SE HA PERDIDO UNA CRUZ Tercera etapa de Mi Cristo Roto  

Luz_de_vela 39F
124 posts
6/4/2006 12:23 am

Last Read:
11/14/2006 4:36 pm

SE HA PERDIDO UNA CRUZ Tercera etapa de Mi Cristo Roto

Para todos mis amigos y lectores:

“Se ha perdido una cruz” es la tercera etapa del Libro del Padre Ramón Cué, “Mi Cristo Roto”, que inicié con “Compraventa de Cristos” (primera etapa) y “Dios tiene mano izquierda” (segunda etapa).

Mis mejores deseos para todos.

Cordiales saludos,
Luz de vela


**************************************************************************************************

SE HA PERDIDO UNA CRUZ

BUENAS NOCHES, AMIGOS:

Voy a aprovechar esta noche mi actuación en Televisión Española para lanzar un anuncio. Buena ocasión, puesto que cuento con varios millones de televidentes.

Un anuncio breve. Y no comercial. Por eso estoy seguro de que no lo va a cobrar Televisión Española.

Atención, señores:

“Se ha perdido una cruz”. Y no se da con ella. ¿La habrá encontrado tal vez alguno de vosotros?

Mi Cristo Roto -ya lo veis-, en este apresurado y afanoso ir de acá para allá ha perdido su cruz.

Y no la localizamos.

El, lo sabrá; pero no contesta. ¡Es mudo además!

El anticuario de Sevilla que me lo vendió, tampoco ofrece ninguna pista. Lo encontró así ya, en un pajar de la Sierra de Aracena.

Ni rastro.

Y yo quisiera devolverle su cruz a mi Cristo Roto. Es lo menos que puede tener un Crucificado.

El me prohibió que lo restaurara.

Pero yo estoy seguro de que ponerlo en una cruz no es restaurarlo.

¿No os parece lo mismo a vosotros?

Me da pena verlo así.

No sólo por sus llagas y mutilaciones.

También por tenerlo sin cruz.

Porque aguantar en cruz, sin cruz debe ser doble torrmento doloroso.

Devolverle la cruz para que descanse siquiera en ella un poco.

Si lo recuesto en un almohadón, como aquí ahora, sobre esta mesa, me siento violento; porque sé tampoco que a El le descansa. Su sitio es una cruz.

Pero, ¿dónde está?

Por eso, amigos, os pido ayuda.

“Se ha perdido una cruz”.

Alguno de vosotros, ¿ha encontrado una cruz? ¿Queréis las señas? ¿El tamaño?

Pues, ya lo veis. No muy grande. Alta, como de unos noventa centímetros. Y sesenta de anchura. No es muy grande. Pero es una cruz. Y no hay cruz pequeña.

Además, ¡para un Cristo! Y entonces no hay modo de medirla.

Con estas señas basta. Porque todas las cruces, en definitiva, son iguales.

Perdonad, pues, mi insistencia:

Amigos, alguno de vosotros, ¿ha encontrado una cruz?

¿O sabéis de alguien, vecino, pariente, amigo, que la haya encontrado?

Puede haber sido en cualquier parte, en el lugar más inverosímil; porque mi Cristo se mete y anda con la cruz por todos los sitios.

En la calle, sobre la acera; en una silla del bar; en la barra de la cafetería; en la mesa del despacho; junto al torno del taller; en un banco del parque; en la jaula de la mina; sobre el mostrador; en el asiento de un
autobús; en un descanso de la escalera; a la entrada del portal; junto al cubo de la basura; en el guardarropa del cabaret; en el metro; en la playa… en la oscuridad del cine… ¡Qué sé yo! ¡Hay tantos sitios!

¡Anda uno por tantas partes!

En alguna de ellas, alguien de vosotros, ¿no ha tropezado con una cruz?

***
Sí, sí; ya sé lo que estáis contestando todos.

¡Qué cosa pregunta usted, Padre!
¿Qué si nos hemos encontrado una cruz?
¿Una? ¿Una sola?
¡Hemos encontrado tantas cruces! Y, ¡todos!

Es verdad. Tenéis toda la razón. Por eso ahora os pregunto al revés.

Quién de vosotros, amigos; quién de nosotros, ¿no ha encontrado una cruz?

