Albacora Africana.  

galloclaudio1962 55M
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7/15/2006 6:33 pm

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7/15/2006 6:46 pm

Albacora Africana.


El otro día estaba yo acompañando a mi madre en casa de una de aquellas famosas y sempiternas tías mías, más específicamente de una tía-bisabuela, cuando ocurrió el más extraordinario de los sucesos, el cual procederé a detallar para la mayor entretención de los aburridos lectores.

Dado mi alto estado de aburrimiento frente a las eternas y repetitivas quejas de mi tía, a sus reiteradas menciones de su difunto esposo, quien al parecer había sido un famoso marino y perdido un brazo en la Guerra del Pacífico en sus años mozos, pero que la había dejado en estado de viudez en muy temprana edad, a ella, lo que no implica un fallecimiento precoz para el susodicho navegante, muy por el contrario, y al fuerte calor reinante, que unido al pegajoso olor a parafina, hacía insoportable el ambiente, había pretextado un fuerte dolor de espalda mediante el cual había procedido a pedir permiso para dar unos cuantos pasos por la casa, una de esas tan increíblemente chilenas y enormes mansiones, bien venidas a menos, de la calle Ejército, y ahora deambulaba con toda libertad por aquellas cavernosas piezas en las cuales, por culpa de mi miopía, distinguía con dificultad los motivos de la decoración del techo, cuando, por toda casualidad, me vine a encontrar en una pieza de tamaño relativamente menor, con todas las paredes recubiertas de pinturas marinas, de fotos de barcos a velas y de libros, con lo cual deduje que me econtraba en el escritorio del mentado marino, y picado de curiosidad me puse a ojear distraídamente las estanterías cubiertas de libros, de los temas más increíbles y en las lenguas más diversas, cuando la providencia me sonrió nuevamente y al ojear un libro en francés sobre las islas del Oceano Índico, un lugar en el cual yo siempre había querido estar, descubrí una larga carta manuscrita, escrita en francés, que fuí leyendo ávidamente al percatarme de lo buena que era la receta en ella descrita y de su importancia históricoliteraria.

Estimados lectores, esta vez voy a [intentar] quedarme callado [aunque sea por una sola vez] y voy a dejar que mediante aquella carta que rescaté, personalmente y usando todo mi coraje, del olvido, hable el fundamento de este presente, es decir, nuestro pasado. O al menos, una parte de nuestro pasado. No obstante lo anterior, me permití incluir entre paréntesis cuadrados algunos comentarios deportivos, artísticos, culturales y comerciales varios y surtidos.

Sin embargo, es de mi personal consideración que el inestimable lector tenga la deferencia de conseguirse la canción Got a black magic woman del famoso cantante "Santana" para tenerla tocando, la canción, en su equipo de música mientras lee la siguiente carta de amor culinario.

Finalmente, y por principio, los implementos necesarios a la elaboración de esta receta, aparte de la minuciosa lectura de la carta, son:

* 1 Sartén de fierro fundido
* 1 Flor de Ylang-Ylang
* 1 CD con la canción Got a black magic woman de Santana
* 1 Ramo de pimienta verde fresco
* 1 Frasco de arena blanca de coral, para simular una playa
* 1 Poco de mantequilla
* 3 o 4 Piedras medianas de basalto
* 2 Trozos fileteados de albacora
* 1 Caracola tropical, Conus geografus de preferencia, para colocar sobre la arena de la playa simulada
* ½ Litro de crema
* 1 Fuego
* 1 chiromani negro de Anjouan
* 1 Nuez muscada

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Mitsamiuli, Grande Comore

Viernes seis de diciembre del año de nuestro Señor de un mil ocho cientos ochenta y uno.

Salam alekoum mi querido Francisco,

Tú no sabes lo mucho que te he extrañado desde tu partida, hace ya dos largos años. Tengo tantas esperanzas de que esta carta llegue a tus manos. Tus blancas y fornidas manos.

Añoro esas blancas manos tuyas.

