DE QUE PIE COJEA DIOS Cuarta Etapa de Mi Cristo Roto  

Luz_de_vela 39F
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6/4/2006 12:58 am

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11/14/2006 4:35 pm

DE QUE PIE COJEA DIOS Cuarta Etapa de Mi Cristo Roto

Para todos mis queridos amigos y lectores:

“De que pie cojea Dios” es la cuarta etapa y continuación del Libro del Padre Ramón Cué, Mi Cristo Roto que inicié con “Compraventa de Cristos” (primera etapa) seguido de “Dios tiene mano izquierda” (segunda etapa) y “Se ha perdido una cruz” (tercera etapa).

Mis mejores deseos para todos.

Cordiales saludos,
Luz de vela


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DE QUE PIE COJEA DIOS

BUENAS NOCHES, AMIGOS:

Ayer yo buscaba la cruz perdida de mi Cristo Roto.

Y me encontré con todas nuestras cruces, las vuestras y la mía, que se juntaban a mi Cristo despojado; realizando de este modo la única síntesis: Cruz con Cristo, que hace aguantable el dolor.

Pero hubo más anoche.

Cuando, ya terminado el programa, yo salía de este estudio de Televisión con mi Cristo Roto en los brazos, sonó un teléfono.

-Es para usted, Padre.

-Dígame.

-No es necesario mi nombre, Padre. ¿Me permite usted que le regale una cruz para su Cristo Roto? Será, eso sí, de madera buena y vieja, como la Imagen. ¿La acepta?

Sólo puede decir que sí, escuetamente; porque me cortó la misma voz:

-Gracias, Padre. Se la enviaré.

Y se cortó también la comunicación. Colgaron.

No pude ni agradecer la cruz que me ofrecían.

Al contrario: me daban las gracias por aceptarla yo.

Me gusto el estilo viril de aquella voz anónima; daba un regalo a Dios sin discursos ni explicaciones. Suenan siempre a ponderación que pregona las excelencias del regalo.

Sólo añadió que la cruz sería de buena madera; que haría juego con el Cristo.

Profunda expresión: una cruz de “buena madera”.

No sabemos cuál sería el árbol de la primera Cruz en el Calvario; pero sí sabemos que aquel árbol, por vulgar que fuera, al transformarse en la Cruz de Cristo, se convirtió, al mismo tiempo, en la mejor madera, la más noble, de todos los bosques.

Todas las Cruces de Cristo son de buena madera.

Mi amigo anónimo lo había ya adivinado.

Y es que él también debe ser, no hay duda, de muy “buena madera”.

Que Dios lo bendiga.

A estas horas, en Madrid, aunque ignoro en que calle y domicilio, se está labrando, en buena y vieja madera, una cruz para mi Cristo Roto.

Para mi Cristo que es -¿verdad, amigos?- ¡de la mejor madera que existe!

***
Pero esta noche, mientras lejos se talla una cruz vamos a detenernos en los pies del Señor.

Por ahí debíamos haber empezado, puesto que ante un Cristo Crucificado el abordaje normal e inconciente de nuestros labios empieza por sus pies.

Allá se van, incoercibles, nuestros ojos y nuestros besos.

Aunque esta noche sólo podamos besarle a mi Cristo Roto su destrozado e incompleto pie izquierdo.

Porque ‒ya lo veis- le falta el derecho.

Le falta el pie y la pierna. Se la rebanaron literalmente más arriba de la rodilla, por mitad del muslo.

Conserva íntegra la izquierda; aunque muy mal pegada. Ni siquiera hicieron coincidir exactamente las dos partes unidas. Y asoma seca la cola sucia como una costra entre las junturas.

Tenían prisa, Cristo, cuando te la pegaron.

Parece una cura de urgencia, hecha en un Hospital de Sangre en un castigado frente de guerra, por las manos poco expertas de un improvisado enfermero que no puede dar abasto.

Pensaron, Cristo, que por entonces bastaba esa cura.

Que ya, quien luego te comprara, se preocuparía de unirte bien esa pobre pierna mal soldada.

Te la pegaron con cola solamente para presentarte al comprador y lograr venderte.

Quien te adquiriera, trataría de restaurarte.

Pero no te preocupes: ya te lo prometí solemnemente. Yo no te restauro. Vivirás así a mi lado.

Aunque cada vez que contemple esta pierna izquierda tuya, tan mal pegada, desfilarán delante de mí, angustiándome, tantos y tantos cuerpos dolientes de hermanos míos, mal cocidos, mal curados, mal intervenidos, mal soldados, mal escayolados…

No. No acuso, Señor.

Sería injusto.

Yo no conozco ni trato a un solo médico que sea capaz de hacer con un paciente lo que han hecho con tu pierna izquierda.

Peor conozco enfermos con miembros mal tratados. Como los tuyos.

Es verdad que son pobres y no pudieron pagar una clínica de más categoría.

Pero esto no lo justifica. Al contrario.

¿No pensaba, quién los intervenía, que estaba operando en tu misma carne dolorida?

El caso es que desde ahora, en esa cicatriz tuya mal cocida, que un peor curandero dejó en tu pierna, yo voy a escuchar la queja multiplicada de tantos hermanos tan mal tratados como Tú.

***
Era costumbre que a los crucificados, después de dejarlos aguantar unas horas el terrible tormento de la cruz, se les quebraran los huesos de las piernas para acelerarles de este modo la muerte y concederles la liberación definitiva del suplicio.

