Alegr  

rm_alfaroli 74M
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1/27/2006 3:08 pm

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3/5/2006 9:27 pm

Alegr


Es precisamente ésta la razón por la que él lo hace, por los aplausos y los gritos de felicidad de los niños emocionados, felices por el acto tan bonito, por los llantos de los niños que no alcanzaron a ver el truco, y por la cara del niño inteligente que pretende descubrir la razón lógica de cómo es que el conejo apareció en el sombrero de copa que antes estaba vacío.

El siguiente acto requiere la presencia de un niño y una niña. Al pedir voluntarios todos se abalanzan sobre él, casi lo tumban. Un niño que parece ser la piel del diablo, se dedica a dar pisotones en sus zapatotes, para corroborar que están vacíos, que en realidad calza como cualquier otro, que en realidad, debajo del reluciente y brillante traje de parches de colores vivos, tan sólo hay un hombre común y corriente, igual a los demás, ni más ni menos payaso que el resto del mundo.

Para ese truco, siempre escoge a los dos niños que parecen más impopulares, a los que están fuera de lugar, a esos con lentes, con frenos, con zapatos ortopédicos, gordos, con manchas, muy feos o con cualquier otro defecto físico que los relegue de los demás, tal y como él fue relegado, tal y como él sigue siendo relegado. Escoge a un niño que no tiene brazos y a una niña que es gorda como una pelota y negra como la noche sin estrellas. Cree que es lo más conveniente.

El truco a ejecutar es sencillo, consiste en meter a la niña a la caja, que el niño la encierre y la cubra con una sábana de seda remendada con retazos vistosos, que el niño agite la varita mágica y que la niña haya desaparecido al abrir la caja; que se repita el proceso de cerrar la caja, cubrirla, agitar la varita, abrir la caja, y que la niña aparezca, como si nada. Todo mediante un viejo truco de espejos conocido por todo el mundo, menos por los niños.

La lágrima pintada de azul en su mejilla, comienza a moverse, junto con la pintura blanca que está por debajo del ojo y que le llega hasta la barbilla, gracias a la lágrima verdadera que recorre triste todo ese camino. Los niños, crueles por naturaleza, se han burlado de la gordita que no cabe en la caja, y del manquito que no puede sostener la varita. No puede creer haber sido tan estúpido de no haberse dado cuenta de ello, antes de provocar este penoso incidente. Intenta invertir los papeles pero no tiene caso, los demás pequeños lo abuchean al tiempo que continúan su horrenda burla, las mamás se le acercan peligrosamente y los niños afectados han salido corriendo del lugar en un mar de lágrimas no pintadas.

Intenta explicar, a todos en general y a nadie en particular, que no fue su intención hacer sentir mal al manquito y a la gordita, que por el contrario, él quería que resaltaran por encima de los demás, quería regalarles un momento de grandeza, de triunfo, de victoria por haber sido escogidos por el payaso-mago de entre todos los niños. Nadie entiende sus razones. Los trucos de malabarismo que tanto ensayó durante la semana no podrán ser vistos por nadie.

Al llegar a la Agencia de Fiestas Infantiles "Alegría", encuentra su casillero vacío y sus cosas en una caja que tiene pintados, felizmente, globos de todos los colores, serpentinas y confeti; es la caja tradicional en la que la empresa mete el regalo que le da al niño del cumpleaños. Con una sonrisa pintada en su boca, con sus zapatotes, con su nariz grande, redonda y roja, con su peluca de estambre azul, rojo y amarillo, y con sus ojos llenos de tristeza, se dirige hacia la oficina de su jefe, quien seguramente recibió un telefonema de parte de la mamá del niño del cumpleaños, quejándose del payaso-mago.

La oficina del jefe, antagónica al nombre de la compañía, es gris, obscura, diminuta y maloliente; el jefe, antagónico al nombre de la compañía, es gris, obscuro, diminuto y maloliente, y en este momento está muy enojado porque ha convenido con la mamá del niño del cumpleaños en devolverle el dinero que pagó por el servicio. Nuevamente sin éxito alguno, el payaso-mago intenta explicarle a su jefe porqué lo hizo, que su intención no era burlarse de los niños, por el contrario, era ayudarlos. El gris, obscuro, diminuto y maloliente jefe le grita que a él no le importan las razones, que lo único que cobra relevancia es que la mamá del niño del cumpleaños se quejó y que tiene que devolverle el dinero, que por eso está despedido.

Con su alegre caja en las manos, sale de la empresa y se dirige hacia su coche, un volkswagen de varios colores, recortado a sólo dos plazas y con cabina alargada: un verdadero coche de payaso. Lo aborda y lo conduce, aún con una sonrisa pintada en su boca, con sus zapatotes, con su nariz grande, redonda y roja, con su peluca de estambre azul, rojo y amarillo, y con sus ojos llenos de tristeza. Llega a su departamento solitario y sin vida. Toma de la vitrina la única botella de licor que encuentra, medio vacía, prende un cigarro y comienza a beber. Después de varios tragos largos, se dirige al baño para quitarse la pintura de la cara. Estando frente al espejo, mirando cómo la luz blanca resalta aún más el blanco brillante sobre su piel, cómo es que los colores de su peluca denotan la más feliz de las felicidades, es cuando entiende que por más maquillaje que se unte y por más risas obtenga de los niños (si es que algún día alguien lo vuelve a contratar), esa máscara de alegría nunca hará feliz a su corazón, que esa aparente plenitud siempre ocultará su melancolía, que nunca nadie se dará cuenta de lo desgraciado que realmente es, que nunca logrará ser feliz.

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