LA FANTAS  

Bogotano_Sexy 38M
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3/13/2006 12:20 am

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3/17/2006 2:09 am

LA FANTAS


MI VIDA BAJO LA INFLUENCIA DE UN EMBRUJO

Ella tiene X años. Yo tengo 28. Y no puedo evitar sentirme un perverso monstruo en esta situación. Pero es inevitable. La manera en que me mira! Estoy en el jardín posterior de mi casa, jugueteando con mi perro Henry; un cachorrito pastor alemán que me muerde sin cesar los cordones de los zapatos. Pero no puedo concentrarme y entregarme a la tranquilidad del momento. Cada vez que miro hacia la sala a través de la gran puerta de vidrio, veo que me hecha un vistazo descarado, coqueto, casi indetectable, pero presente. Ese demonio capaz de quitarme la tranquilidad, se llama Diana; una amiga de mi hermana menor. Ella y dos compañeras más, están sentadas en una mesa al fondo de la sala, haciendo tareas de colegio. Unos cuantos metros y la puerta de vidrio nos separan físicamente, pero su mirada parece perturbarme en lo más hondo de mi ser, sacándome los pensamientos más oscuros. Este diablo indefenso estaba disfrazado de la niña más angelical que el mundo haya podido crear.
Piel blanca inmaculada, ojos verdes esmeralda que parecen iluminar como faros cuando se los ve de frente. Su carita, de facciones finas, muy pulidas. Me enloquece fijarme en esas pequitas pálidas en las mejillas, propias de su edad. Están todas vestidas de uniforme de colegio. Maldición que me cae encima verle las piernas desde el ángulo en el que estoy. Tiene las medias de colegio subidas hasta la rodilla, únicamente dejando a la vista sus muslos cruzados y brillantes de piel tersa y lisa. No logro disimular que le veo las piernas. Tengo una erección terrible al notar sus músculos templados, esas piernas delgadas, pero fuertes y largas, extendiéndose debajo de la mesa como una carretera al infierno.
Diana es pequeña, muy frágil. No mide más de 1mt 55, pero de cuerpo muy bien formado; un verdadero híbrido entre mujer madura e infante. Sus senos son pequeños, redondos y orgullosos. No me alcanza la mente para imaginarle ese culito, todo menudo y parado como el más suculento de los duraznos. Se ve hermosa, esta pequeña chiquilla, cruzada de piernas, posando como la más inocente de las colegialas. Su pelo hasta los hombros, liso y negro, brilla como la crin de un caballo de paso, contrastando con su impecable piel de marfil, como sacada de un cuento de hadas.
Dudo si los guiños existen realmente o sólo son producto de mi enajenación. Siento que la niña me mira de una manera extraña, casi incisiva. Pero no me atrevo a aceptarlo. No veía a esta nena desde hace un par de años, cuando fui a una entrega de notas de mi hermana. Apenas era una mocosa que no podía amarrarse los zapatos sin ayuda. Ahora, me niego a aceptar que esa misma infante, una niña 13 años menor que yo, pueda estarme causando en este momento este tipo de sensaciones... Me es inconcebible, pero me está sucediendo.
Mi hermana y la otra compañera se paran de la mesa, charlando, y se dirigen hacia la puerta, mientras que Diana se queda allí sentada, poniéndose el borrador del lápiz en la boca. Me entra una angustia insoportable, de sólo suponer que me voy a quedar sólo con ella en la casa. Dejo a Henry en el jardín, y salgo apresuradamente, tanto así que me golpeo con torpeza contra el vidrio tratando de cerrar la puerta. Diana apenas se ríe burlona, bajando la cara para esconder esa mirada de destellos esmeralda.
-María, va a salir?-
-Si, vamos a sacar unas fotocopias. No nos demoramos. Si mi mamá vuelve dígale que estamos en el centro comercial.-
-Pero yo tengo que ir ya para mi apartamento. No me puedo quedar más tiempo, y me da pena dejar a su amiga sola.-
-No fresco, déjela sola que ella no se pierde.-
Todas pegan unas risitas chanceras, aprovechándose de mi seriedad.
-Bueno, nos vamos Daniel. Nos vemos el domingo, ciao.-

El puerta se cierra dejándonos atrás... Todo pareciera confabularse para torturarme con esta maldición. Mi hermana nos deja solos en esa gran sala, el único sonido es Henry rasguñando la puerta para entrar. No sé cómo romper el hielo con la nena.
-En serio te tienes que ir?-
Su voz es lo más parecido al canto de un ángel. Muy de niña, con esa ronquera característica que fascina.
-Pues, si, pero bueno, si quieres me quedo un ratico esperándolas y de paso te ayudo si necesitas algo-
-Pues si, es que me aburre quedarme sola. Ven siéntate aquí-
Con una inocencia inusitada, me corrió la silla que tenía justo al lado, y me la ofreció con amabilidad y entusiasmo.
Le hice caso, tratando con todas mis fuerzas para evitar mirarle las piernas, condición imposible, al cambiar de ángulo sobre esos muslos cruzados y apreciarlas más de cerca, en toda su dimensión. Intenté esquivarlas, hundiendo mi mirada en el cuaderno que tenía al frente.
-Esto es cálculo verdad?
-Si. Una mamera! A veces no entiendo nada...-
-Tranquila, a todos nos pasa. Yo también lo odiaba.-
-Bueno, aunque con un profesor como tú, cualquiera le toma cariño.-
Ahí sentí el mundo venirse abajo, al escuchar la coquetería de sus labios, y darme cuenta que no era ilusión mía. No sabía cómo reaccionar, y mi cerebro trabajó por su cuenta. Resolví comenzar a explicarle los ejercicios que tenía garabateados de manera mecánica e ininterrumpida como si fuera un robot. Estaba como mareado explicándole paso a paso una estúpida integral, intentando escapar del momento lo más quirúrgicamente posible. Pero me era imposible. Diana, a medida que pasaban mis confusas explicaciones, se iba acercando lentamente a mi cara, haciéndolo despacio, pero sin disimular. Su pierna se presionaba contra la mía, su piel y mi pantalón pegados volviéndome loco. Sus ojos me recorrían el rostro completamente, tratando casi descaradamente de llamar mi atención. Yo intentaba quedarme quieto, sin siquiera pestañear. Esta quinceañera me lograba entumecer con su presencia y su actitud de una manera inexplicable.
Los minutos pasaban de una forma pesada, aumentando mi cruz sin remedio aparente. Estaba completamente excitado, momificado en esa silla, acorralado por esta nena que me instigaba de una forma ingenua, cruel y efectiva. Ya la tenía muy cerca de la cara, y era inevitable sentirle la respiración. Con sigilo, yo me intentaba hacer unos centímetros más lejos de ella, pero por cada milímetro que me alejaba, ella se acercaba el doble.
De reojo, podía ver sus rodillas a medio cubrir por esas medias blancas de una inocencia terriblemente tentadora. Los ojos se me torcían inevitablemente al ver como se le había subido la falda más de la cuenta, revelando casi por completo sus muslos perfectos y diáfanos como un campo de nieve esperando ser recorrido. A este punto ya era inútil mi discurso matemático. No pude resistirme a la vista, y giré la cara para verle las piernas sin pudor. Fijé mi mirada en ellas, detallándolas de manera desvergonzada, queriendo causar en ella alguna reacción. Eso pareció cohibirla inmediatamente, y las descruzó al instante bajándose la falda para taparse. Pareciera que hubiera caído en cuenta que su jueguito había ido muy lejos y que estaba entrando en territorio adulto, en territorio desconocido. Esa sensación de superioridad hizo brotar en mi un descaro inexplicable, una osadía de la que yo creía no era capaz.
-No te la bajes-
-Diana me miró asombrada, con susto. Sabía a lo que me refería.-
-...No entiendo.-
Sin reparo, puse mi cara a milímetros del contacto, hablándole lo más cerca posible, casi metiéndole el aliento en la boca.
-Tu sabes a que me refiero-
Mi cercanía y mi repentina desfachatez le habían bajado totalmente la guardia. Diana sólo aguantaba atónita, a disposición de mis deseos mas escondidos. Me miraba con terror, sin decir palabra. Trepidaba como si viniera de un invierno pavoroso.
Sin pensarlo, deslicé mi lápiz lentamente entre su falda, rozando su piel con el borrador de manera delicada y seductora. La piel iba erizándosele a medida que subía su prenda escolar descubriéndole las piernas por completo.
Sus ojos iban abriéndose a medida que avanzaba mi dominio sobre su cuerpo. Estaba tan asombrada que no se atrevía a oponer resistencia. Todo representaba para ella nuevas sensaciones que jamás había fantaseado vivir. El sentirse subyugada era algo completamente nuevo, y que sin saberlo le comenzaba a atraer de manera enfermiza.
Seguí el camino de mi lápiz, introduciéndolo entre sus muslos, hasta su entrepierna. Al sentir el toque del borrador en sus delicados calzoncitos de encaje, Diana cerró las piernas y se estremeció de ansiedad y miedo. Le puse el dedo en la boca, pidiéndole con el gesto su quietud y silencio. Ella me miraba fijamente, haciéndome notar su sorpresa y su excitación. Hice a un lado su telita, hallando la manera de recorrer su pubis con mi improvisado instrumento sexual. Sus pelitos eran hermosos, no tan abundantes como los de una mujer de mi edad, pero aún así, generosos e impecables. La niña, se cogió de la silla templándose, aceptando por completo su entrega. Debajo de sus calzoncitos, iba moviendo el lápiz, tocándola toda con su punta, recorriéndola a ritmo enloquecedoramente despacioso.
Su agitación iba en aumento a medida que la penetración se sentía más evidente. Sus piernas se abrieron como puertas listas para mi invasión. Yo jugueteaba a voluntad, rozándole los labios exteriores, amagando con entrar. Escalofríos de placer la sacudían a cada pasada. Nuestras caras se venían acercando en un choque inevitable de pasión prohibida, hasta que sonó abrirse la puerta. Inmediatamente saltamos de susto, recomponiéndonos al instante.
Mi hermana entró alegremente con su amiga, en una tónica completamente dispar a nosotros, que yacíamos ahí sorprendidos con la sangre subida a la cabeza.
Nunca se darían cuanta de lo que sucedió. Pero esos minutos me cambiarían la vida para siempre.
A la semana de hablarnos por teléfono a escondidas, no soportaba mas el no poderla ver... oírle la voz me tenía loco, me tocaba masturbarme cada vez que colgábamos. No lo soportaba más... me estaba volviendo muy apegado a ella, era indescriptible. Su compañía me llenaba como nunca lo había hecho ninguna mujer.

