Bajando de la monta  

me7917 37M
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5/23/2006 11:05 am
Bajando de la monta


Hace algún tiempo que inicie el descenso de la montaña y en sus faldas vislumbré una zarzamora etérea, supe entonces que lo había logrado.

Hace más tiempo aún encontré un reflejo cerca de la cima, algo me impedía ver mas arriba, algo que me llamaba y me hacia voltear, un pequeño destello que encendía mis ojos y me impulsaba a llegar.

En la senda trazada por antiguos exploradores, hacía ya muchos años desierta, encontré setas viviendo de la mano de las rocas, árboles que se aferraban a los muros de piedra, aves que anidaban en los riscos escarpados, serpientes y animales acurrucados en los setos y espinos.

Mi llamado era devuelto en voces y retumbes de las laderas, mi andar acompañado de rebotes y deslindes de pequeñas piedras, mi vista revelaba, al mirar atrás, un sinnúmero de casitas de cartón, ablandadas por la lluvia y el lodo, mas allá casas de adobe con sus techos de lámina repicando al sol y un tanto más distante, se encontraban casas grandes, esplendorosas y coloridas, edificios aterradores y monstruos industriales.

Miraba yo entonces al cielo en busca de una estrella, una que me mirara y me guiara a través de la noche para llegar mas rápido, pero mi respuesta no llegó. Comencé entonces a buscar de día y detrás de los troncos caídos algún rastro, una señal que me impulsara, buscaba algo en específico, hasta que ya no busque más.

A la sombra de la cima, con la luna poniente, a unos cuantos metros de mi, vi de nuevo ese destello. ¿Una estrella? ¿Una voz? No podría decir que fue aquello que me hizo mirar, sin embargo ahí estaba; una hermosa flor anclada a una roca, cerca de ella el musgo crecía en tonos de esmeralda y centelleaba el sereno con sus hojas y sus pétalos, la flor mas bella y mas exótica, exquisita en su tonalidades y aromas, la flor exacta y la señal a mis aullidos.

Me senté junto a la flor y un nombre le di, ella me sonrió, o al menos eso me pareció, tome una roca de otro sitio y talle su nombre en ella, me acerqué suavemente y tiernamente y rocé sus pétalos con mis dedos, ella se acurrucó en mi mano.

Abracé la flor y sentí calor, ternura, luz a media noche y cosquillas en mi espalda. Me levanté y comencé a descender.

Cerca ya de la carretera que devuelve los pasos del viajero a la ciudad vi que la luz no brillaba solitaria, y yo no seguí siendo mas que un yo etéreo.

La zarzamora vivía en alma en algún otro lugar de la montaña, había encontrado la paz, la tranquilidad y al ser amado.

.... y yo, descansaba en los brazos de mi flor, amado, amando y viviendo
plenamente.

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