Por el Hades...  

Sir_RoguerSallot 46M
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5/7/2006 11:40 am

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5/11/2006 3:12 pm

Por el Hades...


Desperté de un largo y profundo sueño, dolorido y entumecido, sin saber el lugar en el que me encontraba. Todo mi cuerpo parecía acusar el cansancio de una gran batalla, manos y brazos agarrotados de asir con fuerza espada y escudo, cortes y desgarros por todo el cuerpo, la mente pesada y los recuerdos borrosos.

Miré mi desnudez, en lamentable estado, cubierto apenas por una destrozada clámide, y allí donde yacía una espada rota y un callado pude observar un haz de luz que penetraba desde algún recóndito lugar. Cuando a duras penas recogí el largo bastón empecé a tomar consciencia del enorme lugar en el que me encontraba. Todo estaba cubierto por sombras, y una mirada hacia arriba me cercioró de que me encontraba en una especie de cueva, amplia como los campos a labrar del mayor de los reinos conocidos. La bóveda descomunal parecía mantenerse ahí arriba suspendida como por arte de algún encantamiento, pues apenas se veían aquí y allá pilares que la sustentasen.

Había personas a mi alrededor. Podía escuchar sus murmullos, el roce de sus ropas reverberado por el eco de aquel lugar donde la oscuridad eterna no parecía menguar la capacidad de visión, más que en la ausencia de color. Cayado en mano y con los pies descalzos eché a andar en dirección a la nada, intentando buscar a alguien que supiese decirme el lugar en el que me encontraba. Apenas había comenzado a moverme cuando mis ojos se posaron en un descomunal relieve en la piedra que parecía representar a un aterrador perro con tres cabezas, una de ellas mutilada, por la que entraba la citada luz, que parecía indicar el punto de partida, o de destino.

Deambulando por aquel paraje extraño y sin poder quitarme de la cabeza la figura del monstruo tallado en la roca, intenté acercarme a los bultos que parecían ser personas charlando, pero siempre que la distancia que nos separaba se reducía, desaparecían en un rápido movimiento. Empecé a sentirme incómodo, hasta que una mano huesuda se posó en mi hombro, increpándome a dar la vuelta y mostrarme ante el dueño de la misma.

‒¡Mi querida compañera, cuanto tiempo juntos y separados! Espeto un anciano de arrugado rostro, cuyas cuencas me parecieron oscuros pozos sin vida, pues carecía de globos oculares. Recaí en un momento que era la única persona de aquel desconcertante lugar que hasta ahora había encontrado a solas, y no se había separado de mi cuando intentaba el acercamiento. Más bien fue él quien se dirigió a mi persona, sobresaltándome.

‒Noble anciano ‒acerté a decirle ‒No soy quien creéis ¿acaso no podéis contemplar mi rostro y mi cuerpo... Las palabras quedaron suspendidas en el aire mientras el viejo parecía escrutarme desde el fondo de sus cuencas vacías, al tiempo que una pérfida sonrisa se dibujaba en sus macilentos labios.

‒¡Querida, no puedes engañarme! Te reconozco sin tener que utilizar las herramientas que tuve que arrancar de mi carne con mis propias manos para no dejarme confundir... Por huir de ti, asesiné a mi padre y tomé por esposa a mi madre, engendrando hijos-hermanos sin que por ello pudiese desterrarte de mi lado. ¿Piensas ahora que no voy a reconocerte?

Las palabras del anciano me dejaron perplejo. Poco a poco mi mente iba pasando del ensueño a la lucidez, y las palabras de mi interlocutor, por muy desacertadas que me pareciesen, me recordaban algo que no era capaz de determinar. Sin intentar parecer brusco, separé el cegado cuerpo que se abrazaba a mi con calma, y una vez conseguido, intenté escapar confuso entre las sombras amparado en su ceguera, no sin escuchar a mis espaldas como gritaba a los cuatro vientos ‒¡Amada mía, no intentes esconderte, pues siempre andas a mi lado de la mano y jamás nada podrá separarnos!.

Meditabundo, conseguí alejarme lo suficiente para no escuchar sus lamentos, y proseguir mi andadura, sostenido por el cayado que había tomado al despertar. La percepción del tiempo a la que estaba acostumbrado parecía completamente irreal, y no llegaba a interpretar correctamente el espacio recorrido en aquel monótono y lúgubre lugar. En un momento determinado, me topé con la figura que alguien remotamente conocido, el cual rodeaba con su brazo derecho a otra persona, menos corpulenta, con la que entablaba una estrecha conversación, salpicada con las risas que hasta entonces no había escuchado en todo mi recorrido.

