Recursos Humanos  

rm_alfaroli 74M
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1/27/2006 3:03 pm

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3/5/2006 9:27 pm

Recursos Humanos


Creo que nadie sabía su nombre (y menos yo porque nunca nos presentaron formalmente), lo cual no es raro en un lugar así, donde la individualidad se pierde y la personalidad se reduce, deplorablemente, a lo que llamo "calificativos jornaleros": "la güera de las copias”, “el dientón de contabilidad”, “el gordo de caja”, “la nalgona del archivo”, etc.

Ella era, sencillamente, "la de Recursos Humanos". Físicamente era igual a los demás iguales... no existía en ella atributo o desperfecto que la hiciera resaltar y que motivara al lumpen ponerle algún otro pseudónimo como "la tetona", o "la piernuda", o "la negra", o "la narizona"... simplemente era "la de Recursos Humanos"; sin embargo, algo tenía que te impedía dejar de verla una vez que se cruzaba en tu camino, y para esa cualidad, no existe ningún apodo.

Estudié la carrera de contabilidad cinco años, me gradué con honores y tomé una Maestría de dos años en la Universidad de Nueva York. Mi esfuerzo académico fue premiado cuando entré a trabajar aquí y me nombraron "Director de Recursos Materiales", me dieron una oficina con ventana, de las más grandes del piso y me asignaron una asistente. No obstante la gran categoria que tiene mi cargo, mi área es muy reducida, sólo estamos "la buenota que trabaja con el ogro" y yo (Mary, mi secretaria, es la buenota, yo soy el ogro), y estamos encargados de presupuestar y revisar la veracidad de la cuenta de los insumos de la compañía (saber cuántos lápices se compraron, cuántos se gastaron, cuánto papel, cuántos clips, etcétera). Es un trabajo que requiere mucha concentración y que está lleno de aventuras, siempre y cuando tengas un coeficiente mental menor a 30 puntos.

Alguien que haya trabajado en una gran empresa sabrá que Recursos Humanos y Recursos Materiales se encuentran íntimamente ligados, ya que ambos tienen que trabajar bajo las órdenes del Contador General, que es quien asigna los presupuestos.

A pesar de la estrecha relación entre ambas oficinas de Recursos, y no obstante el hecho de que todos los martes a las 8:30 a.m., nos reunimos en la Sala de Juntas "Grande" todos los "altos mandos" (el Gerente General, el de Ventas al Mayoreo, el de Ventas al Menudeo, el Director de Planta, el de Transporte, el Contador General, Recursos Humanos y Materiales), nunca he cruzado con ella frase alguna que vaya más allá del "buenos días", "te lo mando al rato", "¿le echas un ojo?" y "nos hablamos", porque evidentemente, cualquier interacción que debiera pasar entre nuestras áreas se desenvolvía por conducto de nuestras asistentes.

Una mañana lluviosa (un lunes, para ser preciso), llegué tarde a la oficina (por los encharcamientos) y al subir al elevador oí, junto al sonido seco que provocan los taconazos, un grito de mujer, desconsolado y angustiante, que decía "¡sube!"; oprimí el botón que impide el cierre de puertas y entró "la de Recursos Humanos", empapada, con el rimel corrido, el cabello escurriendo, y con una bendita blusa blanca que me permitió ver con detalle su sujetador de encaje. Inmediatamente saqué mi pañuelo blanco que siempre llevo en la bolsa trasera izquierda del pantalón, y se lo di. -¡Muchas gracias, me sigues salvando!, dijo; se secó el maquillaje corrido y guardó el paño en su bolsa. -Lo lavo y te lo devuelvo, agregó. Se abrió la puerta en nuestro piso, me dio un beso (tronado) en el cachete, me volvió a agradecer "todo lo que hice por ella" y salió del ascensor, dirigiéndose a su oficina; yo, en cambio, permanecí anonadado en el cubo metálico, y sin que me percatara, se cerraron las puertas y fui a dar al octavo piso, donde un ejército de desconocidos entró, y a los cuales tuve que acompañar hasta la planta baja, porque me impidieron apretar el botón de mi piso.

