Andrade no la ve  

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10/31/2005 6:13 am

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Andrade no la ve


FANTASIA EN LA SALAMANCA DEL SIGLO DE ORO

Andrade no la veía. Por más que sus compañeros se lo explicaran, por más que las comadres, riendo alborozadas se la mostraran, por más que los graves profesores, moviendo la cabeza dubitativos se la señalaran con el extremo de sus bastones, al objeto de que abandonara al fin su obsesión, y se pudiera a estudiar de verdad, Andrade no era capaz de vislumbrar la famosa rana de la portada de la universidad salmantina.

No es que sus ojos no funcionaran, ni que fuera incapaz de determinar un punto en el espacio. Al contrario, perspicaz como pocos, y forzado por la continua observación, se sabía de memoria todos los rincones del portentoso y dorado retablo de arenisca, descubriendo incluso detalles insospechados para otros.

Pero la rana, no había manera. Localizada estaba, por supuesto, pero él no veía una rana. Apenas una informe protuberancia lítica sobre un cráneo no menos pétreo, que, con las confusas sombras que creaba el sol poniente, configuraba una vaga forma lejanamente similar a la del anuro, rana o sapo, que todos los estudiantes de Salamanca se afanaban en buscar, escudriñando los recovecos de la piedra de Villamayor, en busca del aprobado que su esfuerzo, ciertamente liviano, en el estudio, no alcanzaba.

Tal vez por ello, Andrade, tras largos años en las Escuelas Menores y Mayores, desentrañando los misterios de la Filosofía, del Derecho (Iuris), de las Matemáticas y hasta de la Teología, difería una y otra vez la fecha de enfrentarse con los doctos sabios del tribunal que debía juzgar su capacidad, reunido en severo sanedrín en la capilla de Santa Bárbara de la vieja Catedral (y eterna, juzgaba Andrade que siempre fue un escéptico, a juzgar por el ritmo de tortuga que llevaban las obras de la Nueva, amenazando con no terminarse antes del día del Juicio Final... por la tarde). Un vago temor supersticioso a su incapacidad para ver la dichosa rana le impedía enfrentarse al temido examen, del que dudaba en salir airoso.

Y no es que no se preparara. Al contrario, el propio temor le había obligado a estudiar más que nadie, a ampliar sus conocimientos al máximo, a participar activamente en cuanto debate o diatriba pública sobre Filosofía, Teología, Derecho o Matemáticas se celebrara, bien en la propia Universidad, bien en fondas, aguaduchos o botillerías y hasta en la misma calle, debates que no siempre se limitaban a lo intelectual, y con frecuencia acababan en lances de espadas y dagas, prestamente abortados por la fuerza pública. Debates, en los que, por la lengua o la filosa, Andrade solía salir más que airoso, sobre todo por la última si en su transcurso alguien mencionaba su incapacidad para ver la rana... que Andrade no lograba divisar.

Por esta razón, quizá, y a pesar de su neta superioridad intelectual, que hacía de él una especie de enciclopedia con patas, Andrade arrastraba dos penosas cadenas (además de la de la rana, claro): su incapacidad para diferenciar claramente las sutilezas y vericuetos de la epistemología, según los venerables Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, que le aterraba por si precisamente este tema era fundamental en la dura prueba, y su no menor incapacidad (que no impotencia) en relacionarse con el sexo opuesto, que algunos consideraban pecaminoso y otros simplemente atractivo y dispuesto.

Así, mientras tantos compañeros, de mucha menor dotación intelectual, afrontaban los retos mentales con alegría, algunos saliendo victoriosos y pagando jubilosamente el toro con cuya sangre escribirían su “Vítor” por las calles salmantinas, otros exponiéndose una y otra vez a salir escaldados, abucheados y apedreados por la puerta de los Carros, con la vergüenza de su suspenso, pero con júbilo no menor, puesto que esto les permitía continuar indefinidamente con la vida regalada y licenciosa de estudiante, y todos, sin excepción, terminando con una gigantesca francachela en la que no sabían si atender más al vino de los odres, o a los “odres” generosos de las daifas y coimas que participaban gustosas y alegres en la celebración, Andrade lo demoraba sine diae con la excusa de necesitar una mayor preparación y ampliación de conocimientos, y no participaba en las gozosas reuniones que siempre sucedían a los exámenes, cualquiera que fuese el resultado, y que tantos salmantinitos habían producido a lo largo de la historia, aunque como al famoso Lázaro que nació allá junto al molino del Tormes, les cuadrara como pintiparada y sin ánimo de ofensa, sino de pura descripción, la castellana y culta expresión de “hideputas”.

