COMPRAVENTA DE CRISTOS  

Luz_de_vela 39F
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4/28/2006 2:37 pm

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11/14/2006 4:39 pm

COMPRAVENTA DE CRISTOS

A todos mis amigos y lectores,

Hace años, cuando encontré este pequeño libro de tapas color amarillo ocre, lo atesoré entre mis preferidos. Parecería una contradicción porque no soy católica.

Aunque respeto todas las religiones, yo sólo creo en un Dios a mi manera donde mi cuerpo es su templo.

Pero pensar así no me hace ciega para dejar de leer y valorar al Cristo que revela el sacerdote jesuita Ramón Cué Romano ( 1914 ‒ 2001 ) en su obra “Mi Cristo Roto”.

Es en este Cristo Roto que me veo reflejada y veo reflejado a mi prójimo.

Pues entonces, vaya dirigido este “Cristo Roto” a todos aquellos que lo deseen leer por primera vez o releer los que ya lo conocen. Profesen o no la religión católica.

Quiero agregar que también tuve el privilegio de oír directamente la voz del Padre Ramón Cué relatando los cinco momentos en los que él mismo describe y transmite su vívida experiencia con ese Cristo Roto. Esta grabación, que data de los años 60, la considero única e insuperable en calidad por su realismo.

“Compraventa de Cristos”, es la primera de las cinco etapas de esta historia según el libro que he tipeado renglón a renglón, sin omitir ni siquiera una coma ni un punto para no mutilarlo…

Con todo respeto y mis mejores deseos para todos,
Luz de Vela


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MI CRISTO ROTO

Aclaración,

La presente edición de MI CRISTO ROTO es absolutamente fiel al espíritu y palabras
con que estas meditaciones han surgido desde la pantalla de la televisión.

Creímos que hay en ello todo un espíritu y carga afectiva que había de respetarse desde
el “Buenas noches amigos”, hasta el “Hasta mañana”.

El lector se sabrá de esa manera acogido en el coro de muchos hermanos que han escuchado en familia o en grupos, lo que él lentamente absorbe en el espíritu con su reflexión personal.

Los Editores


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Compraventa de Cristos

BUENAS NOCHES, AMIGOS:

Voy a hablaros, en estas meditaciones, de "Mi Cristo Roto”.

Es una historia íntima, sencilla, insignificante.

Como para contarla a media voz, en esta hora propicia, de versos y de música a media noche, cuando va a cerrar su programa Televisión Española.

Ya duermen, soñando -o sin soñar, que es mejor- con ángeles, vuestros niños. Me alegro. No es todavía para ellos esta historia. La comprenderían muy mal.

Es para nosotros, los hombres, un poco cansados del día; y otro poco ‒o mucho- cansados de la vida.

Y ojala esta historia, como un cuento sencillo, nos contagie el sueño bueno, sin sobresaltos ni insomnios, de vuestros niños.

***

El protagonista es “Mi Cristo Roto”.

Lo encontré en Sevilla. En la “Casa del Artista”, prolongación del “Jueves”; ese
pintoresco doble sevillano del “Rastro” madrileño. A los domingos del “Rastro” opone
Sevilla sus “Jueves”.

Y se dice: ir al “Jueves”.

Pues yo fui al “Jueves”; y en el “Jueves” encontré a mi Cristo.

Y lo compré en jueves. ( Judas también lo vendió en jueves. )

Pero antes de deciros cómo, permitidme en esta hora de intimidad, dos confidencias.

Una, que me encanta ir al “Rastro”; casi tanto como al teatro; y más que al cine. Es un
sabrosísimo espectáculo vivo. Y cuando no hay “Rastro” me meto en un “Anticuario”. Aunque esto sea una dolorosa tentación para la vista. Yo salgo de los “Anticuarios” sin poder caer en la tentación de comprar nada. Y cada día menos…

La otra confidencia que, dentro del arte, me subyuga el tema de Cristo en la Cruz. Y que se llevan mis preferencias los Cristos barrocos españoles. Y si mi urgís, más los andaluces; finos, elegantes, aristocráticos. Con menos músculo que los Cristos castellanos. Menos atletas fornidos; más esbeltos e intelectuales.
No sé lo que daría por ser dueño absoluto de un Cristo de Mesa, Montañés, Cano, Mena o Ruiz Gijón…

Si fuera mío -¡mío!- el “Cristo de los Cálices”, de Montañés en Sevilla, me sentiría el más afortunado millonario del universo.

Todo esto es para explicaros por qué soy asiduo visitante del “Jueves” en Sevilla. Siempre pienso: Si yo encontrara en el “Jueves” un Cristo sevillano, pequeño, de buena talla, barato...

Y me voy al “Jueves”. Nunca lo he encontrado en estas dificilísimas condiciones. Sé que es imposible. Pero a sabiendas de ello recaigo en la tentación.

La última vez fue el mes pasado, en compañía de un buen amigo mío, Pepe Zarazaga, un trianero que vive en San Jacinto, y que anda también en su vida detrás de un Cristo. Mejor dicho: detrás de Cristo.

Nos incorporamos primero al río alborotado que es el “Jueves”; torrente humano de oleajes encontrados, por el cauce central de la calle, entre las dos riberas de puestos callejeros, en que se exhiben, sobre la acera o sobre mesas y cajones, los más diversos e inverosímiles objetos. Todo revuelto.

Porque a Cristo -¡que lección!- se le puede encontrar entre tuercas y clavos, chatarra
oxidada, ropa vieja, zapatos y libros, muñecos rotos o litografías románticas. La cosa es saber buscarlo: porque Cristo anda y está entre todas las cosas de este revuelto e inverosímil “rastro” que es la vida.

Pero aquella mañana no lo encontramos en el “Jueves” de Sevilla. Y nos aventuramos por su prolongación: “La Casa del Artista”.

Más fácil encontrar allí a Cristo. Pero, mucho más caro. Es zona ya de “anticuarios”. Es el Cristo con impuestos de lujo. El Cristo que han encarecido los dólares del turista americano.

Porque desde que se intensificó el turismo también Cristo está más caro.

Por eso entramos en aquel sector internacional y peligroso con prevención y alerta.

Visitamos inútilmente dos o tres tiendas: ni un Cristo asequible.

Andábamos por la tercera o cuarta…

Yo confieso que me siento a gusto en medio de ese delicioso desorden de cosas bellas, ricas y nobles. Teniendo cuidado de no tropezar con una porcelana o no pisar un bajorrelieve…

-¿Quiere algo el Padre?- me preguntó obsequioso el anticuario.

-Dar una vuelta nada más por la tienda. Mirar, ver…

-No faltaba más, Padre, pase y vea.

Iba como de puntillas en aquel universo encantando: bargueños, porcelanas, tapices,
tallas, tibores, mármoles, azulejos, damascos, cerámica… y santos, santos; muchos santos. De todos los tamaños, estilos y procedencias. Parecía una “liquidación” de santos. La santidad puesta en venta. Nunca se ha negociado tanto con ellos. Pero no por lo que tienen de santos, sino por lo que tienen de bellos o exóticos. Es un signo de la época.

Y nunca se han falsificado tantos santos.

