El Viaje (primera parte)  

SirRogerShallot 47M
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7/6/2006 10:33 am

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7/7/2006 1:22 pm

El Viaje (primera parte)

Corrían las navidades del ochenta y seis por el barrio de Argüelles. Eran otros tiempos, o quizá nosotros distintos, menos maduros, con menos miedos y más ansias de experimentar.
Tres colegas de una panda de drugos habían vivido juntos innumerables situaciones pudiendo decir que frente al resto de amigos, se sentían un poco más unidos. Como en toda panda, los motes eran el sustituto de los nombres reales, siendo el de estos el Bote, el Enano y el Conillan.
El hermano mayor del Bote, con sus seis perennes años de experiencias acumuladas frente a los nuestros, nos tenía realmente encandilados. Mucha era su "sabiduría", al menos frente a tres pobres adolescentes de diez y seis años, que seguían sus comentarios en cualquier materia como verdaderas enseñanzas, sino doctrinas.
Entre otras muchas, que si bien relatadas podrían tener al menos su moraleja, encontrábamos sublime sus experiencias con los conocidos "ácidos", coloquialmente denominados "tripis" en cualquiera de sus variantes, secantes, micropuntos, gelatinas...
Aunque jóvenes, ya habíamos tenido contacto con ese tipo de psicodélicos, no me atrevo a llamarlo droga ya que su dependencia es por completo psicológica, en su mayor parte secantes como yin yang, letras árabes, gardfields, supermanes, o micropuntos negros. Nunca pasamos de esperar más de una hora para empezar a sentir sus efectos, reírnos de nosotros mismos durante unas cuantas más y sufrir los efectos de la estricnina, con la que se dicen que son cortados, durante el agónico descenso a los parámetros normales.
Todo el mundo, en su afán de aparentar ser "lo más" nos narraban como se alucinaba con los ácidos, pero nunca sentimos ni observamos alucinación ninguna propiamente dicha.
El hermanísimo, como no, versado en innumerables temas, no podía dejar de narrarnos sus peculiares encuentros con el LSD, para ser más exactos la dietilamida del ácido lisérgico 25, descubierta en un laboratorio por el doctor Albert Hofmann, investigando el cornezuelo del centeno. Esta mente docta en todas las materias cognoscibles (el hermanísimo, ja) nos contaba como este individuo descubrió por casualidad la sustancia citada, experimentó en su cuerpo con una dosis ínfima que equivalía a veinte ácidos de ahora, cogió su bicicleta y se dedicó a pedalear alrededor de su pueblo durante cuatro días con sus noches, hasta que un tirón muscular le dijo "basta". Hofmann nunca volvió a probar la sustancia y cuando era interpelado y se le demandaba un por qué, su respuesta era bien sencilla... "Ya abrí la puerta y atisbé el otro lado. No me hace falta volver a mirar".
Para mayor desasosiego nuestro, al hermanísimo le gustaba enseñorearse sobre sus queridas "lentejas verdes", tripi generacional que junto a los micropuntos blancos ocasionaron muchos viajes a los antaño "exploradores de la mente". Nosotros seguíamos sin pasar de las risas y el eterno bajón. Como quijotes "de pastel" enajenados en nuestra búsqueda, sabíamos bien lo que queríamos, pues en el barrio había yonkis a patadas para restregarnos su desgracia y degradación y "colgados" como el Domechano tampoco faltaban. Colgado de por vida por jugar con aquellas pastillas indicadas para el parkinson, artanes de nombre. Se comió cuatro.
Aquellas navidades, primeras fiestas en las que estrenaba mis recientemente adquiridos diez y seis años, iban a resultar más inquietantes.
Una nueva clase de ácidos llegó al barrio, algo que llamaban "gelatinas transparentes". Nadie sabía como eran. Nadie se aventuraba a hablar sobre sus efectos, nadie las había probado. El "distribuidor", viejo conocido, tampoco sabía decirnos a qué atenernos, solo que eran "buenos".
Así que cierta noche cercana al cambio de año, en el conocido callejón del Pipas, parte de arriba de los bajos de Argüelles (antes llamado Aurrerá), los tres "pipiolos" anteriormente citados adquirieron tres unidades que sin reticencia ninguna se metieron en la boca sin trocear ni segmentar en dos partes, como era costumbre, comiéndonos por primera vez un tripi desconocido y entero.