‒¡Perdonad, nobles amigos! Conseguí articular, escuchando mi voz como pálido reflejo de la que estaba acostumbrado a que tronara en mi garganta. ‒¿Podríais responderme, si sois tan amables, a unas cuantas preguntas que me desesperan desde hace rato?

Observé como ambos se llevaban la diestra a los ojos, como para evitar el deslumbramiento. El más aguerrido, no sin por ello exento de belleza, iba engalanado con la armadura más preciosa e inimaginable que pueda haber concebido, al igual que su compañero, pero ésta se encontraba en peor estado. Me pareció observar una abertura en ella, en el costado, como si una espada cruel hubiese encontrado el punto débil donde se unen los contrafuertes. Más la ausencia de sangre me pareció más extraña que sus propias figuras.

‒¡Vamos Patroclo, no perdamos el tiempo con estas personas, pues ningún bien puede hacernos un ser vivo al que ella está enganchada con tal fuerza!

Sus palabras me hicieron recordar ‒¡Aquiles! Conseguí gritar antes de que se giraran del todo, interrumpiendo éste por unos momentos. La sobervia figura de aquel guerrero volvió su vista hacia mi, no sin entrecerrar una vez más sus ojos, al tiempo que me hablaba.

‒Así fui conocido hace tiempo, recordado injustamente como la reencarnación de la soberbia más pura, relegando el Amor de mi alma por aquello que me es más querido. Déjanos, que nada tenemos que decirte, ni a ti ni a ella.

Se volvieron y desaparecieron en un coro de carcajadas que me dejó mas pensativo y acongojado que al principio de la increíble entrevista. ¿Aquiles y Patroclo? ¿El viejo Edipo? ¿Ni a mi ni a ella? ¿A quien se referiría? Volví mis pasos hacia el lugar que parecía ser mi destino, sin saber muy bien el por qué, hasta que volví a encontrarme en el camino a un grupo de seres que parecían rodear a una figura pequeña, descalza al igual que yo, con calvicie y una nariz contundente y achatada. En cuanto quise acercarme, todas parecieron huir de igual forma que en anteriores ocasiones, menos la corpulenta figura que rodeaban todas estas ánimas, pues empezaban a parecerme insustanciales.

‒¡Señor! ¿Podría responderme a algunas preguntas? Volví a intentar el acercamiento.

‒Todo el que me conoce sabe que no se nada ‒me dijo con la más absoluta parsimonia. ‒Más si no sigues acercándote, pues la luz de un cuerpo vivo hiere mis ojos y resulta de bastante insufrible para el resto de mi cuerpo, podré intentar alumbrar un poco en las dudas que pareces tener, ya que tu acompañante parece saberlo todo, y no creo que ella necesite de mis consejos.

‒¿Mi acompañante? ¿A quién os referís? ¿Que lugar es este y que hago yo aquí?

‒¡Muchas preguntas que ya debías saber su respuesta me formulas! Me dijo el personaje al que ya tenía una idea de quien podía ser. Este lugar es el descanso eterno para aquellos que no hemos conseguido llegar a ser Dioses y morar en el Olimpo vanagloriándonos de nuestras andaduras, aunque no sea eso lo que algunos pretendamos. Tu lugar aquí escapa a mis conocimientos, solo puedo decirte que ningún ser vivo se adentra en estos parajes sin una misión concreta que realizar, que se lo pregunten al osado Heracles o al malhadado pero fecundo en recursos Odiseo. Y sobre tu compañera, alivia tu sed en ese estanque que puedes ver allí y quizá sabrás de quien te hablo.

Dicho esto, se encaminó hacia el grupo de sombras que parecían esperarle lejos de mi influencia, desapareciendo como todos los demás a los que había visto en mi largo caminar. ¿Un propósito concreto? Miré los ropajes que cubrían mi desnudez, el cayado que posaba en el suelo fuertemente agarrado por mi mano y mis pies descalzos, sin saber muy bien que podía ser lo que me había conducido hasta lo que parecía ser el reino de Hades. Recordé que el noble ateniense me instó a beber agua de un cercano estanque, y hacia allí mis pies me llevaron. Cuando fui a beber en el, la imagen que reflejaron sus aguas me hizo retroceder de miedo. El rostro que había contemplado en ellas, no era el mío. Había podido ver con toda claridad el contorno de un rostro de mujer, perfectamente delimitado, de rasgos que suscitaban increíble belleza, pero al tiempo su mirada era lo más insondable y solitario que pudiese haber visto en toda mi vida. No quise volver a mirar esa cara, y volví al camino para proseguir lo que parecía me había traído hasta ese lugar.

