La Secretaria  

ladiabla6969 59F
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7/20/2006 12:53 am

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7/22/2006 6:58 am

La Secretaria


Está terminando de escribir una carta en el ordenador, deprisa, porque es casi la hora de salida y no quiere llegar tarde a su compromiso.

Poco después esperaba ya en la misma esquina de la oficina. Al cabo de pocos minutos, un coche oscuro, un BMW, se detiene ante ella y un hombre joven la invita a subir. Ella lo hace sonriendo, era la persona que esperaba.

El coche estaciona en una calle tranquila, llena de casas antiguas, de aspecto señorial; denotaba tratarse de una zona reservada, sin tráfico ni ruidos, una zona residencial privilegiada.

Salen del vehículo y se dirigen a una de esas casas, que ella abre, y en un silencioso ascensor suben hasta un apartamento. Es un apartamento de techos altos, pintado de un blanco luminoso, con muebles modernos, de diseño, y otros antiguos de muy bella factura. Sofás color marfil, con almohadones de color marrón muy oscuro y cruzados por rayas negras. En el suelo, alfombras orientales tejidas a mano.

Todo invitaba a ser observado, el buen gusto de la anfitriona resultaba evidente.

Aquella mujer joven y hermosa había vivido durante muchos años en Egipto, con un diplomático del que estaba profundamente enamorada.

Ahora las cosas habían cambiado, tenía que trabajar como secretaria, en su país de origen, para sobrevivir. Sin embargo, y por encima de todo, quería conservar aquel apartamento y sus recuerdos. Esto suponía tener que estar ocho horas en una oficina y hacer “horas extras” en la casa eligiendo, eso sí, al amante de turno que, con sus visitas semanales, le proporcionaban los medios de conservar lo que amaba.

Tenía clientes fijos, como era el caso de este que pasaba por su cama una vez al mes.

En verdad, era una mujer con un aspecto físico impresionante, alta, delgada, pero con curvas fuertemente marcadas y piernas preciosas, que lucía intencionadamente los días de trabajo Full Time..., cabellos rubios, largos, estudiadamente descuidados, muy poco maquillada. Algo muy grave había tenido que pasarle para no querer volver a enamorarse, para elegir esta forma de vida y desear mantener aquel nivel.

Este hombre que hoy tenía junto a ella era joven, más bien guapo, casado, con hijos, con una situación y un status que le satisfacían, pero desde que la conoció e hizo el amor con ella, por primera vez, no ha dejado ni una sola vez de acudir a esta cita. Moreno, luciendo en su pelo algunas canas, hoy lucía un impecable traje azul oscuro y una bonita camisa de marca.

Le resultaba fácil, y hasta agradable, entregarse a este hombre que siempre ponía un toque nuevo a sus fantasías. Los dos disfrutaban del sexo sin ningún tapujo, poniendo siempre ella eso que aparentemente gustaba al hambriento macho y que, provocaba sus ganas de volver a empezar después de haber terminado. Esa era también su forma de asegurarse el “cliente” que, antes de partir, la cogía desnuda para darla un beso de despedida y, proponiéndole, muchas de las veces, salidas para cena juntos.

Nunca aceptó, tenía muy claro que esto era un trabajo, agradable en el caso de él, y nada más. Los otros clientes eran mayores, de 40 años en adelante, pero dela misma clase social, alta, que Fernando, pero les faltaba encanto y eso no hacía las cosas nada agradables. No ponía en ellos el mismo interés de seducción, solamente lo mínimo y ni un ápice más.

Hoy es otro día, cuando Fernando llamó ala puerta de su apartamento y ella le abrió la puerta, le recibió desnuda, con solo un pequeño delantal atado a la cintura, como si aquel hubiera sido su día de descanso y dedicado gran parte de la mañana a recoger su casa y cocinar.

Fernando la encontró genial. Muy probablemente su mujer nunca le hubiera recibido de aquella manera, y esas fantasías le hacían desearla cada día más.

El pequeño delantal no le impedía la vista de ese cuerpo precioso, pero aún así, lo tiró al suelo y tomándola entre los brazos, empezaron a bailar al son de la última canción de Sting, que sonaba en el lector de música. Se besaban, se acariciaban, iniciando así lo que , para ella era una tarea muy agradable y, para él, aquello que le hacía sentirse otro.

