Bajo la luna  

adoroavenus 56M
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4/17/2006 5:27 pm

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5/9/2006 2:21 am

Bajo la luna


Era una de esas bonitas tardes en las que el ocaso se vuelve rojizo, plancha la virgen, decíamos de niños. Un rojizo que va dando paso a una noche de redonda luna y cielo plagado de estrellas. Pero yo estaba junto a la que más brillaba.
Sigilosamente me había a cercado a su espalda mientras ella contemplaba, extasiada, ese bonito anochecer. Para mí bonito por sí, pero más bonito por estar junto a ella. Aún no había notado mi presencia en esa terraza amplia que permitía ser algo furtivo.
Así que llegué hasta ella. Hasta su espalda enfundada en una bonita blusa que permitía adivinar una talle torneado. Tomé sus brazos, muy cerca de esos hombros que ya mis ojos han podido disfrutar y mi mente soñar. Su piel, bajo la blusa, incitaba a propiciarle unas caricias que cada vez deseaba más gozar. Noté su estremecimiento a mí contacto. Note como quiso volverse pero se lo impedí besando su cuello. Rodeándola con mis brazos para sentir su cuerpo junto al mío.
Así pasamos largo tiempo, contemplando como el Sol dejaba paso a una luna llena, antojadamente llena, para ser testigo de lo que ya es irrefrenable deseo.
Ahora sí, le doy la vuelta. Quiero ver su cara. Una cara cómplice. Una cara que me dice que quiere sentir mis caricias; pero no dejo que hable su boca porque un dedo me permite silenciar unos labios que comienzan a abrirse. No quiero que las palabras rompan un momento en el que son los cuerpos quienes deben hablar. Lo entiende y calla.
La miro a los ojos, descubre mi mirada puesta en sí. Como pretendo seducirla con una tierna mirada. Sonríe porque se acaba de dar cuenta de que he observado que no hay sujetador bajo la blusa y me permite que, botón a botón, vaya liberando un pecho que, al ser descubierto, me hace sentir dichoso por su visión.
Haberle quitado la blusa que la cubría me permite ver unos pechos perfectamente simétricos coronados por unas areolas de un ligero color marrón que no desentonaba para nada con su piel. No eran excesivamente grandes pero sí lo suficiente como para contener unos pezones erectos, turgentes, que incitaban a ser besados y disfrutados hasta el infinito. Mis labios se volvieron a acercar a su piel y se dejaron traspasar por una lengua que buscaba con ansia un cuello que deseaba lamer y que me servía de punto de punto de partida para, lentamente, saboreando cada centímetro de su piel, ir descendiendo… sus hombros. Esos hombros que en infinidad de ocasiones había deseado besar. Ahora los tenía ante mí y mi lengua los recorrió en toda su amplitud. Regresé a su cuello, haciendo un camino de vuelta cada vez más excitante. Desde la percha que cuelga bajo la nuez descendí hasta el valle que habita entre su pecho. Ello me permitió bordearlo e ir acercándome lentamente hasta su centro y bordear la areola. Imaginar que su color ligeramente marrón desprende una fragancia que me recuerda al olor que surge de la tierra después de que la lluvia la deje húmeda. Tan húmeda como estaba yo ya. Tan húmeda como ella. Esa evocación hizo que el pezón entrara entre mis labios y que mi lengua los acariciara como si del badajo de una campana se tratara.
No sé cómo lo pude hacer, pero lo cierto es que mientras deleitaba mis sentidos con su pezón mis manos dejaban caer su falda para descubrir un tanga que se me antojaba como barrera a mi deseo aunque mi mano se dirigió a él para acariciar su sexo al tiempo que mi lengua seguía bajando por su cuerpo y detenerme en su ombligo. Recorrer su profundidad con su punta. Mi mano seguía acariciando un sexo que ya había humedecido el breve tanga que lo cubría. No quería aún quitárselo. Prefería imaginar un pubis cada más irresistible.