Pero es que, además, Andrade no frecuentaba la relación con las jóvenes nobles de la ciudad, siempre bajo la atenta mirada de sus dueñas, pero siempre alcanzables recurriendo a los eficaces oficios de las sabias sucesoras de aquella venerada Celestina, que en muchas ocasiones eran las mismas dueñas que debían guardarlas. Ni regalaba con presentes caros y apetecibles a las cortesanas seguidoras de aquellas Elicia y Areusa, a las que la propia Celestina guiara en sus “non sanctos”, pero sí muy profesionales pasos. Ni, Dios nos guarde, se habría atrevido a saltar las tapias de un convento para burlar jóvenes y dulces novicias, como dicen que hizo en su larga trayectoria alguno de sus compañeros, como aquel Lopillo, por apellido de Vega, que coincidió con él en los largos y duros bancos de la cátedra. Ni siquiera, como hacían los estudiantes con menos posibles, que debían ser alojados en los Colegios Mayores por caridad, y no conocían ni la suntuosa vida de quienes vivían en nobles mansiones, ni la distraída de quienes ocupaban las hospederías, frecuentaba a las humildes rondadoras de la orilla del Tormes, casi todas descendientes de moros o marranos, que intentaban, con escaso éxito, huir de la pobreza, aliviando de sus urgencias hormonales a labriegos, arrieros o simples mortales con más agujeros que contante en sus bolsillos, a la sombra del toro que presidía la entrada a la ciudad.

Nada, Andrade, fiel a su vocación de erudito sin objetivos, era casto como una cándida paloma (en el hipotético e improbable caso de que las palomas sean castas) y el estudio consumía su tiempo, sin más diversión que un ocasional duelo por un “quítame allá esas premisas” por una cuestión filosófica, que podría tornarse sangriento si el infortunado retador le recordaba su incapacidad para ver la rana o su cuasi monástica vida (en el hipotético e improbable caso de que los monjes sean tan castos como las no menos hipotéticas palomas).

Pero en este valle de lágrimas todo tiene su fin, y la continua sangría que la eterna vida estudiantil de Andrade, pese sus comedimientos, producía en las haciendas de sus lejanos progenitores allá en su Galicia natal, también. Unas sentidas letras advirtiéndole de la necesidad de tornar junto a ellos para aliviarles en su vejez con el consuelo de su presencia, y una no menos sentida amenaza de desheredarle de inmediato si no acababa sus estudios de una vez, pudieron más en el ánimo de Andrade que sus atávicos temores, y al fin fijóse la fecha de su tan temido examen de Licenciatura, especialmente largo por cuanto que prácticamente cursaba todas las asignaturas de la Universidad.

Y si bien la práctica totalidad de ellas no le causaba temor alguno, su impotencia ante la Epistemología, secreta, absurda y evidentemente vinculada a su incapacidad para ver la rana, y a la castidad forzada a que se veía obligado, le atenazaban hasta casi anular su capacidad de discernimiento. Así, los días pasaban, y en vez de enfrentarse al estudio directamente, de olvidarse de la maldita rana (total, si era una superstición, ¿a qué pensar en ella?) o de desahogar su malquerencia con una rápida visita a quien podía extraerle todos los malos humores (y los buenos) con apenas unos minutos de ejercicio, daba en pasear interminablemente alejándose cada vez más de las calles céntricas y concurridas, acercándose a los arrabales con la secreta esperanza de tener un mal encuentro, que por vía de un par de palmos de acero le sacara del alma todos sus sinsabores, aunque también le sacara del cuerpo un azumbre de sangre y con él la vida entera.

Con estos negros pensamientos, la víspera del examen, empezó a cruzar el sólido puente que los romanos (o el Diablo según el vulgo) construyeron siglos atrás pensando muy seriamente, al contemplar las embravecidas aguas del crecido Tormes, en acabar allí sus estudios y que el examen del día siguiente lo pasara su alma, si es que lograban arráncarsela a Satanás de las garras, y cuando alcanzó la otra orilla (en la que entre chopos y olmos que parecían eternos, se deslizaban furtivas sombras, sobre todo a aquellas horas del crepúsculo y lo mismo se oía un “Ay de mí, confesión” que un “así, amor mío, más, más, más” una menuda y grácil voz le salió al paso.