Así se hizo con los dos Ladrones que acompañaban al Señor en el Calvario.

Pero a Cristo se le evitó este caritativo tormento.

Ya no hacía falta acelerarle la muerte compasiva.

Murió antes que los dos Ladrones.

Y quedó con sus huesos enteros en sus piernas sin quebrar.

Pero los tormentos que le ahorraron a Cristo los verdugos del Calvario se los han ido aplicando después los hombres, a lo largo de los siglos.

La pasión es un proceso que no acaba nunca.

Y si no, aquí está mi Cristo Roto.

Ha quedado peor que los dos Ladrones.

A ellos solamente les rompieron los huesos; a mi Cristo Roto le rebanaron entero un muslo.

¿Por dónde andará rodando su pierna izquierda?

***
Cristo, a quién tocó la peor Pasión, murió el primero de los tres.

Pero antes, le gritaba arriba el Mal Ladrón desde su cruz, coreado abajo el desafío por soldados, verdugos y sacerdotes hebreos:

-Anda, si es verdad que eres Hijo de Dios, baja de la cruz y creeremos en Ti.

Mentira. No hubieran creído.

Siempre le exigimos a Dios una prueba distinta a la que nos da.

Con esta argucia creemos justificarnos.

Pedían un milagro: que bajara de la Cruz; sería Dios.

Y, ¿no era un mayor milagro el que no quisiera bajar de la Cruz y aguantara en ella? ¿No era mayor prueba su divina paciencia?

Así lo comprendió el Buen Ladrón:

-Señor, ¡acuérdate de mí cuando estés en tu Reino!

Lo que quería el Mal Ladrón no era un milagro como prueba de fe; sino un milagro provechoso y práctico que le librara del dolor y de la muerte:

-Pues que estamos los tres en el mismo suplicio, líbrate a Ti y a nosotros; bájanos a todos de la cruz y creeremos en Ti.

Condiciona su fe a su comodidad y placer.

Con una blasfemia pide un milagro que le evite el dolor.

En su ciega rabia insulta y desafía al Unico que puede salvarle.

Fija condiciones para creer.

Como si el creer fuera un regalo o una propina que el hombre agradecido hace a Dios; y no un libérrimo y misterioso regalo que Dios hace al hombre.

No le interesa ni la fe, ni el milagro como tal. Ni Dios.

Y muere, incrédulo, junto al milagro más portentoso de la Historia: un Dios Crucificado que no quiere bajar de la cruz.

Aunque al quedarse en ella haya quien piense: no baja porque no puede.

Cuando precisamente nuestra Redención radicó en que Cristo superara el reto y aguantara en su Cruz, sin bajarse, muriendo clavado en ella.

***
A este Cristo Roto, amigos, nos lo bajaron brutalmente de su Cruz arrancándole de ella. Fue el tirón tan inhumano, que con la cruz perdida se fueron los clavos llevándose adheridos trozos sangrantes de pies y manos.

Y Cristo, forzado a bajar de la cruz llegó a nosotros por el “Jueves” de Sevilla, sin su pierna derecha.

Pasión inédita: estamos en presencia de un Cristo “Cojo”.

Contemplándolo así, cojo, se me ocurre una suposición que voy a comentar con vosotros. Aunque os parezca al principio extravagante y absurda.

Tenedme paciencia.

Sé que poco a poco os irá pareciendo verosímil. Al fin, realísima.

Imaginad que así, como está, mi Cristo Roto baja de la Cruz. Con una sola pierna.

-Absurdo, Padre.

-Te lo previne. Calma. Atiende, amigo.

Ya está mi Cristo en tierra.

Sólo puede apoyarse en la izquierda, puesto que le falta la derecha. Acudimos, cariñosos, a darle una mano. A sujetarlo.

-Cristo, necesitas, lo primero, una pierna postiza. No es problema; la ortopedia hace prodigios. Va a ser duro y largo el aprendizaje. Claro que Tú estás entrenado como nadie en el dolor. Pero como te falta desde medio muslo, por muy perfecta que te la hagan y muy bien que te la adapten, se te va a notar mucho al andar. Al principio lo harás con dos muletas; luego, con una sola. Al fin, tal vez, sin ninguna. Difícil. Pero tienes que resignarte: es preferible decírtelo de una vez: imposible disimular la cojera. Serás siempre un cojo, con muleta o con bastón.

Pero, al fin y al cabo, es problema que no nos preocupa. Nos los resuelve la ortopedia.

Bien. Solucionado esto, después, ¿qué piensas hacer?

-Trabajar, naturalmente.

-¿Sin una pierna?

-Claro. Lo necesito. Trabajé en Nazaret. Soy Dios, pero me hice hombre, voluntariamente sujeto y comprometido a todas las exigencias de hombre. Podrían alimentarme los ángeles. Pero no entra en mis planes redentores. Tengo que cuidar de mi Madre y de Mí con el sudor de mis manos. Tengo que trabajar.

-Bueno. Pero, ¿dónde? ¿En qué?

-No sé. Para eso estás tú. Necesito tu ayuda.

Vamos a buscar trabajo. A conseguir una colocación.

-¿Una colocación? ¡Qué problema, Cristo! ¡Vaya papeleta! Perdona la expresión: es la costumbre.

-¿No podrás encontrar una colocación para Mï?