No la vi durante el resto del día. No vi a nadie durante el resto del día. Para mí, no hubo resto del día. El tiempo se paralizó de tal manera que en un sólo instante, que duró como la eternidad misma, comprendí que ella era lo que toda mi vida había buscado en los demás y en mí mismo, que no podía darme el lujo de respirar un aire que no fuera el exhalado por ella, y que tampoco era aceptable permitir que ella llenara sus pulmones con oxígeno perteneciente a otro espacio que no fuere el mío. Recursos Humanos y Recursos Materiales debían fusionarse.

Al día siguiente, a las 8:30 a.m., entré a la Sala de Juntas Grande siendo otra persona, no sabía en realidad quién era, pero lo que sí es un hecho es que ya no "el ogro de Recursos Materiales". Platicaban todos, en grupos de dos en dos, de trivialidades: -"¿cómo te fue el fin?" -"¿cuántos años dices que tiene tu hijo?" -"a mí tampoco me cae bien el gordo de la caja" -"...y la pobrecita gatita estuvo pariendo toda la noche...". Tomé mi lugar y deslicé hacia cada uno de los presentes un engargolado (que me tomó toda la noche hacer) que llevaba por título "Conveniencia Estructural y Económica de la Fusión de las Direcciones de Recursos Humanos y Materiales". En el cuerpo de la propuesta exhibía los motivos por los cuales ambas áreas debían contraerse y formar una misma; razones como lograr un mayor control de los recursos financieros para la Compañía, reducción de gastos, que implicaría el inminente despido de una de las dos secretarias, la conveniencia que trae estructuralmente el trabajo en equipo, y una serie de datos y explicaciones estúpidas con las cuales esperaba obtener el permiso de la Gerencia General. Primera vez en la vida que cobró sentido el dinero que mis padres gastaron en mi educación.

Menos ella, que esbozó una pequeña sonrisa que denotó cierta complicidad, todos se quedaron mudos. Nunca antes había hecho una propuesta; de hecho, en todas las demás reuniones sólo había abierto la boca cuando me lo indicaban, cuando resultaba estrictamente necesario. Siempre había preferido pasar inadvertido.

Segundos después, el Gerente General gritó: -"¡eso necesitamos aquí... gente que proponga, con ideas concretas... lo felicito!". El Contador General (nuestro jefe), parecía no estar muy de acuerdo con la propuesta, pero la "emoción" de su superior le impidió decir otra cosa más que -"habrá que analizarla". La junta se desarrolló como todos los martes, sin embargo, ella, que antes no parecía notar mi existencia, de vez en cuando volteaba a verme y me sonreía, y me hacía muecas que a cualquiera le indicarían que estaba aburrida, pero que yo quise interpretar como "¿porqué demonios no te paras, me dices que vaya contigo y me llevas al infinito?".

Terminó el martirio y cada quien se fue a sus respectivos cuchitriles. El Contador General se me acercó, me tomó un brazo y me envió una mirada con la que claramente entendí que para él era una estupidez mi propuesta y que nunca sería posible. Ella esperó su turno, y en cuanto el jefe me soltó, tomó mi brazo y me envió una mirada con la que claramente entendí que para ella era una divertida travesura mi propuesta y que juntos la haríamos posible.

Los días pasaron y yo continué absorto en mi idea de fusionar las áreas. Diario entraba a la oficina del Gerente General, lo saludaba, y le contaba algún chiste con el que pudiera ganarme su amistad y obtener su aprobación, como si fuera un padre celoso al cual el yerno trata de impresionar para conseguir la mano de su hija. Diario también sentí el reproche de mi jefe, quien después me enteré que su molestia era porque lo había "saltado", y también sentí el reproche de Mary, mi secretaria, a quien alguien en los pasillos de la oficina le contó que yo quería despedirla. "La de Recursos Humanos" me seguía sonriendo, y yo seguía pensando obsesivamente en ella.

