Adoraci  

adoroavenus 56M
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4/3/2006 3:10 pm

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4/9/2006 4:30 pm

Adoraci


Hola de nuevo amigos. Ante todo agradecer a todas las personas que han tenido la amabilidad y la molestia de leer estos pequeños relatos que se me van ocurriendo. Por supuesto, mostrar mi profundo agradecimiento a quienes han dajado coementarios a los relatos.
Éste de hoy se debe a la imagen y a la voz de una entrañable amiga. Es la expresión de la simpatía y de la jovialidad. Su voz es, aunque ella pueda no creerlo, terriblemente sensual. Por su timbre y por su jovialidad. Es que acaso... me pregunto, la jovialidad no tiene grandes dosis de sensualidad. ¿Es que una risa franca no invita a disfrutar de una persona? Es mi caso.
Cuando veo su hermosa sonrisa me traslado a una terraza junto a ella. Da igual lo que tomemos, es lo de menos. Lo importante es estar junto a ella y disfrutar de su compañía.
Es la priemera vez que nos encontramos personalmente así que los nervios del primer encuentro no dejan de aflorar pero, poco a poco, van siendo mitigados por la indudable buena compañía de la que disfruto enormemente.
La charla es de cientos de temas. Su conversación es muy fluida. Sin darnos cuenta, las horas pasan y llega el momento de la tan temida despedida. Es la hora del almuerzo y, aunque no le gusta la cocina, debe prepararlo. Hará, me dice algo ligero y rápido. Me ofrezco a acompañarla. He de decir, en honor a la verdad, que no es caballerosidad por mi parte sino puro egoismo ya que ello me permitirá disfrutar más tiempo de su compañía. El paseo es muy agradable porque, aunque hace sol, no hace demasiado calor debido a una agradable brisa que nos acompaña.
A lo largo del aseo hemos hablado, entre otras cosas, de cocina. Esto me sugiere la egoista idea de invitarla a cenar. Una cena siempre es para mí más entrañable y más íntima que un almuerzo. Ella, colmando mi ilusión, accede y quedamos para tres días después.
Estos tres días han sido para mí un verdadero calvario. De un lado, debido a los nervios de un nuevo encuentro -he de reconocer que mi deseo hacia ella ha aumentado notablemente- y, por otro lado, el preguntarme qué le puedo ofrecer hace que desgrane multitud de platos que pudieran hacerla feliz o, por lo menos, disfrutarlo.
Me decido por una crema y, de segundo, pescado al horno. Acompañado de vino blanco. Aunque de aperitivo podemos tomar una martini que permita abrir el apetito.
Por fin llega el gran día. Son las nueve de la noche y se acerca la gran hora. El gran, para mí, encuentro.
Doy los últimos retoques a la mesa. Centro bien las flores, compruebo que las copas son las correctas y coloco en su plato el regalo con el que la quiero sorprender. No es nada importante. Una rosa roja que realce su belleza.
Por fin llega. Cuando abro la puerta quedo sorprendido porque ha abandonado sus eternos vaqueros y su cómoda camiseta. Es, imagino, su forma habitual de vestir. En esta ocasión su cara y su sonrisa son destacadas por un bonito vestido de entretiempo de color fuccia adornado con flores de diversos colores. Sus hombros y sus brazos están cubiertos por una chaqueta del mismo color del vestido. Sus pies, están adornados por unos zapatos de tiras que dejan al descubierto sus dedos y la parte interna de su pie. Está realmente radiante.
Ya dentro de casa, se despoja de la chaqueta y deja al aire unos hombros perfectos en los que se descubre la natación como uno de sus hobbis.
La invito a un martini, mientras nos sentamos a hablar. Le comento cuál es el menú en el que he pensado y me satisface que a ella le guste.
Apuramos el martini y ponemos música de piano para que nos acompañe durante la cena.
La invito a sentar y es cuando se da cuenta de la rosa que le había dejado en su plato. Ello me hace merecedor de un beso y, aún mejor, de una sonrisa.
Sirvo el primer plato y abro el vino. Se lo doy a probar y le gusta. Por fin empezamos a comer. Ha quedado bien. Comemos despacio porque la charla ocupa gran parte de nuestro tiempo. De los amigos comunes pasamos a temas más personales y en ellos sirvo el segundo y más vino. Bebemos botella y media a lo largo de toda la cena. El postre, tiramisú, es el prolegóemno de una cambio de lugar.
Pasamos al sillón y cambiamos la música. Ponemos jazz. La trompeta y el saxo permiten una mayor intimidad.
No sé si por el alcohol. He servido un licor de café. Lo cierto es que me atrevo a pasar a una mayor intimidad y confesarle la pasión que siento por ella. Me permito, incluso, coger, su mano y juguetear con sus dedos. Su sonrisa me sigue trasladando al mundo del placer.
La sobremesa se alarga. Afortunadamente, se alarga. Pero llega el momento de despedirnos. Y, por supuesto con mi egoismo por bandera, me brindo a acompañarla a su casa.
En fin, allí, en su portal, nos despedimos hasta una próxima llamada en la que volveremos a quedar. Pero... esto será contado -soñado- en otra ocasión.

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