VERDAD Y MENTIRA DE LA INFIDELIDAD 1a. PARTE  

dulceytierna001 107F
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7/26/2006 3:32 pm
VERDAD Y MENTIRA DE LA INFIDELIDAD 1a. PARTE

El adulterio ha sido definido como la acción que comete quien tiene relaciones sexuales con alguien que no es su cónyuge. El infiel, de acuerdo con las definiciones estrictas, es quien falta a sus compromisos ("especialmente matrimoniales", enfatiza el diccionario). Surge una primera pregunta: ¿la infidelidad es, entonces, una cuestión específicamente sexual?

Un 82% de las mujeres encuestadas lo que más les dolería de una infidelidad es que su pareja se enamorara de otra persona, cosa que sólo mortifica al 52% de los varones. A un 44% de éstos, en cambio, los ultraja la sola idea de un encuentro sexual, así sea ocasional, de su pareja con otro hombre. Apenas un 18% de las mujeres se desvela por el mismo motivo.

En cuanto se exploran a fondo los pensamientos y el mundo emocional masculino, se encuentran numerosos testimonios de hombres que son o han sido infieles a sus mujeres, pero no consideran que se trate de una traición. En una confesión el hombre diria: "La amo, la respeto, le tengo un enorme agradecimiento; es la madre de mis hijos y eso no lo olvido jamás. Lo otro es una cosa pasajera, sin importancia, un impulso, una canita tirada al aire, pero lo cierto es que ella es mi mujer". ¿Es una actitud cínica? ¿Hay hipocresía en esas palabras? En muchos casos, sí.

En otros quizá se trate de una creencia sincera, alimentada por mandatos culturales ancestrales y, todavía hoy, muy vigentes. El estereotipo de varón productor, proveedor, tomador de iniciativas, ejecutor, decisivo, competidor, exige, para ejecutarse, una disociación entre la emoción y la razón, entre los sentimientos y las acciones. Unos van por un camino, las otras por otro. Lo dramático es que raramente se tocan. Este es, aún, el gran tema que se debe resolver en la identidad masculina, más allá de algunas variantes superficiales, efímeras y publicitarias, como la "metrosexualidad" o la "vitalsexualidad". Según el modelo cultural clásico, un varón puede llegar a creer, de veras, que una infidelidad no traiciona ningún compromiso emocional.

Esto está abonado por una suerte de consigna cultural según la cual parecería que la infidelidad de un varón lo califica (hace lo que "todo hombre debe hacer"), mientras que la de una mujer la descalifica (hace lo que ninguna mujer debería, si aspira a ser respetada). esta creencia ancestral al hecho de que, hasta que se formalizaron las pruebas de ADN, una mujer siempre supo que su hijo era propio, certeza que los varones jamás tuvieron.

Esto autorizó la infidelidad masculina (cuanto más esparciera un hombre sus genes, más probabilidades tendría de contar con descendencia) y prohibió la femenina (para dar seguridades era necesario que una mujer perteneciera a un único hombre). Una resultó siempre más pública (un hombre es infiel hasta que demuestre lo contrario); la otra, más oculta (una mujer es siempre fiel hasta que se pruebe lo contrario). Aunque, como reflexionó Adolfo Bioy Casares: "Un hombre es siempre infiel con la mujer de otro, ¿o no?"

PREGUNTALE A ELLA.=

Por otra parte, es aconsejable rever un episodio (titulado "El fin de la inocencia") de la serie televisiva Dharma y Greg, brillante y constante ejercicio de observación sobre la relación hombre-mujer en la vida actual, que afortunadamente se sigue exhibiendo en canales de cable. En ese capítulo, que luego derivó a otros Dharma, profundamente enamorada de su esposo, Greg, conoce accidentalmente a un profesor de historia apuesto, seductor e irresponsable, con el que mantiene un coqueteo para ella inocente, aunque no así para el profesor, que va por más. Cuando Greg lo descubre entra en una crisis profunda, siente que ya no puede confiar en ella. Dharma, dolida por esa desconfianza, más enamorada que nunca, intenta demostrar que "nada ha pasado" (porque, de verdad y técnicamente, nada ocurrió). Pero para Greg pasó todo. Dharma está segura de sus sentimientos y los demuestra. Mientras ame a Greg no tendrá sexo con otro hombre. Para Greg, si hay otro es porque hubo sexo. Una síntesis incisiva y lúcida de las actitudes masculina y femenina ante la infidelidad real o presunta.

