No soy yo, son las palabras las que te desean  

Joseph_Roth 38M
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10/1/2005 2:29 am

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3/5/2006 9:27 pm

No soy yo, son las palabras las que te desean

Escribo. Lo hago y alguien de por aquí me habrá leido en alguna ocasión. Estas líneas que publicaré aquí, han sido producto de los varios contactos que tengo en Passion. Se los dedico a todas las niñas lindas que me han aceptado como un contacto suyo. Una de ellas, ella lo sabe, ha sido la primera en leerlos.
Espero que los disfruten.
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Te imagino durmiendo desnuda, con un respirar pausado y tranquilo, con tu vientre subiendo y bajando suavemente, y tus pechos levantándose a cada respiro que das. Estas desnuda e indefensa, sin más protección que mi mirada. ¿Qué otra cosa puedo hacer, con tu pelo cayendo de lado, con tus labios entreabiertos, con la tibieza de tu cuerpo inundando el cuarto, que acercarme a ti y comenzar a besar tus piernas con besos prolongados y húmedos, de abajo hacia arriba por todos tus muslos? El calor que el cuarto encierra te ha hecho sudar, y toda tu piel tiene la cantidad exacta de sal para que, poco a poco, sin perturbar tu sueño, abra tus piernas, tibio hogar de mi lengua, y comience a visitarte con mis labios en aquellos labios tuyos tan rosados como nunca. Hueles a mujer, a sudor de mujer, y por nada del mundo puedo alejarme de donde estoy. Gimes, retozas, haces de mis caricias parte de tu sueño. No despiertas del todo, ni siquiera cuando mi mano derecha busca y encuentra tus nalgas, también tibias, y hunde sus dedos entre ellas. La retiro un poco y la huelo: mi mano huele a ti, a ese olor característico que tiene tu ano en una tarde de primavera tibia. Regreso mi mano a tus nalgas y pesco con mi boca uno de tus pezones. Son enormes y bellos, y poco a poco se vuelven duros en mi boca, creciendo y palpitando a cada lamida de mi lengua. Gimes con más fuerza, segura ya que el sueño quedó atrás hace mucho, y te entregas a mis caricias sabiendo que no sólo el sueño es necesario para el cuerpo. Estoy a punto de meterte dos dedos, pero mi erección no permite sustitutos a estas alturas. Sin que mi boca abandone tu pecho, me deshago de mis pantalones y de mis boxers por completo. Estoy húmedo y duro, y enfilo esa dureza y humedad a tu vagina vespertina y ansiosa. Te abro las piernas lo suficiente para que pueda acomodarme, y una vez cerca, dejo que mi pene penetre poco a poco esa tarde tibia sin aire. Tu tibieza me circunda, me inunda, me da la bienvenida cálida de las buenas amigas. Yo sigo y sigo, hasta que todo aquello que puedo ofrecerte está en ti. Muerdes tus labios, y en el último empeñón exhalas, sueltas un gemido bajo y prolongado, me aceptas. Yo comienzo a entrar y salir de ti tantas veces como pueda, deseando que tu tibia lubricidad se quede en mí para siempre. Tus muslos se dejan llevar por mis empellones, me tomas por la cadera y eso hace que entre y salga más y más duro, envolviéndonos en nuestro sudor cada vez más pronunciado, y tus pechos vibrando a cada movimiento nuestro. Aceleramos el ritmo, muerdes tus labios, siento nuestro sudor entre las piernas, percibo el roce de nuestro vello púbico, gimes, el sol se enciende en el horizonte una última vez y los dos nos venimos. Tus músculos retienen mi pene mientras yo te lleno con toda la líquida tibieza que guardo sólo para ti. Estoy exhausto, pero no lo suficiente como para recoger con mi boca todas las gotas de sudor que resbalan por tu cuerpo. Nos separamos y quedamos uno al lado del otro. Recuperamos el aliento, tú volteas a verme y en seguida te acuestas boca a bajo. Y entonces quedamos solos tu espalda, tus nalgas y yo, con un deseo incontrolable de meter mi nariz entre tus expuestas nalgas.


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