Llegó el viernes y la invité a conocer a mis mejores amigos... a Julio y a Renata...
Julio es un moreno grandísimo... gigante. Tiene un aspecto monumental, calvo, con una espalda como un muro. El tipo hace pesas y juega voley para la liga... Cuerpo tonificado y fuerte. Y Renata... Pues Renata es lo mas cerca que conozco a una conejita de play boy. Es alta, mide uno ochenta. Trozuda, con senos de silicona redondos, enormes... perfectos. Piernas gruesísimas y fuertes. Un culo grandísimo. Una viejota. Parece modelo de calendario.
Los tres esperábamos sentados en las escaleras de mi edificio, tomando cerveza, hablando sobre cualquier cosa para pasar el tiempo esperando a Diana. Tenía cargo de conciencia por ponerla en este lío de salir tarde de su casa. Tenía que inventar excusas para sus papás, dejar coartadas. Ese era el precio que había que pagar por tener una relación con una niña de colegio. Y yo no debía exponerla a eso. Pero tampoco podía ir a recogerla y aceptar la relación abiertamente. Me echarían a la cárcel. Era una encrucijada que me hacía dudar de seguir con ella... O por lo menos me hacía pensar en esperar cuatro años. No, eso también sería una locura...
Paró un taxi frente a nosotros... Era Diana. Julio y Renata se miraban asombrados al verla bajarse. Quién sabe cuantas artimañas tuvo que hacer para llegar hasta acá... y con esa pinta!...
Julio y Renata se rieron de mí...
-No hermano, no nos van a dejar entrar por su culpa... - me dijo Julio.
‒Hagamos la fiesta de brujas en tu apartamento entonces- Dijo Renata, riéndose burlona...
Caminaba hacia nosotros, con algo de inseguridad, evidentemente intimidada por las miradas que despertaba su vestuario. Para ella era nuevo el sentir conscientemente las miradas libidinosas de extraños sobre su anatomía de infante. No sabía lo que era sentirse objeto de morbo. Diana avanzaba amilanada, incómoda...
Yo la detallaba fascinado. Destellaba en todo su esplendor ese cuerpo fino de curvas delicadas y postura de modelo. Ese blanco empalidecido y perfecto de su piel chocaba con el negro pronunciado con el que pintó sus ojos y labios. El verde del iris parecía destellar entre las sombras negras, haciéndola parecer un animal mitológico de mirada desafiante. Una delgada gargantilla yacía solitaria alrededor de su largo y frágil cuello, como invitando a hundirle los dientes.
Sobre el torso, se puso una blusa ombliguera blanca de tiritas, que dejaba a la vista sus hombros huesudos, su clavícula... su abdomen plano y tierno. Su ombligo se denotaba delicioso y todavía inocente, en medio de la palidez que lo rodeaba. Notábamos estupefactos que no usaba nada más sobre sus pequeños senos, estos, perfectamente esbozados por lo ajustado de la blusa. Se veía hermosa, como una fantasía en carne y hueso. Provocaba sólo sexo. Casi parecía desnuda por la cantidad de piel que se veía. Más abajo, lucía una minifalda de cuero negro descaderada, escurrida casi al límite de la pelvis. Era tan corta, que casi hacía verle las piernas más largas. Esos huesos diáfanos de la cadera se le salían de la prenda, increíblemente desafiantes... El cuero se le tallaba al culo dibujándole perfectamente las nalgas. La pequeña prenda se le sujetaba al cuerpo con un cinturón negro de taches brillantes de plata, casi tan grueso como la misma falda. Sus muslos se movían fuertes, y tersos. Unas botas de tacón puntudo, ceñidas como una segunda piel, se alzaban firmes hasta casi la rodilla. Era increíble la necesidad que mostraba de agradarme, de intentar complacer mis deseos más recónditos. Ninguna mujer antes se había vestido para mí de esa manera, sin importar su propia incomodidad.
-De donde la sacó?- Dijo Renata.
-Parece sacada de Batman. Usted si es una boleta no?
No me importaba nada de lo que dijeran. Me sentía supremamente halagado de que la nena se vistiera así para mí. Era algo especial. No podía juzgar su inmadurez. Esto simplemente era un indicativo de amor. De entrega.
‒Vamos al pentagrama- les dije yo... -Yo conozco al dueño. Él nos deja entrar.-
-Está seguro?- Me contestó Julio con mirada preocupada...
Ahí nos aproximó Dianita. Le noté algo de pena en la mirada... tal vez no se esperaba a mis amigos así... pero con abrazos y un gran beso en la boca logré hacerla sentir protegida... aceptada... Noté como Julio y Renata se miraron cuando besé a Diana.
-Te ves increíble. Eres la mujer más linda que he visto en mi vida.
La nena me miró agradecida, ruborizada.
-Mucho gusto- Se le presentó Julio dándole la mano. Se la apretó, haciéndole sentir su autoridad, oprimiéndole la piel. La niña se le trataba de soltar, disimulada.
Hola bebita, soy Renata- Saludó mi amiga observándola de arriba a abajo‒
La niña se inquietó con su mirada, nadie antes la había contemplado de esa manera.
-A donde vamos?- Preguntó actuando entusiasmada, para cortar la tensión con su voz infantil.
-... al pentagrama mi amor... ya vas a ver. -
Nos fuimos más bien callados entre el carro. Julio no paraba de mirarle las piernas a mi niña. Renata se percató y le dio un codazo fastidiándolo. Ellos iban atrás. Yo manejaba y Diana iba a mi lado. Entre cosquillas, Julio y Renata comenzaron a rumbearse en la parte de atrás del carro. Era un espectáculo intrigante, los dos de cuerpos grandes y atléticos, baboseándose y comiéndose bastamente la boca. Se trataban con rudeza, mordiéndose la lengua y maltratándose las tetas y los genitales. Diana los miraba por el retrovisor con disimulo...
Renata era un espectáculo para la vista. Unos pantalones blancos ajustados, de tela muy delgada, exageradamente descaderados. Bota pescadora. La tanga se le salía por la cintura. Era roja, muy evidente, de puta. Esa era siempre su intención, verse completamente irresistible, y tomar actitud de inalcanzable. Eso era lo que hacía a los hombres enloquecerse por ella... Tenía todo el torso al descubierto... solo tenía puesto un bikini, negro, muy pequeño, que permitía admirarle esas tetas... grandes... perfectas... como suplicando salir de la poca tela que las contenía... tenía puestas unas sandalias blancas que la hacían ver vulgar e imponente. Era imposible no tener una erección al verla.
Se acostaron a través del asiento, haciendo ruidos incontenibles de placer. Ptmm! Sonó el tacón de Renata golpearse contra el vidrio, Julio la acostaba boca abajo ubicándosele encima pesadamente. Le mordía los labios de una manera tosca, casi violenta. Diana los miraba sobresaltada por el espejo retrovisor, sin poder creer lo que veía. Nunca en su vida había visto porno ni mucho menos. Su historial de películas censurables llegaba hasta Sharon Stone. Pero ahora, estaba presenciando en vivo y en directo a mis amigos, a centímetros detrás de ella. El interior del carro se calentaba con sus cuerpos agitados. Julio le pasaba la lengua por toda la espalda, empapándola de sus babas espesas... Le desabotonó el apretado pantalón, bajándoselo con dificultad hasta las rodillas; Acurrucándose encima de ella, le metió un mordisco en todas las nalgas, encima de las bragas, comiéndosele el culo con hambre. Renata se aferraba del asiento, mugiendo apasionada, aceptando su sumisión. La pequeña niña no se podía decidir si mirar o no. No querría hacerlo, pero la curiosidad le torcía los ojos sin poderlo evitar.
Le bajó el panty hasta los muslos, y le metió la mano bruscamente, introduciéndole esos enormes dedos entre las piernas. Renata sepultaba su rostro en el cojín, desfogando sus sensaciones y su sobrecogimiento. Diana los miraba aterrada, no quitaba las manos de su cartera. Juraría que su violencia la cautivaba. Julio miró hacia delante, cruzando su mirada con Diana en el retrovisor. Diana quitó sus ojos inmediatamente, casi atemorizada. Julio sacó una sonrisa maliciosa y siguió masturbando a Renata con brío.