Después de lo que me parecieron días de continuo viaje en la más absoluta soledad, llegué a una amplia cámara donde cerca de un gigantesco trono formado por una amalgama de lo que parecían cuerpos humanos retorcidos en un incesante dolor, por primera vez desde que desperté en ese lugar pude contemplar algo de color entre los apagados tonos grises que conformaban todo aquel inmenso espacio. Desde lejos, pude atisbar una tenue luz entre morada y rojiza, quizá lo más exacto fuese el color apagado de las flores del rosal, que fluctuaba de forma continua en una danza hechizante. Corrí impelido hacia el lugar, pues algo dentro de mi gritaba que había llegado al final de mi andadura.

Cuando solo me separaban unos metros del impresionante trono y de la luz que ahora podía ver que emanaba del cuerpo de una mujer, encadenada por un tobillo a la nada que parecía aposentarse en tan basto y desconcertante asiento, una voz retumbó en mi interior, paralizando todo movimiento de mis más ocultos músculos.

‒¡Pero que tenemos aquí! Tronó una voz desconcertante en mi mente. ‒Nada menos que al intrépido y valeroso Monómaco, pero por lo que veo, todavía no estas en mis dominios como debiese ser, pues esa luz blanca que recorre tu cuerpo no es típica de estos lugares... ¿Que has venido tú a hacer a mi casa, armado de un palo? JAJAJA... Sus risotadas hirieron mi entendimiento, haciéndome caer de rodillas frente a la mujer que encadenada y con la cabeza oculta bajo su pelo, yacía a sus pies.

Por un momento levantó la mirada, posándola en mis ojos, y algo en mi interior se esclareció. La belleza de esa mujer no me era desconocida, y de uno de sus ojos escapaba una lágrima que denotaba la más profunda tristeza.

‒¡Amina! De mis labios salió un nombre de forma espontánea, como si hubiese estado allí desde que desperté para ser pronunciado.

Las risas volvieron a hacerme tomar consciencia del lugar en el que me encontraba, al tiempo que en el otro extremo de la cadena iba formándose una especie de niebla oscura como la muerte, que tomaba el trasfondo de un ser realmente sobrecogedor. Sus ojos eran llamas candentes sin color alguno, pues lo único que podía tacharse así era el cuerpo de la mujer que encadenada a sus pies, soportaba tan inconcebible situación con aparente resignación.

‒¡Amina! ¿Eres tú? Mi corazón se aceleraba de angustia al pensar en la mujer encadenada a ese ser, y todo mi cuerpo se revelaba ante tamaña injusticia. Con lágrimas en los ojos de la rabía que no podía contener, me levanté a encarar aquella horrenda figura que no paraba de reírse.

‒¿Amina dices? ‒Volvió a hablar algo dentro de mi. ‒Vaya, parece que mi querida Perséfone ha estado hablando con insignificantes seres durante los momentos de solaz que la permito. ¿Te has portado mal, querida niña?

‒Los ojos de la mujer se volvieron hacia él con el mayor desprecio que pueda lograr comprender, a lo que él contestó con más carcajadas. Ahora recordé a mi madre contándome como la hija de Deméter, Diosa de la siembra y de la Fertilidad nunca quiso tener marido, pero de una relación con el insaciable Zeus, concebio a su querida hija Perséfone. Tal era su belleza, que el propia Hades se enamoró locamente de ella, el cual la raptó, en connivencia con su hermano Zeus. Demeter buscó a su hija durante nueve noche y nueve días sin descanso, hasta que le pidió ayuda al Dios Helios, que todo lo ve. El Dios le dijo que su hija se encontraba raptada por Hades y que Zeus no hacía nada por ella. Por lo que Deméter no regresó al Olimpo, dedicándose a recorrer la tierra sembrando esterilidad por los lugares que pasaba. El hambre y las enfermedades no tardaron en aparecer, por lo que Zeus se vio obligado a interceder, pues Deméter amenazaba con dejar estéril la Tierra entera, si no recuperaba a su hija. Zeus amenazó a Hades, ordenándole que Perséfone fuese devuelta a su madre. Hades tubo que aceptar, con la única condición de que no hubiese probado la comida de los muertos. Así, feliz por recuperar su libertad, Perséfone se subió al carro de Hermes, pero antes departir, un jardinero de Hades le susurró que la había visto comer un fruto de sus dominios. Hades sonrió, obligando a la bellísima muchacha a bajar del carro. Deméter, al enterarse de lo de la fruta, quedó desconsolada, prometiendo no anular su maldición. Zeus volvió a mediar un pcto con su hermano, tras el cual, Hades aceptó que Perséfone pasaría tres meses al año con él y el resto con su madre. Desde entonces, los meses de invierno sufrimos la tristeza de Deméter por la pérdida de su hija, y en primavera, vuelve a estar contenta, pasando en otoño a sentir nuevamente tristeza por su inminente partida...