Ni tantos ángeles. Se han puesto de moda los ángeles barrocos como motivo ornamental. De la altura gloriosa de un retablo han caído hasta el servilismo humillante de sujetar una bombilla eléctrica…

Hoy que tanto escasean los ángeles de carne, poblamos de viejos ángeles policromados la decoración civil de casas, hoteles y paradores de turismo…

¡Cuántos ángeles caídos!

Pensaba en todo esto, cuando de pronto, frente mí, acostado sobre una mesa con incrustaciones, vi un Cristo sin Cruz.

Iba a lanzarme sobre El, pero frené mis ímpetus, no fuera a delatar mi interés por aquel objeto ante los ojos del anticuario que perseguía todos mis movimientos.

Disimulé. Di un rodeo. Me acerqué de nuevo discretamente. Miré el Cristo de reojo… Y ¡me conquistó desde el primer instante!

Claro que no era precisamente lo que yo buscaba. Era un Cristo todo roto. Pero esta misma circunstancia me encadenó a El. No sé por qué.

Fingí interés primero por los objetos que le rodeaban y los tomé entre mis manos, para
dejarlos en seguida: un marfil, un cobre, una miniatura. Hasta que mis dos manos se apoderaron del Cristo. Dominé mis dedos para no acariciarlo…

No me habían engañado los ojos, no; debió ser un Cristo muy bello. Porque ahora, casi, casi, no era Cristo.

Era un impresionante despojo mutilado.

Por supuesto, no tenía Cruz. Le faltaba media pierna, un brazo entero; y aunque conservaba la cabeza, había perdido la cara… Pero en lo que restaba de aquel bello cuerpo, había tales proporciones, tan serena y perfecta anatomía, tal esbeltez de torso y piernas, tan sobriamente tratado el paño de su cintura, que desde el primer momento me decidí a quedarme con El.

Volví a acostarlo ‒con más cuidado ahora, como si se pudiera lastimar- sobre la mesa en que estaba antes. Y seguí examinando, sin verlos, marfiles, maderas, porcelanas…

Pero yo seguía pensando: ¿Será muy caro?

Imposible. Si está todo roto. ¿Habrá notado el anticuario mi interés por el Cristo y querrá aprovecharse? ¿Tendré que quedarme también en mi vida sin este Cristo por falta de dinero? ¡Me ha pasado tantas veces!

Había que decidirse y abordar el problema. Pregunté primero el precio de un camafeo, luego el de un marfil. Fingí disgusto:

-Lástima: es todo muy caro…

-¿Caro? Pues, ¿cuánto me da usted?

No contesté. Pensaba en el Cristo. Me decidí. Lo tomé en mis manos; y adoptando una absoluta indiferencia le pregunté:

-Y, ¿esto?

No me atreví a llamarlo “Cristo”. Estaba tan mutilado. Era casi más una “cosa” que un “hombre”.

-Y, ¿esto?

Tal vez preguntando así lograría un precio más económico.

Pero me equivoqué.

Se acercó el anticuario. Tomó el Cristo Roto en sus manos y exclamó:

-¡Oh, es una magnífica pieza! Se ve que tiene usted gusto, Padre, y sabe valorar las cosas. Ya lo creo; fíjese que espléndida talla, que buena factura. Este Cristo es, sin duda, de un buen escultor. Al menos de una buena escuela.

Y la verdad es que tenía razón en todo lo que decía. Estábamos de acuerdo. Yo traté de rebajar los méritos por otro camino.

-Sí, pero está tan roto, tan mutilado. Le faltan un brazo y una pierna. Ni siquiera tiene cara. No tiene importancia, Padre. Aquí al lado hay un magnífico restaurador, amigo mío, que se lo deja a usted nuevo. Este Cristo, restaurado, se lo digo yo, es una pieza de museo.

Exageraba. Temblé. Me iba a quedar sin Cristo otra vez.

-Bueno; y, ¿qué precio tiene?

Volvió a ponderarlo, a alabarlo; lo acariciaba entre sus manos. Pero no acariciaba a Cristo, no: acariciaba la mercancía que se le iba a convertir en dinero. Aquello me dolió más. Insistí:

-¿En cuánto me lo vende?

Dudó. Hizo una pausa. Miró por última vez al Cristo. Fingió que le costaba separarse de él; y me lo alargo en un arranque de generosidad, diciéndome resignado y dolorido:

-Tenga, Padre; lléveselo; no es dinero, lléveselo. Por ser para usted ‒y conste que no
gano nada-, tres mil pesetas nada más. ¡Se lleva usted una joya!

Me quedé con las manos en el aire, extendidas y pasmadas, sin acabar de coger el Cristo.

-¿Tres mil pesetas? ¡Qué disparate! Es carísimo…

Y volví la espalda tratando de interesarme en no sé que objeto que quedó frente a mí.

-¿Muy caro dice? Pero ¿usted se ha fijado bien en lo que se lleva?

-Naturalmente ‒dije yo sin volverme-. Es carísimo.

Y así, de espaldas, empezamos, el anticuario y yo, a regatear sobre un Cristo. El, el vendedor, exaltaba las cualidades de Cristo para mantener la cifra. Yo, sacerdote, le mermaba méritos al Cristo para rebajar el precio.

Me estremecí de pronto en medio del regateo. Disputábamos el precio de Cristo como si fuera una simple mercancía. Volcábamos sobre Cristo la lucha vil de la oferta y la demanda.

Y me acordé, claro, de Judas.

¿No era aquello, también, una compraventa de Cristo? Sí, es verdad, de un Cristo de madera. Pero cuántas veces vendemos y compramos a Cristo ‒no de madera, de carne- en El y en nuestros prójimos.

Nuestra vida es muchas veces una compraventa de Cristos.

Indudablemente Judas quería más y los sacerdotes le ofrecían menos. Como yo entonces. Y Judas fingía irse -¡cómo yo!-, para volver de nuevo al regateo. Y los sacerdotes simulaban no interesarles tanto el comprar a Cristo -¡cómo yo entonces!- para volver otra vez a insistir en el precio.

Total: lo de siempre; cedimos los dos. Nos avenimos los dos. Como Judas y los sacerdotes judíos. El anticuario, calculadamente, había pedido demasiado, para no perder tanto en la rebaja ya prevista. Yo conseguí nivelar el precio. Y el que perdió, como en Judas, como siempre, fue Cristo.

Resultó despreciado; porque de las tres mil iniciales en que había sido valorado, me lo rebajaron a ochocientas pesetas.

Indudablemente el anticuario hizo negocio, como siempre, con aquel Cristo.

Y yo pagué por El ochocientas pesetas.

Me lo entregó medio enfundado en un mal papel viejo y arrugado que no lograba envolverlo del todo.

¿Para cuántos diversos paquetes habría sido ya usado aquel papel?

Antes de despedirme le pregunté si sabía la procedencia del Cristo y la razón de aquellas terribles mutilaciones.

En su información, tan vaga e inconcreta como suelen serlo las de ciertos anticuarios, me dijo que procedía de un pueblo ‒no recordaba el nombre- de la Sierra de Aracena, en Huelva. Y que las mutilaciones se debían a una profanación de que había sido víctima allá por el año treinta y seis, cuando lo de la guerra española…

Me lo había imaginado desde el principio.

Apreté a mi Cristo con cariño y salí con El a la calle. Me acompañaba Pepe Zarazaga.

***

El artista restaurador que me recomendó el anticuario estaba cerca.

Entramos.

