er migue  

rm_makoky58 57M
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2/5/2006 4:15 am

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3/5/2006 9:27 pm

er migue

Tengo una vecina, Antonia, encantadora y buena gente donde la haya. Antonia estaba casada con Miguel un hombre de campo simpático y alegre que vino a vivir a Zaragoza (donde resido ahora) cuando consiguió un trabajo en una empresa en el polígono Santa Bárbara.
Un día, a Miguel le pasó lo que le pasa a todo el mundo alguna vez en la vida, se murió.
Estuve con Antonia en el velatorio apoyándola y consolándola por la pérdida de su marido. El velatorio comenzó con caras de tristeza y dolor pero a medida que pasaban las horas y llegaban familiares la cosa cambió.
Primero llegaron los hermanos de Miguel que empezaron a hacer bromas sobre la ropa que llevaba el difunto y a recordar historias vividas.
Más tarde llegó una tía de Miguel o "El Migue" que es como se le conocía. No dudo que esta mujer sufriera dolor por la pérdida, pero de lo que estoy segura es que tenía un curioso modo de expresarlo. Cada cierto tiempo, mejor dicho, después de que hubiese cotilleado todo lo que tenía que cotillear (curiosear, investigar, preguntar, inquirir), comenzaba a gritar y a darse golpes en el pecho tras lo cual la mujer avisaba de que se iba a desmayar mientras ponía los ojos en blanco.
Los familiares y conocidos no se acercaban para cogerla, imagino que para evitar ser aplastados en el caso de que efectivamente se desmayara (pesaba 185 kg), y se limitaban a acercarle una silla. En cuanto se sentó pidió que le llevasen el bolso del que sacó una enorme barra de chocolate que devoró en un segundo.
Como supe poco después, aquello que vi era uno de los conocidos ataques de tía Angustias que solo podía ser aplacado con la ingesta de dulces. ¡Qué de disgustos se había llevado esta mujer en la vida! ¡185 kg!
Más tarde llegó Milagros, una sobrina de Miguel que está "más allá que pa´ca" y que después de hablar con el cadáver durante 10 minutos se fue para mas tarde aparecer con una corona de flores colgada al cuello.
Llegaron más familiares y conocidos hasta que fue la hora de la incineración. Antes de la cual asistimos a una misa que en mi opinión parecía un Mc Donalds, salvando las distancias. Es la primera vez que asisto a un entierro en el que los asistentes cambian sus sentimientos de dolor por la indignación y la mala leche por culpa del cura. ¡Ah eso si!, de allí no se escapa ni Dios sin pagar la misa.
Pasados unos días Antonia me llamó por teléfono porque quería que le acompañase a cumplir la última voluntad de "El Migue". -¡Llévate el bañador!-me dijo-Vamos a ir a la playa.
Ya en la playa veo aparecer a Antonia y a Mari, su hija, vestidas con ropa de playa, una bolsa con toallas y una urnita marrón.
Antonia me contó que Miguel había dejado escrito en el testamento que quería ser incinerado y que sus cenizas se arrojasen al mar. También me contó que en una funeraria había encontrado una ceremonia en la que un barco se alejaba de la costa y allí con música y unos discursos se tiraban al mar las cenizas. Pero claro, le pedían los dos ojos y un riñón, y como ella me dijo, "no somos los Onasis".
Nos metimos las 3 en el mar hasta que nos llegaba el agua por las rodillas.
Antonia dijo: "¡Anda Migue, hijo!, aquí nos tienes cumpliendo tu última voluntad. Y lo que no entiendo es por qué te ha dado por tiras las cenizas al mar si a ti no te gustaba ni ir a la playa. Pero bueno, si te ha dao por ahí...."
Antonia se adentró algo más en el mar mientras Mari y yo observábamos. Entonces abrió la urna y lanzó las cenizas, pero el viento de levante le devolvió el gesto y las cenizas y nos pusimos perdidas. Teníamos cenizas en los ojos, en los oídos, en la boca, dentro del bañador...
-¡Uy Mari! ¡Cómo nos hemos puesto! ¡Hay que ver Migue que das por saco hasta el último momento!-dijo Antonia mientras se enjuagaba la cara.
Y así fue como despedimos al marido de una de mis mejores amigas, Antonia.

MORALEJAS

En todos lados cuecen habas. Y en toda familia hay un loco.

Todo río acaba en el mar. Y el desagüe de tu casa también.


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