Mejor dicho: ¿quién no tiene una cruz?

Todos. Sin excepción.

Es un derecho de propiedad irrenunciable que se está ejerciendo siempre.

Contra esa personalísima propiedad privada no puede ni el Comunismo. Todo comunista tiene su propia cruz. Inalienable.

Imposible socializarla.

Y todos la llevamos encima. A cuestas.

Aunque no se nos vea. Aunque sonriamos y disimulemos.

A veces, por oculta, más pesada.

La mía no la veis tampoco. Me veis a mí, multiplicado en todas las pantallas receptoras; pero no veis mi cruz. No la recogen las cámaras; escapa a su poder.

Pero la tengo; aunque yo no extienda los brazos en forma de cruz. Aunque no salga, fuera, por detrás de los hombros.

Yo me la sé.

Y vosotros, la vuestra.

***
Aquí, en este estudio de Televisión Española hay muchos hombres, hermanos nuestros, moviéndose a mi alrededor, trabajando mudos, en absoluto silencio, para lograr una emisión perfecta.

Vosotros no los veis. Yo sí; aunque incómodamente; porque los focos, dirigidos hacia mí, me ciegan y deslumbran un poco.

Todos trabajan y se afanan en silencio. En su profesión. Pero todos, todos, tienen y trabajan con ella, una cruz. Su cruz.

A mi derecha está Zarza manejando una cámara; a mi izquierda actúa Carballo con la otra; alternándose los dos. Tienen los auriculares puestos para oír en silencio las órdenes del control… pero también tienen una cruz sobre los hombros. Se quitaron la chaqueta para trabajar más cómodamente, por el exceso de calor en el estudio… pero no han podido despojarse de la cruz. Hay que trabajar con ella puesta.

Enfrente veo a Diego, que vigila alerta la “jirafa” del sonido… con su cruz.

Y a Romay, que se encarga de los focos: con su cruz también.

Y a Luis Lord, el regidor, que me hace con señas, las indicaciones; y que tiene una cruz…

Y a los ayudantes, a todo el personal que interviene en este programa: todos con una cruz.

Estamos todos trabajando con nuestra cruz a cuestas.

( Pero esto, entonces, ¿qué es? ¿Un estudio de Televisión Española en Madrid? ¿O una escena fantástica de una eterna Pasión? )

***
Y con la vuestra también a cuestas, estáis contemplando vosotros este programa.

¿Qué sólo existe y es real lo que se ve?

Conteste nuestra cruz. ¡Si por no verla pudiéramos negar su existencia!

Inútil. Yo tampoco os veo a vosotros, y menos vuestras cruces; pero no me equivoco: las tenéis muy cerca.

En donde estéis: en casa, en la del vecino, en el Bar.

¿Para qué vinisteis con la cruz a ver la televisión?

Nos persigue hasta la silla, la butaca, la cama.

Esta noche, al acostarnos, no podremos dejarla colgada de la percha: se apoyará en nuestra misma almohada. Tropezaremos con ella entre sueños. Y nos despertará, sobresaltados, de vez en cuando.

Y al levantarnos, mañana, no será necesario vestirnos la cruz; saltaremos de la cama con ella ya puesta.

No nos dejará en todo el día.

A la entrada de nuestro trabajo dejaremos aparcado el coche, la moto, la bici…

Ojalá pudiéramos todos los días también dejar, por unas horas, aparcada nuestra cruz. Imposible.

Aunque todos caminamos con una ‒o con varias-, para las cruces no hay problema de aparcamiento.

Ni ocupan sitio. Aunque ocupen y absorban una vida entera.

Ni necesitan guardarropa: se sientan con nosotros en el mismo asiento del Cine, del Teatro, del Cabaret, del avión, del parque, de la playa.

La cruz se instala en todas las casas y en todos los pisos. Lo mismo en el bajo que en la bohardilla. Y no le asustan, ni el quinto ni el octavo, porque la cruz no necesita ascensor.

Una chabola de latas y un chalet con piscina se diferencian en todo, menos en la cruz que los remata a ambos. Y a la mejor ‒en contrapeso- es de más categoría la cruz del chalet. Lógico por otra parte, ¿no?

Tampoco se la inscribe en la hoja de recepción del Hotel: pero es un huésped que está en todas las habitaciones.