El baile no duró mucho, lo justo para dejarse caer sobre la mullida alfombra, donde él hizo que ella se pusiese boca abajo, para continuar cubriéndola de besos desde la nuca hasta los talones. Le separó las piernas y, colocándose entre ellas, introdujo su miembro hasta lo más profundo. No era bastante y, por ello, la hizo colocarse en “chien de fusil” y la cabalgó con ardor para que pudiera sentirle con más intensidad.

Cambiaban de postura a medida que aumentaba su excitación. En un momento ella estaba sentada sobre él. Para que pudiera disfrutar con los ojos y que las manos pudieran tomar posesión de sus pechos.

A ella le gustaba que la mirase cuando casi alcanzaba el orgasmo. Se conocían ya lo suficiente, como para poderse leer en sus caras cuáles eran los pasos a seguir hasta alcanzar el máximo placer.

Le besaba los seños con tal sensualidad, y ella respondía recorriendo, con la punta de sus uñas, su pecho y hombros. Eso sí, teniendo cuidado de no dejar impresa sobre él ninguna huella que pudiera comprometerle. Después, saciados, bromeaban haciendo alardes sobre cual de los dos merecía el premio al mejor amante.

Eres de los muy buenos, le dijo ella, pero te falta poner más exotismo, para que seas incomparable. De esa manera conseguía desestabilizarle, y él prometía ganar, la próxima vez, el premio al “mérito”.

Solo con él hacía este tipo de comentarios, porque realmente lo disfrutaba. Con el resto de los consumidores, cuando más rápido, mejor.

Como cada mañana, al levantarse, puso en marcha la cafetera. Entró en el cuarto de baño y mirándose en el espejo se hablaba, llevándose las manos a la nuca. ‒Hoy te espera un día penoso, se dijo, parecido al que hace en la calle, gris, lluvioso.

Después de ducharse se frotó todo el cuerpo con crema hidratante, volvería a repetir la operación en la tarde, antes de dejarse montar por aquella especie de mandril trajeado, calvo y superperfumado que era su cliente de hoy. Un puro asco.

Tenía que fingir a tope, con ese animal fofo, porque su físico, todo el era lamentable.

Le pedía pasear desnuda y con un bolso, ante él. Dejar caer las llaves e inclinarse a recogerlas, sin flexionar las piernas, para mirarle por detrás y verle hasta el alma; y todo ello a cámara lenta.

Hoy, se hizo el propósito de que no llegase ni a tocarla. Si controlaba el tiempo, sus fantasías le iban a costar un huevo o, mejor dos.

Imploró a todos los dioses, sin dejar de hacer su numerito, que exigía poner toda la vulgaridad del planeta, para satisfacer a este mandril repelente, pero, el muy imbécil, se quedó con su fláccido pajarito en la mano, cuando consiguió, con su interpretación, ponerle tristemente feliz sin haberla tocado ni un pelo.

Volvió a la oficina, haciéndose la promesa de mandarle a paseo. Podía permitirse el lujo de elegir a su amante de turno aunque, a veces se equivocase, como había sucedido en este caso. Todo era cuestión de acertar a la primera, o aguantar el chaparrón, aunque fuera una sola vez.

Todos sus amantes le habían sido recomendados por una compañera de oficina, veterana en estas lides, y que no solía meter la pata como en este caso. Cuando se vieron, comentaron juntas el mal trago vivido y le prometió sustituirlo rápidamente por el rey de la jungla, bromearon.

Ambas podían estar mantenidas a todo confort, sin tener que trabajar para ganarse la vida, pero las dos consideraban que, hasta el momento en el que pudiesen compartir sus vidas de quien estuvieran poco, o mucho enamoradas. Al no ser así, su libertad era lo más importante para ellas.

Una simple llamada telefónica acabó con el mandril, y ahora, acostada en un sofá, mientras veía un programa en la tele, pensaba en llamar a Fernando. Sentía necesidad de verle, de hablar con él e incluso, de aceptar con agrado el salir a tomar una copa. Sería una velada cara a cara, por vez primera, aquella sería una velada romántica, tranquila, diferente.

rm_alcion71 45M
4357 posts
7/20/2006 9:21 am

Jeee jeee... pues a mí me gustan los mandriles, con esa pedazo napia de color azul y el culo hinchado y todo rojo... jajajaja.

Del anterior... jo... yo también quiero una maestra así... o alumna, vaya, me da igual... jajajaja.

Besotes, Diablilla.


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