Al fin llegamos allá... El pentagrama es un bar muy oscuro, en un barrio de mala muerte. Allí van todos los desadaptados de la cuidad que tienen algo de dinero para despilfarrar; allí se permite y se hace de todo, es la materialización del sueño de sexo drogas y Rock & Roll. Allí encuentras gay, raperos, junkies, sadistas, de todo y para todos los gustos. El lema orgulloso del bar es “ser más variado que el cielo”.
Fuimos directo hacia la sala de costumbre, a la que siempre vamos. La sala roja. El bar es un piso seccionado en grandes salas separadas por paredes de vidrio unas de otras. Cada sala tiene un color y un tema y es como un bar dentro de un bar. Son gigantes. La sala roja un cuarto amplio, de paredes carmín intenso y lleno de sofás y muebles blancos. La luz es obviamente rojiza....
A la entrada había una nena chupándoselo a un tipo sobre una mesa. Más al fondo había una pareja gay besándose. Ese era el tipo de bar al que entramos. Sin embargo, no era para nada sucio y barato. Todo lo contrario, el dueño se había esmerado porque fuera un sitio de perdición, pero para lo que él denominaba “gente de bien”; traducido como gente influyente que necesita un espacio lejos del lente público para dejarse llevar... del todo. Los beats de la música electrónica retumbaban en el corazón, haciendo que uno se desconectara de la realidad al transcurrir de los minutos. Las luces neón, sólo gente hermosa, mujeres disfrazadas... era un sitio diseñado para dejarse llevar y olvidarse de mundo.
Diana estaba impresionada, muerta del susto. No sabía para donde mirar, pero no decía nada; solo se aferraba fuerte a mí, y me seguía en todo... Todos la miraban como si se la fueran a comer con los ojos.
El mesero; un tipo con la cara llena de piercings, trajo el menú... pedimos un par de Whiskeys y vino para las señoritas.
Julio le hizo una seña socarrona a Renata y ella de inmediato, entendió cual era el jueguito.
-Dianita, tu bailas? Le preguntó Renata.
-Pues sí... (tímida y tierna) estoy con las porras del colegio.-
Julio apenas podía contener la risa. Eso me hizo enfurecer un poco, no quería que la niña se sintiera burlada. Apenas era una nena.
-Hey, párela hombre, que le pasa!, Y tu Renata, es que no fuiste porrista en el colegio?. No te hagas la guevona oíste?
-Claro que ella fue porrista, si ella fue la que se comió al entrenador en quinto de bachillerato.-
-Tan marica! ‒ Le respondió Renata de mal genio.
-Ven mi amor, dejemos que estos poco hombres se queden aireándose las dos neuronas que tienen y vamos a bailar!-
La agarró de la mano y la arrastró a la pista de baile... Dianita me miró aterrada, pero al fin se fue a la fuerza, pobrecita, en ese lugar yo era su único vínculo con la tierra. Nos quedamos hablando con Julio mientras las mirábamos bailar...
-Oiga, no se lo niego. Está divina... Debe tener ese culo súper apretado.-
-Cállese negro, usted si está pesado hoy no?-
-Y usted está demasiado sensible... a lo”Walter Mercado”.
-Abrase hombre. No se tire el rato.-