A veces, como los Hoteles, será una cruz de Lujo; otras veces de primera, o de tercera. Pero casi siempre supera, la calidad de nuestra cruz, a la categoría del Hotel.

Los que diseñan y fabrican los últimos modelos de automóviles, nunca la han tenido en cuenta. Ni tampoco la advierten los agentes de tráfico. Y sin embargo, no hay excepción: -Seat, Mercedes, Fiat o Cadillac-, todos los coches ruedan sobrecargados: una cruz por cada asiento ocupado.

Y menos mal que en los aviones no nos pesan la cruz con nuestras maletas: nadie escaparía de pagar un insospechado y arruinante exceso de equipaje.

Es la carga máxima de nuestra existencia.

***
Que ¿quién ha encontrado una cruz?

Todos. Buenos y malos. Santos y criminales. Sanos y enfermos.

Ni siquiera respeta los partidos políticos, por opuestos que sean. El monárquico y el republicano coinciden en la cruz personal que los abruma.

No importa que no se crea en ella. Respecto a la cruz no existen herejes ni incrédulos.

También los que se dicen ateos, arrastran su cruz. La más ilógica e insoportable de todas.

Y los que parecen desafiar el dolor con las carcajadas y juergas de su vida.

Esa pobre chica, que a estas horas, repintada y aburrida espera sentada a la barra de la cafetería o arrimada a la esquina estratégica, lleva encima una pavorosa cruz a cuestas.

Pesa tanto, que se apoya, recostándose, en la esquina…

Una cruz más pesada de lo que sospechamos quienes la vemos al pasar tan insensible y alocada.

Y el que se acerca a ella, buscando el placer, lo hace por huir de otra cruz.

Con su respectiva cruz a cuestas hablan los dos, regatean los dos, prometen los dos, se arreglan al fin los dos.

Y allá van los dos, por la calle adelante, con prisa los dos… y, ¡con la cruz a cuestas los dos!

Y cuando regresan, cuando ya han tratado de aplacar su hambre de felicidad, sienten, defraudados, que ha aumentado la cruz, que pesa más que antes. Es mayor.

En ella, de asco y envilecimiento: se ha prostituido una vez más por puro dinero.

En él, de desilusión y desencanto; después de todo: ¡no merecía la pena!

Para volver a surgir mañana, otra vez, la cruz del deseo en él. Y en ella, dentro de un rato, otra vez el asco y el cansancio…

Y siempre con la cruz a cuestas.

Aunque ésta, más triste, más culpable.

Y porque no redime, que es el oficio de la cruz verdadera, sino que condena.

Y que no bendice: porque es la cruz maldita del diablo.

***
No trates de escamotear la cruz. Es inútil.

No se adquiere después. Se nace con ella adentro.

Venimos al mundo con la semilla de una cruz -o de muchas- hincada en nuestra carne.

En nuestra cuna se arrulla y duerme una cruz, que a veces desvela a los niños.

Tal vez has tenido estas noches que levantarte de tu butaca, interrumpiendo este programa de televisión, porque lloraba tu chiquitín en la cuna.

Es la cruz, chiquita ahora. De juguete también.

Pero como el niño, paralela a él irá creciendo día a día, a lo largo de su existencia. Siempre a la medida del hombre. Las cruces no se quedan pequeñas como los trajes viejos. Al contrario, casi siempre nos da la impresión de que superan nuestra medida.

Nos vienen grandes. Como si Dios se hubiera equivocado en el tamaño: esta cruz no es para mí. Supera mis fuerzas. Pero, ¡allá vamos tirando con ella!

Los hombres, que hemos logrado tantas mejoras y refinamientos, no hemos encontrado la fórmula para eliminar la cruz. Ella asoma siempre la cabeza victoriosa por encima del confort moderno que trata de sepultarla.

Lanzamos hombres a volar en los espacios; pero suben, dan vueltas y descienden a la tierra, con su inevitable cruz.

No hay intervención quirúrgica que logre extirparla de raíz.

Si quisiéramos arrancarla de nuestro hombro derecho, al poco tiempo, por una inevitable y misteriosa metástasis, volvería a salirnos en el izquierdo. Y es que está en la sangre. No hay solución.