Le enseñé el Cristo. Y volvimos a hablar de dinero:

-¿Cuánto me cobraría usted por restaurar este Cristo?

El restaurador tomo la talla rota en sus manos, la examinó en silencio, le dio mil vueltas.

-Está estropeadísimo. Le faltan muchos miembros. Tengo que reponerle una pierna y un brazo enteros. Restaurarle casi todos los dedos que le han quedado astillados al arrancarlo de los clavos; repasarlo todo para igualar la talla…
Ponerlo en una Cruz. Y, sobretodo, esto es lo comprometido, tallarle, entera, la cara.

Ante esta prolija enumeración me eché a temblar. Trataba de justificar su precio. Insistí seco y tajante:

-Bueno, y ¿cuánto me cobra en total? ‒Pues, verá usted; dejándoselo nuevo… es un precio especial, me ha gustado la talla y le he tomado cariño al Cristo; por ser para usted, serán solamente mil quinientas pesetas.

-Muy caro.

-Es mucha obra. Está destrozado. Mírelo.

-Aun así, es muy caro.

Traté inútilmente de provocar un regateo. Fue inútil esta vez. No conseguí rebaja ninguna.

Me costaba más restaurar un Cristo que hacerlo de nuevo. Lo de siempre. ¡Qué misteriosa y profunda verdad!

Me acordé de la posibilidad de otros amigos restauradores que me lo harían más barato seguramente.

-Lo pensaré ‒le dije-. Y volveré por aquí.

-Como usted guste ‒ya sabe donde me encuentra.

***

Envolví de nuevo al Cristo en el papel viejo y escaso y salí a la calle, acompañado siempre por Pepe Zarazaga.

Pepe se ofreció primero a llevarme el Cristo Luego me lo suplicó, insistente. Yo no se lo cedí. Fui un egoísta. Lo confieso.

Yo saboreaba la posesión de aquel “Cristo Roto” que al fin era “mío” y lo apretaba contra mí amorosamente.

Con aquel mal envuelto paquete debajo del brazo avanzábamos, Pepe y yo, comentando la compraventa, por el laberinto bullicioso de las calles sevillanas.

Era al atardecer. Cerraba el comercio. Obreros, muchachas, dependientes, oficinistas, regresaban con prisa a sus casas. Les esperaba el cine, el amigo, la novia, el bar, el paseo.

Ibamos a contrapelo de aquel mundo enfebrecido.

Costaba avanzar por las calles estrechas.

Había que abrirse paso entre roses y empujones.

Yo defendía a mi Cristo.

Alguien, al pasar, tropezó con mi paquete y rompió más aun el escaso papel del envoltorio.

Yo no lo advertí entonces.

Pero al poco tiempo, al salir a calles más espaciosas y menos congestionadas, caí en la
cuenta que los transeúntes me miraban insistentemente con ojos extraños e interrogantes.

-¿Por qué nos mirarán? ‒le pregunté a Pepe.

Pepe volvió la cara y me examinó de arriba abajo.

-Por el Cristo; mire como lo lleva, Padre. Efectivamente, roto el papel que mal lo envolvía, quedaba al aire la parte más mutilada de mi Cristo: un torso destrozado sin brazo derecho y sin cara… Al aire. En una triste y cruel exhibición.

Me estremecí. Por las calles de Sevilla yo paseaba, debajo del brazo, a medio envolver, el cadáver yerto y destrozado de un Cristo sin Cara…

Me sentí culpable. Verdugo. Profanador.

Como si hubiera violado el sepulcro de Cristo y raptado su cadáver.

Traté de envolverlo cuidadosamente, uniendo los papeles rasgados y ocultando
pudorosamente a las miradas callejeras e indiscretas los miembros mutilados de mi pobre Cristo Roto.

Eché de menos la sábana blanca en la que Nicodemus y José de Arimatea llevaban envuelto camino del sepulcro nuevo, otra tarde trágica, la del primer Viernes Santo, el cuerpo de Cristo…

Y le dije a mi amigo:

-Tú, Pepe, serás José de Arimatea; y yo, Nicodemus, por las calles de Sevilla. Anda,
llévalo un rato.

Y le dejé mi Cristo.

-¿No te parece, Pepe,bque todas las tardes, son tardes de entierro, perpetuamente, para
Cristo?

Nos miraban antes los transeúntes extrañados porque llevábamos por la calle, sin envolver, un Cristo Roto… -Pepe, fíjate, observa; ¿no crees, Pepe, que muchos, muchos de estos hombres y mujeres con que nos cruzamos, pasean por la calle un Cristo Roto invisible? El Cristo Roto de su alma, más roto y más mutilado que el nuestro. ¿Verdad que sí, Pepe?

Cerraba el comercio. Coches, taxis, trolebuses, motos, gasolina.

La gente salía del trabajo; obreros, empleados, dependientes, señoritas, oficinistas… Marchaban a toda prisa al cine, a casa, al paseo, al bar, a la cita de la novia… ¡Con un Cristo Roto debajo del brazo! ¡Con el alma rota!

Esta alma nuestra, que creemos esconder y disimular en la envoltura de nuestro cuerpo, pero que siempre, por algún sitio, por alguna rotura ‒ojos, labios, manos, gestos-, nos traiciona y muestra al desnudo sus miserias…

Incapaz el cuerpo, papel sucio y viejo, de envolver el alma.

-Mira, mira, Pepe; todos somos y caminamos como un paquete mísero de un Cristo
Roto.

Pepe, ¿cuándo acabaremos de enterrar a Cristo? ¿Cuándo dejará de ser Viernes Santo? Para que resucite, Pepe. ¡Para que resucite!

***

Al cabo, ya de noche, cerré la puerta de mi habitación y me encontré solo, cara a cara con mi Cristo.

Había dejado el paquete, tal como venía de la calle, encima de mi mesa; sin disponer de tiempo, acaparado por las ocupaciones, para contemplarlo y disfrutarlo sabrosamente.

Ahora sí. Porque al cerrar la puerta de mi cuarto, pude también cerrar con ella todas las puertas de las preocupaciones, compromisos, visitas, llamadas telefónicas…

Todo quedó fuera en la noche, detrás de mi puerta cerrada. Sobre mi mesa el Cristo Roto.

Me acerqué al paquete; y cuidadosamente con tacto de enfermo que descubre una llaga, libré a mi Cristo de la arrugada envoltura, con miedo de lastimarlo…¡Podía hacerle daño en tantos sitios! Todo El era una llaga en carne viva.

Aplasté el papel entre mis dos manos y tiré la bola arrugada a la papelera. Miré al Cristo desnudo. Libre ya de envolturas.

¡Qué ensangrentado despojo mutilado!

Y me dió la impresión que había tirado al cesto una venda. ¿No tendría sangre por algún sitio?

Pobre Cristo. Un poco más y deja de ser Cristo. Era mío. Lo había comprado por
ochocientas pesetas. Quise entrar en su posesión sellándola con un beso. Un beso que borrara el precio y el regateo. Un beso ‒el primero- de bienvenida a mis brazos y a mi vida.

Lo levanté entre mis dos manos y lo acerqué a mis labios. Pero el beso me preguntó: ¿En dónde? ¿En que parte me poso, que no esté rota? Yo nunca me he atrevido a besar a un Cristo en la cara. ¿Quién es digno? Me parece repetir el gesto de Judas que se atrevió a besar su mejilla… Le beso las manos. Las llagas.