“¿Dónde vais, joven caballero?. ¿No teméis a las amenazas de la noche?”. La voz era cantarina, como de un objeto de plata golpeado con suavidad o un laúd tañido con maestría. “Déjame en paz con mis desgracias”, contestó desabrido. “¿Desgracias, un mozo apuesto, rico y en la flor de la vida habla de desgracias?. Más bien serán vuestras gracias”. Ante tamaña desvergüenza se volvió, dispuesto a rechazar aquella intromisión, alerta por si ocultaba una emboscada violenta, mas súbitamente se detuvo como clavado en el suelo.

No es que fuera especialmente bella. No respondía a los cánones que exigían beldades altas, rubias, pálidas y delgadas al extremo. Por el contrario, su reducida estatura, su broncínea tez, su cabello negro como el azabache y ondulado como los campos gallegos, sus profundos ojos oscuros, algo saltones pero alegres, su fresca boca, que una sonrisa permanente hacía más ancha de lo que era, su cimbreante cintura, apenas un breve hiato entre las rotundas redondeces de los pechos y las caderas, sus morenos pies que desnudos rozaban la orilla del padre Tormes, todo indicaba bien a las claras que la aparición era una de las lejanas hijas de Abraham –ya por vía de Agar, ya de Sara, no quedaba muy claro– que tuvieron que buscar refugio en las márgenes del río, trasunto y metáfora de las márgenes de la sociedad, cuando los decretos reales olvidaron su función de servir a todo el pueblo, para beneficiar sólo a unos pocos, en la herética opinión que algunos sustentaban, o para preservar la pureza de la verdadera religión y prístina raza hispana, según decían los bienpensantes.

Pero por lo demás, sí podría responder al romance aquel que decía:

“Delgadica en la cintura,
...
el cuello tengo de garza,
los ojos de un esparver,
las teticas agudicas,
que el brial quieren romper,
pues lo que tengo encubierto
maravilla es de lo ver.”

Y además, aunque ya era la hora del crepúsculo, como en el mismo romance, sus ojos venían a decir:

“Venid acá, el estudiante,
si quereis tomar placer;
siesta es del mediodía,
que ya es hora de comer;
si querrás tomar posada
todo es a tu placer”.

Andrade no comprendió qué le pasaba, cuando sintió una especie de opresión en la garganta que le empujó a balbucir, de forma apenas audible “no tengo dinero”, ni menos aún acertó a entender la respuesta de ella “Y eso qué importa cuando se tienen tus ojos”.

Aun menos comprendió qué hacía él tumbado en el soto, cayendo ya la noche, con los últimos rayos de sol tejiendo dorados cendales entre los troncos de los olmos, desnudo como su madre lo parió, y con aquella criatura que no sabía definir si de angélica o demoníaca, tan en pelota como él mismo, a horcajadas sobre su cuerpo, recorriéndolo magistralmente con su boca ancha, fresca y roja, con los diminutos, y algo separados todo hay que decirlo, dientecillos, mordisqueando rincones de su anatomía que Andrade ni siquiera sospechara que podían reaccionar de aquella manera.

En su estado de estupor casi ni se percató de cómo rodaban ambos por el suelo, de cómo su boca buscó la de ella para enfrascarse en un juego sin fin en el que las lenguas se enredaban como serpientes copulando, de cómo todos sus miembros se entrelazaban como los obsesivos adornos florarles de la plateresca portada de la Universidad, de cómo sus manos revoloteaban sobre los rincones de la moza como hojas secas, hojas doradas como las que la luz del ocaso descubría sobre la propia fachada de las Escuelas Mayores.

Y de pronto lo vio. Cuando, en un escorzo final, ella volvió a dominarle, a cabalgarle, cuando envolviendo su miembro viril con su más escondido y fragante vaso, se puso en cuclillas sobre él y comenzó un lento movimiento de sube y baja, arrancándole gemidos de placer que Andrade ni siquiera supuso que pudieran existir, cuando al tiempo le miraba con sus ojos ligeramente saltones, con su boca sonriente, sus blancos pechos, pues el sol no los quemaba como al resto, subiendo y bajando, con un leve estertor que acompañaba su acompasado movimiento, algo así como un ligero grooo aarrrr, grooo arrrrr, lo vio todo claro: los ojos, la boca, el leve sonido, las piernas muy abiertas, subiendo y bajando, subiendo y bajando, casi saltando, como una... como una.... ¡¡¡COMO UNA RANA!!!! aulló Andrade mientras la flor de su sangre se disparaba hacia el interior de aquel prodigioso y extraño ser, cuyo extraño croar también se elevó como un alarido ancestral, tras de lo cual se desplomó sobre él, que absolutamente estupefacto yacía en plena parálisis física y mental.