***
Es la más fecunda y universal simiente.

En cualquier terrón de tierra de cualquier país, sin que nadie la plante, se aloja una semilla dolorosa.

En tu finca, en tu cortijo, en tu huerta, en tu bosque, ¡qué cosecha anual de cruces! Supera tal vez al trigo, a las aceitunas, al maíz, a la madera.

En la primera piedra de todos los edificios públicos o privados, aunque la coloque con música y flores el Obispo, el Gobernador o el Alcalde, va incrustada, vital y fecunda, una invisible cruz.

Surge paralela al edificio, se mete entre los andamios, se proyecta y se enreda entre la misma armadura metálica, se multiplica prolífica en todos los pisos, y acaba coronando el edificio, dueña y dominadora, por encima de las antenas de la televisión.

El remate de todas las torres es una cruz que se ve. El remate de todas nuestras casas también es una cruz, pero que no se ve.

Todo edificio nuevo que se levanta, es siempre, de un modo u otro, una cruz para todos: desde el arquitecto que lo diseña, el aparejador y los obreros que lo construyen, hasta todos y cada uno de los que habitan en sus pisos.

Todo edificio, aunque no sea perceptible, tiene forma de cruz.

Una noche tuve yo una pesadilla terrible, como en una película de Ingmar Bergman. Acababa de pasar unos días en Nueva York abrumado y ahogado por las masas verticales de sus rascacielos. Y esa noche soñé con una fantástica ciudad, como un Nueva York centuplicado, donde los rascacielos se abrían arriba en forma de cruz, y cuyas puertas e infinitas ventanas, iluminadas por dentro de noche, se partían en forma de cruz, para enseñarme, en cada uno de los pequeños huecos, un hombre crucificado. Qué angustiosa pesadilla la de aquella noche, atravesando en sueños las calles trágicamente silenciosas y vacías, bajo la mirada lacerante de infinitos hombres crucificados en las ventanas de los rascacielos crucíferos; ¡ y arrastrando yo, único caminante, mi cruz, que rechinaba en el asfalto, por las interminables calles solitarias!

Y, ¿no es verdad?

Toda ciudad, en definitiva, es un bosque, una selva, una colmena de cruces.

***
Para huir de la cruz hay que dejar de ser. Se liberan de ella, definitivamente, los que tienen la dicha de conseguir una buena muerte.

Y eso es lo que se nos concede, durante unas horas, como en un breve ensayo y anticipo, cuando dormimos.

El sueño, en el que dejamos de ser en cierto modo, nos libera de la cruz, del dolor, de la angustia. Para volver ser al despertar; y encontrarnos de nuevo con la cruz. Pero frescos y renovados para una jornada más del Vía Crucis.

Lo angustioso es cuando nos falla hasta el recurso renovador del sueño. Cuando no logramos conciliarlo. Cuando el reposo nocturno, que era en los planes de Dios una periódica liberación de la cruz, se convierte en una nueva cruz: el insomnio.

Cruz moderna de la humanidad: fruto involuntario o culpable de la tensión absurda de nuestra vida.

Y para poder dormir, para olvidar durante unas horas la cruz, el hombre alarga la mano tensa y temblorosa a los hipnóticos.

La cifra es aterradora, aunque retrasada en su fecha. En el año 1940 se consumieron mil cuatrocientas toneladas de hipnóticos en todo el mundo.

En 1953, sólo en los Estados Unidos, se gastaron trescientas toneladas.

Para tratar de conseguir un sueño mentiroso y artificial.

Pobre humanidad: día y noche con su cruz.

***
Recuerdo con pena a un amigo que se volvió loco por la manía de no pisar la cruz al andar. Caminaba de puntillas, o a pequeños saltos, para evitar la profanación ‒a su entender- de pisar la cruz… Porque las losas, los azulejos, el parquet del pavimento, en un inevitable cruce de líneas, dibujaban continuamente innumerables cruces.

Perdió la razón y hubo que internarlo en un manicomio.

¡Qué trágica cruz por no pisar cruces!

Peligrosa manía. Porque, efectivamente, no se puede dar un paso por el mundo sin tropezar ‒sin pisar- una cruz.