Y siempre los pies. Los dos. Porque casi siempre están tan juntos, que con un solo beso, como un solo clavo, le atravieso los dos pies.

Pero ahora,… ahora le faltaba la pierna derecha; y no estaba completo el pie izquierdo, el único que le dejaron.

Fue un beso nuevo, extraño, incómodo.

Mis labios no encontraron el molde conocido y saboreado de los pies de Cristo.

No sabían besar aquel solo pie roto. Sin compañero y sin clavo. No sosegaba mi boca en la posesión del beso.

Me daba la impresión de que los labios se me llenaban de astillas y de sangre.

Y, sin embargo, desde que lo probé, prefiero el beso incómodo y punzante sobre el único pie izquierdo y astillado de mi pobre Cristo Roto.

***

Pero, antes de continuar, mis amigos televidentes, os voy a enseñar mi Cristo.

Supuse que al oírme hablar de El, os iba a interesar conocerlo. Y lo he traído a los Estudios de Televisión Española.

Este es. Miradlo. “Ecce Homo”. ¡He aquí al Hombre!

¿A qué os gusta? ¿Verdad que es muy bello?

Que perfecta anatomía en su pecho, en su torso, en su vientre. Que sobria y discretamente tratado el paño de su cintura. Qué esbelta y proporcionada su pierna. Qué elegante y fino el brazo. Qué varonil y apretada su musculatura.

Pero, claro, le falta entero su brazo derecho. El izquierdo lo tiene mal adherido al hombro; y la mano quedó partida al arrancársela violentamente del clavo…

Le falta la pierna derecha, seccionada por la mitad del muslo. Conserva la izquierda, pero pegada a prisa y sin cuidado.

Y, sobre todo, está sin cara. Se la rebanaron literalmente. Cristo sin rostro. Cristo anónimo. Fantasma.

Pero es muy bello, ¿verdad?

Aunque muy triste.

***

Así, con amorosa pena, como vosotros ahora, lo estaba yo contemplando entre mis manos aquella primera noche, en mi cuarto, solo los dos, después del primer beso.

¿Quién lo mutilaría tan cruelmente, el año treinta y seis, en la Sierra de Aracena?

Yo no sé si habrá en la historia un año en que hayan perecido tantos Cristos, y tan bellos. Por el hacha, por el petróleo, por el fuego. Para alimentar la calefacción. O cebando un horno para cocer el pan.

Imposible hacer un cálculo.

Sólo Dios tiene completa la estadística de los Cristos sacrificados.

***

Y los Cristos que entonces se salvaron, siguen condenados a muerte por el Comunismo.
Están los primeros en la lista negra.

Aunque, tal vez no.

El Comunismo ha cambiado de táctica.

No les resulta práctico quemar Cristos.

Está ya muy visto.

Y, sobre todo, muy mal visto. No es buena política exterior.

Hoy prefiere el Comunismo respetar a los Cristos ‒que al fin son imágenes de madera y de pasta- y atacar la claridad de las ideas y los criterios.

Hoy el Comunismo no usa ni el petróleo, ni el hacha, ni el fuego. Hoy maneja la niebla. Una niebla que borre los contornos, que elimine fronteras, que desvirtúe límites. Una niebla que insensibilice y adormezca. Crear una mentalidad nebulosa en que tengan igual valor la verdad y la mentira. Porque ya no se sabe cuál es la verdad; porque se ha logrado el más peligroso y corrosivo fruto de una arriesgada convivencia para los incautos: no saber donde empieza el mal y dónde acaba el bien. Desprestigian la verdad a fuerza de hacerla convivir con la mentira. Y desprestigiada la verdad, ¿qué importa al
Comunismo que el mundo esté lleno de imágenes de Cristo, si ya han matado la más viva imagen de Cristo que es la Verdad?

Hoy, envueltos en la niebla equívoca de la convivencia, corremos el riesgo de no saber dónde está el enemigo agazapado.

Yo prefiero aquel Comunismo que quemaba y mutilaba Cristos. Que no disfrazaba ni
disimulaba su odio a Cristo. Tiemblo ante un comunismo refinado que sigue odiando Cristos y que tolera y aguanta calculadamente a los Cristos. Que se profesa ateo oficialmente y que oficialmente pone telegramas al Vaticano. Que oprime a la Iglesia esclavizada en sus dominios y que halaga en el extranjero a la Cabeza Visible de esa misma Iglesia.

Un Comunismo que ha llegado a erigirse frente a los mismos Obispos en intérprete de las Encíclicas de Roma tras el telón de acero.

Antes quemaba las Encíclicas. Ahora las alaba interpretándolas a su estilo. Ahora el
Comunismo, con las Encíclicas en la mano, acusa a los Obispos Católicos de no entenderlas ni cumplirlas.

Por eso al Comunismo le molesta que yo os enseñe por Televisión este Cristo Roto: Un mutilado superviviente de su táctica desacreditada.

Un testigo vivo de lo que fue el año treinta y seis.

Este Cristo Roto es la mayor acusación contra el Comunismo.

***

Así discurría yo aquella primera noche de mi primer contacto con mi Cristo recién comprado.

Y obsesivamente, como si me traicionara mi inconciente culpable y criminal, le pregunté dolorido, casi en alta voz:

-Cristo, ¿Quién fue el que se atrevió contigo?¿No le temblaban las manos cuando te astilló las tuyas arrancándote brutalmente de la Cruz? ¿Qué cara puso cuando te partió la cara? ¿Qué ha sido de él? ¿Vive todavía? ¿Dónde? ¿En la Sierra de Aracena? ¿Qué haría hoy si te viera en mis manos? ¿Se arrepintió?

-¡Cállate! -me cortó una voz invisible y tajante-. Cállate. Preguntas demasiado…

Comprendí que la voz era de mi Cristo. Lo tenía entre mis manos. Clavé los ojos en su cabeza buscando sus labios, fuente de su voz. Y me quedé paralizado al verificar que no tenía cara. Que me hablaba sin labios.

-¡Cállate, no preguntes más! ‒insistía su voz, más honda y susurrante.

Yo miraba en pasmo la superficie lisa de su rostro rebanado, en donde hubo un día ojos, oídos, boca.

¡Qué tonto! A veces nos olvidamos de lo elemental. Dios no necesita labios para hablarnos. Ni nosotros tampoco para gritarle a Dios.

Hay quien cree que no reza porque no mueve los labios; y tal vez está su corazón en perpetuo diálogo con Dios. Hay quién cree que Dios le va a oír mejor porque ha convertido sus labios en una incansable rutinaria máquina de rezos, mientras su corazón está en otra parte.

¡Qué elocuentemente me hablaba mi Cristo sin labios! Su voz era irresistible. Y eso que parecía mudo. Nunca he tenido un Cristo que me hablara tanto.

