El paseo  

adoroavenus 56M
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5/23/2006 4:13 am
El paseo


El olor a mar es un olor embriagador. Uno de mis mayores placeres es dar un paseo por la orilla de la playa acompañado de la luna y de la persona adecuada… más cuando ambas casi se confunden.
En esta ocasión fue lo que me ocurrió… un largo paseo en una madrugada cualquiera, cogido de la mano de una muy especial amiga a la que deseo desde hace mucho tiempo. Cuando digo que la deseo, me refiero a ella; es decir, a la persona en su conjunto. Me parece una persona fenomenal y de un gran atractivo físico. Atractivo que se ve reforzado, insisto, por lo estupenda persona que es.
Este paseo con ella es subyugante. Sentir su mano en la mía, sentir su cercanía te hace pensar en peces jugando, en el olor a mar confundido con las sensaciones que emanan de su presencia.
Es curioso. A pesar de que era algo que ya imaginaba, esta noche descubrí que, efectivamente, tenemos una forma muy similar de ver la vida y de resolver las dudas que nos aparecen.
Llevábamos largo rato hablando de cómo entendemos las relaciones entre personas y eso hizo que nos acercáramos más el uno al otro… también físicamente. Así que nos paramos y nos besamos larga y tiernamente, mientras nos regalábamos un abrazo que hacía tiempo deseábamos darnos y con ellos como recuerdo seguimos nuestro paseo y nuestra charla.
Nuestras manos habían abandonado su compañía para alojarse en su hombro y en mi cintura, invocando a nuestros costados para que fueran unidos el resto del paseo.
Era una conversación sin pretensiones intelectuales, era una conversación en la que sólo nosotros éramos los protagonistas. Nuestras inquietudes, nuestras ilusiones, nuestras dudas, nuestras… Eso hizo que la cercanía fuera cada vez mayor y que el espacio entra cada parada para besarnos y abrazarnos fuera cada vez más corto… hasta que no hubo espacio alguno entre ellos. Nos sentamos en la arena. Estaba fría pero no nos importaba mucho. Nuestros pies, mojados por el agua que se acercaba a la orilla a contemplarnos, estaban llenos de arena por lo que nos los limpiamos con la arena seca. Para ello, hube de subirle aún más su pantalón lo que me permitió ver por primera vez unas hermosas pantorrillas de cuya visión había disfrutado en fotos. Una vez limpios de arena, acogí sus pies en mi pecho para llevarlos a la boca y besarlos cálidamente. No había nadie más en la playa y eso nos permitió dejar que nuestros deseos afloraran, por lo que me tumbé a su lado para acariciar su cara y jugar con su negra y larga melena. Era algo que le gustaba por lo que tomó mi cabeza para acercar mis labios a los suyos y ofrecerme su lengua para que la acariciara con la mía. Nuestros labios sabían a mar gracias a la brisa que ligeramente nos acariciaba los rostros. Ahora ya no hablábamos nosotros, nuestras palabras fueron sustituidas por nuestros cuerpos.
Mi mano acarició la piel de su barriga, convirtiéndola en mar donde los peces saltaban para encontrarse dibujando formas que se me antojaban la de dos mujeres dispuestas a abrazarse, pero que no llegaban a hacerlo… y fue subiendo por su piel al tiempo que descubría su cuerpo y dejaba ver un sujetador negro en el que, a través de sus encajes, se dibujaba un inhiesto pezón de corta areola. Pezón que fue acariciado… largamente acariciado por encima del sujetador mientras mis labios recorrían la piel de su cara, alternando la caricia con los besos. Besaba sus entrecerrados ojos, besaba su cuello y lamía el lóbulo de sus orejas para regresar a unos labios humedecidos por su propia saliva, por la mía y por el mar.
Ella dejó deslizar su mano bajo mi camisa para descubrir una espalda que se erizaba a su contacto y que se convertía en fuente de sensaciones placenteras. En realidad, ella, en sí y por sí misma, era una sensación placentera. Recorrió todo el largo de mi espalda terminando por quitarme la camisa y dejar que fuera mi pecho quien acariciara el suyo después de haberla despojado yo también de la suya. Aún continuaba con el sujetador, pero notaba sus pezones duros deseando mis labios. Le quité el sujetador y los besé sin usura, deteniendo continuamente mi lengua en todo su pecho.
Su pelo, al igual que el mío, estaba lleno de arena. Su cuerpo, al igual que el mío, estaba lleno de arena.
Nos deseábamos pero éramos conscientes de que teníamos que ir a una de nuestras casa para hacer el amor porque ninguno le dos había previsto que pudiéramos querer hacerlo y no habíamos llevado protección alguna.
Nos dirigimos a su casa, con presteza pues además de desear mucho hacer el amor, deseábamos también una ducha que nos liberara de toda la arena contenida en nuestro cuerpo pues, aunque no lo he dicho, eran tales los abrazos que nos regalábamos que nuestros cuerpos giraban sobre la arena buscando sentirse cada vez más.
Ya en su casa preparó la ducha… pero lo que después ocurrió lo dejamos para otra ocasión.

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