-Espera; claro que sí. No hay dificultad. Es que al oírte lo de la colocación, no me acordé que era para Ti, para Cristo. Nada: todo solucionado. Como que no sé a qué Empresa nos vamos a dirigir; porque si se enteran te van a rifar. En cuanto yo pida un puesto de trabajo para Cristo, en persona, si no lo tienen, lo inventan. Que, además, será un puesto y un trabajo puramente formulario: será una disculpa para pasarte, a Ti, Cristo, una espléndida pensión; te pondrán casa con calefacción y coche. Te darán el mejor chalet de la Empresa. ¿No ves que son cristianos y te quieren? ¿Tú imaginas lo que supone para ellos la oportunidad de hacerle un servicio al mismísimo Cristo en persona? Vamos. No hay problema, Señor.

Y eché a andar.

-No. Espera ‒dijo mi Cristo Roto, deteniéndome-. Como tantas veces, no me has comprendido ahora tampoco. Vamos a dejar bien claras las cosas. Lo primero, que yo no quiero el regalo de una pensión sin trabajar. No. Busco un empleo. Quiero vivir de mi trabajo. Y, lo segundo: que no se te ocurra presentarme a nadie como Cristo, como Dios. Para eso no te necesito. Me presentaría Yo solo.

-Entonces, Señor, ¿quién digo que eres?

-Un hombre cualquiera, un amigo tuyo necesitado que busca una colocación. ¿No te dará vergüenza, verdad, tener un amigo pobre, sin trabajo?

-No, Señor. Ya sabes Tú que no… Pero necesitaremos un nombre para rellenar los impresos, las instancias. ¿Cómo vas a llamarte?

-Como tú quieras. Búscame un nombre y un apellido. Cualquiera. Los más corrientes y vulgares: García, López, González, Fernández… Y no temas, al llamarme con esos nombres, decir una mentira. Soy Dios Redentor y llevo en mí todos los nombres de todos mis hijos y redimidos, los hombres. Anda; decídete. ¿A dónde vamos?

-No lo sé, Cristo…

-Antes ya estabas en camino. Tuve que detenerte.

-¡Sí, claro! Antes iba a colocar a Cristo, a Dios. Ahora voy a colocar a García, a López, a Fernández…

-¡Que es igual! ‒exclamó Cristo, enérgico.

-Igual, para Ti. Para tu amor. Ya verás que distinto es para los hombres; para su egoísmo.

-Pero si cuando tú digas “García o López o Fernández”, ellos van a traducir “Cristo”.

-No, Señor. Así traducen, por lo visto, allá arriba, en el cielo. Aquí no conocemos esa equivalencia. Aquí, en la tierra, un García o un López, sin pierna derecha, que busca colocación, se traduce por: “problema casi insoluble”. Aquí, en la tierra, traducimos muy mal, Señor. No entendemos el idioma del Cielo y del amor. Traducimos solamente como y lo que nos conviene.

-Está bien. Aunque todos no sepan ‒o no quieran- traducir como se debe un “Pérez” o un “García”, alguno habrá que lo traduzca bien, -insistió Cristo.

-No dudo que los haya, Señor. Pero, en la práctica, es dificilísimo encontrarlos. Y si no, ya lo verás Tú mismo.

-Veo que tienes un concepto muy pobre de los hombres. Eres injusto con ellos. ¿Me vas a negar que al verme sin la pierna derecha, a los treinta y tres años, no se van muchos ‒ o todos- a compadecer de Mí?

-Sí, Señor. No te lo niego: se compadecerán y lamentarán todos. De acuerdo. Pero, de compadecerse, a darte una colocación, hay un abismo.

-No lo entiendo. ¿No es sincera entonces su compasión?

-Sí, lo es. Yo no voy a negar la sensibilidad humana de su corazón cristiano. Pero mira, Señor; es que no depende de ellos, personalmente, el poder colocar a un hombre en un empleo. Así me lo han explicado miles de veces. Y de oírlo ya me lo he aprendido de memoria.

-Pues, ¿de quién depende entonces? ‒preguntó Cristo.

-De la Empresa.

-Y, ¿quién es la Empresa?

-La Empresa, Señor, es un modernísimo invento de los hombres para defenderse y abroquelarse. Es como un biombo, o un parapeto, o una trinchera. Es la gran disculpa que te dan siempre: “Mire usted, si dependiese de mí, ahora mismo le daba un empleo; pero usted comprenda que yo aquí no soy nadie; que yo soy también un funcionario más, que esto depende de la Empresa… Ella lo tiene que decidir”. Y después de explicarte esto se quedan todos muy tranquilos, porque han liberado la responsabilidad de su conciencia, y han volcado toda la culpabilidad sobre la Empresa.

-Pues vamos a la Empresa ‒insistió Cristo.

-Imposible, Señor; la Empresa existe, pero no se la ve. Funciona y ordena, pero es inaccesible. Decide y sanciona, pero no tiene corazón. La Empresa, Señor, son ellos mismos, con otro nombre. La Empresa es una cómoda disculpa para eliminar compromisos y responsabilidades personales. La Empresa son todos y no es nadie. Es como aquello de nuestro Teatro Clásico: “¿Quién mató al Corregidor? ‒Fuenteovejuna, señor. Y ¿quién es Fuenteovejuna? ¡Todos a una!” ‒Lo mismo es esto de la Empresa: Todos a una. Todos ¡y nadie! Porque, al fin, nadie tiene la culpa. Es: ¡La Empresa! Perdóname que me meta en lo que no me toca; pero no sé cómo te las vas a arreglar para exigir responsabilidades a las Empresas el día del Juicio: porque luego nadie sabe nada de nada… Todo se diluye y se esfuma misteriosamente.