Renata se le acercaba a Diana más de la cuenta, rozándole los brazos, intentando cogerla a cada contoneo provocado por la música... Para Diana era difícil disimular el deseo de mirarle el cuerpo, pero lo hacía de reojo, no podía ocultar que le inquietaba, pero tampoco reservaba el espanto que le producía bailar de esa manera frente a esta mujer desconocida, y en semejante lugar. En parte seguía la corriente tratando de gustarle a mis amigos solo por no quedar mal conmigo.
-Es negro el labial que usas?-
Diana nerviosa, se lo tocó como recordándose.
-ehm... si... bueno, lo combiné con púrpura para que se viera distinto.-
Pobre niña no escondía su pánico, disimulaba sus movimientos tratándose de alejar.
-Se ve hermoso... donde te aprendiste a maquillar así?-
Renata se le iba aproximando...
-eh, es que... pinto, yo pinto, y esto es casi lo mismo... es cuestión de ex (ahí, Renata se le ciño el cuerpo, pegándole las tetas a propósito.) ... de... experimentar.-
Renata hizo un movimiento repentino, como una araña emboscando a una mosca.
La aprehendió de la espalda; al fin lograba atraparla en su red.
-Te gusta mi cuerpo Dianita?- Le preguntó en tono seductor mirándole la cara, detallándola sin reservarse.
Diana quedó muda, asustada. No sabía que contestar.
-Tranquila nena... yo no muerdo... a menos que quieras claro...-
Se le contoneaba eróticamente, mostrándole con orgullo su cuerpo trabajado y majestuoso. Entre contoneo y contoneo, con pericia, fue maquinando su danza hipnotizante para sujetarle las manos y postrarlas sobre su cadera sudorosa; mientras bailaba, iba moviéndole las manos para que le tocara todo el cuerpo... para que la recorriera lentamente. Diana abrumada sólo se dejaba llevar.
Aunque me preocupaba lo que le hiciera Renata, no podía negar que estaba provocado por el espectáculo que nos estaba brindando. Era una arpía, pero parecía toda una Diosa imponente creando esa meticulosa coreografía improvisada delante de la inexperta niña. Sus manitos inocentes, acariciando a la fuerza ese abdomen todo musculoso... húmedo... esas manitos de uñas negras... pasando por esa cadera maliciosa... la luz roja sobre la piel, la música rugiendo incesantemente en los parlantes. El ambiente era muy pesado para Diana. No la debí haber traído.
-No más Julio, yo me la llevo. Ella no está para esto-
Julio me detuvo.
-No vaya a echar todo por la borda Daniel. Tener a esta niña en esta etapa de su vida, sobre todo, tenerla esta noche, vestida de esa manera y en este sitio es como hacer real la fantasía más transgresora que la mente pueda soñar, es lo que uno se pasa la vida esperando. Y créame, hay muy poca gente que le llega la oportunidad... No la vaya a desperdiciar.-
-Pero... la amo. No puedo arriesgarla.-
-Si la ama. Este es el mejor regalo que le puede dar. Usted le está brindando las puertas al mundo por adelantado. Cuanta gente de x años puede siquiera ver esto? Usted le está dando un regalo invaluable.-
Renata la tenía completamente pegada a su cuerpo, aplastando los pezones de la niña con sus enormes tetas. Ya le tomaba el culo sin disimulo. Era demasiado.
La niña se la quitó de encima inmediatamente y corrió hasta mí y me abrazó fuerte, lloriquendo, enterrando la cara en mi pecho asustada. Renata se quedó allí en la pista, riéndose como una bruja.
-Me quiero ir por favor... no más. -me suplicó. Lágrimas se le escurrían por los pómulos.
La sostuve un rato, acariciándole el pelo... levanté su mirada amablemente, con amor...
-shshshsh, tranquila... aquí estoy yo. Yo no voy a dejar que nada malo te pase, yo te cuido.- La sostuve como a un párvulo, arrullándola y dándole seguridad entre mis brazos.
-Tengo miedo. Tengo miedo- me dice.
-Tranquila mi bebé... tranquila...shhh... no pasó nada, no pasó nada...-
Nos quedamos callados por un rato.
-Tus amigos van a pensar que soy una pendeja.-
-Nunca... nunca... (una pausa) sabes? Hay que darle un premio al que se inventó tu maquillaje, pero importante... un Nóbel o algo así.-
-(Entre sollozos) Porqué?-
-Si resiste tus lágrimas resiste un huracán! En dos mil años habrán fósiles todavía con esas sombras!-
La niña, se rió con alivio, interrumpiendo su llanto.
-Ven... Déjame mostrarte una parte del mundo que no mucha gente conoce.-
La llevé hasta la pista otra vez, tomando sus manitos con gentileza. Limpié sus lágrimas con el dedo, y sin abrir la boca, la besé en los labios, muy delicadamente. Diana cerró sus ojos, entregándose, sintiendo el beso con cariño.
-No abras los ojos mi amor. Sólo déjate llevar, trata de sentirme.- Le dije, moviendo mi cuerpo contra ella al ritmo de la música.
Su cuerpo se iba soltando a la par que se extinguía su miedo, la música poco a poco lo iba exorcizando al retumbar de los sonidos electrónicos. Le cogí la cintura, pasándole las yemas de los dedos delicadamente por la piel, humedeciéndome al tacto con las gotitas de sudor que se escurrían hacia su ombligo... percibía las pequeñas sacudidas de su abdomen a medida que la rozaba. La niña se sentía libre, disfrutaba de la música moviéndose contra mí sin tapujos. La giré, poniéndome a su espalda, pegándole mi erección entre el trasero. Diana se soltaba, subiendo los brazos, pasándose las manos entre el pelo. Su mini falda era tan ajustada, que le podía frotar la verga de arriba abajo en medio de las nalgas. Sacudía su culo hacia atrás refregándomelo, apretándome las nalgas contra el bulto. No abría los ojos, sólo se meneaba olvidando su miedo por completo. Le hice a un lado el pelo de la nuca, para besarlo, dándole pequeños piquitos, uno a uno, rozándole la piel con los labios. Le recorría todo el cuello por detrás, avanzando hacia su espalda por las frágiles vértebras una a una, luego acariciándole los omoplatos... Parecía encantarle la sensación de mi verga en su culo encima del cuero. A mi también.
Yo mordía suavemente el lóbulo de su oreja con los labios, halándolo... pasaba las manos por su cuello, por su pecho, acariciándola toda, apretándole las teticas encima de la malla que tenía puesta, siguiéndole los movimientos por detrás.
Renata se nos fue acercando hasta que la aprisionamos entre los dos. Diana no abría los ojos, parecía aceptarlo sin mayor apremio. Los dos le metimos las manos debajo del strapless, amasándole los senos, sintiéndoselos húmedos, tiernos. Diana giró su cara, desplegando la lengua para darme un beso agitado, dificultoso; estirando cada uno la lengua hasta el límite para mecerla en la boca del otro. Renata le mordía el cuello al mismo tiempo, salivándola toda, saboreándosele la piel. Diana no oponía resistencia, cautivada por lo extremo de la experiencia. Todo sucedía rápidamente, sin aviso, un evento incitando al otro, como una un fila de dominós tumbándose en sucesión. Yo acariciaba sus hombros, besándolos, haciendo delicados trazos con la punta de la lengua, dejando rastros en su piel como una babosa, metiéndole las manos debajo de la falda, manoseándole el culo, sintiéndole la tanga. Tenía puesta una tanga de seda negra, traslúcida y diminuta. Le metí las manos debajo de sus hilos, aferrándome a su cadera, sintiéndole los huesos de su fina anatomía.
Renata le ubicó de frente el rostro y sin titubeos le plantó un beso pleno en la boca. La niña se quedó estática, sin abrir los labios, congelando su postura por unos segundos. Pero el shock dio paso a una avalancha de pasión que la nena ya no pudo dominar. Precipitada, Diana le cogió la cara con ambas manos entregándosele en un contacto apasionado. Se besaban tan alocadamente, que las lenguas se les salían de las bocas. Ambos le metíamos las manos entre la ropa manoseándola impulsivamente, al tiempo que la oprimíamos aún más entre nuestros cuerpos de adultos. No toleré ser un simple espectador, y me uní a su amasijo de lenguas. Nuestras bocas se comían unas a otras, sin importar donde introducíamos la lengua o que labios mordíamos. Le cogía cualquier cosa, el culo, las piernas, las botas... Las tres bocas se consumían necesitadas, tragando con apremio la saliva excesiva. Con sus propias rodillas, Renata logró apartarle las piernas de par en par, para introducirle sin obstáculos las manos entre la falda. Al tiempo que yo le estrujaba los senos y le clavaba el bulto en medio de las nalgas, la arpía lograba su cometido, y alcanzaba su entrepierna. Empezó a frotarle los dedos encima de la tanga, ya toda empapada. Lo hacía con destreza, moviéndoselos sobre la seda de adelante hacia atrás, tactándole toda la apertura en pleno, abriéndole los labios con la punta del dedo. La nena gemía excitada, con tono desesperado, entregándose por completo.
A cada recorrido, iba hundiéndole más el dedo, logrando rozar más carne, frotándole el clítoris a cada pasada. Ahí sentí la mano de Julio sobre mi hombro. En ese momento qué iba a saber yo lo que íbamos a vivir. Me susurró al oído. ‒me permites?-
Sin saber bien porqué, me hice a un lado dejándole mi puesto detrás de Diana. Él apenas se ubicó, poniendo su gigantesco cuerpo detrás de mi niña, pasándole un brazo alrededor de la cintura, y tapándole la boca con la otra mano. Diana se sorprendió inmediatamente, y abrió los ojos de par en par como despertándose del sortilegio a la que la habíamos puesto. Se trató de soltar, riñéndole inútilmente a mi amigo. Yo le sujeté las manos y la calmé.
- Diana, no tengas miedo. Falta todo el camino por recorrer..., yo estoy aquí mi amor.- Comencé a acariciarle el rostro, pasando mis dedos por su cara, acomodándole su pelo mojado detrás de las orejas.
-Déjate llevar mi amor... por mí... te lo pido. No nos vamos a arrepentir... este es mi regalo para ti. Yo te amo-
Diana me miró horrorizada, totalmente aprisionada contra el cuerpo de Julio. Era tan pequeña, que su menuda anatomía quedaba completamente refugiada; el abrazo la envolvía del todo y su cabeza llegaba apenas al pecho de mi enorme amigo.