Perséfone, postrada a sus pies me miró con infinita gratitud, implorándome con sus ojos que escapase de aquel lugar.

‒¡Veo que llevas a una amiga por compañera! ‒volvió a decir la voz. Tal vez queréis intercambiar compañía, jajaja. De repente, en un latido sentí como algo se desprendía de mi, anulando el sentimiento de Soledad que me había embargado desde que estuviese allí. Pude ver una mujer etérea que sobrevolaba mi cuerpo, la mismísima Soledad que había prendido en mi y arrastré por compañera durante tanto tiempo. De igual forma, del cuerpo de la mujer salió otro ente que después de rondar por encima suyo, se introdujo en mi como un rayo. La Tristeza inundó mi ser hasta que me hundí bajo su peso unos cuantos centímetro en la dura roca. Fue insoportable y tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para mantenerme erguido.

‒¿Como puedes castigar lo único que ilumina este lugar con tamaño peso? En verdad que eres un Dios cruel y no tienes cabida en ninguno de los mundos que yo quiero reconocer, le espeté a la cara, mientras mi mirada se posaba en el hasta entonces cayado, convertido de forma instantánea en una lanza perfectamente equilibrada y afilada. Sin dar más tiempo a mis sentidos agarre con fuerza el astil e impulsé con todas mis fuerzas el arma al centro de su negro corazón. Al tiempo que el arma partía de mi mano, fijé mi mirada en el semblante de la mujer, y comprendí que todo era inútil. La lágrimas volvían a invadir aquel rostro hecho por el mayor Artífice, incitándome de nuevo a escapar mientras tuviese tiempo.

‒¡Parece que no comprendes nada, jajaja! Volvió a retumbar su chirriante voz. Con un simple gesto, arrancó la lanza y la dejó caer a sus pies, sin dejar de reír. Mi angustia iba en aumento y no encontraba salida para tan desesperada situación, más una sola mirada a aquel rostro había soldado mi determinación.

Recogí el arma del suelo y apunté directamente su afilada hoja a mi corazón, no sin antes apuntalar debidamente el otro extremo. La inquietud pareció reflejarse en ambos rostros mientras unas gotas de sangre eran derramadas y absorbidas por el inerte suelo. La mirada de la mujer parecía angustiada, pero carente del sufrimiento que había visto reflejado anteriormente. Su raptor, se removía intranquilo en su sillón de cuerpos atormentados, incapaz de quitar la mirada de donde habían caido esas gotas de fluido rojo, confiriendo un nuevo color a la sala. Aquellas gotas perecían reptar hacia la cadena que férreamente mantenía sujetos ambos tobillos. Cuando una sola gota llegó hasta ella, pareció como si ésta perdiese intensidad, y tras el desgarrador aullido que pude escuchar en mi interior, ya no tuve duda.

‒¡Sangre de alguien que no es inocente, entregada a cambio de la inocencia y belleza que tienes atrapada bajo tu influjo!

Y diciendo esto, antes de que sus oscuras manos pudiesen acercarse a mi, dejé caer mi cuerpo sobre la lanza que permanecía bajo mi pecho. No se si fue más desgarrador el grito que escuché de su ausente boca que la propia sensación de sentir mi carne atravesada, pero los chorros de ésta que manaban de mi abierto torax, empezaban a teñir de diferentes colores toda la estancia.

La cadena desapareció, el terrorífico Hades huyó ante la luz que emanaba del cuerpo de la mujer que momentos antes estaba postrada a sus pies. Con algo de felicidad y de pena terrenales, se acercó a mi lanceado cuerpo del que escapaba hasta la última gota de sangre, y ya casi en brazos de la Parca, creí escuchar un gracias y sentir el húmedo contacto de sus labios con los míos.

Chim Pun



Iikesex6996 42F

5/9/2006 10:58 am

Hola Sir!

Bienvenido alos Blogs! Y me alegra muxo que hayas empezado con este relato que en verdad me transporta a tiempos de heroes, dioses y bellezas...
Es bonito como haces sentir y trasportas a la persona que lo lee
a ese mitologico dream...del cual no se quisera uno despertar
Aunque es trizte hay muxa pasion y eso me gusta muxo!

besos

asyk

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Dsuki_Y_Like 47M/43F

5/11/2006 4:32 am

el mejor nombre para tu musa no pudo ser mas que Amina

buen gusto


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