-¡Cállate!-

Su voz era mansísima; pero acerada y acosante:

-¡Cómo sois los hombres! Cuando se trata de los pecados ajenos, no se os agotan ni las preguntas, ni la curiosidad. Si es un escándalo público lo aprovecháis para desviar hacia él, liberándoos de ellas, vuestras propias ocultas responsabilidades. Pero, sobre todo, ¡cómo os cuesta a los hombres aprender a olvidar! ¡Cómo sois! Creéis que tengo un corazón tan pequeño y mezquino como el vuestro, que no acaba nunca, plenamente, de olvidar y perdonar. Cállate ya. No me preguntes ni pienses más en el quién me mutiló. Déjalo. ¿Qué sabes tú? ¿Qué sabéis los hombres? Déjalo. Respétalo. Yo ya lo perdoné. Olvidé lo que hizo. Yo me olvido instantáneamente y para siempre, de sus pecados, cuando un hombre se arrepiente. Yo perdono de una vez no por mezquinas entregas, con olvido infinito. Sin volver más a recordarlo.¡Déjalo!

-Sí, Señor; enséñame a olvidar y a perdonar.

Pero mi Cristo seguía hablándome:

-Oye, ¿por qué ante mis miembros rotos evocas el recuerdo de los que en la guerra del año treinta y seis mutilaron mis Imágenes y no se te ocurre recordar a tantos y tantos que ofenden, hieren, explotan y mutilan a sus hermanos, los hombres, en la posguerra? Cuál crees que es mayor pecado: ¿mutilar una Imagen de madera que solamente me representa, o mutilar una Imagen mía, viva, de carne, en la que palpito yo por la gracia del Bautismo y la incorporación a mi Iglesia? Os olvidáis de que todos los bautizados sois auténticos Cristos y unos a otros os hacéis daño, os traicionáis, os echáis zancadillas, os perseguís, os odiáis, os crucificáis… ¿No es peor mutilar a un Cristo vivo que a su Imagen de madera? ¡Hipócritas! Os rasgáis las vestiduras ante el recuerdo del que mutiló mi Imagen de madera, mientras le estrecháis la mano o le rendís honores al que mutila, física o moralmente, a los Cristos vivos, que son sus hermanos.

***

Yo estaba confuso, sin habla. La voz de Cristo, perceptible, en un susurro afilado, se me clavaba implacable y acusadora. Me acorralaba.

Por salir de ese cerco angustioso, por quedar bien con mi Cristo Roto, y por hacerle olvidar sus mutilaciones, se me ocurrió decirle:

-Es verdad, Señor; todos hemos mutilado millones de veces. Perdónanos. Yo, por mi parte, si tú lo apruebas, tengo un plan…

-¿Cuál?

Mi Cristo se interesaba por mi propuesta. Yo me sentía más tranquilo y cómodo: había logrado desviar hacia otro cauce la voz indomable del Cristo que denunciaba nuestro fariseísmo. Y traté de darle más importancia aun a mi sugerencia. Insistí -¡qué ridículos somos los hombres!- para ganarme a Cristo y pasarlo a mi bando.

-Tengo un plan, Señor, que te va a gustar. Se trata de Ti mismo… ¿No lo adivinas?

-Dilo de una vez ‒me atajó el Cristo Roto-; no quieras envolverme, como a un pobre hombre, en la red del halago y la palabrería. ¿Qué se te ha ocurrido? Dilo.

-Te voy a mandar a restaurar. No quiero, no puedo verte así destrozado. Restaurándote, pensaré que te desagravio por mí y por los demás. Ya verás que bien vas a quedar. Aunque el restaurador me cobre mil quinientas pesetas. Nos las tengo; pero las buscaré. Tú te lo mereces todo. Me duele verte así. Mañana mismo te llevo al taller del restaurador. Aquel que está en “La Casa del Artista”, junto al “Jueves”, dónde te compré. Me dijo que se comprometía a dejarte perfecto. Ya verás, Señor; te pondrá un brazo nuevo, te tallará otra pierna derecha, te completará los dedos que te faltan en los pies y manos. Te retocará e igualará todo en tu encarnadura. Estás acribillado de raspaduras y arañazos. Y, sobre todo, ya verás, te labrará un rostro maravilloso, una cara de Hombre-Dios, para que me mires y para que yo te mire y te contemple. Te restauraré para tener un Cristo Completo. No un Cristo Roto. Aunque me cobrara el doble. No puedo verte así. Me duele. Es la primera y última noche que estás mutilado siendo mío. Mío, tienes que ser y estar completo y perfecto. ¿Verdad que apruebas mi plan? ¿Verdad que te gusta?

No. No me gusta ‒contestó el Cristo seca y duramente-. Eres igual que todos. Me has defraudado. Y hablas demasiado.

Efectivamente, en su voz se quebraba el desengaño.

Yo me comprendía egoístamente mezquino y culpable. No supe ni pude replicar.

Hubo una pausa de silencio como un pozo negro e insondable.

Lo tenía en mis manos y sin embargo me sentía infinitamente lejos de mi Cristo. No coincidían nuestros pensamientos.

Una orden, tajante como un rayo, vino a decapitar el silencio angustioso:

-No me restaures. ¡Te lo prohíbo! ¿Lo oyes?

Yo le aseguré temblando y azorado:

-Sí, Señor, te lo prometo; no te restauraré.

Estaba desconcertado; nunca pude sospechar que un Cristo Roto pudiera hablarme con tanta entereza y energía.

Luego suavizó inmensamente el tono de su voz y añadió como quien pide una limosna:

-Gracias. ¡Te suplico que no me restaures!

Si el mandato anterior me había pulverizado, la súplica de ahora acababa por conquistarme definitivamente.

Sólo Dios, sólo un Cristo, dispone de esos inclasificables tonos de voz.

-Descuida, Señor. Puedes estar seguro de que no volveré a pensar más en restaurarte.

-Gracias ‒me contestó el Cristo, acariciándome con su voz de mansísimo agradecimiento- Gracias.

Su tono volvió a darme confianza, y me atreví a preguntarle:

-¿Por qué no quieres que te restaure? No te comprendo.

-Ya lo veo… -replicó lejanamente triste.

-¿No comprendes, Señor, que va a ser para mí un continuo dolor, cada vez que te mire, tenerte roto y mutilado? ¿No comprendes que me dueles?

-Eso es lo que quiero: que al verme a Mí roto, te acuerdes siempre de tantos hermanos tuyos que conviven contigo, desconocidos y lejanos, y que están como Yo, rotos, aplastados, indigentes, oprimidos, enfermos, mutilados… Sin brazos, porque no tienen posibilidades ni medios de trabajo; sin pies, porque les han bloqueado los caminos y no pueden dar un paso adelante por la vida; sin cara, porque les han quitado la honra, el honor, el prestigio. Todos los olvidan y les vuelven la espalda… ¡No me restaures! Así ver si viéndome así te acuerdas de ellos. Y te duelen. A ver si así, Roto y Mutilado, te sirvo de clave para el dolor de los demás.

-Sí, Señor. Ahora empiezo a comprenderte. No te restauraré jamás.

La voz de mi Cristo seguía sonando aquella noche de Sevilla, en la soledad de mi habitación, como el eco de una viejísima queja eterna…

-Mira: hay muchos, muchísimos cristianos, que se vuelcan en devoción, en besos, en luces, en flores, sobre un Cristo bello y se olvidan de sus hermanos, los hombres: Cristos feos, rotos y sufrientes. Y eso yo no lo acepto. Ahora mismo, en estos días últimos de Cuaresma y en los próximos de Semana Santa, en todas las ciudades españolas ‒Sevilla, Valladolid, Bilbao, Málaga, Madrid, Zamora, Barcelona, Murcia, Cuenca, en todas-, se extreman las manifestaciones de cariño para todos los bellos Cristos crucificados… Pero esto no basta. Esto no vale, si falta el amor al prójimo sufriente, al hermano pobre, al Cristo de carne, crucificado y roto.