***
Amigos televidentes: permitidme un paréntesis necesario.

Vuelvo a suplicar calma y paciencia hasta el fin.

Yo no trato, ni mucho menos, de abordar, y menos criticar en toda su complicada trama, el problema laboral de las colocaciones y los puestos de trabajo. No.

Mi campo queda muy concretamente acotado:

Sólo trato de colocar a un hombre de treinta y tres años, un mutilado, a quien le falta, entera, la pierna derecha. Cojea descaradamente al andar y no puede, por tanto, desarrollar una eficiente actividad física. Tampoco tiene cultura o práctica para un despacho o una oficina.

Este es el caso concreto.

No lo olvidemos, por favor.

Y vamos adelante.

***
-¡Adelante de todos modos! -me urgió Cristo-. Vamos a buscar trabajo. ¿No quieres ayudarme?

-Con toda mi alma, Señor. Vamos.

Y echamos a andar decididos.

Pero yo tuve que frenar el paso. Mi Cristo Roto no podía seguirme y se había rezagado en el camino.

Acomodé el mío al suyo, lento y desigual.

Cristo, a mi lado, caminaba como a empujones, inclinando todo su cuerpo hacia la izquierda y estribando en su muleta.

Avanzábamos por la cale dificultosamente, entre el ir y venir de los transeúntes, cercados por la prisa de los hombres, que unas veces nos empujaban y otras obligaban a Cristo a detenerse. Vez hubo que lo perdí de vista entre el gentío. Pero no era difícil localizarlo. Con esperarlo bastaba. Se había quedado atrás.

Creí al principio que íbamos a llamar la atención de la gente. Que todos se iban a volver para mirar a Cristo.

Hasta que me persuadí que nadie lo conocía: era un cojo más en la calle. Un hombre que había tenido la mala suerte de perder, Dios sabe cómo, una pierna. Y pasaban, de prisa, a su lado, rozándose con El, sin mirarlo, acostumbrados a rozarse en la calle con tantas y tantas miserias y dolores. ¡Era uno más!

Aquello me parecía una versión moderna, y eterna, del Vía Crucis. De la calle de la Amargura. Y el ruido seco y acompasado de la muleta de Cristo en la acera me sonaba al arrastrar de una cruz.

Pero la gente con quien nos tropezábamos no pensaba así. Imaginaban, al verlo, que era una víctima escapada con suerte de un accidente. O un mutilado, tal vez, que dejó una pierna en la guerra…

Y es verdad también, Señor. Qué trágico accidente el del Calvario. Víctima sobreviviente por tu Resurrección. Regresas, Mutilado, de la más encarnizada guerra: la que emprendiste a muerte, contra el mal, para librarnos del pecado. La Guerra en la que por nosotros quisiste perderlo todo, para conquistarlo todo, también, para nosotros. La Guerra, con la que Tú, ilusionado, habías tratado de abolir para siempre todos los odios y todas las guerras. Inútil. Los hombres nos hemos empeñado en continuar la guerra y seguimos matándonos. Tú quisiste ser el primero y el último de los muertos. Pero no lo lograste. No hemos querido. Y al verte avanzar, cojeando, por la calle, abriéndote paso entre la gente, me imaginaba el desfile gigantesco de centenares de miles de mutilados en las locas guerras de esta loca humanidad.

Me interrumpiste. Cristo Roto, cojeando a mi lado, en mis pobres meditaciones.

-¿Queda muy lejos el sitio a dónde vamos?

-Te confieso, Señor, que no acabo por decidirme por ninguno. Me da miedo. Ahí enfrente, en ese “Gran Negocio”, yo tengo un amigo. Pero no me fío; te soy franco…

-Vamos ‒me alentó Cristo-. Y no olvides: soy un hombre; me llamo “García”, “Fernández”, “Pérez”. Como quieras.

Entramos.

No tardamos en salir.

Del “Gran Negocio”, fracasados, nos dirigimos a un Banco.

Del Banco, nos llegamos a unos Laboratorios.

De los Laboratorios, a una Fábrica.

Después a unos Almacenes.

Luego a unas Oficinas Comerciales.

A una Firma Exportadora Internacional.

A un Hotel.

A un Cine.

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Y ahora, Cristo mío Roto, ¿a dónde vamos?

***
En todas partes, poco más o menos, la escena había sido la misma.

Yo daba mi tarjeta.

Nos recibían pronto, sin largas esperas.

Un primer saludo afectuoso.

Si eran amigos o conocidos se alegraban muchísimo de mi visita: “Se vende usted muy caro, Padre; que difícil es verlo”.

Pero la cordialidad se iba apagando cuando yo desviaba la atención hacia mi acompañante: “El señor García, un viejo y querido amigo mío, para el que solicito con el máximo interés, como si fuera para mí mismo, un empleo, un trabajo.”

Ya, para entonces, las caras habían cambiado, estaban serias.

¡Qué pena tener que estropear la cordialidad de una visita amistosa con el tema de una colocación!

Yo caía en la cuenta. Pero ¡a eso habíamos ido!

Y en todas partes, poco más o menos, como si se hubiesen puesto todos de acuerdo, las mismas frases, formuladas con el mismo tono. Como quien se las sabe de memoria, y está entrenadísimo en repetirlas.