"Cuando preguntan si lo suyo ha sido o no un acto de infidelidad, pregunten a su mujer." Cabe otra prueba, la que el terapeuta y escritor Irving Yalom (autor de El día que Nietzsche lloró) llama "sentarse en el asiento del otro". ¿Qué respondería el que consulta si fuera su cónyuge quien, tras contarle una infidelidad, le hace la pregunta a él?

El hecho de que las cifras de infidelidad admitida (la única cuantificable) sean altas suele ser usado por muchos adúlteros en defensa propia. Esto demuestra que es un acto natural, que todos lo hacen. Les faltaría decir, nada más, que la verdadera causa de la infidelidad es el matrimonio (o la pareja). "Creo que cuando uno se casa es porque tiene la esperanza de un amor duradero y porque tiene la intención de hacer todo lo posible para que lo sea. Yo no defiendo el adulterio. Creo que las dificultades comienzan cuando el matrimonio es infeliz".

Estas palabras permiten mirar la infidelidad como algo con raíces más profundas que la simple irrupción de un tercero, un arrebato sexual, un acto de revancha, una debilidad de carácter (alguien que no supo decir no) o una acción destinada supuestamente a revitalizar la pareja. Cualquiera de estos argumentos, o todos, podrían sumarse a la lista de mitos sobre la infidelidad el engaño perdonable y miembro del Centro de Aprendizaje Familiar, salvo Como en otros aspectos de la vida, cuando alguien no actúa responsablemente (es decir, respondiendo a lo que su accionar provocó), buscará un culpable o una regla general donde ampararse.

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En todos los casos se verá afectada la autoestima del engañado, que debe subvaluarse, consciente o inconscientemente, para seguir adelante. "Ignorar la infidelidad les permite a algunas personas evitar el reconocimiento de un problema en la pareja", la traición a la intimidad. "El poder de cualquier affaire está en la clandestinidad y la debilidad de cualquier pareja reside en la evitación de ciertos temas".

La cuestión es que así como el engañado suele titubear en denunciar o no lo que sabe, algunas personas infieles suelen debatirse en la cara opuesta: contar o no contar su acción. Entre las razones más comunes para callar se suelen mencionar la culpa, el temor a la reacción del otro, la intención de no dañar al engañado, el temor a que contar signifique no poder volver a tener una aventura, la vergüenza (sobre todo en casos de infidelidades ocasionales), el considerar que se trata de un asunto íntimo y personal que muere ahí. Entre los terapeutas familiares y de pareja no hay una posición única al respecto. Hay quienes creen que contar es la única manera de afrontar de lleno la crisis personal y de la pareja; otros sostienen que, si la infidelidad no pone en cuestión el amor, hay que trabajar para reparar, para actualizar el vínculo, pero no es imprescindible contar porque esto podría poner un eje falso en la discusión.

Sí hay acuerdo en que quien decide contar debe estar, también, decidido a afrontar el tema de la crisis en la pareja y trabajar en ella, a aceptar un período de transición en el que, quizá, lo que menos recibirá serán elogios o muestras de cariño. Asimismo, se aconseja no confesar en medio de una discusión, no hacerlo como venganza, no buscar culpables, estar dispuesto a aceptar preguntas y a que el tema lleve más, mucho más, de una conversación. A partir de esto hay interrogantes que se abren ante el engañado: ¿está dispuesto a perdonar o lo anima ahora la revancha?; ¿puede escuchar sin juzgar?; ¿puede aceptar la verdad de lo que escucha? Y, finalmente, preguntas esenciales para ambos: ¿hay razones para continuar juntos?; ¿vale la pena trabajar por esas razones?; ¿están dispuestos a comprometerse en ese trabajo?; ¿el infiel está dispuesto a escuchar críticas y a dejar su aventura?; ¿el engañado está dispuesto a confiar y, también, a escuchar críticas?

COSA DE DOS.=

Quizás el primer paso para procurar la continuidad sea admitir que no se necesitan tres personas para un adulterio. Basta con dos. Y no necesariamente del infiel y de su amante, sino de los componentes originales de la pareja. Aunque el tercero suele llevarse el rol de villano de la obra, en cuanto se explora la historia de la pareja, su actualidad, su actitud ante las crisis, es frecuente advertir que el tercero (más allá de su individualidad) podría ser cualquiera que respondiera a ciertos requisitos mínimos, entre ellos, el de estar en el momento y lugar oportunos. Esto significa que algo del proyecto común de la pareja ha dejado de funcionar, que la intimidad ofrecía grietas, que había excesivas carencias en la comunicación.


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