Despertar  

rm_alfaroli 74M
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1/27/2006 3:05 pm

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3/5/2006 9:27 pm

Despertar


Despertar

No siempre se le da la importancia que merece al acto de despertar. Despertar es traumante, es una de las peores experiencias por las que el ser humano debe atravesar, y sobre todo lo es porque día con día lo debe hacer, porque día con día la herida debe hacerse más grande, y por lo mismo, cada vez más difícil de reparar. Despertar es el triunfo de la batalla entre el subconsciente y el consciente, donde irremediable y desgraciadamente gana este último. Ningún subconsciente está de acuerdo con despertar; ninguna persona en su sano juicio debe estar de acuerdo con regresar al mundo real, ni aún cuando en los sueños esté librando una tremenda lucha en la más terrorífica pesadilla.

Peor que despertar, así nomás, es despertar sin saber dónde estás ni cómo es que llegaste ahí; o como a varios que conozco que les ha pasado: despertar en un cochino cuarto de hotel con una mujer espantosa a su lado, en el mejor de los casos, o con otro hombre acostado junto a él, en el peor escenario. Peor que despertar, así nomás, es despertar sin saber dónde estás ni cómo es que llegaste ahí, o como a varios que conozco que les ha pasado: despertar en un cochino cuarto de hotel con un cuchillo a su lado, bañados en sangre que no reconocen como propia o ajena.

Claudia tenía un sueño feliz, soñaba con que ya había terminado la carrera, que ya había obtenido su título profesional, que era una exitosa profesionista y que tenía un súper departamento en Santa Fe, cerca de su oficina, en la que trabajaba como Directora General de alguna importante transnacional. Soñó que todos la querían, que sus papás la amaban, que su novio la adoraba y que ella lo idolatraba. Un intrépido rayo de sol que se coló por entre las cortinas para pegarle directamente en los ojos le obligó a aterrizar, a darse cuenta de que a penas iba a terminar la prepa, de que sus papás se odian a muerte, de que ella los odia de la misma manera, de que era domingo (el peor día de la semana), y de que estaba desnuda en un cochino cuarto de hotel.

Atolondrada todavía por el aterrizaje forzoso que tuvo que llevar a cabo, volteó hacia el otro lado de la cama para saber con quién la había compartido. La almohada estaba aplastada, como indicando que alguien durmió sobre ella, pero estaba vacía. Se restregó los ojos para quitarse algunas lagañas y tener una mejor percepción del mundo en el que estaba, y de sopetón deseó, como nunca antes había deseado algo, estar soñando, estar en la peor de las pesadillas, con la esperanza de despertar y de que nada de lo que estaba viendo fuera realidad. Ante ella se mostró una botella vacía de Bacardí Blanco, un par de vasos sucios y una sábana ensangrentada. El susto se le bajó rápidamente, cuando concluyó que la sangre no podía ser más que de ella, que le había llegado el periodo. El susto se le subió rápidamente cuando vio que la sangre no era de ella, o no al menos de su periodo. Se revisó de pies a cabeza para saber si estaba herida y no encontró un solo rasguño. Asqueada por el olor a alcohol, marihuana, tabaco y sangre, salió disparada hacia el baño, a vomitar. En el camino hacia el baño se encontró tirada en el piso una navaja suiza, también ensangrentada. No pudo llegar al escusado, en ese mismo momento devolvió el estómago.

Definitivamente estaba sola. No había nadie más en el cuarto: no había ningún cadáver tirado bajo la cama, ni a lado de ella, ni en la regadera, ni en el piso del baño. Ya más relajada se sienta en un sillón que está ahí, sobre el que cientos de parejas deben haber tenido relaciones sexuales, que debe estar lleno de fluidos corporales, recuerdos y orgasmos. Prende un cigarro y cruza las piernas, como poniéndose en “posición de pensar”; toma conciencia de que está desnuda y se cubre con las manos, como para que no la vean, pero como no hay nadie que la vea, se ríe de su repentina pena y se descubre. Trata de organizar su pensamiento, “primero es lo primero, ¿dónde estoy?”, se pregunta; sobre la cómoda encuentra un block de notas y una pluma que dicen “Hotel Montreal”. Descubierta su ubicación, se hace más preguntas a las cuales no encuentra respuesta. No sabe con quién vino, no sabe dónde está su ropa, no sabe de quién es la sangre, no sabe de quién es la navaja (aunque la encuentra conocida), y no sabe qué hacer.