-Que mala suerte, Padre. Con el deseo que tenemos en esta Casa de complacerle. Y más, tratándose del “señor García”, por el que usted tanto se interesa. Pero, ¿por qué viene siempre usted cuando tenemos la plantilla completa? Mire que es fatalidad.

Una pausa. Una mirada al “señor García”. Tradúzcase: a Cristo. Y una pregunta dirigida a mí:

-Su amigo, ¿es cojo, verdad?

-Sí, perdió la pierna derecha en una acción gloriosa, en un hecho heroico por salvar la vida de sus amigos.

No me dejaban continuar nunca. Me cortaban siempre. Como si ya supieran también de memoria, mil veces repetida, la historia gloriosa y heroica de aquel caso.

-Interesante, Padre. Por eso nos duele más no poder complacerle.

Pausa embarazosa.

Nueva aclaración:

-Me dijo antes, Padre, que su amigo para trabajo de oficina o despacho no esta preparado ¿verdad?

-Exacto.

-Lástima; porque tal vez, en ese caso, hubiera podido hallarse más fácil solución. No es que se lo asegure, claro.

Nuestro interlocutor iniciaba un gesto para ponerse de pie. Comprendíamos: era la despedida discreta. Molestábamos ya. Y nos levantábamos los primeros. Yo ayudaba a Cristo a ponerse de pie.

Continuaba la voz repitiendo, fría y anónima, el formulario de la Casa.

-De todos modos, Padre, tomamos nota, con todo interés, de su recomendado. ¿Se llama su amigo?

-El señor García.

-Ah, sí. Lo había olvidado. Perdone.

Iba a apuntarlo. Yo lo evitaba siempre.

-Déjelo. No hace falta. Con avisarme a mí está todo arreglado. Así no se complican ustedes con más direcciones. Yo estoy siempre en contacto con mi amigo, el señor García.

Nos acompañaban hasta la puerta del despacho.

En algún sitio, al despedirnos, discretamente, me metieron un billete entre las manos:

-Esto es cosa completamente personal, Padre. Una pequeña ayuda al menos.

-Que Dios se lo pague ‒decía yo distraído, por la fuerza de la costumbre.

Cristo me miraba con una triste sonrisa.

-Que no sea la última visita.

-Pero con mejor suerte, Padre.

-Lo sentimos muy de veras.

-Lo tendremos muy en cuenta.

-Mande cuando guste.

Y una vez más, Cristo y yo, nos encontramos en la calle.

***
-Estoy pensando, Cristo, que un caso como el tuyo pone en compromiso a cualquier Empresa de categoría. A más fuerte y lujosa Empresa, más enojoso y difícil compromiso.

¿Qué hacer con un cojo tan escandaloso en su cojera como Tú?

Puesto que no pueden confiarte un trabajo físico, que Tú tampoco podrías desarrollar, tendrán que ponerte uniformado con la elegante librea de la Casa, en la Portería, en la Recepción, en el Hall, junto al ascensor…

Pero, ¿cojo?

¿Qué dirán los clientes, los visitantes? Tu cojera merma el prestigio, que es precisamente lo que debe aumentar un digno portero uniformado. Tu cojera desentona desagradablemente entre el lujo de los mármoles, las alfombras, las lámparas y los espejos.

Mala propaganda para la Casa y el Negocio.

No puede evitarse una primera malísima impresión en los que llegan.

Como si el negocio no diera para más y se viera forzado a recoger gente medio inútil a la que, naturalmente, se paga menos.

Es darle a la Empresa un aire de Hospital o de Asilo de inválidos.

Es carecer en absoluto de la Visión Moderna de las Exigencias Actuales impuestas por el Desarrollo Social del Negocio.

Todo debe colaborar al prestigio, al buen nombre, a la impecable presentación.

Un empleado cojo, sin una pierna y con bastón o muleta, decididamente, es antieconómico, anti-social, anti-propagandístico, anti-funcional.

Se podría pensar en ayudarle con un donativo.

Ante tal empleado, cojo, fácilmente surge en los que no ven, la idea de que también el Negocio, la Empresa o el Banco, cojean como él.

Todo cliente que franquee el Hall de cualquier Empresa debe sentirse automáticamente a gusto y a poder ser optimista y eufórico.

El buen humor, no hay que olvidarlo, es el clima propicio para las buenas operaciones mercantiles.

Si el primer encuentro es topar con un desagradable Portero o Empleado cojo, la reacción de incómoda extrañeza, de lógico disgusto y hasta depresión sicológica es inevitable.

Hasta habrá personas que, por susceptibilidades supersticiosas o fatalistas, ante la presencia de un Cojo en la Casa, decidan no volver más a pisarla.

Y esto hay que evitarlo por encima de todo.

Lo primero, el prestigio: base de la Empresa.

La gente es muy ingenua y elemental en sus concepciones.

Todo lo quiere solucionar con una sola y simple palabra: Caridad Cristiana.

Y es que se vive al margen de toda esta complicadísima trama de exigencias sociales.

A la Caridad hay que saber conjugarla con el Prestigio Propagandístico de un Negocio.

***
¿Ves, Cristo, cómo tu caso pone en aprieto y compromiso a cualquier Empresa que se precie de tal?

Callas mucho, Señor.

¿Qué te parece de toda esa teoría sobre la Propaganda y el Prestigio del Mundo Económico?

Estás distraído, Cristo. ¿Oíste mi pregunta?

¿O es que no me quieres contestar?

¿Rumias en tu obstinado silencio el dolor que te ha producido nuestra fracasada visita a tantos Negocios, Bancos, Fábricas y Empresas?