Por mi ventana entreabierta se metía en mi habitación la noche de Sevilla, tibia ya de jazmines, envolviéndonos en su perfume al Cristo y a mí.

La noche se me pobló de bellísimos Cristos españoles, desfilando, entre cirios y claveles, por todas las calles de España. Había un lejano fondo musical de órganos, de trompetas, de bandas de música, de aceradas saetas...

La voz de mi Cristo Roto se hizo aun más triste:

-Hay muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando a un Cristo bello, obra de arte y de museo; mientras ofenden, mutilan o roban, al pequeño Cristo de carne que es su hermano… Esos besos me repugnan y dan asco. Los tolero y los aguanto, forzado, en mis pies de Imagen tallada en la madera. Pero me hieren el corazón. Tenéis demasiados Cristos bellos, demasiadas obras de arte de mi Imagen Crucificada, demasiados Cristos Completos, Perfectos, Apolíneos… Y estáis en peligro de quedaros en la obra de arte. Un Cristo bello puede ser un peligroso refugio donde esconderse en la huída del dolor ajeno, tranquilizando al mismo tiempo la conciencia con un mentiroso amor a Dios Crucificado. Por eso deberíais tener más Cristos Rotos, más Cristos Mutilados. Uno, a la entrada de cada Iglesia; uno, en cada Semana Santa procesional; que os gritaran siempre, con sus miembros partidos y su cara sin formas, el dolor y la tragedia de mi segunda Pasión, en mis hermanos, los hombres… Por eso, te lo suplico, no me restaures… Déjame Roto. Aguántame Roto junto a ti, aunque amargue un poco tu vida. ¡Bésame Roto!

-Sí, Señor, te lo prometo. No habrá fuerza que te arranque de mí.

Y un beso, sobre su único pie astillado fue la firma de mi promesa.

-“Desde hoy viviré con un Cristo Roto”.

La noche de Sevilla lo besó también con invisibles labios de jazmines y damajuanas desveladas.

Pero desde esa noche yo no soy el mismo.

Algo se me ha gravado en la retina con adherencia eterna: la silueta de un Cristo Roto.

La proyecto y la superpongo sobre todas las cosas.

Desde esa noche, no puedo ver un Cristo bello de España, sin proyectar sobre su armoniosa belleza Crucificada ‒Montañés, Mena, Alonso Cano, Velásquez, Mesa, Zurbarán, Greco, Ruiz Gijón-, el esquema mutilado, astillado y mudo de mi “Cristo
Roto”. Desde aquella noche yo sé que en cada hermano palpita vivo un “Cristo Roto” de carne.

Hasta mañana.
Buenas noches, amigos.

*************************************************

Fin de la Primera Etapa de "Mi Cristo Roto"
(en breve continuaré con la Segunda Etapa)


rm_elpotro2005 48M
961 posts
4/29/2006 7:52 am

argentina_blog
.
.
?ola AMIGA Luz de Vela!!!
熹uieres Integrar mi Grupo??

﹛Soy el Moderador!!!
Mi Grupo .....Todos Unidos Mejor.....
Saludos .

Juan Jos嬠/B]


roger6492 69M

4/30/2006 12:04 am

Luz de vela
Mi querida Amiga,

Fue una muy grata sorpresa el haber encontado Mi Cristo Roto aqui en tu blog. Y te has tomado el trabajo de tipearlo, Muchas Gracias Luz.

Si bien lo vi y escuche en vivo y directo alla por los años 60 en Argentina -ademas tengo el libro- volvi a releer esta primera parte.
Y volvi a senitr lo mismo que senti hace mas de 40 años, cuando lo vi por TV al Padre Cue, y cada vez que releo sus paginas: Una extraodrinaria Obra que trata sobre nosotros mismos, los llamados seres humanos...

Como ya sabes, tengo mi propia creencia y no sigo ninguna religion. Pero las respto a todas. Lo cual no me hace ciego para volverla a releer de nuevo aqui, en tu blog.

Nuevamente muchas gracias Luz de vela.

Un muy cariñoso abrazo y besos para ti,
Roger


roger6492 69M

4/30/2006 12:07 am

Luz de vela
Mi querida Amiga,

Fue una muy grata sorpresa el haber encontrado Mi Cristo Roto aqui en tu blog. Y te has tomado el trabajo de tipearlo, Muchas Gracias Luz.

Si bien lo vi y escuche en vivo y directo alla por los años 60 en Argentina -ademas tengo el libro- volvi a releer esta primera parte.
Y volvi a senitr lo mismo que senti hace mas de 40 años, cuando lo vi por TV al Padre Cue, y cada vez que releo sus paginas: Una extraodrinaria Obra que trata sobre nosotros mismos, los llamados seres humanos...

Como ya sabes, tengo mi propia creencia y no sigo ninguna religion. Pero las respeto a todas. Lo cual no me hace ciego para volverla a releer de nuevo aqui, en tu blog.

Nuevamente muchas gracias Luz de vela.

Un muy cariñoso abrazo y besos para ti,
Roger


Luz_de_vela 39F

4/30/2006 12:43 pm

Hola Juan José,
Muchas gracias por la invitación para que me una al grupo que creaste. Pero, lo siento, no la puedo aceptar.

Por favor, no interpretes esto como un rechazo sino como un acto de sinceridad para contigo de mi parte. Pues, ¿para qué voy a aceptar una invitación si después no voy a aparecer por el sitio? Para mí, sería una falta de respeto. Y yo te respeto mucho.

Mis mejores augürios para el grupo que has creado.

Sinceros saludos,
Luz de vela.


Luz_de_vela 39F

5/2/2006 12:30 pm

Hola escualido1976!

¡Qué bien que escribes! ¡Qué directo para decir lo que piensas! Mejor dicho, que sincero eres.

Mi primera intención al transcribir este libro del padre Cue, fue hacerlo para nosotros, los que vivimos en Venezuela; por estar tan expuestos a la confrontación entre Hermanos, lo cual jamás se justifica.

¿O acaso vamos a dejarnos utilizar para seguirle el siniestro y maquiavélico juego al innombrable y repetir la misma historia de los países que desde siempre, ante estos monstruos, terminan bañados en sangre hundiendose en guerras civiles? ¿Es que acaso, no existe otra forma más evolucionada de resolver estas desgracias?

No se justifica que hayamos llegado al extremo de perder familia y amistades de años por el hecho, de que un solo ser humano -que no merece ser llamado así- pueda perturbarnos al extremo de perder la seguridad y la confianza en nosotros mismos. Y que logre desmoralizarnos al punto de perder la alegría y el buen humor que siempre ha sido nuestro distintivo. ¡¿Tanta impotencia y frustración puede lograr un vulgar, dañino, ignorante y delirante engendro?! Si actuamos con inteligencia ¡¡¡NO!!!

Por eso recurrí a este escrito, para recordarnos a nosotros mismos que tenemos mucho más poder en nuestro interior -para no desistir ni dejarnos vencer- que cualquier fuerza bruta, despótica y fanatica que encontremos a nuestro paso.