El reloj apuntaba las 23:00 h.
Después de engullir el cuadradito transparente, volvimos en nuestros por aquel entonces vehículos motorizados, una "condor" y una "x-30", a nuestra base de operaciones, la plaza de Olavide.
Cinco minutos separaban nuestra "esquina" de la zona de copas, donde esperaban nuestros demás drugos, bebiendo, fumando y charlando. Les contamos nuestra "gesta" y muchos de ellos quisieron sumarse a la fiesta, incluido el hermanísimo del Bote, así que una vez recaudado el "talego" por barba que demandaba el suministrador por cada transparencia, el Enano y yo volvimos a partir rumbo "al Hoyo" mientras el Bote quedaba con su hermano y demás colegas esperando en la plaza. Habían pasado diez minutos desde que nos lo comiésemos, así que había tiempo, no pasaba nada, hasta dentro de una hora o más no aparecerían los efectos.
Sobre las 23:15 vuelvo a encontrarme buscando al "Butapercha" entre el gentío de los Bajos. El Enano me espera a la salida del callejón, junto a la moto. Me adentro en el Pipas, en la Urbe, el Eccos, el Abuelo... Nada. Por aquel entonces no existían los móviles así que pregunto a los conocidos por el "desaparecido" y me dicen que se ha ido en busca de algo.
No sé qué hacer. Compro un talego de goma para amenizar la noche y miro el reloj. Las 23:20. Todavía hay tiempo, podemos esperar, pero... ¿Por qué me siento tan raro?
El rostro desencajado del Enano me hace volver a mirar el reloj. Las 23:21. No me estoy equivocando.
‒¡Enano! ¿Cómo te sientes?
Sus ojos me revelaron más que sus palabras.
‒¡Volvamos a la plaza ya...!
Sin esperar más, montamos en la "puch" y salimos por un lado a la calle Gaztambide, doblamos por Meléndez Valdés y enfilamos hasta Magallanes, Quevedo y por fin la Olavide.
Cuando nos bajamos de la moto, apenas habían pasado venticinco minutos desde que nos tomáramos la gelatina, pero el tiempo comenzaba a ser algo poco tangible o cuanto menos, cuantificable.
El Bote, rodeado por nuestros colegas, parecía encontrarse entre extraños, incluido el hermanísimo. La cara de pánico que formaba su semblante dejó paso a una leve sonrisa al ver que regresábamos. Como verdaderos autómatas, nos reunimos "los tres mosqueteros" de nuevo, dejamos la moto y papeles en manos de alguien y sin mediar palabra, tras devolver un manojo de billetes con una negativa, emprendimos por la calle de Olid nuestro peculiar viaje a los recónditos lugares de la mente, impulsados tan solo por un pensamiento común... ¡Hay que huir de la "civilización"!.
Armados con nuestra amistad, un talego de hachís,algún millar de pesetas en el bolsillo y muchas ansias de experimentar en nuestro cuerpo nuevas vivencias, partimos a pié calle abajo, con la intención de llegar al "bar de los taxistas" situado en Ferraz, adquirir algún litro "del Mahou" y retirarnos con nuestro "pedo" a algún lugar del Parque del Oeste dónde poder "desarrollarlo" sin contratiempos.
Cuando apenas habíamos dado unos pasos hacia nuestra inmediata meta, nos miramos a la cara con una frase en los labios, que nunca llegamos a pronunciar en toda la noche, pero que teníamos los tres muy presente.
¡Nos habíamos pasado de listos!
Al unísono, giramos nuestras cabezas hacia la esquina dónde, rodeando una farola frente a los frutos secos "de marras" quedaban nuestros amigos formando una peculiar estampa.
El Frodo, Javito, el Gordo, el Schweppes, el Monillo, el wino, Parrita... Todos quedaron retratados en nuestras mentes como si de una postal se tratase; una postal del extranjero, estática y sin vida, bajo la luz amarillenta de una farola.
Armados de nuevos bríos, comenzamos a subir la cuesta que desemboca en Fuencarral, muy conscientes de que comenzábamos el Viaje de nuestra vida.
Por última vez en esa noche miré la hora. Todavía no eran las 23:30 y ya la realidad se derrumbaba a nuestro alrededor.


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