Te duele el desprecio, ¿verdad?

Ya te lo previne; pero es que no te conocían.

Si me hubieras dejado, como yo te proyectaba, presentarte con tu nombre y tu personalidad:

-Señores, tengo el gusto de presentarles a Jesuscristo. Entonces…

-¡Cállate! ‒me cortó una queja dolorosa y amarga-. ¡Cállate! Eso, es precisamente lo que me duele. La experiencia de haber comprobado cómo es posible que afirmen amar a Cristo y desprecien al mismo tiempo y con el mismo corazón al señor García, Pérez o Fernández.

Eso es lo triste: que para Cristo, aun cojo, hubiera habido trabajo; y que no lo haya para “García” o “Gutiérrez”.

Cuando somos el mismo.

Porque ellos me representan. Son mi doble exacto.

¿Qué hacéis, entonces, con toda esa legión innumerable de seres inútiles e inválidos que no están en un Hospital o un Asilo?

Por inválidos e inútiles, ¿los arrinconáis y relegáis a un último e invisible plano social?

¿En dónde los escondéis para que no os molesten, ni ofenda el espectáculo incómodo de su sufrimiento?

¿Qué destierro ha inventado para ellos la sociedad elegante y refinada que se proclama cristiana?

Sobre una dolorosa invalidez física añadís vosotros, cristianos, otra más dolorosa invalidez moral: ser excluido de vuestros salones y de vuestro contacto.

Pero, ¿es que así se ha desvirtuado ya mi Evangelio?

¿Ya el mundo no tiene ojos para descubrir en un inválido o un mutilado -¡en todo sufrimiento!- un nuevo Valor que supera y vence todas vuestras mezquinas cotizaciones de Bolsa?

El dolor proscrito en nombre de la Propaganda Comercial.

¡Qué ceguera! ¡Qué inversión de valores!

Cuando lo que da más prestigio, realce y ornato, ante los ojos de Dios, es el dolor y el sufrimiento.

Pero os falta Fe.

Organizáis la Propaganda que conquiste a los hombres.

Y olvidáis la Propaganda que conquiste el corazón de Dios.

***
Mi Cristo, cansado, hizo una pausa.

-Te voy a confiar una cosa ‒siguió diciéndome con tono suave, de íntima confidencia-. Te lo voy a decir, aunque, si te la oyeran luego a ti, tal vez sonreirían suficientes y despectivas, muchas, muchas Empresas.

Escucha:

¿No sería el mayor prestigio y la más segura bendición para un Negocio contar en su plantilla con un mutilado, con un inválido?

Que fue admitido, precisamente, por serlo.

A conciencia; sabiendo que adquieren y se apropian un auténtico valor.

Pero sin esconderlo ni relegarlo a un último término oscuro y discreto. Sino colocándolo en el puesto que le corresponda por su empleo, en contacto abierto con toda la organización interior y exterior de la Empresa.

Sin exhibirlo. Pero sin despreciarlo.

En su puesto justo.

Mira: Aunque ellos no lo sepan o lo olviden yo estoy al corriente de todas las plantillas de todas las Empresas.}

Me las sé de memoria.

Las conozco mejor que el Jefe de Personal.

Las repaso en mi corazón, todas las mañanas, cuando los empleados al llegar, van registrando su entrada con el control.

Yo llevo otro control distinto: el de mi Amor.

¿Tu sospechas lo que supondría para la Empresa, el que Yo, todas las mañanas, al verificar la lista de su personal, me encontrara en primera fila, con un “García”, un “Pérez”, un “Fernández”, mutilados o inútiles admitidos precisamente por serlo?

¿Adivinas las cataratas de bendiciones para esa Organización?

Eso es lo que me gana y me conquista.

Porque para mí, Cristo, un mutilado o un inválido en plantilla de una Empresa, está el primero en la lista. El primero en mi Amor.

Por encima del Ingeniero o el Director.

Porque ese desdichado “señor García” sin pierna, ¡soy Yo!

Soy Yo, en una especializada y privilegiada presencia que concedo dolor.

Y esto es indiscutible.

Aunque no acabéis nunca de creerlo.

Aunque os rebeléis contra ello.

¿Qué dices a esto?

¿Callas tú ahora, verdad?

Sí. Yo callaba. Estaba seguro de que si un día yo me aventuraba a repetir en voz alta esta lección, se reirían de mí las Empresas y las organizaciones Laborales. Y me dirían:

-Padre: usted dispense. Una cosa es la sociología, y otra, literatura romántica y barata. No desorbite usted las cosas, por favor.

-¿Has oído, Cristo Roto?

***
Encontrar un buen puesto de trabajo es difícil.

En cambio, qué contraste, encontrar a Dios es fácil.

Conseguir una colocación espléndidamente retribuida es suerte reservada a muy pocos.

Conquistar el corazón de Dios, supremo e incalculable tesoro, está a la mano de todos.

Y con ser Dios la máxima adquisición, no necesitamos para alcanzarlo, el montón enojoso de cartas, recomendaciones, influencias, solicitudes, pólizas, visitas y regalos, que son preludio inevitable para tratar de conseguir esa colocación con que soñamos y que casi siempre, a pesar de tantos y tan calculados trámites, se escapa de nuestras manos.

Para llegar a Dios hay un camino elemental y fácil.

A disposición y en poder de todos.

De eficacia infalible.

Los pies rotos de un Cristo clavado en la cruz.