***
Todas las cosas que nos proporcionan en la vida satisfacción, alegría o placer, por sano y elemental que sea, llevan, visible o escondido, su sello de fábrica: una crucecita.

Todo: la rosa y el pan; el billete de Banco y la joya; el jornal corriente y el reparto pingüe de beneficios.

Todo es hijo de nuestro dolor, de nuestra cruz. Todo lo adquirimos o lo compramos con el sudor, el trabajo, la ambición, la salud, la fatiga…

El “Made in dolor” es el sello de fábrica, incrustado a fuego lento, que ostentan todas las cosas de nuestra vida.

***
Hasta el tiempo, cauce de nuestra existencia, se mide con cruces en las esferas de todos los relojes.

Sobre el reloj de tu muñeca, las dos manecillas que incansablemente se persiguen, van dibujando, al girar sobre un mismo eje, reales e ideales, cruces y cruces sobre tu tiempo.

Tu tiempo, en cruz. Crucificado también.

Mientras simultáneo y paralelo, tu brazo derecho, manecilla gigante de tu actividad, va marcando sobre ti al santiguarte, desde la frente al pecho, de niño a anciano, cruces y cruces, que ungen de bendición las obras y el tiempo de tu vida.

***
Hasta la hora de nuestra muerte.

Cada dolor de nuestra vida es un pequeño preludio y miniatura de aquella hora suprema en la que nos aplica a cada uno, íntegra y cabal, la máxima medida de nuestra cruz.

Nos va venciendo la cruz en cada uno de nuestros dolores.

Pero nos derrota substancialmente en la hora de nuestra muerte.

El triunfo de la cruz.

Somos suyos: por eso preside, a nuestra cabecera, entre dos cirios, la exposición de nuestro cadáver.

Camino del cementerio lo único que llevamos entre las manos agarrotadas es una cruz pequeña.

Nos lo han quitado y arrancado todo. Nada ya es nuestro. De cuanto poseíamos nos queda una sola cosa: la cruz entre las manos.

En el naufragio absoluto nos agarramos, obstinadamente, al único asidero flotante y seguro: la cruz.

Nuestro último gesto de posesión lo eterniza la muerte en nuestras manos que siguen apretando una cruz, frías ya e insensibles, más allá de nuestra vida.

Pero, al fin de cuentas, ¿no caminamos ya antes por la vida con una cruz siempre entre las manos aunque tratando de engañarnos diciendo que son rosas?

¡Qué gran verdad, el gesto de las manos muertas apretando una cruz!

Y nuestros herederos, que sólo nos han dejado una cruz, se lanzarán ávidos sobre la herencia, y pensarán que llenan sus manos de rosas, cuando ellos también están recogiendo cruces.

Sobre nuestra tumba florecerá la última verdad de nuestra vida: una cruz.

Sepultarnos es hundir en la tierra nuestro cuerpo como se siembra una semilla.

Se partirá y pudrirá como un grano de trigo; pero lanzará al aire, atravesando pujante la tierra que lo aplasta, el tallo de una cruz.

Lo que llevábamos enterrado en nuestro ser da su fruto invisible y póstumo en nuestra tumba.

Se siembra un cristiano: nacerá una cruz.

Marcó nuestra vida.

Señala nuestro sepulcro.

Santo y seña inevitable.

***
Y, sin embargo, luchamos contra la Cruz con todas nuestras fuerzas.

Y se la quisiéramos arrancar también a Cristo.

Nikos Kazantzakis, el formidable novelista griego, le hace decir a uno de sus personajes en “Cristo de nuevo crucificado”: “Si hoy Cristo volviera no traería una cruz, sino un bidón de gasolina para rociar a los explotadores y a los injustos y prenderles fuego.”

No, ¡qué engaño! Esto no es conocer a Cristo.

Cristo y cruz son inseparables.

Sí, es verdad ‒El lo afirmó-, que viene a prender fuego a la tierra. Y quiere que arda toda en fuego.

Pero Cristo no provoca el incendio con un bidón revolucionario de gasolina, que da llamas de odio.

Sino con la cruz, ungida en su sangre, que despierta incendios de amor.

Y es inmensamente más pesado un bidón incendiario de gasolina que la Cruz de Cristo.

Nuestro engaño es despojar a Cristo de su cruz, para ver sí así nos libramos nosotros de la nuestra.