Un beso fugaz, un apenas musitado “gracias” y la criatura, recogiendo sus escasas y humildes pertenencias, su saya amarilla, y su manto en el que descollaban los picos pardos reveladores de su noble y antiguo oficio, desapareció como por ensalmo entre la espesura.

Poco a poco Andrade recobró el conocimiento y vistiéndose apresuradamente pues el oro del sol iba dejando paso a la plata de la luna, subió la empinada cuesta que conducía al centro de la ciudad, done Catedral y Universidad rivalizaban en poder, donde se encontraba la capilla... ¡la capilla! en la que debía pasar su última noche antes del examen, donde meditar y repasar mentalmente sus conocimientos, que en apenas unas horas se pondrían a prueba. Corrió hasta alcanzarla, penetró en su interior y se aprestó la preparación espiritual, pero la imagen de aquélla extraña situación recién vivida ocupaba toda su mente, y siguió haciéndolo cuando se quedó profundamente dormido soñando con ella.

¡¡Andrade!! ¡¡Andrade!!. Los gritos de servidores y amigos le despertaron súbitamente. ¡Ya había despuntado el alba!. De nuevo presuroso atravesó las calles, donde cientos de estudiantes y otros tantos de pícaros aventajados ya ocupaban sus puestos prestos a disfrutar del convite del nuevo licenciado, o a hacerle objeto de sus rechiflas. Cruzó la catedral sin prestar casi el debido respeto, pasó delante de la capilla de Talavera, y ocupó su puesto frente al adusto tribunal, que, tras las oraciones de rigor comenzó a asaetearlo con sus preguntas. Aturdido, sin tiempo para pensar, del fondo de su cerebro brotaban las respuestas, de forma inconsciente pero brillante. Tantos años de estudio daban su fruto. Respondía, respondía, respondía...

Llegó la hora del refrigerio y todo salía bien, cuando al comenzar la segunda parte surgió la temida pregunta: Epistemología, Aristóteles y santo Tomás de Aquino. El pánico se apoderó de Andrade, y absurdamente en su cabeza sólo podía ver la figura de la muchacha riendo en pleno acto del conocimiento carnal... ¡conocimiento!. textEpistemología: Parte de la filosofia que trata del conocimiento. “Tomás de Aquino coincidió con Aristóteles en considerar la percepción como el punto de partida y la lógica como el procedimiento intelectual para llegar a un conocimiento fiable de la naturaleza...” text
Las palabras fluían de su boca con tanta facilidad como su licor germinal lo había hecho en el interior de la joven, los argumentos se retorcían y él respondía con nuevas contorsiones mentales, como las que sus brazos y piernas habían ensayado apenas unas horas antes. Sí, estaba claro, el conocimiento surgía de la percepción, y después la lógica lo transformaba y estructuraba, pero la base de todo eran los sentidos, la vista que gozaba de la contemplación de un bello cuerpo, el oído que se regocijaba en el tintineo de su risa, el olfato de sus efluvios alterados por el acto del amor, el gusto de su boca entre sus labios, el tacto de su piel aterciopelada, y todo ello era el alimento que permitía a las ideas desarrollarse, crecer, construir el inmenso edificio del conocimiento.

No hizo falta que el tribunal deliberara su veredicto, el acuerdo fue unánime, y más que la ritual procesión de acción de gracias, se produjo una auténtica carrera hacia la puerta de la catedral cuando Andrade hubo demostrado que era más que un Licenciado, un Doctor, un auténtico Maestro.

La multitud estalló en vítores entusiasta, alentada por la expectativa de una tarde de toros, vino y desenfreno. Izaron a Andrade a hombros y lo llevaron en triunfo por toda la ciudad. Andrade, ebrio de entusiasmo apenas era consciente de lo que ocurría, pero al llegar frente a la puerta de la Universidad, cuando el sol la iluminaba con toda su fuerza, apenas creando algunas sombras, alzó la cabeza y al fin la vio.

Apoyada sobre la calavera, no como signo de las consecuencias del pecado, como decían los clérigos atrabiliarios, sino proclamando el triunfo de la Vida y el Amor sobre la Muerte, la rana dejó de ser un informe aglomerado de piedra para convertirse, entre las sombras cenitales, la luz cegadora del mediodía y las alucinaciones de la euforia de Andrade en unos ojos oscuros, y una boca luminosa que reía, reía, reía sin parar.

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