Aquí está el punto flaco de Dios.

Dios cojea ¡de sus dos pies clavados!

El prodigioso pueblo griego, que en invención de su Mitología pugnaba por acercarse a Dios, presintiéndolo y adivinándolo en bocetos equivocados e informes, pero luminosos siempre, nos dejó en Aquiles un lejano vislumbre y anticipo.

Con su doble y opuesto origen: inmortal por parte de madre, Tetis, diosa del mar; y sujeto a la muerte por su padre, Peleo, aunque príncipe, siempre mortal; el héroe de Troya, se erguía invencible entre sus enemigos.

Ningún arma podía causarle daño, porque su madre inmortal consiguió hacerlo invulnerable.

Tan sólo existía un punto en su cuerpo ‒pero esto era secreto de los dioses- susceptible de herida mortal. Y estaba precisamente en su pie, en su talón: el talón de Aquiles.

La flecha mortal del dios Apolo, que conocía el punto flaco de Aquiles, le buscó el pie, se clavó en su talón y lo venció dándole muerte.

El punto flaco de Dios está en sus pies.

Infinito e invencible, tiene una brecha vulnerable para el ataque.

Las flechas de los clavos nos enseñan el camino.

Que sigan nuestros labios la dirección de los clavos; que se hagan flechas de besos sobre los pies de un Cristo Crucificado. Y beso a beso venceremos a Dios.

Lo conquistaremos.

El beso de nuestros labios sobre sus pies repercute instantánea y eficazmente en su Corazón.

Si alguien lo duda que repase el Evangelio.

Una mujer de vida pública ‒con la terrible cruz- conquistó a Cristo por el camino fácil de sus pies.

Supo dar con el flaco de Dios.

Con su punto vulnerable.

Cristo asistía a un Banquete invitado por un Fariseo. La mujer pecadora se acercó por detrás, aprovechó la postura propicia en que estaba sentado el Maestro, cayó de rodillas en el suelo y sus dos manos, certeras, se apoderaron de los pies de Cristo.

Presos ya entre sus manos, se lanzaron luego sobre los pies las flechas de sus besos.

María Magdalena los besaba y besaba amorosa y penitencialmente.

Entre los besos, sobre los pies de Cristo, cayó un segundo ataque: las lágrimas de María, dardos líquidos e incandescentes de arrepentimiento.

Por si fuera poco, entre los besos y las lágrimas, sobrevino un tercer ataque: el chorro perfumado de una libra entera de esencia purísima de nardo; ofrenda femenina de una mujer que lo entrega a Dios todo.

Y para asegurar la conquista preparada por el triple amoroso ataque llega el cerco y el asedio definitivo: la cabellera de María Magdalena envuelve en su red ‒imposible la fuga- aquellos dos pies de Cristo atacados por sus besos, sus lágrimas, sus caricias y la esencia de nardo…

Dios no tuvo más remedio que rendirse ante el ataque.

Habían dado con su punto flaco.

María Magdalena adivinó que Dios cojeaba de sus dos pies. Y acertó.

-“A esta mujer se le ha perdonado mucho porque ha amado mucho”.

Esta mujer ha enseñado a los hombres el atajo sin trabajo para llegar a Dios.

Un beso sobre los pies de Cristo.

***
Aprende, amigo, el ataque.

Conquista a Dios por el flaco de sus pies.

¿Hace mucho que no besan tus labios un Cristo Crucificado?

En tu casa hay un Cristo en cruz.

Es el jefe y cabeza de tu hogar.

Te lo regalaron en el día de tu boda y lo clavaste en tu alcoba, sobre tu cama, para que presidiera desde la cruz todas las vicisitudes de la familia.

Tal vez, desde entonces, no le has vuelto a dar un beso.

Y es que lo has puesto muy alto.

No llegas, desde el suelo, a besarlo.

Tendrías que encaramarte sobre una silla.

Allá arriba, a donde no llegan tus labios, no alcanza tampoco fácilmente el plumero; y tu Cristo en Cruz es probable que tenga polvo, y hasta quizá alguna telaraña.

Es fácil que se haya convertido en uno de tantos elementos decorativos de un hogar cristiano.

¿Cuánto tiempo hace que con sus brazos abiertos y sus pies clavados espera un beso de tus labios?

En aquel Banquete en que María Magdalena venció por amor, Cristo se quejó en voz alta del Fariseo que lo había invitado a comer, pero que no le había besado al llegar. Mientras contaba las cataratas de besos que hacía estallar a María sobre sus pies, echaba de menos el beso que no quiso darle el Fariseo…

Lo has convidado, amigo, a convivir en tu casa. Lo has colocado en la presencia de tu hogar.

No le niegues tus besos.

Los echa de menos.

No claves tan alto a tu Cristo en Cruz.

El crucifijo se ha hecho para estar a la altura de nuestros labios.

En su colocación, por encima de la estética, manda el amor.

***
¿No tienes, amigo, un Crucifijo pequeño, tuyo, personal, en tu mesita de noche?

Bésalo siempre.

Cuando se ama no se cuentan las veces.

Bésalo todas las noches.

Que un beso sobre los pies de un Cristo selle la jornada de cada día.

Bésalo como sea. Aunque tengas los labios fríos, indiferentes, helados.

Aunque los sientas sucios, pecadores, asquerosos.

Bésalo así.