Yo me fui acercando a Renata, todavía mirando a Diana. Renata sonriendo, se fue sentando sobre la mesa, experimentada, con oficio. Sin dubitaciones, me ubiqué entre sus piernas y la apresé contra mi bulto aferrándome de su cadera, tirándola hacia mí de los hilos de la tanga que se le salían del pantalón. Nos quedamos mirándonos excitados por unos segundos, acercando nuestras bocas hasta el límite del acoplamiento, tentándonos, prolongando la descarga de placer. Sentía su aliento caliente entrando en mi boca, nuestros labios rozándose irresistiblemente. Esa proximidad era intolerable, y por fin, nuestros cuerpos cedieron al encuentro. Nos besamos apresurados, comiéndonos los labios con ansia. Le metía la lengua profundo, recorriéndole toda la boca; Nos besábamos con tanta avidez que nuestros dientes se chocaban por la manera como nos devorábamos. Le bajé el bikini, dejándole los senos al aire. Esos senos de silicona, perfectos, durísimos... tiesos y erectos. Los miré extasiado, casi anonadado por paisaje tan sublime. Clavé mi cara entre ellos, mordiéndolos y amasándolos con los labios. Los masajeaba exprimiéndolos con ambas manos. Mordía su pezón, estirándolo hasta el borde del dolor, y luego, extasiado, los chupaba metiéndome la mayor cantidad posible de carne en la boca. Dianita estaba estática, completamente asombrada, sin entender que pasaba. Tenía la pupila completamente dilatada... sus piernas a duras penas se podían sostener.

-Ves Dianita?... el miedo y los celos, pueden ser los sentimientos más afrodisíacos que existen.- Le susurraba Julio muy pegado al oído.
-Siente como disfrutan de su infidelidad. Míralos bien... mira como se comen vivos. -Mientras le decía esto, Julio la apretaba de la cadera con el brazo, haciéndole sentir contra el culo su gran rigidez. Diana se le trataba de zafar, tremendamente asqueada por la sensación de ese trozo de carne ajeno contra sí.
-Mira sus lenguas... observa el brillo de la saliva en sus caras... - Julio le respiraba fatigosamente en el oído murmurándole frases obscenas... el miedo que el tipo podía apreciar en la niña hacía que llegara a un punto de excitación que lo tenía a reventar. Ese cuerpito tembloroso entre sus manos sacaba toda la locura que podía imaginarse poseer... Sin la mínima vergüenza, Julio comenzaba a recorrerla con la mano, dándose el tiempo para hacerle sentir a la niña su gran palma; pasaba por sus bracitos, por su cuello... la niña temblaba de susto sintiéndose acariciada así de perversamente por un completo extraño. Trataba de gritar con todas sus fuerzas, mugiendo inútilmente ante la arrinconada de su agresor... el tipo le iba palpando el torso sin ninguna deliberación, disfrutándolo como un animal hambriento... Pasaba por su estómago, tocando su ombligo con seguridad... esa piel infantil trepidaba sin detenerse al contacto de las yemas del extraño, cada centímetro que la palpaban era fatal, la llenaba del miedo más increíble que hubiera sentido en su vida. Diana podía oír como Julio la olía como un perro, como le pasaba la nariz por el cuello percibiéndola con todos sus sentidos. La manera como la acariciaban era increíble, el tipo la manoseaba con una seguridad y una imponencia sumamente erótica y abrumadora...

Renata se arrodilló frente mío, mirándome con ojos ardientes, indomable. Me desapuntó el pantalón con destreza dejándolo caer indefenso en el suelo, exhibiéndome con la verga al aire. Yo no uso boxers cuando voy a rumbear, porque me gusta que las mujeres me sientan el bulto al bailar. Renata se pasó la lengua por los labios, como si acabara de ver una suculenta comida. Me cogió del culo, y se fue inclinando hacia mí con la boca abierta de par en par.

Julio manoseaba todo el cuerpo de Dianita con el frenesí mas sensual e impetuoso. La frotaba y la amasaba con suculencia, desplazando la piel de la niña sobre sus delgados huesitos. Ella intentaba abrirle la mano de la boca, pero le era inútil...esa gran mano de adulto, fuerte y maciza, presentaba un impedimento imposible para las fuerzas de la pequeña. Arqueaba su cadera para separar sus nalgas del cuerpo del adulto, pero este reaccionaba violentamente apretándola aún con más poderío, clavándole la verga sobre el cuero con ardor. El acomodaba su cadera más abajo y la movía en círculos, frotándole el bulto justo en medio de las nalgas; las podía sentir plenas y delicadas contra su glande, y esa sensación lo tenía loco como nunca había estado.

La niña se sentía débil e impotente entre las piernas de este monstruo, nada de lo que hiciera parecía hacerlo parar... aún así...y con el transcurrir de los minutos, había algo en esa lucha por liberarse que la estimulaba involuntariamente, no explicaba como tenía los pezones totalmente erectos ante una situación de tanto pánico...tenía la piel del estómago toda erizada por el contacto con los vellos del brazo de Julio... ya no sabía si le cogía la mano para soltarse de la presión sobre su boca o si lo hacía sólo para tactarle esas venas exageradas de mano poderosa y adulta.
-Yo sé que te gustó lo que viste dentro del carro... yo sé cuando una mujer está excitada...quiero hacer lo mismo con vos niñita...acaso fue la violencia lo que te prendió zorra? Dímelo... dímelo mamacita..- Julio le decía impetuosamente, al tiempo que le reñía hasta colarle una mano desde abajo entre la blusa... con dificultad subió y por fin llegó hasta donde quería. Le comenzó a amasar los senitos, sintiendo sus pezones todos duros.

