Hierba y sol  

Josheppe 57M
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10/11/2005 8:16 am

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3/5/2006 9:27 pm

Hierba y sol


HIERBA Y SOL

Tres horas cortando el césped puede parecer cansado, pero a mi no me importa. Me gusta el olor intenso del forraje recién sajado, destilando la esencia verde embriagadora. Aspiro profundamente y siento erizarme la piel, como si la siega llamase a mis instintos primitivos. En la campa, junto a mi casa, percibiendo hondamente a la Naturaleza, se despiertan facetas auténticamente existenciales, en parte salvajes. Por eso me encanta quitarme el sudor del esfuerzo duchándome allí mismo. Coger la manguera, conectarla a la columna de la ducha exterior, rociarme con el agua tonificante, templada por el tubo calentado al sol. Aplicada fuerte por todo el cuerpo desnudo reviven los músculos, todos.

Aunque advierto algo raro, como si me observaran. Miro y, en efecto, desde el murete de separación de las fincas, a unos treinta metros, un bello rostro de mujer sonríe. Le devuelvo la sonrisa a la desconocida vecina, percibiendo una agradable sensualidad en el cruce de miradas ¿Por qué no?, pienso. Me encojo de hombros, le muestro el jabón y torno la espalda, sin palabras ¿Me jabonas? Ella se sube al murete con facilidad, en movimiento gracil, ¡hermosa! Sus piernas son largas y bien formadas, de tronco rellenito, sin exagerar, y un pecho precioso, de senos redondos y tersos. El bikini azul turquesa le sienta maravillosamente sobre su piel blanca, ligeramente morena ¿Quién es? ¿Cómo no me había fijado antes? “Hola”, me dijo, risueña, pícara. “¿Me dejas?”, seguía diciendo con una voz clara, en tono divertido, juguetón. A la vez cogía la jaboneta, hacía espuma con sus manos y comenzó a esparcirla por mi espalda. Eran movimientos decididos, de manos fuertes pero sensibles, aplicando un masaje muy agradable. El aroma a lavanda del bálago nos fue invadiendo, mientras sus movimientos se fueron reconvirtiendo en suavidad, transformándose en caricias delicadas. Me di la vuelta, la cogí por la cintura y la atraje hacía mí, juntando nuestros cuerpos, con lenta intensidad. Ella alzó los brazos, cruzó sus manos en mi nuca y unió sus labios a los míos.

Eran labios cálidos, que se abrían ofreciendo la entrada a la boca como el acceso a un festín, recreándose las lenguas, confluyendo las salivas mezcladas con el agua que chorreaba. Notaba en mi piel sus pechos duros, sus pezones inhiestos traspasaban la pieza del bikini, cuyo lazo trasero solté. Juntos nos movimos, apoyando su espalda contra la columna de la ducha. Fue ella quien abrió más la llave de paso, mojándonos completamente ambos, todavía con el agua tibia, compartiendo también el jabón en nuestro abrazo. Resbalé mis labios por su cuello, al unísono que mis manos se introducían por la braguita del bikini, mimando sus nalgas. Seguí descendiendo rozando mi lengua en sus hombros, bajando hasta sus senos, cada vez más duras sus mamas. Las areolas fueron dianas deliciosas, mojadas, vibrantes, con los pezones duros como cerezas. Recorría su vientre a besos cortos, ya de cuclillas, recreándome en su ombligo. Según sigo el descenso en su cuerpo, percibo sus manos entre mis cabellos, oprimiéndome en un gesto decidido contra ella, excitada. Bajo sus braguitas, dejando que el agua inunde su pubis, descubriendo el tatuaje del sol en su ingle izquierda. En la confluencia de la pelvis, cerca del Monte de Venus. Tres centímetros de diámetro, con seis rayos ondulantes y un centro de sonrisa etrusca. Entiendo. Le beso intensamente, le adoro. Escucho su respirar entrecortado, hondos suspiros. Siento su abrazo que empuja mi boca hacia sus labios íntimos, con las caderas alzadas, ofreciéndome todo su sexo palpitante. Retozo en sus profundidades, muevo mi lengua sobre su clítoris y ella se deja llevar por el clímax. Recibo la miel de sus jugos íntimos, mixtura de esencias: hierba, musgo, vainilla. Contonea su cintura, gime ardiente; como su sol, inflamada, ansiosa.

