Penumbra  

rm_alfaroli 74M
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3/9/2006 5:31 pm
Penumbra


Desde hace meses, aunque bien no sabe desde cuándo, ni un sólo día ha salido temprano, siempre, por lo menos y cuando mejor le va, sale una hora más tarde de la hora de salida oficial. Hay días en los que no ve el sol, ni por la mañana ni por la tarde, o noche, lo que sea, y aún así su cheque siempre viene igual, ni horas extras, ni bonificaciones por desempeño, ni premios por puntualidad, ni reparto de utilidades ni nada de nada, los míseros mismos centavos siempre. Ya casi han pasado cuarenta minutos desde que llegó a la parada del camión y nada. Han pasado hartos taxis, pero camiones, ninguno, “así que lo mejor” –piensa Lalo, “será caminar”, caminar esperando a que nadie lo asalte, llegar con bien a los brazos de esa malhumorada mujer a la que llama esposa, la que le debe muchísimas mensualidades del débito carnal, mismas que ya no está interesado en cobrar “¡que las cobre alguien más!”, piensa. La caminata no lo apacigua, por el contrario, cada paso que da es una cuenta mental más que hace en la que la suma de lo gastado es superior a lo cobrado, y donde la suma de lo cobrado es menor a lo trabajado; cada paso que da es más angustiante que el anterior, sabe que cada paso lo acerca más y más a una muerte sin vida, lo cual, al repetirlo en su cabeza “una muerte sin vida”, “una muerte sin vida”, cobra cada vez menos valor, menos lógica y coherencia “¿cómo demonios es posible que esté muriendo, que esté más cerca del final, sin haber vivido, sin haber recorrido un camino, ya sea pavimentado o entre maleza y espinas, pero camino al fin?”, ¡¿he estado toda mi existencia, sufriendo esto que se mal llama “vida”, a la orilla del camino, sin pisarlo siquiera?! Y lo peor es que al final del camino una fosa común es lo que me espera, no una lápida que resalte mis virtudes como esposo, padre, amigo o profesionista, sino una triste fosa común que compartiré por toda la eternidad con unos tantos miles de mi especie, nada especial”.

Una piedra en el zapato lo saca de su absorto y deprimente pensamiento, la música del bar frente al cual se detuvo lo atrae. Sin pensarlo, automáticamente, abre las puertas, se dirige a la barra y pide lo de siempre. El camarero no lo conoce, nunca lo ha visto, pero sabe que “lo de siempre” son dos onzas de tequila, o al menos, si el camarero llegara a un bar y pidiera “lo de siempre”, querría que le sirvieran dos onzas de tequila. Sin pensarlo, automáticamente, y de un trago, se bebe el matarratas que hacen pasar por tequila, golpea el vaso en la barra y el camarero intuye que Lalo quiere otro “lo de siempre”, se lo sirve e igual, de un trago acaba con él. Saca del bolsillo de la camisa el último cigarro que le queda en la cajetilla suave; está arrugado, medio vacío y a punto de romperse, pero aún así lo pone en su boca, busca los cerillos en las bolsas del saco, pero el camarero se le adelanta y le da fuego. Círculos perfectos de humo de tabaco salen de sus labios. El tequila, el tabaco, la música: tranquilidad, instantánea, sencilla, temporal.

–¿Puedo acompañarlo? –dice un rubio de ojos claros que se sienta a su lado –parece usted algo deprimido, lo noto en su mirada, distante y vacía.
–¡¿Qué demonios tiene de distante y vacía mi mirada?! ¡Así veo yo!, perturbado, contesta Lalo.
–Nada, no es eso, me pareció verlo preocupado. Mi nombre es Arturo, ¿cuál es el suyo? ¿te puedo hablar de tú? –extendiéndole la mano a Lalo.
–Eduardo, para servirte, y sí puedes hablarme de tú. Perdona mi mal carácter, es que he estado haciendo cuentas, pensando en mi esposa...
–No te preocupes Eduardo, todos a tu alrededor estamos igual, mira nomás, voltea.

