RITUAL  

jo_que_noche 63F
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10/24/2005 6:16 am

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3/5/2006 9:27 pm

RITUAL

El timbre del despertador te despierta con un sobresalto. Dejas transcurrir algunos segundos, sacas la mano de debajo las sábanas y pulsas el interruptor que da fin al sonido persistente. No te levantas de inmediato, te entretienes a gozar del calor nocturno de las sábanas antes de emprender un nuevo día.
No tienes el problema de encontrar el baño ocupado por una mujer o unos hijos, como sucede con la mayor parte de los hombres de tu edad habituados a vivir en la promiscuidad. Tu estás solo.
Después de haber aliviado tus necesidades fisiológicas, te duchas y te afeitas la barba. Utilizas la maquinilla eléctrica para invertir menos tiempo. De uno de los estantes del frigorífico sacas la jarra del café y viertes una pequeña cantidad en la taza. Es siempre la misma, porque sólo tienes solo aquella. Es de pirex y la puedes meter en el plato giratorio del microondas. En menos de un minuto el café está caliente. El tiempo de beberlo a pequeños sorbos, vestirte y estás preparado para salir de casa.
A las ocho en punto sales del portal del bloque de pisos. Recorres la calle empujando la bicicleta de tu propiedad. Lo haces de manera furtiva, como si desearas no encontrarte con ninguno de tus vecinos. En la bolsa del portaequipajes has metido una bolsa con dos porciones de torta, una manzana y una botella de zumo.
La temperatura del aire de esta mañana es especialmente fría, melancólico presagio del invierno que esta a punto de sobrevenir. Friolero como eres, te has endosado cuatro jerséis de lana y la chaqueta de moutone para no constiparte. Pedaleando a gran velocidad atraviesas la ciudad mezclándote entre el tránsito de automóviles que llenan las calles. Te has puesto en la cara una mascara de papel para protegerte del gas de los tubos de escape de los coches. Pedaleas rápidamente y te bastan apenas diez minutos para llegar a tu lugar de trabajo: el hospital.
Tienes cuarenta años y has pasado al menos la mitad haciendo los mismos exámenes de rayos x. En la litera del ambulatorio de radiología has visto tenderse espléndidos cuerpos de mujeres jóvenes y también aquellos deformes de ancianas señoras. A una hora determinada del día haces una pausa en el trabajo para comer. Engulles las porciones de torta con mermelada de ciruelas y la manzana, después acabas con el contenido de la botella de zumo que desde primera hora de la mañana has ido bebiendo a intervalos regulares. Después de la pausa de la comida reemprendes el trabajo hasta la tarde.
Sales del hospital ya de oscuro. Apenas sales del hospital tiras la botella de zumo, ya vacía, en el contenedor para la recogida selectiva de residuos, y luego prosigues tu carrera a casa. Pedaleando a gran velocidad atraviesas, en sentido inverso respecto a la mañana, las calles que te habían conducido al hospital. En casa no hay nadie esperándote. Ordenas el dormitorio, limpias con meticulosidad puntillosa el salón y la cocina. A la hora de la cena sacas del congelador una tarrina de helado de crema y chocolate y a continuación regresas al salón. Te sientas en el sofá. Enciendes el televisor y con el mando a distancia sintonizas el canal satélite que retransmite documentales sobre naturaleza. Finalmente comienzas a degustar el helado.
Ya es medianoche cuando decides acostarte. En otro tiempo bajo las sábanas de la cama de matrimonio estaba tu mujer esperándote. Esta noche no hay nadie. Ella se fue para siempre la noche en qué el coche, que tu conducías, se salió de la carretera y volcó. Ella esta muerta. Murió junto a vuestras dos niñitas que viajaban con vosotros, sólo tu te salvaste.
Te desvistes, apagas la luz de la mesilla de noche y la oscuridad llena de negro el dormitorio. Te cuesta dormirte; tienes una maldita necesidad de compañía y el dolor que te angustia no te consiente permanecer solo con tus pensamientos.
Te aproximas al armario y de un estante extraes el objeto precioso que custodia. Colocas la muñeca de tamaño humano bajo las sábanas con la secreta esperanza de que sea capaz de reemplazar el calor que en otro tiempo sabía darte tu mujer. Es un ritual que repites desde hace algunos meses, desde que a través de Internet diste con uno de estos sitios que venden material pornográfico por la red. Fue allí donde descubriste la existencia de Lola: tu muñeca de agua. Te costó poco más de cien euros. Pero ha valido la pena porque sabe transmitirte el mismo placer sexual de una mujer de verdad.
Lola es la última creación erótica, la más reciente, que el mercado pornográfico ha puesto a la venta. La superficie de látex es parecida a la de una mujer de carne y hueso. En el pubis y entorno a la fisura de la vagina artificial, tiene pelos de color castaño. La cabellera de la peluca es parecida a la cabellera de tu Julita. Un termostato, programado a 37 grados centígrados, mantiene la temperatura del agua constante, dando a la muñeca la misma morbidez y elasticidad que un cuerpo humano.
En la oscuridad de la habitación empiezas a acariciarte el sexo bajo las sábanas. Es una práctica que nunca has abandonado, ni siquiera cuando tu mujer vivía. La mano acaricia el suave espacio de piel que lleva del ano a los testículos. Te gusta sentir el escroto como se retrae entre tus dedos adquiriendo una dimensión semiesférica. Comenzaste a tocarte desde niño de esta manera y sabes la forma sacarle placer.
Los dedos miman el pajarito estimulando con dulces caricias la fina y tensa superficie de su cabecita, para rellenar su cuerpo cavernoso. Estremeciéndote de placer en cada fricción, estás a punto para cabalgar el cuerpo sintético de Lola.
La saliva que has depositado en tus dedos te sirve de lubrificante. La esparces por tu pene que introduces lentamente, un poco más cada vez, en la fisura de plástico. Previsoramente has abierto al máximo las piernas de Lola para hundir más profundamente tu miembro en el agujero. Comienzas a moverte de la misma forma que solías hacerlo con tu mujer. Cuando has conseguido el ritmo adecuado de la cópula aprietas la tecla “play” del radiocasete que esta en la mesilla. Durante un tiempo Julita y tu os habíais divertido grabando los ruidos de vuestros coitos. Gozabais cuando escuchabais de nuevo los susurros, los silencios, los gritos de placer que pronunciabais durante vuestras relaciones sexuales.
Vuestras voces llenan el silencio de la habitación. Los gemidos del coito te acompañan en la frugal relación con Lola. Mueves el miembro en el recipiente de plástico y dejas de pensar en Julita. La única cosa que te importa es gozar del placer que consigue provocarte la follada. Interrumpes varias veces el movimiento en la vagina plástica a fin de no eyacular demasiado rápidamente. Extiendes de nuevo saliva sobre tu prepucio y de nuevo penetras la cavidad de Lola, con deseo renovado. También esta noche haces lo posible para sincronizar tu placer con las voces registradas en el radiocasete, de manera que la jodida coincida con el coito grabado en la cinta.
Consigues el orgasmo en perfecta armonía con la voz registrada de Julita, luego te dejas caer sobre el cuerpo mórbido de Lola. Sacas el pajarito de la raja y con una punta de la sábana lo secas de los restos de semen. Apagas el radiocasete y concilias el sueño. El despertador sonará mañana a la su hora en punto.


rm_qjugador 45M

12/29/2005 11:32 am

Pobre muchacho...q pena me dio, menos mal q es cuento...muy bueno.Gracias.


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