De repente se separa ¡Cielos! Aleja su néctar sabroso de mi boca. Mira alrededor, me coge de la mano, en un gesto resuelto, y me lleva hacia unas hamacas de teca cercanas. Sonríe, juguetona, coqueta, me tumba en una de ellas. “Quiero sentirte dentro”, me dice susurrando determinante, a la vez que me abrasa con su mirada, confabulada con el dorado astro que está en su cenit. Quito rápidamente los brazos de la maca para que no estorben, me tiendo completamente, con las piernas juntas, tornados los muslos, dejando mi pene erecto totalmente libre para ella. En sus ojos brilla la satisfacción de hembra complacida, se posiciona sobre mí, con sus piernas a cada lado de la tumbona, a la altura de las caderas. Ella se regusta en la situación, cogiendo mi falo con sus manos, masajeándolo, descubriendo el glande, hasta que desciende sus caderas lentamente, introduciéndolo en su húmeda vagina, plenamente, en un solo movimiento, desde el glande hasta el final. Voluptuosa, inició un vaivén imparable, explotando de manera inmediata en sucesivos orgasmos, detonaciones de placer, contracciones vaginales que conmueven también mi sexo. Experimento el calor de sus fluidos, percibo una especie de fiesta sensual en todo mi cuerpo, diversión de los sentidos, juerga sexual inconmensurable. No quiero correrme, deseo alargar la erótica jarana cuanto pueda en el intenso placer de semejante cópula.

Ella lo sabe y me reta. Se inclina sobre su cintura, sin sacar el miembro de su cálida vagina, sin parar de mover sus caderas, suavemente, divirtiéndose en el ritmo, haciendo que el pene reciba todo el empuje de su pelvis. Cada movimiento se convierte en un arrebato vehemente. Me concentro en distinguir cada uno de sus pliegues íntimos en el roce con el glande, en recibir sus vibraciones. Noto su lengua embistiendo mis pezones, desplazándose hacia mi boca, con sus pechos duros rozando mi piel. Nueva agitación mutua, renovado balanceo de su cuerpo sobre el mío y el contoneo de sus caderas apoyadas sobre mis muslos. Recreándose. ¡No puedo más! El bullicio de su sensualidad lo impregna todo, provoca la corrida ondulando su espalda, mientras se echa hacia atrás, engullendo todo el cipote, descansando sus manos en mi pecho, apretando entre sus dedos mis pezones. Cada oscilación es una contracción orgásmica, regocijo en los espasmos eyaculadores, delirio de placer. Entornamos los ojos, concentrados en la conjunción de nuestras emociones, hasta que llega la sensual calma.

Suenan tres toques de claxón junto a la casa de al lado. Ella abre los ojos completamente, me sonríe. “Volverás a ver el sol, y no desperdicies el agua”, me dice. Se va, desnuda, sin mirar atrás, sin recoger las prendas de su bikini. Sube ágil el murete y entonces sí, me vuelve su mirada, a la vez que junta sus labios para darme un beso a través del aire. Hasta sus morritos son maravillosos. Voy obediente a cerrar el agua, aprovecho para ducharme, pero ni el ya frío líquido logra apaciguarme, ni el chorro a tope elimina la fragancia de su piel. Me abrazo como si la tuviera todavía a ella pegada a mí, aspiro el aroma de la albahaca cercana, mezclada con la verbena y el romero, perfumes campestres para una dicha inolvidable. ¿Será verdad?

Josheppe

ilunabar 56
1 post
10/12/2005 11:46 pm

Delicioso....


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