RECETA  

jo_que_noche 63F
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10/24/2005 7:53 am

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3/5/2006 9:27 pm

RECETA

Hoy me apetece hablar de mermeladas. Os voy a dar, lectores, una receta de mi mermelada de melocotón casera, por si algún día os apetece probarla. Una mermelada es una cocción lenta de un determinado peso de fruta mezclado con igual peso de azúcar. Esto es la base de su técnica culinaria, pero el secreto su éxito está en una correcta preparación, lenta, entretenida y poniendo en ello los cinco sentidos.
Situémonos en un claro, fresco y radiante amanecer de un mes de agosto. Una (yo) se despierta, con el alegre cantar de los pajaritos y la brisa matutina que entra por el balcón de la habitación, cerrado tan sólo por las contraventanas de librito. Mi cuerpo se despereza y siente un placentero estado lúbrico. A mi lado duerme él, en el lado derecho de la cama, contemplo su espalda grande, broceada y moteada de las pequitas que sus antepasados escoceses le han legado. Siento un deseo casi irrefrenable de despertarle pero no lo hago, me conformo con recorrer con mi lengua húmeda su hermosa espalda, hasta llegar a su nuca. Un pequeño mordisco en el lóbulo de la oreja desencadena un suave gruñido de placer, pero él sigue durmiendo. Me levanto, una ligera sensación de excitación sigue ahí, incrementada por el reciente contacto de mi lengua con la cálida piel del hombre. Sintiendo el agradable contacto de mis pies desnudos con las baldosas antiguas de barro cocido, salgo a la galería. En el huerto que se extiende a lo largo del río, los melocotoneros están preñados de fruta. Grandes melocotones de huerta, amarillos con un ligero rubor como mejillas de niño sano. Me apetece cocinar algo dulce, transformar. Por ejemplo, aquellos maravillosos melocotones en una delicia para el paladar más exquisita todavía. Decido que voy a hacer mermelada.
Bajo al huerto con los pies descalzos todavía, el contacto con la piedra de la escalera y del patio, con la hierba, húmeda de rocío, del jardín, con la tierra del huerto recientemente labrada, me produce un continuo de placenteras sensaciones erógenas en los pies. Recojo los melocotones uno a uno, escogiéndolos, los más hermosos, los mas perfumados, en su grado de madurez justa. Es una delicia acariciar mi mejilla con la suave textura aterciopelada de la fruta, oler su aroma dulzona y perfumada; me apetece morder uno de ellos, hincar mis dientes en su suave y al mismo tiempo consistente carne embebida de jugo, lo hago. El zumo empieza a resbalar por las comisuras de mis labios, por mi cuello desnudo hasta el escote de mi camiseta de tirantes para desaparecer luego buscando mis pechos desnudos debajo de la fina tela. A cada mordisco el placer se intensifica, por la sensación en mi boca de la carne que devoro con placer, por el delgado reguero de jugo que, resbalando por mi cuerpo, acaricia uno de mis pezones.
Cuando entro en la gran cocina de la casa cargada con el cesto lleno de fruta una sensación de bienestar y excitación me invade, la noto fresca, limpia, ordenada. La casa está en silencio... él estará durmiendo todavía. Pienso en ello breves momentos y luego busco el puchero de cobre en lo alto de la inmensa alacena. Debo subirme a una silla y alargar el brazo, está muy a lo alto. Al hacer el gesto, noto que mi camiseta pone al aire una de mis nalgas, que mis braguitas no cubren; pienso que mis nalgas son parecidas a los melocotones -los melocotones parecen culitos en miniatura algunas veces ¿no les parece?-, sonrío por la idea y alcanzo el puchero.
Lavo los dos quilos de melocotones que aproximadamente he recogido y empiezo a cortarlos en pedacitos, dejándoles su suave piel. Ha empezado ya a entrar el sol de la mañana por la gran ventana de la cocina; un alegre rayo solar, como un Midas mágico que hubiere venido a observar mis trajines matutinos, convierte todos los objetos en elementos de puro oro: mis manos llenas de zumo, los melocotones dorados, el brillante puchero de cobre donde duerme la fruta despedazada, mi piel bronceada de verano.