A mi entender, que este individuo nos haya logrado dividir es su manera premeditada de llevarnos intencionalmente a su terreno para una vez allí terminar de destruirnos mediante una guerra civil.

Tomemos ejemplo de aquellos países que han pasado y aun pasan por situaciones peores o similares. ¡No seamos ciegos! ¡La violencia sólo engendra más violencia!

Como ya dije no soy católica, pero sí creo en una fuerza Superior que siempre está presente.

Luchemos con nuestras armas: la valentía, la unión, la perseverancia.

Y sostengo lo que decía mi abuela materna -católica ella- :
"Dios castiga sin palo y sin revenque".

Dondequiera que vayas te encuentres muy bien.

Mis fraternales saludos,
Luz de vela


Luz_de_vela 39F

5/3/2006 3:53 pm

Hola Juan José,
Muchas gracias por la invitación para que me una al grupo que creaste. Pero, lo siento, no la puedo aceptar.

Por favor, no interpretes esto como un rechazo sino como un acto de sinceridad para contigo de mi parte. Pues, ¿para qué voy a aceptar una invitación si después no voy a aparecer por el sitio? Para mí, sería una falta de respeto. Y yo te respeto mucho.

Mis mejores augürios para el grupo que has creado.

Sinceros saludos,
Luz de vela.


Luz_de_vela 39F

5/3/2006 6:05 pm

Querido Amigo Roger,

Muchas gracias por su atención y sus palabras. Pero para mí no hay mérito alguno en transcribir un libro. Menos aun considerando que por necesidad debo releerlo y así una vez más vuelvo a regalarme la experiencia o el conocimiento de otro.

Me refiero por otro a todos aquellos capaces de compartir a través de sus ideas bien hilvanadas con palabras precisas un momento vivido, una situación imaginada, una conclusión alcanzada, un conocimiento logrado.

O aquel, que en un momento extremo de su vida piensa en dejar lo mejor de sí en vez de lamentarse por su situación. Y dedica el tiempo que le queda para, por ejemplo, escribir una carta a sus pequeños hijos y así legarles, al menos, en palabras todo lo que en vida cree que ya no tendrá ninguna oportunidad más de enseñarles con su ejemplo y su atenta y cariñosa guía.

Mis mejores deseos para usted.

Con sincero afecto,
Luz de vela


chencho_01 40M

5/11/2006 6:30 pm

Hola Luz_de_vela.

Gracias por compartir este libro aquí y a todos nosotros, gracias por el simple hecho de hacerlo y también por que me ha gustado mucho esta primera parte.

Yo no profeso ninguna religión, no creo que exista algún Dios, creo en la humanidad y en su poder de amar al prójimo, en la confianza, en la calidez, pero como bien dices, este es un texto que puede ser leído por cualquiera, que si bien sabe interpretarlo le será de gran enseñanza.

Te puedo decir que por las creencias que yo tengo siempre he tratado de inculcar de alguna manera a los que me rodean a amar a "esos cristos rotos", a amar a la naturaleza, a amar a la vida.

Creo sinceramente en el amor al prójimo, en la igualdad, en la ayuda sincera y por supuesto en el amor a uno mismo, es por eso que te agradezco que expongas este texto aquí y en cualquier lugar, por que ayuda a hacer llegar el mensaje a mas personas.

Como te comento, yo no soy de ninguna religión, pero las respeto firmemente, y aunque siempre existan personas que amen a "cristos completos, bellos y perfectos" de manera hipócrita y me digan que me voy a ir al infierno por el simple hecho de no creer el algún Dios muy a pesar de que yo ame a los "cristos rotos", siempre voy a transmitir el mismo mensaje hasta el final:

Amar al prójimo y a la vida entera, pero amarla de verdad.

Bueno, me extendí bastante, espero que lo entiendas.

Bien Luz_de_vela, me dio gusto leerte, hasta luego, que estés bien.

P.D. Estaré esperando las 4 partes siguientes.


ATERCI0PELADA 46F

5/13/2006 5:16 am

Hola Luz_de_vela...simplemente maravillada por esta obra del Padre Cué, fijate que hace años, tuve la oportunidad de verlo dramatizado en la tv, y después hace un par de años o tal vez menos en forma de narración en una estación de radio en donde pasaban diariamente un segmento, y creeme que me hizo llorar, reflexionar, enojarme con los mercenarios del anticuario y el restaurador, y un sinfín de sentimientos y emociones encontradas. No sabes la alegría que me ha dado encontrarla de nuevo en tu blog, es un privilegio saber que tienes ese buen gusto por esta lectura, y sobre todo tu gran acierto al compartirla con nosotros. Gracias, y seguimos esperando tus publicaciones. Desde México con afecto y admiración...
Atercio*


Luz_de_vela 39F

5/13/2006 6:21 pm

Hola chencho_01 ,

Preferí compartir este libro tal cual fue editado; evité seleccionar párrafos para que al leerlo cada quién pueda sentirse libre de llegar a sus propias concluciones y si lo desea dejar su opinión.

Por ello, me complace que hayas expresado tus convicciones sin reparos. Y puedes extenderte aquí, en este blog, tanto cuanto desees.

Pues realmente, yo no intento enseñar ni aconsejar sobre como pensar, sentir, vivir o relacionarse con los demás ni consigo mismo.

Al leer algunos libros, suelo desnudar a los personajes creados por el autor para despojarlos de los disfraces sociales, políticos, religiosos, etc. Y ver si queda aun algo de ellos mismos como seres humanos libres. O sea, una vez liberados de sus investiduras, doctrinas, dogmas, costumbres de una época, ideas preconcebidas o frases de molde.

Si queda algo después de este proceso, si me encuentro con hombres de carne y hueso que hablan por y de sí mismos y por y para los demás seres que los rodean, entonces vuelvo a leer el libro.

Y en este Cristo Roto en particular encontré a ese ser humano capaz, como tú bien dices: "de amar al prójimo y a la vida entera, pero amarla de verdad".

Gracias por tus palabras. Gracias por tus buenos deseos.

Para cuando leas este mensaje ya verás publicada la segunda parte: "Dios tiene mano izquierda". ( La cual también pudiera leerse, según mi interpretación y sin ánimo de influenciar a nadie: "La Vida tiene mano izquierda" )

Hasta el próximo capítulo, cordialmente,
Luz de vela


Luz_de_vela 39F

5/13/2006 6:25 pm

Hola Aterciopelada,

¡¿Qué puedo agregar a tus palabras si ya tú lo has visto, oído, sentido y dicho todo...?!

El privilegio es mío de encontrarte aquí, saber que lees lo que dejo en mi blog y que me dedicas tus afectuosos comentarios.

Con sincero afecto y mis mejores deseos para tí,
te saluda desde Venezuela,
Luz de vela


Isy
5583 posts
5/15/2006 4:57 pm

No conocía esta historia Luz, que hermosa y enriquecedora... gracias por haberte tomado el trabajo de copiarlo para nosotros.

Cito también la selección de Escuálido... cuando llegué a ese párrafo entendí el mensaje del Cristo.... que ciegos estamos los que no podemos ver en cada una de esas tristes personas la imagen de nuestros Señor.

Gracias bella.



100% Venezuelan


Luz_de_vela replies on 5/21/2006 6:00 pm:
Querida Isy

Comparto contigo que es una hermosa obra. Donde, además, cada quién puede descubrir en una frase, en un párrafo en alguno de sus capítulos algo que explica lo que pensamos o sentimos íntimamente.