El escuchar que le decían zorra, provocó en su confundida mente una especie de shock emocional. En vez de sentirse ofendida o intimidada, fue como si le hubieran dado luz verde para vivir la experiencia...le encantó que la aceptaran como una mujer, y más aún como una mujer totalmente deseable... Julio le oprimía los pezones como su estuviera sintonizando algún viejo radio de perillas, provocándole dolor y calor mezclados...
-Te gusta duro no es así zorrita?...dime que si..yo se que si...-
Sin poder hacer más, Diana apenas cerraba los ojos, y echaba su cabeza hacia atrás recostándola contra el pecho de mi amigo. Sus labios se iban abriendo involuntariamente, coqueteando tiernamente con la palma de la mano con la que Julio la mantenía callada; esa sensación de su mano apretándole la boca..sentirle los dedos sobre los labios la estaba estimulando.... por primera vez en su vida, conocía realmente lo que era el deseo.
Julio iba soltando la palma, abriendo sus dedos para rozarle los labios.... ella parecía sedada, con su cara perfecta y sus ojos cerrados, moviendo su boca al ritmo de los dedos de Julio. Estaba que se moría, pero la estaban manipulando como un faquir a su serpiente. Esa mezcla de ternura y agresión que se desprendían de las caricias la tenía confundida y envenenada. Julio le iba frotando los labios de forma brusca, abriéndole la boca como si la fuera a alimentar. Diana no abría los ojos por miedo a ver lo que ocurría, como si el verse en esa situación fuera a empeorar las cosas. Julio le respingó la cadera contra el culo haciéndola sacar una bocanada de aliento contenido. Le estaba tallando su miembro en pleno por encima del cuero... Otra relinchada aún más severa, ... Julio trataba de demostrarle quién estaba al mando... trataba de hacerla entender que esa noche, ella era toda suya. Y ella parecía estar comprendiendo el mensaje y ardía por dentro de horror. Apretaba los párpados con todas las energías que le quedaban...pero eso no fue suficiente...Julio le volteó la cara con arrebato y repentinamente, asustando a la niña con su impulsividad, le obligó sin aviso un beso brutal, forzándole la lengua entre la boca con rabia y vehemencia bestial. La pequeña boquita de Diana se vio sacudida por la desproporción de las caras; su cuerpo se frunció completamente como si se vaciara de aire por completo... Julio le introdujo la lengua lo más hondo que pudo, forzándole con sus labios a no poder cerrar la boca. La niña se quedaba sin soplo de aliento disponible para causar el más mínimo ruido de reacción. La sostenían de la frente, mientras se la comían viva. La besaban durísimo, se podía ver como la garganta de Diana se estremecía para pasar saliva para no ahogarse. Nunca había siquiera soñado que la besaran de esa manera tan inquietante.
Renata me comía la verga mordiéndomela con los labios, rastrillándome el glande con los dientes. Yo me atenía a tenerla de la nuca, impulsándola hacia mí para que se lo metiera todo en la boca. La forcé y logré mantenerle la cabeza largos minutos contra mí pubis. Se le notaba la verga debajo de las mejillas. Tragaba saliva asfixiada, sus labios completamente templados por mi anchura. Sentía su respiración en mi estómago. Adentro de su boca, movía la lengua alrededor de mi pene sin importarle su ahogo. Yo le apretaba la cabeza, sin dejarla manera de separarse.

Julio no paraba de besarla, y lo hacía de la manera más apasionada y brutal, abrumando a la pequeña con su sadismo. Su boquita abierta hasta el límite, tragada de lleno, su diminuta lengua apabullada ante la imponencia de la de Julio, que la esculcaba y la colmaba como queriendo matarla de asfixia. Diana se dejaba sin oponer resistencia, bebiendo forzada de las babas de su amor, como un pedazo de carne a merced de un animal. Julio la trataba de manera grosera y desentendida, como si fuera la mas miserable de las putas. El beso duró una eternidad, yacían ahí parados, hombre y niña, rumbeándose salvajemente como si fuera la última noche de sus vidas...la respiración de la nena sonaba estruendosamente, sofocada y excitada por tan conmovedora chupada...

El tipo bajó las manos, y se las metió entre los muslos con la intención de subirle la falda. Diana ya sin voluntad, intentó infructuosamente bajar el cuero a su posición normal... pero el tipo le subió totalmente la mini falda a la fuerza, arriscándosela en la cintura, dejándole el hilo expuesto; - UHHmmm!- Ahí la niña no pudo aguantar sacar un mugido de placer entre la boca de su amante, al percibir la sensación de sus nalgas ahora en pleno contacto con el bulto de Julio. Las manitos de la niña intentaban hacer alguna oposición, pero luego de una breve riña, Julio se imponía sin mucha dificultad y le iba filtrando los dedos entre sus calzoncitos...

La tanga era un par de tallas más pequeña, para que se le ciñera lo suficiente al cuerpo y no se le notara por lo ajustada de la minifalda. Los hilos se le enterraban en la carne de la cadera de manera extremadamente sexy... Los dedos de Julio entraban en ella apretados, templando el triangulo de tela frontal de la prenda hasta el límite, masajeando en círculos con firmeza, ni duro, ni suave. Diana, con la boca ya toda roja por el maltrato, respiraba agitadísima, gimiendo angustiada de éxtasis. Sus gemidos eran completamente involuntarios, casi le daba pena escucharse produciendo esos sonidos tan sexuales... su vocecita de niña ronca producía unos lamentos con tanta emoción, que parecían de dolor. El tipo le iba agarrando el sexo a mano completa, con la palma hacia adentro, presionándola y tactando todas sus partes sensibles. Con la otra mano, la agarró del cuello; este era tan delgado y frágil que le cabía completamente en la palma, y se lo apretaba dominándole la respiración.
-Mmmmm...hmmm- Gemía Diana entregada a este adulto. Le donaba su cuerpo extasiada, dejándose someter por su tosquedad y rudeza... Sin pensárselo, era ella la que se movía suavemente hacia atrás, al encuentro del bulto de su amante accidental, estremeciéndose al sentir su piel inmaculada, restregándose contra esa dureza dentro del pantalón de Julio.
Sin más premeditación, el tipo abrió los labios de su coñito y le filtró el dedo del corazón, escurriéndolo todo hasta que sus nudillos impedían llegar más hondo. La niña se sacudió por completo al sentir este apéndice hurgándola intempestivamente; nunca se había sentido tratada de esa manera. El tipo se lo movía dentro del cuerpo, tanteando cada centímetro de su sexo, tomándose el tiempo para recorrerla...

La nena completamente sobrecogida por Julio, desahogaba su miedo y ansiedad besándolo desordenadamente, ahogándose en sus labios con impaciencia. Con una manito le acariciaba la cara y la cabeza, y con la otra le cogía la mano con que la estaba masturbando... apenas se la apretaba, provocada por las contracciones de placer incontenibles. Julio la masturbaba metiéndole el dedo completamente, casi levantándola del suelo. La niña era muy frágil y delicada como para poder evitar su castigo. Este gigante la tenía poseída por completo, manipulando su pequeño cuerpo a voluntad. Diana le respondía cerrando las piernas, aprisionándole la mano entre la vagina, sin mas recursos para contener la locura que sentía. Sus botas negras se juntaban, frotándose cuero y piel al son de los movimientos de los cuerpos... ese negro, contrastado por su piel... sus muslos de infante, trepidando por esas sensaciones nuevas a un cuerpo casi virgen.

Diana ya no sabía que hacer, se sentía completamente controlada por las sensaciones. En un impulso, pasó su manito por detrás de la espalda, metiéndosela incómodamente a Julio entre la camisa. Ambos estaban bañados en sudor, hileras de gotas resbalaban por su espalda, delineando cada vértebra, cayendo hacia el abismo inevitable entre sus nalgas. Su mano delicada iba abriéndose paso entre la camisa, para alcanzarle los músculos del abdomen, tanteando sensaciones que sólo había soñado sentir. Este cuerpo coloso y atlético la tenía poseída, envuelta con su poder sobre ella. Julio le ponía toda la mano abierta sobre la cara, pegándola hacia él, impidiendo que sus bocas se separaran siquiera por un instante.
Era tanta la excitación, que Julio quería casi que penetrarla por encima de la ropa... o tal vez era una reacción natural de su pelvis... se impulsó de nuevo, dándole una respingada fortísima, golpeándole las nalgas con su bulto. El cuerpito de la nena perecía que se fuera a partir, su única respuesta era enterrarle las uñas en el abdomen, como una manera de desfogar sus necesidad de explotar.
-Dime que me quieres dentro mi amor... sólo dímelo-
Diana no le respondía con palabras, solo seguía acariciándole con su mano infantil, palpándole toda la piel a su amante. Pasaba las yemas de sus dedos con delicadeza, esbozándole los músculos de los abdominales uno a uno, tanteando esos volúmenes durísimos de carne adulta y poderosa... esa piel morena y sudada de Julio la tenía completamente desfallecida, estaba hipnotizada tanteando ese cuerpo tan duro y marcado; por primera vez en su vida sentía como la embriaguez del sexo se apoderaba de sus acciones. Su otra mano acariciaba casi con idolatría esa calva empapada de sudor. Julio no paraba de besarla, sosteniéndole y empujándola de la frente contra su cara. Se enardecía como un loco al sentirle la manito de la niña entre la camisa, tanteándole los músculos del torso...Julio quería llevar todo a su extremo más perverso, quería hacer actuar a la nena como la amante de sus sueños... como un loco, le cogió la manito y se la metió a la fuerza entre el pantalón sin siquiera desabotonárselo. La manito entró con incomodidad posándose forzadamente encima de la tanga vulgar que llevaba Julio, asiéndose con desconfianza a lo que esta contenía. Julio le apretaba la mano, haciéndole que le agarrara la verga encima de la ropa. Diana podía sentir como se mojaba aún más, a medida que revelaba con su tacto la verga a este hombre. Era tan grande y la tenía tan erecta, que se le salía la mitad por la parte de arriba de su banal tanga. Aliento pesado e involuntario salía de la boca de la chiquilla.
-Atrévete niña...cógelo...siéntelo... así...así...-
La obligaba con su mano a masturbarlo, a empuñarle el miembro en pleno, metiéndole la palma entre la tanga...Diana le podía sentir la piel toda templada, caliente....no sabía si asustarse o caerse desfallecida al irle descubriendo esas venas todas infladas y abultadas...hasta ahora aprendía qué era la sensación de tener un miembro masculino en su mano.
-Agárralo más duro..es tuyo bebé... jálalo... jálalo...
La obligaba a apretárselo aún más, sus deditos estaban aprisionados por la mano adulta, que la oprimía y la movía comandándole las acciones.

