Con cara de funeral  

rm_alfaroli 74M
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1/27/2006 3:04 pm

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3/5/2006 9:27 pm

Con cara de funeral


Con cara de funeral, Don Antonio sale de la Agencia Gayosso de Felix Cuevas; toma el camión que lo deja en Insurgentes, y ahí aborda el MetroBus que se dirige hacia el Norte, bajándose en Reforma para caminar dos cuadras y llegar a su departamento en la calle de Río Támesis. Sigue preguntándose porqué decidió llevar a cabo los servicios en el Gayosso de la Colonia Del Valle, si el de Sullivan le queda mucho más cerca.

Sube las escaleras, en las cuales, según él, todavía se respira el aroma de la muerte. Se detiene unos segundos frente a la puerta de su departamento, como para retomar fuerzas, hasta que decide entrar.

Una vez dentro, se afloja la corbata y se desabotona el cuello de la camisa, se quita el saco y lo arroja sobre la silla que siempre deberá permanecer vacía, toma el único vaso limpio que hay sobre el escurridor y lo llena de güisqui, mismo que se toma de un solo trago.

Angustiado, perdido, triste y desconsolado, se deja caer sobre el sillón, sin notar las revistas y los periódicos viejos que están en él, y comienza a llorar, apretándose fuertemente ambos ojos, como si eso fuese suficiente para detener su dolor.

Con el pensamiento nublado a causa del güisqui, decide que no es conveniente asistir a las exequias, ya que de todas maneras, nadie irá, ya que de todas maneras, a nadie le importa. También decide que lo que debe hacer durante el resto del día y la noche, es permanecer ahí, en ese sillón, contemplando y entendiendo que ella se ha ido para siempre.

Como orden marcial y en voz alta, se indica a sí mismo que, pase lo que pase, no debe moverse de ese sillón, sino hasta que sea el momento de dirigirse a la Agencia para acompañar al cortejo fúnebre que parte a las doce en punto con dirección al Panteón Francés que se ubica en Cuauhtémoc, entre Baja California y Viaducto.

De golpe reflexiona sobre la estupidez que acaba de pensar, y otra vez en voz alta con tono de sargento se ordena que tampoco debe ir al cortejo, porque ni siquiera tiene coche y ni modo de ir en la carroza. Lo que debe hacer es ir directamente al cementerio, y esperar ahí, al pie del lote, a que su amada llegue y darle el último adiós.

Contento con el nuevo plan, decide desobedecerlo un poco para levantarse, tomar la botella de licor y acabarse el resto de un solo trago y sin la necesidad de tomar el vaso. Vuelve al sillón, se echa en él, y nuevamente comienza a llorar, y sigue así hasta que se queda dormido.

A las once de la mañana del día siguiente, Don Antonio abre los ojos, y angustiado por la hora, piensa que sólo tiene tiempo para ponerse el traje de luto y no para echarse un regaderazo, que debe salir inmediatamente hacia el camposanto.

En el segundo camión que tomó, el que se va todo derecho por Bucareli antes de convertirse en Cuauhtémoc, en voz baja se culpa a sí mismo por no haberse despertado antes, y se pregunta si es que los enterradores esperarán a hacer su trabajo hasta que él llegue.

Se baja del camión justo frente al Panteón y atraviesa corriendo la avenida sin importarle el mar de coches que se le venían encima. Ve su reloj y considera que sí tiene el tiempo suficiente para comprarle una corona de flores blancas. Escoge la primera que ve y sin esperar a que le entreguen el cambio, corre hacia la última morada de su esposa, brincando tumbas y maleza. La carrera le hizo perder todo el aliento, pero no le importó y no se detuvo hasta que llegó al lugar. Como broma mala del destino, ante él se muestra una lápida ya enmohecida y desgastada por el tiempo, y es en ese momento cuando Don Antonio recuerda que María murió hace veinticinco años.

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