Lalo voltea y ve repleto el bar, no hay una sola mesa vacía, hasta le extraña haber encontrado lugar en la barra, que también está repleta. Voltea de nuevo hacia la barra, y repentinamente piensa que algo le pareció extraño, pero no sabe qué es, vuelve a voltear, como buscando algo que sabes que buscas pero que no sabes qué es.

–¡¿No hay viejas?! –pregunta extrañado al darse cuenta de qué elemento esencial de un bar es el que en ese se encontraba ausente.

Una carcajada y una bocanada de humo de tabaco salen de la boca de Arturo ”¡Camarero! ¡deme uno igual a lo que toma el caballero!”.

–¿Qué pasa? ¿de qué te ríes? ¿dije algo chistoso?

Y más reía Arturo “¡Para!, ¡para!, ¡me matas!”.

Extrañado y casi molesto, Lalo vuelve a preguntar “¿dónde están las mujeres?, ¿de qué demonios te ríes?”.

Las carcajadas de Arturo, tan evidentes, robaron la atención del camarero, de los que estaban en la barra a lado de ellos, y como si el silencio fuese una hilera de fichas de dominó listas para comenzar a caer, una tras otra, al más mínimo movimiento, el silencio poco a poco se hizo en todo el bar, hasta que todas las miradas del lugar estaban puestas en Arturo, como si la gente pudiera ver la risa, tal vez olerla y palparla.

Las miradas incómodas como cuchillos afilados dirigiéndose hacia Lalo y a Arturo, enervaron a aquél, quien perdiendo los estribos tomó a Arturo de las solapas de su abrigo y zarandeándolo preguntaba cada vez más desesperado “¡¿dónde están las pinches viejas?! ¡¿De qué chingados te ríes?!” Arturo reía cada vez más y más, no paraba, como si un ventrílocuo supremo lo tuviera cogido del culo y lo obligara a reírse sin darle opción de parar.

Dos sujetos se acercaron a Lalo y lo sujetaron, permitiendo a Arturo soltarse y alejarse medio metro de la amenaza contra su físico. Domada la bestia, todos los demás comensales, borrachos e inútiles que estaban en la cantina, comenzaron a reírse, como si fuese algo contagioso. Unos a otros se veían y más y más se reían. Algunos rompían las sillas en las que estaban sentados al echarse para atrás para carcajearse. Una euforia colectiva atrapó a toda la concurrencia, las risas eran incluso tenebrosas, algunas otras eran chillonas, maldosas. A todos parecían desorbitárseles los ojos. Otros tantos tosían, se tomaban el estómago como si les doliera de tanto reír. La furia de Lalo se trasformó en un profundo miedo, algo tenebroso pasaba ahí y le infundía temor. Lalo comenzó a reír también, comenzó a gritar “¡jaaaaa, ja, ja, ja!, ¡jaaaaa, ja, ja, ja!, ¡jaaaaa, ja, ja, ja!” y volteaba a ver a los demás como demostrándoles que también podía reír, y que eso que a ellos les causaba tanta gracia, aunque él no sabía qué era, también le causaba gracia. Las risas colectivas poco a poco fueron bajando de volumen y de manera inversamente proporcional a como subía el volumen la carcajada de Lalo, paulatinamente hasta que un silencio mortuorio se hizo en el bar, donde los únicos sonidos eran la risa de Lalo, su eco y el palpitar de los corazones vacíos de todos.

Lalo también calló y el silencio aplastante se hizo en el bar.

–No hay mujeres, las matamos a todas hace meses. –seriamente dice Arturo.

Las lágrimas brotaron una a una, como si se fueran a acabar, de los ojos de Lalo, quien tan sólo sacó un billete del bolsillo derecho del pantalón y lo aventó a la barra. Salió del bar, se sacó el zapato que lo incomodaba, lo volteó y tiró la piedrita, se lo volvió a poner y siguió caminando hacia su casa, recordando cuánto extraña a su mujer y cuánto le gustaría cobrar ese débito carnal impagado.

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