me dijo que no se había dado cuenta, hasta ese momento, de lo bella que era. Me besó la boca, el pecho, pero poniéndose firme, me dijo que no podía seguir porque tenía que revisar a varios pacientes antes de irse. Me dijo “esta noche quiero repetir”. Con una sonrisa maliciosa le contesté: “veremos”.

Esa mañana comencé a pasear por los pasillos. Me apetecía ver ala gente pasear, a través de mi ventana. Pensaba en ese hombre y en su forma tan particular de hacerme el amos, o era simplemente que lo hacía a mi gusto, que me atraía el tono de su piel y aquella mirada que me había invitado a desearle.

Cuando salga del hospital no volveremos a vernos, como si de un sueño se tratase, porque fuera del hospital, ese hombre no tendrá para mí la importancia que tiene en estos momentos. Le he deseado aquí, pero sé que fuera de aquí será un hombre cualquiera, que dejará de existir para mí.

Estuve a punto de decirle algo a Sara, pero no lo hice. Pensé que mejor más tarde, y me despedí de ella dándole las gracias, una vez más, por su amistad.

Me precipité al cuarto de baño para retocar mi imagen. Quería gustarle hasta el último día que nos viésemos, por eso, me puse un camisón un tanto ridículo para el lugar en que estaba, pero que dejaba ver perfectamente mi cuerpo a su través.

Me senté para esperarle. No me cansaba de querer sorprenderle, pese a saber que no nos podíamos permitir perder tiempo luciendo trapos, pero aquello se había convertido en una especie de ritual, y me era necesario.

No nos dirigimos la palabra, me cogió de la mano para levantarme, me dio la vuelta y, levantando mi camisón, se pegó a mí, agarrándome los pechos. Sentí su sexo duro, dispuesto a darme todo lo que esperaba. Me pegó contra la puerta dela habitación y, en esta postura, me penetró hasta lo más profundo. No era muy cómodo pero me daba igual, porque junto con el mío, sentía el placer de él.

Cuando se hubo producido nuestro orgasmo, nos precipitamos al cuarto de baño para lavarnos. Por suerte, nunca entró nadie, salvo él, después de las 10 de la noche. Después me dormí rápidamente, habían sido muchos mis paseos por el pasillo y, aquel “fin de fiesta”, me había dejado felizmente agotada.

Me despertó con un beso y se despidió por teminar su trabajo.

Ese día me dieron el alta. No nos volvimos a ver nunca.

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