Es entonces cuando me apercibo de que no estoy ya sola, alguien me ha estado observando en silencio y ahora siento su aliento en mi nuca y unas manos, que silenciosamente han depositado mis pequeños pechos en sus grandes palmas. Ese alguien me atrae hacia sí y mi espalda descubre el sexo del hombre que me besa ahora en el cuello. Este contacto con sus labios me produce un ligero temblor en las piernas y una suave palpitación en mi sexo. Alargo mi mano húmeda por el néctar de la fruta para hundirla en el saco de azúcar que tengo a mi alcance; luego, alcanzo mi sexo y lo acaricio levemente. Busco la boca del hombre y le doy a probar mis dedos que lame agradecido y goloso, pero enseguida aparto mi mano de su boca para probar yo misma la dulce mixtura de azúcar, melocotón, saliva de hombre y deseo de mujer.
Arropada por mi improvisado y silencioso ayudante, continúo con mi mermelada. Mezclo el azúcar con la fruta troceada en el puchero, añado a la mixtura unos perfumados brotes de hojas tiernas del melocotonero junto con una pocas y livianas virutas de piel de limón y enciendo el fuego de la cocina. Empiezo a dar vueltas a la mezcla con una cuchara de madera; él, ahora, cubre mi mano derecha con la suya y me ayuda en la labor mientras la otra mano acaricia sabiamente mi cuerpo, que parece conocer a la perfección. Su boca candente recorre mi nuca, mis hombros y mi espalda centímetro a centímetro. Su sexo se clava en mis riñones, potente, como concentrando sus fuerzas, igual que una bestia salvaje, agazapada, justo antes del ataque certero a su presa. El tiempo se detiene en un torbellino de sensaciones: placeres epidérmicos estremecidos, aromas sutiles y volátiles, movimientos acompasados de los cuerpos con el acto de la alquimia. Sólo se dejan sentir los murmullos de la mezcla en su hervor y los leves jadeos del deseo. La mixtura va lentamente transformándose, adquiere una consistencia aterciopelada, espesa, brillante y dorada.
Cuando la mermelada esta casi en su punto pequeñas burbujas empiezan a surgir del fondo del puchero y explotan al llegar a la superficie; una de ella, más grande que las demás, estalla con fuerza. Una gota del dulce salta fuera del recipiente y cae en una pequeña superficie del dorso de mi mano izquierda, entre los dedos índice y pulgar. La punzada es insoportable y se me escapa un grito de dolor. La gota está abrasando mi mano. Mi instinto reacciona de inmediato y inicia un gesto para llevar la mano herida a mi boca pero el hombre se adelanta y atenúa mi sufrimiento con su lengua grande y jugosa. Noto el alivio, me doy la vuelta y levanto hacia él mis ojos agradecidos, llenos de lágrimas. Sus bellos ojos, azul gris, cielo de invierno, me miran entornados, conozco esta mirada de mi hombre. “Te voy a follar”, me dice mientras cierra el gas de la cocina, “vamos a dejar que esto se enfríe un poco; luego te ayudo a meter la mermelada en los tarros”.

Para hacer una mermelada de melocotón se necesitan:
2 Kg. de melocotones de verano, recién recogidos de la huerta.
1.5 Kg. de azúcar blanco.
Unos brotes tiernos de melocotonero.
Unas virutas de piel de limón.
Cocer media hora a fuego lento sin dejar de remover.
Dejar enfriar un poco y rellenar casi hasta el borde tarros de cristal de cierre hermético.
Cocer los tarros al baño maría media hora.
En unos días podréis, utilizar la mermelada para placeres diversos, a vuestro gusto.


rm_Trevol1973 43F
371 posts
12/8/2005 3:05 pm

Es<un<relato<con muchisima sensualidad, mezcla de una forma extraordinaria las sensaciones que nos producen los sentidos.
te prometo que me ha puesto...


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