Claudia, que ha visto muchas series gringas sobre medicina forense, decide que, por si son peras o son manzanas, debe remover toda evidencia, que ese será el primer problema a resolver. Quita la sábana manchada y la lava con jabón “Rosa Venus” y “Shampoo Montreal”. Al lavarla, se lava a sí misma. Coge la navaja y la lava. Agarra los vasos y los lava. Limpia todo el lugar con una toalla mojada, sacude todo. Intentar sacarle al colchón la marca de sangre pero no puede, nada más la hace más grande, la diluye. Intenta voltearlo pero está muy pesado para ella. Decide dejarlo así, al fin, la mancha puede interpretarse como proveniente de alguna virgen o de alguna con su periodo. No será la primera ni la última vez que la mucama vea un colchón sangrado.

Decide resolver el problema de la ropa “confeccionándose” unas bragas, una falda y un “top” con la sábana limpia, cortándola cuidadosamente con el cuchillo, el cual luego amarra a su pierna, sin que se vea, para no levantar sospechas. Deben ser como las diez de la mañana.

Sale del hotel, voltea a ambos lados de la avenida Tlalpan y camina hacia el metro más cercano, que es el de Taxqueña. En el camino “botea” y consigue dinero para el boleto. Toda la gente la ve raro al entrar al vagón; no le importa, ella los ve raros a ellos también. Al llegar a casa, y como de costumbre, su madre, sin voltear a verla siquiera, le grita que dónde demonios estaba, que es una perdida igual que su padre, que no tiene ni tendrá remedio. Claudia quisiera sacar la navaja y matarla; de hecho, por un momento tuvo la esperanza de que, de alguna forma, la sangre en el cuarto de hotel fuera la de su madre, que ella fuera el cadáver que no encuentra.

Llega a su cuarto y sin cambiarse ni nada, le habla a Ximena, su mejor amiga de la prepa. Ximena le dice que anoche no estuvieron juntas. Le habla a Fernanda, una amiga de la secundaria y le dice lo mismo. Marisol, una vecina, le da la misma respuesta. Bernardo, su novio, no contesta el celular. Puede él ser el muerto, piensa Claudia; piensa también que si no es él el muerto, debería serlo. En el piso ve tirada su cartera, la abre y encuentra un “flyer” de una tocada en un antrillo de Coyoacán. Comienza a recordar que desde el viernes tenía muchas ganas de ir, y así es como uno tras otro, como armando un rompecabezas, empiezan a llegar a su cabeza los recuerdos, a tener reminiscencias de lo ocurrido anoche. Le vienen a la mente luces y ruidos, olores y sensaciones, caras y risas, miedo y alegría. De nuevo siente en la nariz y en sus pulmones el suave aroma del hachís y de la marihuana, saborea el ron como si lo estuviera bebiendo, incluso le quita la sed; siente en sus manos cómo el puñal penetra la carne y desgarra tejidos, y entre sus piernas siente cómo un pene penetra su carne y desgarra tejidos, también.

Al mismo tiempo, el teléfono de la casa y su celular, repican. Bernardo es quien marca a su celular. Él no es el muerto. Le contesta y él le pregunta cómo le fue en su casa, si su papá la regañó mucho, si sí se dio cuenta de lo drogada que estaba cuando llegó a recogerla al antro. No queda un solo cabo suelto ahora, Claudia recuerda exactamente lo que pasó y deja a Bernardo colgado en la línea, sin contestarle. Un grito de su mamá la distrae y baja corriendo, la encuentra tirada junto al teléfono llorando y gritándole que habían matado a su padre, que lo acababan de encontrar tirado en la calle, cerca del metro Taxqueña, muerto a navajazos y a lado de ropa de mujer.

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