No caigamos en semejante aberración.

Respetemos la cruz que Cristo escogió voluntariamente.

La ama, con incomprensible amor, desde toda la eternidad.

Por eso, amigos, yo no ando buscando una cruz para mi “Cristo Roto” que se quedó sin ella.

Mi Cristo la pide, la reclama, la exige.

Ya no puede estar sin su cruz.

Mientras nosotros no sabemos, ni queremos, ni podemos a veces, vivir con la nuestra.

Y es la peor táctica: rebelarse.

Luchar contra la cruz es inútil: se defiende terriblemente contra nuestros intentos de eliminarla.

Es pelear contra un gigante: nos puede.

Más: es luchar contra Dios, que está en ella; acabaremos doblemente crucificados.

No rompas tu cruz: los pedazos sueltos volverán vivos, a soldarse.

No la entierres: resucitará inmortal, millares de veces.

No la escondas: te encontrará siempre.

No la esquives: pesará el doble.

No sueñes con matarla: la defiende Dios.

***
Y, ¿sabes, amigo, en definitiva, por qué, a veces, nuestra cruz resulta intolerable?

¿Por qué es un enigma incomprensible y desconcertante?

¿Sabes por qué llega a convertirse en desesperación y suicidio?

Porque entonces nuestra cruz es una cruz sola, una cruz sin Cristo.

Y una cruz así, sola y vacía, es inaguantable.

La cruz solamente se puede tolerar cuando lleva un Cristo entre sus brazos.

Una cruz laica; sin sangre ni amor de Dios, es absurdo aguantarla. No tiene sentido.

Te lo concedo.

***
Por eso se me ocurre una idea:

Yo tengo un Cristo sin cruz. Míralo.

Y tú tienes tal vez una cruz sin Cristo. Esa que tú sabes.

Los dos estáis incompletos.

Mi Cristo no descansa porque le falta su cruz.

Tú no resistes tu cruz, porque te falta Cristo.

Un Cristo sin cruz.

Una cruz sin Cristo.

Aquí está la solución.

¿Por qué no los juntamos? Y los completamos.

¿Por qué no le das esta noche tu cruz vacía a Cristo?

Saldremos todos ganando. Ya lo verás.

Tú tienes una cruz sola, vacía, helada, negra, pavorosa, sin sentido: una cruz sin Cristo.

Te comprendo: sufrir así es irracional.

No me explico como has podido tolerarla tanto tiempo.

Una cruz despojada de Cristo, es un castigo, un puro instrumento de tortura, el principio lógico de la desesperación.

Tienes el remedio en tus manos: no sufras más solo.

Anda, dame esa cruz tuya, vacía y sola.

Dámela. Acércala más.

Yo te doy en cambio este Cristo Roto, sin reposo y sin cruz.

Tómalo. Te lo acerco.

Lo estás viendo, es tuyo, multiplicado prodigiosamente en todas las pantallas de televisión.

Dame tu cruz.

Toma mi Cristo.

Júntalos. Clávalos. Abrázalos. Bésalos.

Y todo habrá cambiado.

Mi Cristo Roto descansa en tu cruz.

Tu cruz se ablanda y suaviza con mi Cristo en ella.

Sobre lo que era un garabato incomprensible de sufrimientos, está la Sangre, la Paciencia, la Sabiduría, la Paz, la Redención, el Amor.

Tu cruz, ya no es tu cruz solamente; es también y al mismo tiempo, la cruz de Cristo.

Anda, toma tu cruz, amigo; tu cruz con Cristo.

Ya no sufrirás solo.

La llevaréis entre los dos: que es repartir el peso.

Y acabarás, supremo hallazgo, puesto que en ella está Cristo, por abrazar y amar tu Cruz.

***
Hasta mañana, amigos.

Empecé dando un aviso: “Se ha perdido una cruz”.

Lo retiro ya no hace falta.

Hemos encontrado una cruz: la nuestra.

Que resulta ser la de Cristo.

¡Porque Cristo andaba buscando precisamente nuestra cruz!

Buenas noches, amigos.

**************************************************************************************************
Fin de la Tercera Etapa de "Mi Cristo Roto"
En breve continuaré con la Cuarta Etapa.


Become a member to create a blog