El proyecto de integrar Recursos Humanos y Materiales me obsesionó a tal grado que olvidé por completo cuál era su verdadera finalidad: estar cerca de ella. Investigó cuándo era mi cumpleaños (por su función en la Compañía, tiene a la mano los expedientes de todos los trabajadores) y me regaló una caja de seis pañuelos de colores (supongo que por eso no me regresó el que aquella mañana le presté). De vez en cuando, entraba a mi privado y me contaba algún chisme, o se quejaba de nuestro jefe, y al final siempre me preguntaba que cómo iba mi proyecto. En unas ocasiones, cuando en la mañanas nos topábamos en el pasillo, me tomaba ambas manos y me saludaba de beso. Su aliento en mi oreja, al saludarme, me indicaba que ella también deseaba con muchas ansias la fusión de las áreas. Todo lo que estaba relacionado con ella, todos los encuentros que teníamos y cualquier tipo de interacción o comunicación que había entre nosotros, fue religiosa y cronológicamente apuntado en un block de hojas amarillas que guardaba celosamente en el último cajón de la derecha de mi librero, y en la primer hoja del mismo, a modo de título decía "Recursos Humanos". Sin embargo, le di tanta importancia al desarrollo del proyecto que perdí de vista lo esencial, aunque irónicamente ella nunca había dejado de estar, de manera constante, presente en mi cabeza.

Una mañana soleada (un lunes, para ser preciso), llegué tarde a la oficina (no recuerdo cuál fue la razón) y al subir al elevador oí junto al sonido seco que provocan los taconazos, un grito de mujer, desconsolado y angustiante, que decía "¡sube!"; oprimí el botón que impide el cierre de puertas y entró "la de Recursos Humanos", sudada por el ardiente sol, con el rimel corrido, el cabello ardiendo, y con una bendita blusa blanca que me permitió ver con detalle su sujetador de encaje. Inmediatamente saqué mi pañuelo de color que siempre llevo en la bolsa trasera izquierda del pantalón, y se lo di.

Parecía estar viviendo un "déjà vu". Se cerraron las puertas, tomó el pañuelo, lo aventó, oprimió el botón de "stop", pasó sus brazos por detrás de mi cabeza, y comenzamos a besarnos como si el mundo se fuera a acabar en ese instante... nunca un beso fue tan apasionado, tan ardiente, y nunca con un beso fueron comunicados tantos deseos, tanto amor. Se colgó de mí, pasando sus piernas por detrás de mi cadera, y la sujeté de las nalgas para que no se cayera; me desató la corbata y comenzó a desabotonar mi camisa, posó sus manos en mi pecho y dada la condición de aventura, me animé a abrir su blusa sin pensar en los botones. Con una pericia que nunca había tenido, desabroché el sostén y tomé fuertemente sus tetas, al tiempo que ella bajó el cierre de mi pantalón y metió su mano. Solté su busto, metí ambas manos abajo de la falda y le quité cuidadosamente la tanga, misma que quedó tendida en el suelo del elevador. Se colgó nuevamente en mí y la introduje. Nunca antes en mi vida sentí tanto.

Su espalda estaba contra la pared, y nos movíamos como bestias hasta que ella gritó imperativamente, -"¡di mi nombre!".

Me helé, me paralicé... morí por un instante. Perdí toda excitación. Todavía estando dentro de ella, me miró fijamente a los ojos, y con una calma hiriente me preguntó afirmando -"¿no sabes mi nombre verdad?". No supe qué contestar. Se hizo un silencio asesino que se prolongó lo suficiente como para destruirme totalmente. Se bajó de mí, comenzó a vestirse y se puso el suéter que llevaba, porque su blusa estaba rota. Me abotoné la camisa, me puse la corbata, acomodé mi pantalón. Sin hablar ni emitir sonido alguno, dio marcha nuevamente al ascensor, y al abrirse la puerta de mi piso salí apresuradamente a tomar una bocanada de aire (no me había percatado cuánto me estaba asfixiando mi infierno personal). Volteé y vi cómo se cerraban las puertas, con ella adentro, quien tenía la mirada clavada en el techo, evitándome.

Hoy, martes, sé que se llama Sandra; lo que no sé es donde va a trabajar ahora, tras su inmediata renuncia, y tampoco sé cuál es ahora el sentido de mi vida, sin "la de Recursos Humanos".

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