El tipo no aguantó más... su fogosidad llegó a un punto en el que no había mas lugar a espera, y sin pensarlo explotó como nunca en su vida. Se llenó de rabia y urgencia sexual desmedidas, convirtiéndose en un verdadero monstruo criminal.
La alzó completamente del suelo, y con temible ferocidad, la aterrizó contra una pared, poniéndole todo el peso del cuerpo en la espalda a la chiquilla, cercándola completamente.
Diana solo puso las manos contra la pared, tratándose de alejar, sintiendo pavor y ardor a la vez. La actitud de Julio era aterradora, el tipo estaba completamente salido de sus casillas.
-No! ... Por favor no!- clamó la niña con una vos sin seguridad, tratando de zafarse sin ímpetu. El tipo la silenció al instante, asentándole un beso mas... embutiéndole la lengua hasta el fondo de su boca, casi hasta la garganta. Se la embutía tan hondo que estaba al límite de provocarle vómito.. La nenita se sentía que la vida se le estaba escapando por entre los labios, el tipo la succionaba como demente, tragándola toda. Cada movimiento de Julio era extremadamente violento y excesivo. La chupaba de esa manera, sin ninguna compasión, Agarrándole la nuca con fuerza, dejándola sin escapatoria. Le mordía y le succionaba los labios apasionadamente, lastimándoselos por su frenesí imparable. Diana estaba sobrecogida por el abuso, y no podía discernir si era dolor o placer exagerado el que percibía estando subyugada de esa forma... Julio le escurrió otro dedo más entre el coño...la masturbándola con arrebato; esculcándola con extrema fogosidad, y con la otra mano, se comenzó a desabrochar el pantalón. La niña no sabía a qué sensación entregarse. Julio le tenía el coño completamente templado, la infante casi se sentía desfallecer al ensanchársele el cuerpo de esa manera. Todo sucedía a una velocidad que no la permitía digerir más que sensaciones. Con celeridad, el tipo se bajó hasta las rodillas el pantalón de cuero y la tanga que llevaba, dejando salir su enorme verga, casi negra, de glande inmenso, toda dura y erecta como un poste. Las venas las tenía a reventar... Diana apenas esperaba con la cara y las palmas de las manos contra la pared. Su culito blanco de piel impecable, yacía contrastada por ese hilo negro que tenía puesto, y por la piel morena de su hombre. Su pelo mojado caía sobre su cara jadeante, extenuada por el esfuerzo.
Con la otra mano, Julio cogió su culito casi desnudo, frotándolo con gusto, amasándolo como si fuera la más bella de las esculturas. Diana no sabía muy bien que iba a suceder, pero ardía por dentro de ansiedad por el desenlace. El cerdo, le metió la mano debajo del hilito posterior abriéndole las nalguitas y con el dedo pulgar, comenzó a acariciarle en círculos la boca del ano. Diana trataba de soltársele, pero la imponencia con la que la trataba Julio la dejaba desarmada a cada intento. A cada caricia circular, le iba forzando el dedo más y más entre el ano, abriéndolo, dilatándolo con intención. ‒por detrás no! te lo pido!..Julio..por favor...Julio...-
Julio parecía una máquina sexual, moviéndose sin desfallecer ni por un instante. Tanto insistió, hasta que logró introducirle todo el pulgar por detrás. La nena gritó por la impresión de sentirlo ahí, donde nadie había llegado. Se lo movía como si estuviera buscando algo dentro del cuerpo de la niña, levantándolo hacia arriba causándole placer desbordado a su víctima.
Diana no podía ya cerrar los ojos, impresionada por encontrarse en semejante situación. Mi niña nunca había sentido esa sensación en su vida, la estaba volviendo loca sentir esos corrientazos viniendo de su culo, ese arranque, esos estremecimientos inexplicables. Pensaba en la crianza católica que había obtenido, pensaba en todas las lecciones de moral que le habían dado sus padres. Y ahora, todo eso para estar encantada con las sensaciones que le producía un hombre con el que llevaba horas de conocer. El sentirse como un verdadero objeto de deseo, justificaba toda su culpa de inmediato.

Cuando Julio ya supo tener el terreno preparado, sacó el pulgar, y con rabia le bajó el diminuto hilo de la tanguita dejándoselo atravesado en los muslos, provocándole a la niña un aullido ahogado. El culito le tiritaba del miedo, completamente ignorante de lo que este desconocido fuera a hacer con su cuerpo.
Julio le acostó la verga transversalmente entre las nalgas, haciéndoselo sentir a la nena completo contra su cuerpo... Su tamaño era desproporcionado para ese hopito tan menudo, pero no pareció importarle, lo que se venía venir era ya inevitable.
-Vas a ver lo rico que es por el culo...no sabes lo que te va a gustar putita divina...-
Le susurraba con cara de bárbaro, incontenible.
-Suéltame Julio, te lo ruego...no quiero..- Dijo extenuada la niña tratándose de soltar, encrucijada por la sensación de placer que la atravesaba como un rayo. No se podía explicar como la tenía tan sobreexcitada ese miembro gigante entre las nalgas, preciso en ese lugar prohibido. Julio se lo restregaba de arriba abajo entre la línea del culo, apartándole las nalgas a lado y lado por su tamaño. Esa figura perfecta de la niña se veía interrumpida por esa salchicha rojiza de 5 ó 6 centímetros de grueso que se le postraba por detrás. La niñita no podía evitar mugir por la sensación. Sin pensarlo, se iba mordiendo los labios casi de manera involuntaria. ‒ HMMM..Hmmmm- parecía salir de sus mugidos delicados y tímidos, al son de ese miembro aceitoso restregándose entre su carne. Julio la tenía dominada, entregada a él, sin siquiera desvestirla. La podía percibir mojada y conmovida como nunca lo había estado en su vida, y disfrutaba plenamente del hecho de ir descubriendo la sexualidad de esta chiquilla inocente. Era tal la diferencia de estaturas, que ella estaba casi sentada sobre sus muslos y él con las rodillas ligeramente dobladas... su figura se veía monumental ante la línea delgada y pequeña de Diana. Julio le corría el pelo hacia un lado dejando su nuca y espalda libres para recorrerla con pequeños besos consentidores. Diana no podía evitar mordiscarse la lengua de complacencia. La verga le iba dejando estelas de fluidos entre las nalgas, ese espacio se veía cada vez más húmedo y resbaladizo a cada pasada. Diana ya no supo cómo contenerse y comenzó a ahogarse en unos gemidos corticos y agitadísimos, -JI, JI, JI , JI!- exclamaba sin parar, como si su cuerpo estuviera al borde de una catástrofe.
Sin más aviso, Julio lo puso en posición, a la boca de su ano. Diana ya no tenía otra opción que prepararse para lo que venía...en una fracción de segundo pensó en toda su vida, en como había llegado hasta esa situación...estaba muerta del susto de sentírselo ahí, tan descomunal... temía que le fuera a hacer daño por su tamaño... sus nalguitas tiritaban como gelatina de turbación, su cuerpo energizado por el tacto, por la fricción de ese miembro en su rabo, casi quería que lo hundiera de una vez, para acabar con la espera y la ansiedad.