Recordarás sin duda ese día en el cual el notable Abdallah Houmadi te prestó su galawa
[Intermedio tropical: Era la piragua, era la piragua de Guillermo Cubillos...], una de esas mismas piraguas con flotadores de cada lado que te causaron tanta gracia a tu llegada, y nos fuimos al atardecer, tu en tus patalones negros, descalzo, camisa de lino blanca abierta a la brisa, gorra de capitán y pañuelo rojo anudado en el cuello [Nota del Editor: Más parece un gondolero que un piragüero], y yo, aún incómoda con tu presencia, en mi velo negro, el mismo chiromani usado por todas las mujeres de Anjouan, mi isla. Nos fuimos a pescar, porque tú querías salir a pescar. Sin duda recordarás que la fortuna te sonrió, como siempre te ha sonreído, y lograste a las dos horas de pezca que una albacora de fuerte tamaño cayera presa de tu anzuelo. [Nota del Traductor: Por suerte no fue un ngombessa, alias un Latimera chalumnae, porque son muy grasosos para esta receta en particular y para comer en general] Te sacaste la camisa a pedazos y la usaste para tomar fuertemente la línea y, palmo a palmo, imponer tu fuerza y voluntad a la del animal. Dos horas luchaste contra la bestia, tus músculos como piedra, relucientes de esfuerzo, sudor y mar, en los cuales el sol jugaba a enviar sus rayos. Ah, cómo gozaste. Gozaste dominando a la bestia, gozaste luciendo músculos como los que no se veían en esta isla desde los tiempos del Sultán Youssouf, que Allah tiene a su derecha en el paraíso, gozaste el mortal balet del pez, y gozaste viendo cómo la admiración por ti crecía en mí. [Nota del Portero: Exibisionista el nene].

Como el mar nos había alejado bastante y estabas fatigado, remaste hacia esa solitaria playa que se divisaba en la costa. Mientras sacabas a la galawa de la mar y la dejabas bajo un cocotero, yo sacaba una manta de aquel bolso mío en el cual siempre llevo algunas cosas indispensables y la estiraba sobre la arena, a pleno sol. Tú te extrañaste de que no la pusiera a la sombra de un cocotero e indagaste el motivo. Mucho te reíste al explicarte yo lo peligrosos que resultan ser los cocos al caer. [Nota del Físico: Por suerte Newton no nació en el trópico, mirá que un manzanazo no se compara en cantidad de movimiento con un cocazo]. Reías todavía cuando te estiraste sobre la manta, y reías aún cuando te quedaste dormido a pleno sol.

Recordarás, de seguro, que llevábamos recién dos semanas de conocernos y una semana de yo ser tu esposa. Una semana te bastó desde el instante en que tomaste nota de mi ser, probablemente por ser yo la única con chiromani
[Nota del Lingüísta: Se trata de un tipo de velo musulmán] negro entre muchas mujeres cuyos chiromanis tenían motivos rojos y blancos, y el día en que me preguntaste si aceptaría casarme contigo. Mucho me extrañó la pregunta, porque los hombres no han de preguntar semejantes cosas, y mucho te extrañaste cuando te dije que no era digna de ti. Insististe, porque no eres hombre para detenerse a la primera adversidad. Llorando te expliqué que no estaba destinada al matrimonio de nadie, desde aquel fatídico día en que un mil veces maldito y maldecido se había llevado mi honra, que de no ser por ese día, hace años que habría sido la esposa del importante notable al cual estaba prometida, para el Gran Matrimonio, desde mi tierna infancia y que Allah había querido que mi destino fuera el de servir a los ancianos de mi familia. [Nota de la Secre: ¿Eso del amor y del libre albedrío de las mujeres quedó en dónde?]

Recordarás que tu cara se puso seria mientras me mirabas llorar por largo tiempo. Nunca pudiste entender el frío metal que partió mi vientre cuando me miraste con esa sonrisa tan tuya y me tomaste la mano. Fuiste tú el primer, y el último, hombre en tomarme la mano. Añoro esas blancas manos tuyas. Cuando, por segunda vez, solicitaste saber si aceptaría casarme contigo el metal frío en mis entrañas llegó hasta mi corazón, y por un largo instante, lo sentí inerte, mi vida suspendida.

Como te estabas quemando la piel de la espalda al dormir a pleno sol de la tarde, saqué de mi bolso un frasco de aceite de coco, con el cual usualmente cocino, y procedí a dibujar una línea de aceite a lo largo de tu columna. Con mis manos, mis negras manos, suavemente fuí esparciendo el aceite sobre tu blanca piel. Primero mis manos se adueñaron de tu piel, exploraron tus músculos, relajaron tus riñones, disolvieron tu cansancio, bebieron tu dolor. El baile de mis dedos te arrancó gruñidos. Me pediste que siguiera con tus piernas, para lo cual te quité tus pantalones, dejando toda tu blancura expuesta al sol. Al mismo que se reflejaba enceguecedoramente sobre la blanca arena. Largo tiempo mis dedos conocieron la planta de tus pies, hasta que te diste vuelta y el ligero balet de mis dedos te recorrió por completo. Tu dejaste que paulatinamente mis negras manos se adueñaran de ti, tomaran posesión de tu cuerpo y delimitaran sus dominios.