Gracias a tí por pasar a visitarme,
Luz de vela

Luz_de_vela 39F

5/21/2006 11:12 pm

Bienvenida a mi blog Isnura,

Muchas gracias por visitarme y dejar aquí tu sentir sobre este escrito del Padre Ramón Cué.

Mucho agradezco que nos hayas dedicado "Las coplas del alma que pena por ver a Dios" de San Juan de la Cruz que comienza con el verso Vivo sin vivir en mí...

Seguramente, tú Isnura que lo has elegido especialmente para publicarlo en tu blog aunque no lo hayas mencionado ya sabes que este hombre que conocemos como San Juan de la Cruz, nació en el año 1542, en Fontiveros, en la provincia de Avila bajo el nombre de Juan de Yepez Alvarez.

En el año 1563, después de cursar estudios superiores con los jesuítas ingresó en el convento de los carmelitas en Medina del Campo con el nombre de Juan de Santo Matía.

Estudió en la Universidad de Salamanca cuando daba catedrá allí Fray Luis de León.

En el año 1567, se ordenó sacerdote y es, en ese mismo año cuando Santa Teresa de Jesús lo encuentra y le pide que la ayude con la reforma carmelita que ya ella había iniciado años antes.

Y es un año después, en 1568, que él funda en Salamanca, la primera de cuatro comunidades masculinas de carmelitas descalzos.

En 1575, los carmelitas calzados denuncian a los carmelitas descalzados ante la Inquisición. Por lo que dos años después es apresado y encarcelado en una prisión-convento en Toledo, por los carmelitas calzados.

Es allí donde escribe la mayor parte de su "Cántico Espiritual", en una apestosa celda, apenas alimentado a pan y agua y azotado una vez por semana. A pesar de enfermar de disentería y de su deplorable estado físico a los nueve meses logra fugarse ingeniosamente de ese cautiverio.

Tras esta huída y a pesar de las persecusiones continua abriendo nuevas comunidades y escribe la "Subida al Monte Carmelo", la "Noche Oscura" y la "Llama de amor viva".

En 1591, es confinado como castigo, en el convento de la Peñuela en Jaén, por sus enemigos. Allí se enferma y empeora su estado físico, donde se le infecta un pie.

Siempre tuvo una constitución enfermiza, tal vez por lo poco y mal alimentado que estuvo en su infancia y en su adolecencia. El deterioro sufrido en la cárcel de Toledo y su incesante dedicación al trabajo contribuyeron a deteriorar aun más su escasa salud.

Entonces es mandado para curarse al convento de Ubeda, donde tiene muchos enemigos en especial el propio prior que lo trata rudamente. La infección en el pie se transforma en gangrena y los cirujanos que lo tratan le cauterizan con hierro al fuego. Sin embargo, según los frailes que le cambiaban las vendas llenas de pus y sangre estas emanaban un intensa fragancia a perfumes.

Una septicemia le invade todo el cuerpo y lo cubre de llagas, su estado empeora y termina sus días sin quejarse por el intenso dolor. Emanando ante los frailes que envuelven su cuerpo ya inerte un penetrante olor a flores el 14 de diciembre de 1591.

Este ser humano al que prefiero llamar hombre y no sacerdote ni santo y que fue canonizado en 1726 y 200 años después, en 1926 declarado doctor de la Iglesia, siempre estuvo en vida bajo la mira del Santo Oficio por sus impulsos reformistas y por las sospechas que despertaba su inusual mistisismo. Aun después de su muerte el propio sobrino de Fray Luis de León, fray basilio Ponce de León tuvo que defenderlo de más de 30 acusaciones formuladas por la Inquisición.

Y repito que prefiero llamarlo Hombre y no sacerdote ni santo pues muy por el contrario de lo que muchos han opinando de que fue un asceta inhumano o un extraño faquir, su obra literaria y la historia de su vida muestran a un ser humano muy distinto.

Amaba y disfrutaba tanto de la naturaleza como de las creaciones artísticas. Y si alguien estaba enfermo quería que se le tocase bella y atractiva música. Enseñaba con amor y no con represión ni castigo el cual consideraba innecesario y hasta contraproducente.

Su obra está lejos de necesitar interpretaciones teológicas para ser comprendida, más bien estas no hacen sino desvirtuar su verdadero contenido y su real esencia producto de íntimas vivencias personales logradas por su natural predisposición a la instrospección y observación interior.

Solo los seres humanos librados de delirios místicos o intelectuales deducciones pueden enriquecerse con su obra. Es justamente Jorge Guillén quién nos recomienda a "sentirnos identificados con lo que dice, con la realidad vital que nos descubre poéticamente, sin darle vueltas intelectuales." Cómo tú tan bien lo expresas, Isnura, cuando afirmas:
"Soy agnóstica por convencimiento. Pero es uno de los poemas de amor que más me ha impresionado y emocionado."

Y Jorge Guillén continúa diciendo: "Pero desgraciadamente esto lo ha perdido nuestra civilización occidental; y, a veces, tenemos que acudir, como les pasa a muchos, al modo de pensar oriental paradójico, intuitivo, emotivo profundo y no sentimental superficial, para poder desprendernos de esa fría carcasa prosaica que nos envuelve desde la educación que recibimos desde pequeños."

Para San Juan de la Cruz se trata únicamente de poner en orden nuestra casa interior, pero no pretendía ninguna mutilación de nosotros mismos. Y por eso su método de autodesarrollo era, por eso mismo positivo, y no, negativo. Cómo bien lo define Enrique Miret Magdalena en su Introducción para "La llama de Amor viva y Poesía Espiritual" ( Editorial EDAF, 1994 )

Y de la breve reseña biográfica de Sebastián Vázquez, para la misma edición, extraje los datos que aquí expongo sobre la vida de este Gran ser humano que apenas llegaba al metro y medio de estatura.

Con todo respeto y cariño para ti,
Luz de vela


Luz_de_vela 39F

6/7/2006 8:13 am

Hola Isnura,

Gracias por venir a visitarme.

Excelente la cita que me has dejado aquí de Mijail Bakunine. Gracias.

En cuanto a Escualido1976 estoy un tanto preocupada porque no he vuelto a saber de él. Si bien él solía escribir unos días sí y otros días no, nunca hasta ahora fue tan prolongada su ausencia.

En su blog ya has visto que no ha agregado nada más ni contestado. Tal vez Blas_Pitt, Tuya250, Isy, Roger o Erikaxxx2006 puedan saber algo más. Por mi parte es todo lo que puedo decirte.

Por favor, si te enteras de algo avísame.

Con todo cariño,
Luz de vela


Hypnotize80 36M

7/8/2006 11:56 am

Cuánta verdad relata esta primera parte en cuanto a lo de nosotros con respecto a los demas hermanos

Prometo leerlo todo

Besos para tí

César


Luz_de_vela 39F

10/31/2006 9:09 pm

    Quoting Hypnotize80:
    Cuánta verdad relata esta primera parte en cuanto a lo de nosotros con respecto a los demas hermanos

    Prometo leerlo todo

    Besos para tí

    César
Hypnotize80 Bienvenido César,

Agradezco tu visita y tus palabras.

Cordiales saludos,
Luz de vela


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