Cristo tiene clavados los pies, no para ser besado por los ángeles, que con estar tan altos no llegan a ellos. Cristo espera el beso de los pecadores. Que por nosotros, y sólo por nosotros, está en la Cruz.

Los labios de un hombre que obstinadamente besan los pies de Cristo, tarde o temprano, beso tras beso, acaban por purificarse y redimirse.

Un escultor puede con su gubia tallar en la madera de Cristo Purificado.

Todos podemos durante nuestra vida, beso a beso, tallar en nuestro propio Crucifijo los pies redentores de nuestro Cristo.

Y todos soñamos, todos -¿verdad?-, con que el último beso de nuestra vida sea para los pies llagados del Cristo de nuestra muerte.

Que la cadena de todos los besos ‒buenos y malos- de nuestra existencia, quede eternamente colgada, por su último eslabón, como ofrenda y homenaje, del clavo que atraviesa los pies de nuestro Crucifijo.

La cadena de una esclavitud trocada en guirnalda de liberación.

Y llegar así seguros, en nuestra muerte, por los pies de Cristo, camino infalible, hasta los brazos del Padre.

Porque, no lo olvidéis nunca, amigo:

¡Dios cojea en la Cruz de los dos pies!

Buenas noches, amigos.

Y hasta mañana.

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Fin de la cuarta etapa de “Mi Cristo Roto”
En breve continuaré con la quinta y última etapa.


Iikesex6996 42F

6/5/2006 5:51 am

Hola Hermanita!

Bueno que te puedo decir? solo que no se porque leer esto me ha hecho brotar algunas lagrimas siento que me ha llegado muy hondo...algo a tocado dentro de mi...
Soy Judia de nacimiento mas no profeso mi religion y veo solo el judaismo como cultura y no como religion...
Yo creo en Dios y le respeto y amo dentro de mi...puedo sentir su prescencia cada diay mantengo una comunicacion con el, como mi mejor amigo...no le adoro en ningun templo y solo estoy con el en la intimidad de mi pensamiento y mi corazon...
Por convicsion algo dentro de nosotros nos dice que esta bien o que esta mal y solo le pido sabiduria para poder distingir...
respeto todas las religiones mas yo solo me dejo guiar por lo que siento, no puedo ser no creyente y negar su existir porque negarle seria negarme ami misma y es que aunque la vida me ha golpeado duro aun asi mas se afirma el lazo entre el y yo...
no comprendo a veces las cosas, los motivos, mas los respeto y he aprendido que siempre hay una razon para todo aunque en el momento no se comprenda...tengo dolor, siento frustracion y solo se que como humano puedo sentir todas estas emosiones buenas, malas, sin ofenderlo a el y se que el me comprende...

en fin solo se que en mi interior creo en Dios...sea cual sea su color,su credo o su religion...

besitos

Asyk

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Luz_de_vela 39F

6/8/2006 11:56 pm

Bienvenida Asyk,

Que alegría encontrarte aquí, en mi bitácora. Y especialmente que hayas dejado expresadas tus convicciones personales y tu manera de sentir y pensar.

Si lo deseas, apreciaría conocer más acerca de tu visión personal del judaísmo como cultura y en relación a tí misma.

Comparto contigo el respeto por todas las religiones y quienes las profesan.

A mí no me inculcaron ninguna religión ni tuve que practicar alguna. Sólo me enseñaron a respetarlas a todas y que de elegir alguna fuera por mi propia convicción y cuando decidiera hacerlo. Lo cual agradezco y valoro infinitamente.

Te deseo todo lo mejor en todo sentido y que el Dios en el que crees, ese con el que hablas y consideras tu mejor amigo, te dé fortaleza para superar ese dolor y entendimiento para resolver esas frustraciones. Y que también te muestre el camino para descubrir y disfrutar el lado positivo de tu vida.

Con todo respeto y cariño recibe un beso de tu hermanita,
Luz de vela


rm_alcion71 45M
4357 posts
6/9/2006 12:46 am

Qué bonito, Luz de Vela. Como es un poquito largo y va por partes, me tomaré un poquito de tiempo para leerlo con tranquilidad.

Besos.


Luz_de_vela 39F

6/9/2006 1:49 pm

Hola Alción,

Bienvenido nuevamente al mundo de los blogs después de tanto trabajar en el otro mundo !!!

Lo que menos deseo es que tengas que tomarte el trabajo -justamente aquí- en mi blog, de leer este escrito tan extenso !!!

Y menos aun cuando tienes que ponerte al día, como has dicho, con los blogs de todos los amigos.

Con que hayas pasado es más que suficiente. Por eso valoro aun más que me hayas dejado tu cariñoso post.

Besos,
Luz de vela


Roxxxana10 41F

6/11/2006 8:38 pm

Luz de Vela... es la primera vez que visito tu blog, y ha valido la pena, gracias por compartirnos este texto, un beso desde México!!!


Luz_de_vela replies on 6/12/2006 7:56 pm:
Roxxxana10,

Bienvenida a mi blog, gracias por dejar tu post aquí.

Y gracias por tu palabras. Te deseo lo mejor.

Recibe un cordial saludo desde Venezuela,
Luz de vela

rm_elpotro2005 48M
961 posts
6/14/2006 1:16 am

argentina_blog
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.
AMIGA QUERIDA..
PASABA PARA SALUDARTE...
MUCHOS BESOS
Juan José


Luz_de_vela 39F

6/14/2006 10:37 am

Hola querido amigo

Muchas por gracias por tu amable visita y tus saludos.

Besos,
Luz de vela


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