Me levanté lentamente recorriendo, esta vez más deprisa, su cuerpo en la dirección contraria de la que había seguido hasta ahora. Quería llegar pronto a sus labios. Labios que todavía no había besado y con los que deseaba jugar. Le sonreí con leve picardía porque notaba como su cara reflejaba una íntima alegría por lo que estaba sucediendo en aquella terraza. La sonrisa que ambos nos dispensábamos permitió que mis labios fueran atraídos por los suyos y me acercara a su labio inferior para, con extrema delicadeza, besarlo y pasar al superior que fue ligeramente mordisqueado y recorrido por mi lengua hasta las comisuras. Su boca, adorablemente entreabierta, recibió mi lengua en su interior… buscando la suya para centrarnos en un beso que se convirtió en motivo de mayor excitación, pues fue un beso apasionado a la vez que delicado. Nuestros cuerpos, abrazados, notaban el calor del otro. Notaban que cada poro de nuestra piel era un escape a nuestra ya desenfrenada pasión.
La arrastré conmigo al suelo y, recostados en él, acaricié su cuerpo y desprendí aquella barrera que no me dejaba acceder a un pubis que se me descubre semirasurado, como enmarcando un sexo que llamaba ardientemente a mis labios. Pero no, no fui a él todavía. Preferí pasear por sus muslos, recorrerlos con la punta de mi lengua mientras mis dedos acariciaban su sexo y viajaban hasta su boca para que ella saboreara también su agradable sabor. Ahora, mi lengua reposó en su sexo mientras mi cabeza era apretada contra él y mis cabellos acariciados por sus manos. Manos que sujetaron mis hombros hasta hacerme subir de nuevo a su boca.
Después de un profundo beso se colocó de tal forma que nuestras lenguas y bocas pudieran disfrutar del sexo del otro. Antes, su mano acogió en su seno un pene terriblemente húmedo y erecto, acariciándolo con suavidad mientras su boca recorría lentamente el camino que le permitía llegar hasta el lugar que ambos deseábamos que llegara. Lo introdujo entre sus labios y saboreó un glande del que parecía beber.
La luna parecía haberse vestido de blanco para ser mudo testigo de lo que estaba siendo una noche de gran pasión. Testigo de cómo abandonó la posición que habíamos adoptado para situar mi pene entre sus pechos y hacerme temblar. Sus manos no paraban de acariciarme y volvieron a coger mi pene para volvérselo a introducir en la boca. Debió notar el temblor que me estremeció y su lengua se convirtió en alfombra que daba paso a un inmenso placer. Mis manos acariciaban su pelo, tal vez para no dejar que su cabeza desviara la atención que me prestaba.
Yo temía que el creciente aumento del tamaño de mi pene hiciera que explotara en el interior de su boca. Por ello, la separé lentamente, como resistiéndome a que me abandonara.
Así, arrastrándola por mi piel, la subí hasta mi boca y besarla de nuevo, apretándola contra mí. Nuestros pezones, tan erectos como mi pene, se clavaban en el otro. Nuestros sexos se humedecían con el otro. En esta posición nos dimos la vuelta, quedando ella debajo de mí y permitiéndome que la penetrara. Que mi cuerpo fuera suyo y el suyo mío. El frenesí de nuestros movimientos, el ver la excitación en nuestras caras, el deseo contenido hizo que ambos explotáramos de placer casi al unísono y que mi semen la inundara mientras nos fundíamos en otro interminable beso del que la luna parecía disfrutar aplaudiendo una noche de amor tantas veces deseada.
Las estrellas nos tendieron una alfombra para que nuestro deseo pudiera continuar y no se esfumara entre las risas de Morfeo.

adoroavenus 56M

4/20/2006 5:35 am

Hola Kessito. Bueno, aparte de agradecer profundamente todos y cada uno... uno a uno... de los mil besos, decirte que gracias por tan bonito comentario. Sí, te entiendo. Afortunadamente me has permitido entenderte. Gracias.


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