Sin duda recordarás cómo llegó el momento en que, por primera vez, te besé. Te besé en el pecho, insegura de tu reacción e insegura de mi primer beso a un hombre. Como me dejaste, seguí besándote. Mis labios húmedos recorieron tus brazos, tu estómago, tu cuello, tus piernas, tu frente, tus blancas manos y tus orejas. Me deleité con el agrio sabor tuyo. Mi lengua trató de hacer suya toda la sal esparcida en ti por tantas olas de tantos mares. Mis labios trataron de recibir toda la sal destilada por tantos esfuerzos. Mi boca bebió la savia de tu boca como si fuera tu misma vida. Mis manos aceitosas a coco navegaban por tu piel. Mi boca húmeda a vida y a deseo te degustaba. No paré hasta gustosamente saborear tu quintaesencia. [Nota del Editor: Después de pasar una tarde completa discutiendo con el traductor, el tipografista, la secretaria, el junior, mi suegra, el portero, mi jefe, mi psicóloga y la vieja del kiosko al frente de la oficina, llegamos a la conclusión de que nuestro valiente navegante era un gran admirador de Giacomo. El Giacomo Casanova, obviamente. ¿Cuál otro?]

Recordarás que esta vez contesté tu pregunta, aunque fue solamente con un leve movimiento vertical de la cabeza y con los ojos fijos en el suelo. Me indicaste que te siguiera y te dirigiste a la morada de mi familia con un paso firme y seguro. Te seguí sin pensar, sin saber que hacer, enfocando todas mis fuerzas en el movimiento de mis pies, a pesar del pesado metal frío de mi vientre. Seguirte, mi mente en blanco, por ese laberinto blanco de estrechas calles que es Moroni y en el cual tú mágicamente navegabas como si siempre hubiera sido parte íntima de ti, fue una pesadilla dolorosa, pero de la cual no quería despertar. Llegaste frente a esa puerta que es el orgullo de mi Padre, de madera de rosa finamente labrada con motivos geométricos, y pediste hablar con el Notable Mohamed Affane, mi Padre.

Despertamos tendidos y entrelazados en la arena, como un tronco que alguna tempestad arrojó a la playa. El sol ya estaba muy bajo en el horizonte tiñiendo de rojo la corona de nubes del Karthala como si fuera a sangrar fuego nuevamente. Como ya era costumbre, la fragancia del Ylang-Ylang invadía el atardecer. [Nota de la Secre Pituca: El Chanel Nº 5, como muchos otros perfumes, se hace en base de estracto destilado de dicha planta.] Sentimos el hambre imponer sus designios y, después de besarme y ponerte tu pantalón, te fuiste a trozar la albacora con aquel cuchillo tuyo, tan similar a los que usa mi gente, aunque levemente más ancho, mientras yo iba a recoger ramas para el fuego.

El Notable Mohamed Affane, mi Padre, te recibió, y yo me fuí precipitadamente a la cocina a preparar café y a esconderme. Muchas horas estuvieron conversando de buques, viajes, precios de las telas, y otras cosas de las cuales suelen hablar los hombres. Mi madre entraba y salía con café y alguna que otra cosa para entretener el hambre, y volvía a la cocina donde me contaba lo que había podido escuchar. Seguiste las costumbres de mi gente a la perfección, y no expresaste tu interés en mí hasta haber bien establecido tu linaje y tu importancia. Fuiste el primer, y hasta ahora el único, no creyente en disfrutar la hospitalidad de la casa del Notable Mohamed Affane, mi Padre. Indicaste tus intenciones hacia mí como si yo estuviera disponible para el Gran Matrimonio, aunque bien sabías que eso no era posible. Cuando, según las costumbres de mi gente, ofreciste una dote de oro por mí no me extrañé, porque eso es lo que debe hacer un hombre. Pero cuando ofreciste una dote tres veces superior a lo que la hija mayor del Sheik Ibraim Abdallah recibió, nos dejaste a mi madre y a mí inmóviles, incrédulas, suspendidas detrás de la puerta. El Notable Mohamed Affane, mi Padre, siendo un hombre de gran sabiduría, sopesó tu mirada largamente sin decir nada, ponderando lo que acababas de decir, y viendo la sabiduría en el fondo de la locura de tus ojos, entendió y sonrió. [Nota de mi Psicóloga: Muy inteligente el marino ese, supo invertir en lo más rentable, en el orgullo de una mujer.] Esa misma tarde me fuí de la casa del Notable Mohamed Affane, mi Padre, como tu legítima esposa.