La luz neón de discoteca pegaba en sus cuerpos, dejando ver por fragmentos las situaciones, revelando por instantes la piel descubierta. Esa atmósfera espesa, llena de aliento y humo de cigarrillo, iba dejando todo grasoso y brillante. Aunque en ese lugar no éramos las únicas parejas teniendo sexo, la gente se quedaba viéndonos, sobre todo a Diana y su enorme amante. Este tipo tan grande, poseyendo a tal cuerpo tan quebradizo y tan prohibido, era desconcertante y rayaba con lo ilegal. Se podía decir que casi todo el bar veía en vivo y en directo el despertar sexual de esta pequeña.

Julio se escupió en el pene, dejando que su saliva espesa y blanca rodara sobre su glande con suficiencia. Lo iba lubricando con un par de pajazos, humedeciendo esa cabeza purpúrea e hinchada, dura como acero. Disfrutaba con la visión de ese miembro tan enorme y soplado a las puertas de esa carne tan blanca y menuda.
Asiéndolo con firmeza, guió sólo la punta. El cuerpo de la nena se estremeció totalmente... se quedó muda, sin aliento, con la boca y los ojos completamente abiertos. Nunca en su vida había imaginado para sí, la posibilidad de ser poseída analmente. Julio comenzó a hundirlo, mientras murmuraba entre dientes “Si...Si!...” a medida que se la encajaba por el culo. La verga le entraba de manera laboriosa y paulatina debido a su grosor... Ella instintivamente metió su mano como pudo detrás de su espalda sujetándole la mano a Julio como para detenerlo, enterrándole sus uñitas negras en la piel, mientras se lograba sostener de la pared con la otra palma. Su rostro se veía físicamente consternado recibiendo ese trozo de carne dentro de sí... a duras penas iba empinando el tacón de sus botas a medida que Julio iba entrando... Sus nalgas blancas e infantiles se le abrían de par en par haciéndole camino a esa verga brillante y monstruosa. Ella cerró sus ojos, encogiéndose completamente sin saber como soportar el dolor que sentía. Por fin, el glande traspasaba sus fronteras, casi desajustando su anatomía. Su culito estaba completamente ensanchado, con esa cosa casi atascada dentro de ella. Con algo de esfuerzo, Julio remolcó el tronco con su mano hasta desaparecer dentro de la nena con una última sacudida animal. Se lo ajustó completo, hasta dejarse las bolas pegadas a sus nalgas... lo dejó inmóvil un rato, disfrutando de la tibieza y la humedad con la que lo acogía el interior del cuerpo de Dianita....

La niña apenas tenía aliento para expresar lo que estaba sintiendo, su boca se movía como si estuviera gritando, pero no producía ningún sonido. Julio le metía la mano libre entre el pelo, se la ponía en la cara... le amasaba las teticas, no sabía donde tomarse para soportar el éxtasis que le producía tal estrechez. Diana apenas rasguñaba la pared, sin fuerza para más.
Julio estaba casi en un estado de gloria, con su verga inmóvil disfrutando de ese polvo tan imprevisto, tan ilegal y tan increíble. Le besaba con ternura la mejilla, dándole pequeños piquitos con los labios cerrados. Diana se sentía tan abrumada y tan atestada que no se atrevía a moverse... apenas lo esperaba ahí contra la pared, temblorosa y completamente consternada. Los dos cuerpos estaban unidos en continuidad, Julio, acariciándola, y recorriéndole suavemente la cara con sus labios cerrados... la abrazaba de la cintura, conteniéndola contra él de tal manera que sus abdominales se pegaban contra la espalda de la chiquilla. La apretaba tanto, que los taches del cinturón de Diana se le marcaban a Julio en el torso... Diana no podía dejar de respirar por la boca, abatida por esa sensación entre su culo... realmente temblaba su cuerpo por las espasmos que la apabullaban... Julio le decía en el oído ‒“Shhhh...quieta mi chiquita...no te muevas..shhh..”.- Julio erguía su cadera y la apretaba aún más para mantenerla lo más unida posible... Sus cuerpos estaban ahí parados, hombre y niña, carne dentro de carne. La nena no lo soportó más y se entregó a un llanto sofocado como último recurso de desfogue, estaba muriendo de angustia al sentir su ano dilatado, totalmente lleno por la verga de ese desconocido... esos 18cm de salchicha le tenían el cuerpito atravesado, poseído por completo. No entendía lo que le producía esa sensación, e intentaba en vano racionalizar esos calambres que comenzaban a recorrerle el estómago. No los podía soportar e instintivamente, sólo recurrió a agarrarle las nalgas a Julio, apretándoselas lo más duro que podía.

El tipo se lo empezó a sacar despacito, un centímetro a la vez. Mi nena podía sentir como ese trozo de carne le recorría el cuerpo, estremeciéndolo como nunca se había imaginado sentir... El tipo la sacó casi toda, dejando dentro apenas el glande para comenzar a bombeársela sinuosamente, un envite a la vez... demasiado despacio... dejando que toda su longitud palpe el interior de su presa... esa verga aceitosa y venosa entraba y salía de la niña en toda su extensión, estirándole el ano y desplazándole las nalgas al paso. Sudor se escurría por los muslos de los dos, el ambiente denso y demasiado caliente. Una, dos, tres bombeadas muy lentas, tanteando el terreno virgen, dejando que su culito se amoldara sin prisa a su tamaño. Julio se le movía por detrás como si estuviera haciendo una verdadera danza del vientre, su cuerpo ondulándose con una gracia increíblemente sensual...el embrujo del erotismo del momento tenía a los dos en un arrobamiento incontrolable. Al paso de los minutos, Diana iba recuperando el aliento, generando gemidos que empezaban casi inaudibles, pero que iban aumentando mientras se soltaban sus cuerpos, a medida que su orificio se acomodaba a su invasor.
A cada envestida se le escapaba un tenue aullido, un ‒AAAAH!!!...AAAAHHHH!!!- sentido y profundo.

Los minutos pasaban y Julio comenzaba a cambiar el ritmo... comenzaba a mecer la cadera aumentando la velocidad cada dos o tres enviones...seguía masturbándola al mismo tiempo con una mano, apretándole durísimo ese coñito diminuto. El tipo le tenía dos dedos completamente metidos hasta el fondo; todo el clítoris oprimido sin detenerle el contacto ni un instante... Diana tragaba saliva entre gemido y gemido, arqueando la espalda sin querer, respingándosele el culito aún más contra el cuerpo del adulto... a medida que el ritmo se acrecentaba, le soltó las nalgas a Julio y simplemente ponía sus palmas abiertas contra la pared, sosteniendo su cuerpito contra esos envites que la mataban de placer segundo a segundo.

La niña ya gemía de una manera que no se sabía si eran aullidos de dolor o de placer. Julio no podía contenerse más, y le rebuznaba como un animal en el oído... El ritmo se tornaba mas y más violento, esa verga entraba y salía levantándole el cuerpo en cada penetración. Le daba de manera que le columpiaba toda la cadera contra la de ella, haciendo que se le levantara un tacón del suelo cada vez que se lo metía. La cogió de la gargantilla, y la jalaba de ahí, ahorcándola mientras le daba más y más duro... Diana ya no podía sostenerse contra la pared... la niña le recibía los empellones casi desfallecida con todo su figura atropellada a cada movimiento.
El animal le puso la cara encima del hombro, forzándola a cruzar las piernas... ‒Cruza las piernas mamita... crúzalas duro... -
Diana apenas rechina

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