Recordarás que cuando tú volviste con unos dos buenos trozos de albacora, yo ya tenía un buen fuego encendido. Te sentaste, una leve sonrisa en tu boca y con esos verdes ojos miraste como sacaba de ese bolso, que tú calificabas de milagroso, un sartén de fierro fundido, un poco de mantequilla que deposité en el fondo del sartén. Miraste detenidamente sin proferir palabra alguna mientras desgranaba un ramo de pimienta verde, que acababa de cortar de un pimiento salvaje, en el sartén, y colocaba todo en el fuego sobre tres piedras de lava negra. [Nota del Geólogo: Indudablemente basalto, con cristales de olivina (peridot) y augita bien notorios.] Dejé que el fuego tostara levemente los granos de pimienta, antes de colocar los trozos de albacora en el sartén. El penetrante olor a la pimienta flotaba lentamente en el aire del atardecer y se fundía con los olores del amor. Usé tu cuchillo para dar vuelta los trozos de albacora, mostrando los granos de pimienta verde incrustados en el oro del pez frito. De mi bolso saqué un frasco de crema caprina fresca [Nota de mi mamí: Y dicen que yo llevo muchas porquerías en mi cartera...] en el cual deposité una buena cantidad de raspadura de nuez muscada y lo vertí en el sartén, ante tus atónitos ojos. Una nube nos separó mientras sacaba dos platos y dos pares de cubiertos, que no supe dónde colocar. Te levantaste, te me acercaste y me sacaste mi chiromani negro, para tenderlo sobre la arena blanca. Con cuidado coloqué los dos platos y los cubiertos sobre mi velo, en alfombra transformado. Como la crema ya se había reducido lo suficiente y tenía el mismo tono verde de tus ojos, retiré el sartén del fuego y procedí a servirte la cena, como se ha de servir a su hombre. Luego senté mi negrura sobre la blanca arena, frente a tí, separados por el cuadrado negro de mi chiromani y cenamos frente a frente, ojos en los ojos.

Aún el día en que te fuiste recordabas aquella fragancia a pimienta verde bañada en crema. Me prometiste que volverías pronto, que aquel olor te traería de vuelta volando, si a los hombres les fuese dado el don de volar. Me dejaste suficiente oro como para vivir dos vidas completas. Prometiste volver por mí una vez tu carga vendida en tu país. Prometiste que me llevarías a vivir a tu país. Prometiste tantas cosas...

Cenamos con el silencio que da el hambre, mirando cómo el sol se ahogaba en la mar. Vimos su último rayo verde de desesperación antes de ahogarse. El sol no fue testigo de cómo me tomaste la mano con tus fuertes manos blancas. Añoro tanto esas blancas manos tuyas. Me levantaste y fuimos entrando juntos en la tibia agua del mar. Lentamente me acariciaste y me besaste. ¿Cuánto tiempo pasó? No sabría decirlo, pero cuando miré y ví la luna alta sobre el horizonte, ya había sido tuya. Por primera vez.

Dos años hace ya que te fuiste.

No sé si volveras. No sé si estás aún gozando de esta vida o si estás a la derecha de Allah. Si no haz de volver, haz de saber que todos los días le imploro a Allah que te cuide. Todos los días también le doy gracias a Allah por haberme permitido conocer la dicha en esta vida. ¡Allah akbar! Grande es Allah por haberme hecho tu mujer y haberme hecho tu sirvienta. Por ti podré entrar al paraíso, como toda mujer que ha servido bien a su hombre lo hace. ¡Allah akbar!

Francisco, te doy las gracias por lo que me permitiste ser.

Haz de saber que el primer viernes de cada mes, voy a aquella playa y preparo Albacora a la Pimienta Verde, para dos.

Añoro esas manos tuyas.

Tu fiel esposa.


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